"Bahía" - 3er. Premio XIII Concurso Literario Alto Guadalquivir
Montoro, Córdoba, Noviembre 2005

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Relato dedicado a la enfermedad de Alzheimer, vista por el autor haciendo uso de una metáfora. Destaca la compresión que hace de los pasos evolutivos de la enfermedad en su estado final, a la que se añade una visión positiva de la situación anímica del enfermo.
 La carta con la que concluye la narración reproduce literalmente una presentada a un enfermo acusado de este mal.

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        Hace tiempo que me siento navegar. Es como aquel barco al que una vez subiese para cruzar la bahía de alguna ciudad andaluza que no soy capaz de recomponer de memoria, ni mucho menos recuerdo su nombre; únicamente retuve que olía a mar, a una mar serena que me embauca aún hoy. Sólo sé que ahora también navego, exactamente igual que si estuviese sentada en esa proa atestada de gente, de cara a un viento tan suave que me mece hasta aletargarme, un discreto aire dispuesto a engañar a una ola distraída e inquieta para dejarla atrapada bajo la quilla del barco y salpique sus gotas sorprendidas hacia el cielo, y explote en un júbilo lleno de vida y así moje mi rostro y mi cabello que se me enmaraña… aunque ya no recuerdo cómo son ni el uno ni el otro. Sólo sé que a veces navego, y siempre termino en un escenario tan diferente que hace ya mucho que no me pregunto cómo me sucede esto. Sólo sé que navego un sin fin de veces, y me reencuentro yo misma en momentos que ya he vivido, instantes de mi tiempo pasado que se repiten una vez más. De ese modo misterioso, parezco el protagonista de cualquiera de las películas que proyectaban en los antiguos cines de barrio, donde las aventuras se sucedían sin parar, llenas de pasión y sobresaltos hasta que triunfaba el amor… y con esto recuerdo de inmediato gratas sonrisas, miradas enamoradas y caricias temblorosas de mis amantes, frases incombustibles al oído que consiguen estremecerme aún, gestos encriptados que comunicaban los deseos ardientes que dos personas pueden generar entre sí, como se besan dos llamas de una misma hoguera, destinadas a compartir el aire que las mantiene vivas, como el amor me hizo a mi vivir.

        Soy como el aventurero de esas películas antiguas que he nombrado, las cintas rodadas en África con fieras y nativos que aparecían a todo color. Sí, eso es, soy una aventurera más, y por ello me encandilo con maravillas agradables tanto como me enfrento a momentos que descomponen mi alma: los estremecimientos que me producían las viejas leyendas de fantasmas que me narraba mi abuelo que demasiado joven murió; la tortura que resultó separarme de un chico sincero y atractivo al que amaba en secreto, de la que recuerdo sus zapatones y sus finos ojos tan llenos de vida y hace años que no tiene nombre ni resto de cuerpo; los horrores que viví en la turbadora guerra civil donde tuve que proteger a hermanas más jóvenes, mientras mi marido luchaba en defensa de los ideales de un bando que no compartía… qué terror subyuga mi mente, que se recrea con aleatorios recuerdos que consideré eliminados…

        Quiero hablar, quiero contar lo que veo y siento, comunicarme con quienes me rodean pero no puedo hacerlo. No consigo hacerlo. Es triste y enteramente desagradable. Por más que me esfuerzo no consigo despegar mis labios. Ya no sé cómo hacerlo. Ni cómo moverme del lugar sobre el que mi deteriorado cuerpo descansa. Un día cualquiera, sin aviso previo y de modo irreversible, ya no conocía la manera innata de ponerme en pie para caminar, a pesar de que mis músculos, aun viejos y trabajados, siempre habían permanecido activos, como yo misma he sido hace ya largo tiempo atrás. Otro día, por el mismo sistema misterioso e incompresible, dejé de ver qué me rodeaba, pues mis párpados se derrumbaron, se obstruyó su mecanismo natural para alejarme indefectiblemente del mundo palpable en el que durante largos años me había desenvuelto. Mi boca se sumó al motín indiscriminado, a ese intento de desterrarme de la realidad que comprendía, del mundo donde sabían quiénes eran mis hijos o dónde dejaba las cosas cuando las cambiaba de lugar, al sistema en que los seres humanos o no se relacionaban entre sí. Me rebelé como pude, me esforcé por hacerlo huir de mí, sin conseguir desprenderme de la ominosa presión desconocida que se empeñaba en guiarme de la mano y trataba de ahogarme en esas aguas sobre las que desde mi barco navego. Sentí pavor al contemplar las olas avanzar junto a mí, sentí miedo al reconocer la profundidad del fondo sobre el que me desplazaba y en el que todo indicaba debía ahogarme. Luché, batallé, peleé, lidié. Nada conseguí. La presión casi no sintió mis esfuerzos, al ser su poder tantas veces superior al mío. Y me hundió en el abismo nuevo que abrían aquellas aguas, dejándome perdida en un mundo del que jamás había escuchado hablar.

        Pero ahora comprendo la realidad. Aquella fuerza invisible, omnipresente y hasta atractiva para una mente ya cansada como la mía; ésa influencia incorpórea que me despegaba del mundo que me hacía viva, me arrastró al mar infinito de recuerdos y experiencias que se acumulaban en mi sin que tuviese tiempo nunca de observarlos, estudiarlos, resucitarlos  en mi consciencia. Todo lo acumulado durante la existencia que tuve se hallaba presente allí, y jamás había estado lo suficientemente cuerda para descubrirlo. Para hacerlo mío. Para amarlo y ser parte de ello como me está sucediendo en estos momentos eternos que puedo disfrutar en soledad espiritual.

