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Una venganza libresca
Como nunca había visto el librillo, telefoneé para pedirlo, y al decirme el librero que allí lo tenía, crucé la ciudad enlazando trenes y ensuciando mi mirada con las febriles imágenes de mal gusto que una jornada cualquiera en el centro de cualquier ciudad grande nos suministra. Una hora después ya estaba en la tienda: he estado en establos que olían mejor, pero nada me exigía que permaneciese más de unos cuantos minutos, los precisos para recoger el libro, pagarlo y huir. Atendía una señora de esas a las que puedes tomarle el pelo preguntándole si tienen algún ejemplar, aunque sea de bolsillo, de las Obras Completas de Sócrates o la última recopilación de chistes de, yo qué sé, Günter Grass. Le expliqué qué estaba haciendo allí como si no entendiera mi idioma y me dijo que esperara, porque su hijo había tenido que salir. Lo esperé en la puerta, junto al cajón donde se apilaban bodrios de toda laya, volúmenes apolillados, manuales caducados, infectos 'paperbacks' en varios idiomas. Rastreé allí con un solo dedo, y me llamó la atención la bonita portada de un libro titulado 'El Insomnio vencido', firmado por un tal Dr. Paul Jagot, y subtitulado 'Manual para enseñar a conciliar el sueño a quienes no saben'. Las polillas no lo habían arrasado, y en cualquier caso se habían mostrado respetuosas con la caja del texto, pues sólo habían probado en los márgenes de cada página. Cedí el paso a unos muchachos que entraron en el establo a manosear el género con la envidiable alegría de quienes no han tenido tiempo de desesperanzarse en el interior de una librería. Se lo cedí nuevamente cuando salieron contentos con sus compras y con los volúmenes que habían conseguido disimular en los insondables bolsillos laterales de sus bombachos. Me pareció excesivo encender otro cigarrillo -tenía que ahorrar cerillas- y por fin apareció el librero: para describirlo rápido era la versión humana del Oso Yogui. Me presenté, dijo algo como "¿ah!, ya", entró en la librería, lo seguí y entonces explotó en mis oídos un atronador: ¿Mamá! Vinieron enseguida las explicaciones, su madre, no avisada de que aquel volumen había sido apartado para un cliente que vendría a recogerlo, lo había vendido. Pensé en salir corriendo en pos de los muchachos a los que había cedido dos veces el paso, pero no, no habían sido ellos, porque el libro estaba encima de la mesa ante la que la señora se sentaba, el librero lo había dejado allí para descatalogarlo, y cuando yo había llegado el libro no estaba ya, el 'librito gris' lo llamaba la señora, se lo había vendido antes de que yo llegara a una mujer. El librero, sin disculparse ni reñir más a su madre, me dijo que mala suerte, y que lo que no tiene arreglo no tiene arreglo. Me ofreció un cigarrillo de una pitillera dorada para zanjar la cuestión. Desprecié el cigarrillo. Insistí, inventé una odisea, aseguré que había cancelado un vuelo que tenía que haber tomado esa misma tarde por recoger el volumen, me pareció excesivo decirle que pensaba regalárselo a un amigo al que no volvería a ver más porque partía en unos días para Houston para tratarse un cáncer, traté de convencerle de que hiciese lo que estuviese en su mano por identificar a la compradora. Me dijo que eso estaba fuera de lugar, que las reglas son las reglas y que un libro que se ha comprado es un libro que se ha vendido. Un sabio, aquel hombre era un sabio. Si los osos tuvieran la capacidad de realizar dibujos animados, lo tomarían de modelo para la figura del maestro que le explica a los niños la evolución de los osos, desde el barro original a la tecnología criminal. Dije que estaba dispuesto a pagar por la información que me permitiera localizar a la compradora del libro, y el librero se echó las manos a la cabeza, aseguró que lo estaba insultando, y repitió lo de un libro vendido es un libro comprado. Y en eso intervino la madre, que describió a la compradora, y aseguró que ya la había visto antes en la tienda, y que era pelirroja, con aspecto de extranjera y llevaba un lunar pintado junto a la comisura del labio izquierdo y los pechos se los había operado seguramente, pero estaban muy bien operados...Ya sé quien es, pero es una clienta, y la información confidencial es confidencial, dijo el librero. Saqué la cartera, el librero se llevó las manos a la cabeza, la madre le riñó con un "no seas tonto, hijo mío, déjate de pamplinas éticas que no conducen a nada". Vale, pero que quede entre nosotros, dijo el hombre, buscó en su computadora los datos de la clienta, los localizó, copió en una hojita amarilla un número de teléfono al que le faltaban dos cifras, "para que ni yo falte a mi juramento hipocrático como librero ni usted se quede sin intentarlo" y me cobró 20 euros, y me dijo: pero para aliviar más mi conciencia, coja el libro que le apetezca del cajón de afuera. Fue entonces cuando mi cerebro operó en dos direcciones: en una hacía cuentas para saber cuántas llamadas tendría que hacer para dar con la compradora del libro (y al no saber su nombre tendría que explicar en cada una la razón de mi llamada); en otra tramaba una venganza contra el librero. Salí airado de la tienda, y al cerrar la puerta mi mirada fue a posarse en la portada de 'El Insomnio vencido'. Me