Salvación Eterna

Por la Cruz se alcanza la Salvación Eterna

 

 

Presentación

 

Este sitio contiene textos creados para facilitar a las almas su entrada en el Cielo.

 

Está conformado por capítulos elaborados siguiendo la misma línea del libro “Tiempo Y Eternidad” que este mismo autor publicó en Internet en abril de 2004. Al igual que esta obra, también estos textos son enteramente gratuitos, y se pueden descargar, imprimir y difundir todo lo que se necesite, siempre y cuando no se altere o modifique su contenido.

También se pueden encontrar textos de otros autores y enlaces de interés a sitios que contienen escritos de espiritualidad y que promueven los valores cristianos de caridad, humildad, abnegación, renuncia y ascética. Valores sin los cuales no es posible alcanzar la SALVACIÓN ETERNA.

 

Juan F. García Millán

 

SALVACIÓN ETERNA

 

Introducción

 

El Cristianismo es una religión difícil, no cabe duda. Quizá la más difícil de todas. La Biblia por su parte no lo pone fácil, pues es un libro extenso, escrito por diversas personas, en diversas circunstancias y a lo largo de muchos siglos. El lector que no esté muy instruido puede contemplar que existe todo un abismo entre el Viejo y el Nuevo Testamento. Además, muchos pasajes son aparentemente contradictorios en sí mismos y con otros, y solamente los teólogos y Doctores son capaces de explicar, con lo que parece a veces un malabarismo de la lógica, la sintonía de unos con otros.

 

A causa de estas complicaciones, se han producido cismas y corrientes de pensamiento a lo largo de los dos milenios de su existencia, que han arrastrado mayor o menor número de fieles. Las diversas interpretaciones del dogma han originado cristianos católicos, ortodoxos, nestorianos, pelagianos, monofisitas, albigenses, luteranos, calvinistas, anglicanos, mormones, adventistas... La lista es interminable.

 

Pero es el catolicismo quien se lleva la palma en lo que a complejidad se refiere. No en vano todas las confesiones enumeradas antes (y las no enumeradas) han sido reacciones que han surgido ante la dificultad o incomodidad de seguir a una religión tan difícil. Difícil de entender, y difícil de practicar.

 

Incluso muchos católicos cultos de ayer y de hoy no terminan de entender del todo conceptos como la Trinidad (tres Personas, pero un sólo Dios), o la doble naturaleza de Jesús (completamente Hombre y completamente Dios), o el significado de la Eucaristía, o el dogma de la Transubstanciación. Por no hablar ya del sentido y valor del sufrimiento y de la Cruz (escándalo para los judíos y locura para los griegos. (1Cor 1,23))

 

Particularmente el misterio de la Cruz y su significado en Cristo y en el hombre es objeto de ignorancia en un gran número de católicos que se dicen fieles. Y es el dogma central del cristianismo sin duda alguna. Este libro contiene muchos capítulos en los que he intentado explicar y difundir este dogma.

 

Pero la mayor o menor dificultad de la religión no debe ser un obstáculo tal que determine su abandono. No en vano nos jugamos la salvación eterna. No podemos hacer como los protestantes, coger esto y desechar aquello. Porque al fin y al cabo todo tiene explicación y todo encaja; aunque haya que dedicarle su tiempo a estudiarlo y comprenderlo. El esfuerzo merece la pena, y la recompensa también. Para esta vida y para la otra.

 

Estas páginas son un intento de arrojar alguna luz sobre ciertos misterios de la Fe Católica con los que encuentran dificultades muchos creyentes y no creyentes. Quiera Dios que dé muchos frutos en seguimientos y conversiones.

 

El camino estrecho

 

El individuo católico mundanizado, que entre los que se dicen cristianos es el habitual en la sociedad de hoy, rechaza de plano toda la enseñanza bíblica y tradicional de la Iglesia sobre el sufrimiento. Para él, el sufrimiento es una situación que ha de ser evitada a toda costa, incluso por encima de las personas y del propio Dios. "Dios no nos ha puesto en este mundo para sufrir" dicen.