        No estoy mal en esta esfera a la que no he dado nombre. No me encuentro desnutrida de espíritu, sino todo lo contrario. Los sentimientos me afloran, me recorren, me cubren y atraviesan; a veces río, en otras ocasiones se desprenden lágrimas de mis ojos cerrados e inútiles, todo porque siento pavor del mismo modo que el amor o la felicidad se apoderan de mi alma. Con la misma intensidad, vertiéndome ambos la misma pureza que los hace esencia. Ahora reconozco todo con su máxima profundidad, como reconozco la textura de estas aguas sobre la que navego, y veo el brillo de un sol apacible y seguro que sobre ellas se refleja de igual modo y fervor con que se besa a la figura de un santo.

        Lo más difícil de todo, cuanto realmente me cuesta soportar, son las ocasiones inesperadas en que, sin motivo aparente que yo hay podido dilucidar hasta ahora, abandono esta esfera de sensaciones puras para regresar parcialmente al mundo del que vengo. Entonces me  alejo de las aguas y me descubro en una cama, o también en una silla con ruedas, y percibo concentrados dolores y descuidadas heridas en mi cuerpo. Y ocurre que escucho voces, distingo el timbre de algunas de ellas y en verdad que las reconozco de algún modo, son simplemente sonidos conocidos que pululan sobre mi, como una música que suena y se cuela en nuestras cabezas pero es traviesa y huye de ser catalogada, igual que ocurre con la bahía que ahora cruzo y que no puedo describir. No soy capaz de describirla. Porque no la conozco aunque sí sé que la conocí.

        Esas voces dicen un nombre propio con el que todo indica se refieren a mi, con un tono en apariencia jocoso, amable, extraordinariamente amable y cariñoso que se quiebra al no conseguir una respuesta por mi parte. Porque la realidad es que la felicidad que aparentan para mi no es plenamente sincera. Algo pasa y tiene relación directa conmigo; yo no soy capaz de comprender el porqué de la causa que trae esas voces a mí, o quizá me lleva a mí hasta ellas.

        Luego siento fielmente que palpan mi cuerpo, lo lavan, lo acarician, lo perfuman, todo mientras me hablan directamente, siempre en los momentos en que tales voces no conversan entre ellas, retornando entonces al tono jovial que sé que enmascara esos rastros de dolor que no se mitiga cuando pronuncian de mil maneras diferentes “mamá… mamá… mamá”. Lo he intentado infinidad de veces, sin que haya conseguido nunca comunicarme con ellas, con las voces que se ríen de mi porque no sé reconocerlas. Quisiera preguntarles sobre el dolor que van arrastrando, quisiera conocer el motivo que las lleva a proporcionarme los diligentes cuidos que yo no he demandado, quisiera me aclararan con armonía y claridad por qué vuelvo a esa extraña realidad que me es absolutamente desconocida, cuando mi interés está en no salir nunca de la nueva esfera, de permanecer anclada en las redes vigorosas que me llevaron poco a poco hasta esta bahía que parece no tener fin, para allí ser como un pez novato y enérgico, dispuesto a sondear un universo nuevo que le ha sido regalado. Que me han regalado, al ordenar mis vivencias e incluso añadir aquello que no pasó. Y todo sucede sin que sepa porqué. Pero me hace feliz.

        Quizá sea esto lo que llamaban Paraíso, no puedo estar segura de ello, nadie lo estaría. En cualquier caso, soy un elemento libre y convencido de mi suerte, que me hace sentir renovada, pues puede tratarse de la recompensa de la vida tras los esfuerzos que cada cual hace por alargarla y mantenerla el alma contenta. Para así hacerla feliz, como soy yo en esta esfera. Sé que algún día será el último en que vuelva a verme atrapada en esa cama. Espero que en ese momento tenga suficientes fuerzas para decir, siquiera susurras de modo comprensible tres palabras: “estoy bien allí”. Y confío en que las voces entenderán qué quiero decir.

        Hoy navego por esta bahía que es mía, y entre las aguas sobre las que me desplazo distingo escritas las palabras que me han hecho escuchar en algún momento en aquella cama, estando en esa otra esfera que algún día abandonaré definitivamente. Ha sido una carta para alguna de esas voces, aunque he de reconocer que por unos instantes me han hecho creer que era yo la destinataria. La recompongo poco a poco, enlazo unas palabras con otras,  y sin saber por completo qué quieren decir, juntas consiguen que se escape una sonrisa franca de mis labios.

 

Querida abuela F.:

Tus nietos M. y J. te escribimos este pergamino para que sepas que nos acordamos mucho de ti. Con ochenta y seis años que ya tienes, has recorrido el camino con orgullo y paciencia, y como la sabiduría es lo que cuenta de verdad en esta vida, ¡nos sacas a todos ventaja!

Nunca se nos olvidará las veces que nos has hecho reír, tantas historias que nos contabas y todo lo revoltosos que hemos sido cuando te tocaba hacerte cargo de nosotros.  Lo que no puedes negar, es que tú también te lo has pasado bomba, así que como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga.

¡Fíjate las vueltas que da la vida!; ahora que ha pasado el tiempo, todos estamos más mayorcitos, y tú, por el contrario, has vuelto a ser niña; y como a los niños les gusta jugar, te hacemos entrega de este cariñoso osito de peluche, muy querido para nosotros, al que puedes hacer tu amigo y contarle todos tus secretos.

Que una lluvia de besos te bañe cada noche.

 

© Joaquín Fernand. Todos los derechos reservados.

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