"THE HORROR CASSETTE SHOW" de Joaquín Fernand

Por la mañana muy temprano, Ortega atraviesa una cochera comunitaria mientras atiende al contenido de una cinta de audio
que reproduce su lector portátil. La audición contiene determinados elementos hipnóticos que pronto lo harán vivir una desagradable experiencia en la soledad de su garaje particular.

Una película de Joaquín Fernand "THE HORROR CASSETTE SHOW" con ANTONIO TORRES, DANIEL CASTILLA y la colaboración de MANUEL RUÍZ, CARMEN FERNÁNDEZ, MARINA FERNÁNDEZ productor JOAQUÍN FERNAND producción ejecutiva CVL DESTINA2 escrita y dirigida por JOAQUÍN FERNAND

LIBRO DE PRENSA     The Horror Cassette Show

Como bien puede suceder con "El Resplandor" ("The Shinging", Stanley Kubrick, 1980), estamos ante una película que puede resultar emocionante, angustiante, sorprendente, o por el contrario, dejar en la indiferencia al espectador. El contenido de esta película no es otra cosa que un estudio de las consecuencias que puede tener la voluntad de enfrentarse a algo que es serio, peligroso, para lo que el individuo no se halla realmente preparado por mucho que así lo sienta. Ortega es un joven descuidado, de familia acomodada según deja entender en su conversación con el empleado de mantenimiento (interpretado por Daniel Castilla) de las cocheras comunitarias , atrevido y vago, que desea sentir miedo de verdad. Por eso, no duda en escuchar una grabación sonora, una cinta de audio (grabada de modo pirata, pues la cinta que muestra la película no es original) que contiene una sesión de hipnosis que busca un único fin: hacer pasar miedo de verdad a a aquel que se atreva a escucharla, un miedo real y particular para cada individuo. Sólo la voz de Hans Zimmer, un estudioso del mundo de la parapsicología y de las ciencias ocultas, unida a determinados sonidos hipnóticos que se superponen entre sí y acompañan toda la sesión, puede lograr que el sujeto que escucha reviva el momento más terrible de su vida, aquel recuerdo que un día sucedió y que aún pone los pelos de punta cuando la memoria decide desenterrarlo. Y ésta es la experiencia lamentable de Ortega, sitiado por una grabación dentro de su coche detenido en la soledad de un espacio reducido.

El interés del director no es "hacer una película de terror más, cualquiera, fácil", sino el ahondar más allá de la superficie, es decir, del contenido del filme. Así, al igual que pueda suceder con "El Bosque (The Village)" ("The Village", M. Night Shyamalan, 2003), el espectador que busca "una cinta de miedo" se da de bruces con una historia bastante alejada de ello, donde el terror es un vehículo por el que se estudia al individuo, a Ortega, que representa al ser humano que anda por la calle, escogido al azar, y sometido de pronto al peligroso cara a cara con un recuerdo horrible que el cerebro ya tratara de enterrar en lo más profundo de la memoria. "The Horror Cassette Show" encierra las posibilidades de la mente del hombre, cuando se le abren caminos, o simplemente se les insinúan. Porque Ortega no sólo es capaz de recrear aquello que le es descrito, sino que, como se comprueba al final de la cinta con una pincelada excelente de Fernand, Ortega avanza más lejos de la línea en que lo sitúa la locución del parapsicólogo Hans Zimmer, porque es capaz de perderse en su propio universo, descubriendo de modo repentino el peor de sus terrores, encarnados en el cuerpo que le dibujan los sonidos y la voz del extraño que lo somete a la tortura de pasar miedo, elegida a conciencia por Ortega.

El rodaje fue breve en tiempo, y se realizó en un garaje comunitario real (que actualmente presenta un aspecto diferente al filmado), además de en una doble plaza privada de aparcamiento que contaba con puerta de acceso privado, elemento indispensable según guión para aislar al personaje de Ortega en una soledad necesaria que le permita concentrarse en las particulares locuciones de Hans Zimmer. Para el rodaje de los planos-recurso descriptivos que se muestran en la película, que transmiten el aspecto habitual de una cochera comunitaria poco cuidada, se llegaron a filmar más de doce minutos de metraje, a sabiendas que quedarían reducidos en la pantalla a menos de un minuto; la mayor parte de ese material era favorable para transmitir el aspecto de que ofrece el cortometraje de soledad, suciedad y abandono, pues se habían sacado puntos concretos de plazas de garaje reales donde la suciedad era más que patente (muchas de ellas no necesitaron de decoración adicional), y es que esta misma suciedad está presente en casi cada plano de la película de modo a veces imperceptible: en los fondos, en los suelos, en el orden de los objetos de la plaza de garaje de Ortega, en el sonido de la cinta de cassette que contiene las locuciones de Hans Zimmer. Dado que el espectador podía aburrirse y buscar donde no hay, se seleccionaron concienzudamente los planos que finalmente formarían parte de la película, que hacen especial hincapié en la soledad que acompaña a Ortega, quien aparte de encerrado e inmóvil según los efectos que sufre por la hipnosis, no tiene a la vista quien le pueda ayudar más allá de las paredes que rebotarían el eco en el caso de que decidiese gritar demandando ayuda.