 

Este hecho sin embargo no es nuevo. Ya en el pasado fue rechazado por los protestantes, que endulzaron o más bien hicieron ancha la puerta que Cristo anunció que era estrecha (Mt 7,13-14).

 

Pero lo cierto es que en el mundo hay sufrimiento, por instigación del Maligno, y por la debilidad del propio hombre. Y la doctrina que predicó Jesucristo viene a ser una liberación para el oprimido, para el pobre, para el desdichado, para el que sufre. El que sufre es el predilecto del Señor, quien recibirá los mayores premios en la vida eterna.

 

Por supuesto que no debemos entregarnos al sufrimiento de forma deliberada como un masoquista. Pero el hecho de ser católicos y confesar a Cristo abiertamente y en voz alta ante la sociedad de hoy, que le odia más que nunca, nos traerá no pocas cruces.

 

La Cruz es el punto central de la doctrina Cristiana. Y el Nuevo Testamento está repleto de sentencias que nos alertan y avisan que el verdadero cristiano y fiel de Jesucristo ha de ser, como su maestro, un crucificado:

 

«Si alguno quiere venir detrás de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, y quien perdiere su vida por mi causa y por el Evangelio, la salvará» (Mc 8,34-35).

 

«Entrad por la puerta estrecha, porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que van por allí. Pero es angosta la puerta y estrecho el camino que lleva a la Vida, y son pocos los que lo encuentran» (Mt 7,13-14).

 

«Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus pasiones y concupiscencias» (Gál 5,24).

 

«Si vivís según la carne, moriréis; pero si con el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis» (Rm 8,4-13)

 

«Porque se os ha concedido a vosotros, a causa de Cristo, no solamente el privilegio de creer en él, sino también el de sufrir por su causa» (Flp 1.29)

 

«¿Qué hay de noble si soportáis el sufrimiento cuando lo merecéis? Pero si lo soportáis cuando hacéis el bien, eso sí es agradable ante Dios. Pues para esto fuisteis llamados, porque también Cristo sufrió por vosotros dejándoos ejemplo para que le imitéis». (1Pe 2, 20-21)

 

«Tú, pues, sé Partícipe de los sufrimientos como buen soldado de Cristo Jesús» (2 Tim 2,3)

 

«Mortificad vuestros miembros terrenos, la fornicación, la impureza, la liviandad, la concupiscencia y la avaricia... Despojaos del hombre viejo con todas sus obras, y vestios del nuevo» (Col 3,5-10).

 

Estas y muchas más citas que se podrían poner nos dicen que el cristianismo es cruz. Que hay que vencer las tendencias naturales egoístas del individuo orgánico y abrazar una vida más desprendida, más elevada. Es ésta la vida cristiana. No hay otra posible.

 

El cristiano carnal rechaza la cruz en su vida. Venera la cruz en el Calvario, en la liturgia del Viernes Santo, en la vida de los santos; pero no tiene ninguna facilidad para reconocer y venerar la cruz de Cristo en su propia vida.

 

Muchos incurren, como los protestantes, en el error de pretender que la cruz de los cristianos no es necesaria, pues ya Cristo la tuvo por nosotros. Ya Cristo pagó por nuestros pecados, por lo que nosotros ya no necesitamos sino gozar de esta vida sin preocuparnos de nada. Ignoran que el sacrificio de Cristo nos abrió las puertas del cielo, pero no las del mundo: "No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no Está en él. Porque todo lo que hay en el mundo--los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la soberbia de la vida-- no proviene del Padre sino del mundo. " (1ªJn 2,15). En la tierra por tanto, hemos de seguir los pasos de Cristo, hacia el Calvario, cargando la Cruz.

 

Como dice el P. Ángel María Rojas, S.J., «Jesús realiza la Redención con el sufrimiento de su Cuerpo Físico. Pero la abre para que se continúe con el sufrimiento del Cuerpo Místico. La Redención no excluye, sino que exige la participación de cada hombre en el Sacrificio de Cristo» (¿Para qué sufrir? EDAPOR, Madrid 1990,65).