lo llevé. Soy vengativo, sí. Necesitaba, en el peor de los casos, hacer cien llamadas para localizar a la compradora del libro. Tendría que despedirme de ese ejemplar o esperar que la suerte me privilegiase con un acierto a la primera. Aun así nada me aseguraba que su feliz propietaria no conociese su singular valor y quisiese ponerle un precio de venta más adecuado y justo que aquel con el que lo había castigado la ignorancia del librero, y nada me aseguraba que la compradora, ignorante del valor del libro, lo leyera y quedase encantada con la historia allí registrada y fuera ya imposible arrebatárselo porque la idiocia sentimental le prohibía vendérmelo, comerciar con sus emociones. En cuanto a la venganza, se me ocurrió al regresar a casa y ponerme a rastrear en la Red en pos de otro ejemplar del libro que durante unas horas había sido mío: no lo encontré, pero en cambio un zarpazo de ingenio al que los que somos vengativos estamos habituados me señaló el camino que tenía que seguir para calmar mi sed y hacer pagar al librero su daño. Le haría pedidos. Muchos pedidos. Me inventaría cientos de nombres, direcciones y correos electrónicos, y eligiendo en todo caso en el apartado 'método de pago' la opción 'Correo contra-reembolso'. Hice una prueba inmediatamente: es fácil crearse direcciones engañosas, hacerse pasar por otros en la Red. Realicé un pedido de 180 euros e imaginé al librero recibiéndolo y haciendo como que se lavaba las manos con un jabón invisible (gesto que el cine nos ha enseñado a reconocer como una señal de avaricia). Una burbuja de alegría estalló en mi pecho cuando recibí pronta respuesta del librero. Me decía que tenía todos los que había solicitado y que me los enviaba de inmediato por correo contra-reembolso. Ese paquete llegaría en una semana a una dirección real en la que nadie lo recogería y de la que sería devuelto al librero. Pero para entonces ya habría enviado una decena de paquetes a otras tantas direcciones donde nadie los esperaba ni estaba dispuesto a pagar por ellos las altas sumas que valían. Hice cálculos: las pérdidas que podría ocasionar al librero no eran muy elevadas, pero sí cobraban peso si se medían en cómputos de tiempo y de moral: ¿Por qué me devuelven todos los paquetes que mando, madre?, me lo imaginaba preguntándoselo a la señora Durante dos meses le hice pedidos al librero. Primero, a diario. Luego, cada dos o tres días. Un día, cuando me disponía a hacer un nuevo pedido, me encontré en el portal de la librería un cartelito titulado: 'Nota importante' que, dando cifra de mi victoria, también ponía término a mi venganza. Decía: "Sólo se admiten pagos en efectivo mediante Western Union o Paypal, pagos con tarjeta de crédito o transferencia. En ningún caso se tramitarán pedidos contra-reembolsos". Digital Sur 24/11/2006
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'CATÁLOGO DE PRIMERAS EDICIONES' Juan Bonilla (texto)
Podría contaros mi vida confeccionando un catálogo de primeras ediciones a la manera de los libreros de viejo, detallando en cada entrada, junto a las características formales de los volúmenes y los datos bibliográficos, dónde los encontré, con quién iba si iba con alguien, qué sentí al salir con ellos a la calle. Podría escribir por ejemplo: Federico García Lorca, Primer Romancero Gitano, Revista de Occidente, 1928, Madrid, el ejemplar conserva la cubierta con el famoso dibujito realizado por el poeta, pero en la contracubierta algún necio decidió que no tenía mejor sitio para hallar la raíz cuadrada de 834, el libro llegó a mí de una manera curiosa: se lo cambié a un socio numerario del Opus Dei por la primera edición de Camino de Escrivá de Balaguer, un cuadernito de frases edificantes que se titulaba Comentarios espirituales y fue publicado anónimamente, el tipo que me ofreció la primera de Lorca a cambio de la primera de Escrivá pensó que ambos salíamos ganando, a fin de cuentas él cambiaba a un maricón por un santo y yo cambiaba a un cura por un gran poeta
En ese catálogo habría una sección dedicada a los libros que alguna vez encontré y no pude comprar y no volví a encontrar nunca luego (ahí tendría que hablar de los Poemas Póstumos de Jaime Gil de Biedma que vi en una librería de Barcelona donde luego los busqué sin suerte, y de La Montaña Mágica de Thomas Mann que estaba en el escaparate de una librería de Split, y de Metal de Germaine Krull, que estaba en una librería de Nueva York a un precio imposible). Otra sección la destinaría a los libros deseados que nunca he llegado a ver, y ahí estarían el Crimen de Agustín Espinosa, Poemas para un Cuerpo de Luis Cernuda, Tarr de Wyndham Lewis, Prufrock and other observations de Eliot, The invasion of space invaders, que es el único libro de Martin Amis que me falta, y la novela que Terenci Moix publicó con pseudónimo, Besaré tu cadáver, y Eibanhstrasse de Walter Benjamin, y
Podría contaros mi vida describiendo establecimientos, libreros, desideratas que llevaba y de las que casi nunca lograba tachar un renglón, escaparates en los que estaban encerrados volúmenes que mis bolsillos no sabrían liberar, el aroma a veces dulzón y otras agrio de zaquizamíes, desvanes, buhardillas y sótanos donde castigué la espalda y los ojos en pos de algún libro que justificara el gasto de tantas horas....