Algo incuestionable de "The Horror Cassette Show" es el aspecto especial que tiene el sonido de toda la película, que necesitó ser "ensuciado" para restarle nitidez, claridad, y otorgarle propiedades capaces de incomodar a quien lo escucha con atención. Sin duda, Joaquín Fernand hace de él una pieza clave con la que amartillar continuamente al espectador, para no dejarle un instante duradero de calma. Desde el interior del característico sonido de fondo de una cinta de audio cassette, que baña la película de principio a fin, se distinguen mil y un sonidos diferentes situados a conciencia en los diferentes momentos de la película, circunstancia que ha generado que algunos espectadores la visualicen una y otra vez y distingan (a veces, sólo crean distinguir) frases completas subliminales que repercuten en el sentido de la historia misma y en el modo de visualizar la película, que se vuelve mucho más incómodo de lo que ya de por sí es. Para la creación del grupo de sonidos subliminales, se usaron sonidos especiales recomendados en diferentes técnicas de relajación y otras de control personal: ruidos blancos, turbulencias de agua, vibraciones metálicas, emanaciones de líquidos brumosos, choques sonoros eléctricos, y hasta la respiración de un cocodrilo que enfatiza la sensación de angustia, combinada con la inhalación y exhalación humana que también se introduce en diversos fragmentos de la cinta.

Por otro lado, y no siendo menos importante, la película puede recordar a una particularidad bien visible en "La Matanza de Texas" ("The Texas Chainshaw Massacre", Tobe Hooper, 1975): se trata de la atmósfera de la imagen; si bien, el filme de Tobe Hooper se rodó en 16 milímetros para luego ampliarlo a 35mm para su exhibición en salas comerciales, esta cinta se filmó en vídeo preparando las cámaras con la intención de que se presentara la neblina habitual en la imagen cuando la luz no llega a ser suficiente, y es necesario forzar los mecanismos de filmación (variando la velocidad del obturador, por lo general). Con esto, se consigue que la niebla no desaparezca en toda la película, y el resultado es más angustiante de lo habitual, al difuminarse determinados colores cuya intensidad no es captada de modo ordinario.

"The Horror Cassette Show" cuenta con varios elementos implícitos que no son sencillos de descubrir, como suele ocurrir en las creaciones de Joaquín Fernand. Justo al inicio de la película, una locución femenina describe la serie de circunstancias que deben evitarse a la hora de participar de la sesión hipnótica. De un modo sutil, Ortega indica en una conversación con el empleado de mantenimiento que no ha descansado lo suficiente durante esa noche pasada, por lo que el espectador conoce así que acaba de incumplir una de las normas enumeradas por la locución; sin embargo, el personaje de Ortega no hace referencia en ningún momento a su actitud respecto a normas tales como el consumo de grandes dosis de alcohol, de tabaco, o de cualquier otra droga, que afectarían de modo no recomendable a la hipnosis de Hans Zimmer. Aquí, el guión deja abierta la consideración del espectador, entregándole la responsabilidad de juzgar a Ortega, que tan afectado se ve por el contenido de la cinta que escucha. Además de esto, en la mencionada conversación entre el joven protagonista y el empleado de mantenimiento de las cocheras, éste último informa que la plaza de garaje de Ortega ha sido limpiada con determinados productos químicos según órdenes del padre de Ortega, lo cual podría provocar a su vez mareos y malestar general que incremente la tensión en Ortega, sugestionado o hipnotizado por la cinta de audio, más aún al ser el escenario de los hechos la última plaza de aparcamiento de toda la construcción, la más alejada de la puerta de acceso, y sin posibilidades de transpiración de aire. Estos elementos se dejan entrever para los espectadores acostumbrados a sacar la lupa para examinar los argumentos de las películas.

Se trata de un trabajo filmado en unos interiores capaces de ahogar visualmente al espectador, que usa un montaje decidido, ágil, estudiado a conciencia, bien planificado cinematográficamente por el director con la intención de no aburrir a la audiencia, que tiene que atender muy a menudo a planos largos en duración donde el actor principal está sentado con el volante entre las manos mientras la locución de Hans Zimmer lo conduce por ésos los pasillos más oscuros de su propia mente. Varias técnicas de retoque digital de la imagen y superposiciones confluyen en el final del nudo principal de la historia, al cual le sigue un desenlace que hasta el último instante no deja de aportar nueva información a la historia, nuevos aspectos hasta ahora escondidos, que sin duda altera el aspecto de parte de lo visto en los minutos previos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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