 

Dispongámonos pues a abrazar la Cruz de nuestro Señor Jesucristo. La única que salva, la única que conforta al que sufre, la única que es fuente de Vida y Salvación Eterna.

 

 

El valor de la Cruz

 

Es dogma central de la Fe Católica que Jesucristo vino al mundo para salvarnos del pecado, y para eso, y a causa de eso, murió en una cruz.

 

Sin embargo, Dios pudo haber elegido redimir al género humano de una forma menos cruenta que la muerte en cruz de su Hijo. Efectivamente, hubiese bastado sólo una gota de su sangre, o ni siquiera eso, y la Humanidad hubiera sido salvada del pecado con la misma eficacia y plenitud.

 

¿Pues entonces, por qué ese disparate de la cruz? ¿Por qué ese sacrificio horrendo de la crucifixión del Hijo de Dios?

 

Bien, la cruz de Cristo no era necesaria, pero sí conveniente. De entre todas las razones que dan los teólogos, las principales se basan en el amor y en el ejemplo.

 

Esto se simplifica en la frase de la Escritura: "En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios Envió a su Hijo unigénito al mundo para que sirviese de Expiación por nuestros pecados". (1ªJn, 4)

 

Y es que el amor se ejemplifica con el sufrimiento, con el desprendimiento de uno mismo para darse a los demás. Y no hace falta irse al plano sobrenatural para ver esto. Cuántos son los padres que se sacrifican por los hijos hasta la extenuación: al atender y cuidar a un hijo disminuido física o psíquicamente, a veces durante toda la vida. O la abnegación y entrega de las madres cuidando a los bebés, cuando no les dejan dormir ni de día ni de noche, a veces durante muchos meses, o incluso años, hijo tras hijo.

 

Pues si el sacrificio y el "dejarse la vida" lo vemos entre nosotros, ¿cómo no lo íbamos a ver en un Dios que si lo tuviéramos que definir con una palabra solamente, ésta sería Amor? ¿Cómo no íbamos a presenciar en el Dios del amor, en el Dios que ama sin límite, al Dios que sufre sin límite? ¿Cómo íbamos a creer al que dice "quien dé su vida por mí la ganará" (Lc 9,24) si Él no la hubiera dado antes por nosotros? ¿Cómo íbamos a creer, en definitiva, al Dios que baja del cielo para predicar el amor, si Él mismo no nos hubiera dado la prueba máxima de amor? Pues "nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13).

 

Así pues, con su ejemplo Dios nos invita a sufrir por amor. Porque el que sufre por los demás es el que demuestra más amor los demás. El que se niega a sí mismo, el que renuncia a sí mismo en pos de los demás, ese es el que más les quiere, como nos demostró Jesucristo.

 

Por eso, el cristiano a quien Dios le envía una cruz no ha de entristecerse, sino todo lo contrario. No vale decir como el pagano "¿qué he hecho yo para merecer esto?" Ya que ¿qué hizo Cristo para merecer la Cruz? El inocente paga por los culpables.

 

Pues si el Inocente pagó por los culpables, ¿no han de correr la misma suerte sus discípulos y seguidores?

 

Como decía el beato Pedro de San José, «Cuando nos sucede alguna aflicción hemos de entender que aquello es la Cruz de Cristo y hacer cuenta que nos la da a besar.»

 

Y no hemos de estimar en poco a esta vocación del sufrimiento, pues es superior incluso a la de predicar. Pues si el fin de la predicación es convertir al pecador y que a través del Evangelio se salve, eso mismo obtiene por sí mismo y por los demás el inocente que ofrece a Dios su cruz por esta causa. Y con más eficiencia y eficacia.

 

Jesucristo murió para salvarnos del pecado; para abrir las puertas del cielo que hasta ese día estaban cerradas a la Humanidad por culpa del pecado original. Por tanto nos ha enseñado con su sacrificio que no hay nada mejor que la cruz para el perdón de los pecados. Y el perdón de los pecados implica la salvación eterna. Por tanto, por la Cruz se alcanza la Salvación Eterna.

 

Y para terminar, cito al dominico Garrigou-Lagrange que siguiendo la doctrina de Santo Tomás escribe en su libro "El Salvador y su amor por nosotros" el siguiente párrafo:

 

«Estas profundidades del misterio de la Redención nos ayudan a entender por qué Dios envía por amor a ciertas personas sufrimientos tan grandes, para hacerles colaborar unidas a nuestro Señor, y un poco como Él, para la salvación de los pecadores. Es ésta la más alta de las vocaciones posibles, superior a la que se dedica a enseñar. Como también Jesús es más grande elevado en la Cruz que predicando el Sermón de la montaña. ¿Qué prueba del amor de Dios puede haber más grande que hacer de una persona una víctima de amor, unida al Crucificado? Lo mismo que la causa primera no hace inútil la causa segunda, sino que le comunica la dignidad de causar, así los méritos y sufrimientos del Salvador no hacen inútiles los nuestros, sino que los suscitan para hacernos participar de su vida.»

 

 

Señor, dame pruebas de tu existencia

 

Leí hace tiempo una entrevista a un científico de renombre mundial, ateo, en donde le preguntaban: “Si cuando murieses resultase que sí hay Dios, y te encuentras ante Él, y te recrimina tu ateísmo, ¿qué le contestarías?” A lo que el científico respondió: Señor, me tendrías que haber dado pruebas más fehacientes de tu existencia.

 

Hay muchos científicos y hombres de gran saber como astrónomos, físicos, químicos, biólogos, o cosmólogos, cuya actitud hacia la religión es bastante negativa. Su único "dios" es el hombre y su potencial para alcanzar el conocimiento. Ni que decir tiene que la gran mayoría (aunque no todos) son agnósticos o ateos.

 

La aportación de los científicos a la evolución de la especie humana y a la mejora de sus condiciones de vida ha sido impresionante. Todos los avances en medicina, cosmología, geología, paleontología o física, han abierto al hombre nuevos horizontes, le han hecho darse cuenta de que las teorías primitivas que explicaban el universo ya no son válidas y por tanto las visiones geocéntrica y antropocéntrica del mundo han sido firmemente superadas.

 

El perjudicado lógicamente ha sido Dios. La evolución de los descubrimientos sobre la naturaleza ha ido pareja casi siempre al descrédito de Dios. Dios ya no era la causa primigenia de todas las cosas. Todo parece tener explicación lógica sin tener que recurrir a Dios como causa última. Los científicos se encargan de dar las pruebas en la mayoría de los casos o apuntar hipótesis muy razonables cuando la prueba se resiste.

 

Los físicos, los expertos en mecánica cuántica o en biología molecular, han buscado paralelamente a sus investigaciones algún indicio, alguna pista, que delate la firma del Maestro en el cuadro de la creación. Han estado buscando ese matiz, ese guiño que les haga Dios y que les diga: “Si buscas bien te apercibirás de mi presencia”.

 

Esos científicos no han encontrado esos indicios. Todo lo que han encontrado es que el universo es así debido a la casualidad, es decir, sin que haya habido una mano consciente que lo dirija todo, y nada por tanto les sugiere que el Dios de los cristianos exista sino en la imaginación de éstos.

 

Sin embargo, no debemos olvidar que Dios se ha manifestado a los hombres. Se manifestó en numerosas ocasiones a los hombres del Antiguo Testamento. Y lo que narran los Evangelios es el relato de la manifestación de Dios a toda la Humanidad.

 

E incluso en nuestros días Dios se manifiesta una y otra vez a numerosas personas. Se manifestó en Fátima y en Lourdes (a través de la Virgen). Se manifiesta a muchos santos y santas y a mucha otra gente anónima que no conocemos.

 

Pero claro, estas manifestaciones no dejan huellas, no ofrecen pruebas que luego se puedan comprobar a través de un instrumento de precisión y por tanto los científicos dicen que son fruto de mentes delirantes sugestionadas por el éxtasis psíquico.

 

Pero, ¿Qué esperaban? ¿Que se les apareciera a ellos? ¿Que se les mostrara a través del resultado inequívoco de una ecuación matemática? Dios podría hacerlo así si quisiera, indudablemente. Así podría haberse convertido el científico con el que abríamos este capítulo.

 

Pero es que esas no son las maneras de obrar de Dios. Cuando Dios se manifiesta a una persona en particular, no tiene en cuenta los méritos intelectuales o la prominencia científica (que no son nada a su altura), sino que tiene en cuenta aquellas cualidades que le son más semejantes, aquellas a las que más aprecia, como son la humildad, la bondad o el amor. Aquellos que las poseen son siempre los merecedores del inenarrable gozo de su aparición.

 

¿Y cómo iba Dios a presentarse ante los científicos, y no ante los humildes, ante los desposeídos, ante los desheredados? ¿No recordamos quién eran los compañeros de Jesús? ¿Eran acaso los fariseos, los altos sacerdotes o los gobernadores? ¿Con quién intimó Jesús en su vida terrenal? Pues con los estratos más bajos y pobres de la comunidad, naturalmente.

 

No olvidemos que Dios exige una prueba de fe para alcanzar el paraíso. Sin la Fe no hay salvación. Si un científico descubriese una prueba irrefutable de la existencia de Dios, y otros lo corroboraran, y se hiciese público y extensivo a toda la población, no cabe duda que muchos creerían en Dios. Si se proclamara Dios de forma universal a todos los hombres de forma que sólo los ciegos o los locos le siguieran ignorando, muy pocos serían ateos.

 

Ahora bien, no debemos olvidar que eso ya ha ocurrido. En la Edad Media, cuando la Cristiandad imbuía a toda la sociedad de un profundísimo sentido cristiano, cuando todo el mundo occidental estaba inmerso en la religiosidad más exacerbada, nadie en su sano juicio dudaba ni por un instante de la existencia de Dios ¿Cómo sino podrían explicar ellos los abundantes misterios de la naturaleza? Pero no nos creamos que por esa razón en esos tiempos las personas eran más buenas o que se salvaban más que ahora. Las crónicas de aquellos tiempos nos siguen narrando la maldad de los hombres, los pillajes y bandidajes, las brutalidades, etc.

 

Por tanto no creamos que la salvación se conseguiría mejor si Dios se manifestase abiertamente y por tanto fuese más fácil superar la barrera de la fe.

 

La mejor herramienta de que dispone Dios para lograr la conversión y la salvación de sus fieles, ha sido, es y será siempre la misma, y esa no es otra que la propagación del ejemplo y la vida de aquellos que de verdad creen en Él y siguen sus preceptos. El apostolado se revela como la única forma activa, segura y poderosa para conseguir arrancar de la incredulidad y la disipación a las masas de personas que, sin saberlo, ansían arrojarse a los brazos de Dios.

 

Mejor pocos bien atendidos?

 

Uno de los argumentos más esgrimidos a la hora de explicar por qué no se tienen más hijos, es el de aquella gente que dice "mejor tener sólo un hijo pero bien atendido y con comodidades, que muchos más y todos con precariedades".

 

El argumento no deja de tener su lógica y su sentido, si nos circunscribimos a los cortos horizontes de esta vida terrenal. Pero claro, el cristiano no puede tener esas miras, pues apunta a la vida eterna.

 

En otras palabras, si de lo que se trata es de hacer un viaje desde A (el nacimiento) a B (la muerte), siendo el punto B el destino final, pues claro que es mejor llevar menos viajeros, pues el coche es pequeño, y las inclemencias del viaje son grandes. Pero ojo, resulta que el punto B no es el final, sino apenas el comienzo, un comienzo a una eternidad pletórica de felicidad. ¿Cómo no pues, llevar el coche cargado hasta los topes, cómo negarles esa felicidad a esos hijos nuestros, aunque tengan que ir en bicicleta?

 

Parecen duras estas palabras. Y lo son sin duda, pues la vida es dura y más para esos valientes, pero ¿acaso no merece la pena el premio? No podemos tener la miopía de los ateos, que no pueden ver nada más allá de la muerte. La vida, por muy dura que se nos presente no es sino la antesala de una forma de vida mucho más plena, avanzada, feliz y completa, y allí todas nuestras fatigas se olvidarán al momento, y tendremos toda una eternidad para alegrarnos de haber llevado llenas las alforjas.

 

Las mujeres y el sacramento del orden

 

Uno de los argumentos que los detractores de la Iglesia esgrimen contra ella es su "machismo". La Iglesia es machista, dicen, por que no ordena a mujeres. Porque nadie en la Jerarquía es mujer.

 

Cierto es que los tiempos cambian, y la sociedad misma cada vez más va dando cabida a las mujeres en los puestos de responsabilidad. Desde principios del siglo XX, cuando comenzaron los movimientos en pos de la liberación de la mujer, ésta va teniendo un papel más vistoso dentro de la sociedad, al menos la occidental.

 

Cuando en el párrafo anterior mencioné la palabra "vistoso", estuve a punto de poner "protagonista", pero hubiera cometido un error. Y la razón es que la mujer ha tenido siempre un papel protagonista en casi la mayor parte de las sociedades. Ha sido siempre la mujer la que ha trabajado más que el hombre, la que ha sufrido más, y la que ha llevado por sí sola el peso, el sostenimiento de los pilares sobre los que se asienta la sociedad.

 

Esto en sí mismo no es sino un hecho constatable hasta por un ciego. Y tiene una parte muy negativa también. En gran parte de la humanidad la mujer es tratada como una bestia de carga, que no sólo cuida de la prole y las necesidades del marido, sino que además es recompensada con lo que este último desprecia. Y esto obviamente no es bueno.

 

Las mujeres que reclaman más protagonismo, lo que reclaman es más bien "vistosidad", figurar en los sitios... y tomar decisiones.

 

Pero antes de nada una aclaración. Estar en un puesto de responsabilidad no es algo bueno "per sé". Para muchos incluso es algo a evitar a toda costa, una carga insoportable.

 

Que la mujer es capaz de estar en cualquier puesto de responsabilidad y desempeñar su cargo como cualquier hombre (o mejor) es algo que ya nadie duda hoy en día.

 

Pues entonces, ¿por qué la Iglesia no acepta mujeres? En primer lugar la pregunta está mal formulada, ya que la mujer es mayoría dentro de la Iglesia. Habría que preguntar más bien ¿Por qué las mujeres están excluidas del sacramento del orden?

 

Bien, ahí la respuesta es algo más compleja. Hay quien argumenta que el mismo Jesús no incorporó mujeres dentro de Los Doce. Y la razón bien pudo ser que las "embajadoras" de su Palabra no hubieran gozado de audiencia entre nadie. La mayoría de las sociedades antiguas consideraba a las mujeres como un cero a la izquierda, sin voz ni voto, ni juicio. Incluso en algunos casos se llegaba a cuestionar si tenían o no alma.

 

La sociedad moderna ha desechado, felizmente, todas esos disparates, y por tanto podría ser hora de poner las cosas en su sitio. ¿O no? Pues lamentablemente no. Resulta que los que vivimos en el Primer Mundo, nos olvidamos muchas veces que "existen" otros Mundos. Y lo cierto es que la gran mayoría de la Humanidad aún vive con precariedades, en pobreza, y en muchos casos con costumbres primitivas.

 

Enviar una mujer a presidir una Eucaristía a ciertas zonas de misión en Asia donde aún hoy en día las mujeres son consideradas igual que en tiempos de San Pablo, sería toda una imprudencia que no traería ninguna conversión a la Iglesia, o echaría a perder las que existieran.

 

Así pues, no ha llegado el momento. Y quizá no llegue nunca, o se acabe el mundo antes ¿quién sabe? El caso es que no puede haber sacerdotes de primera "todo-terreno" y sacerdotes de segunda "sólo-para-el-mundo-civilizado". Una participación en el sacramento del orden de esa forma no sería válida. La ordenación no puede tener límites.

 

La futilidad de la vida y el valor del sufrimiento

 

Esta vida está perdida desde el principio. "La vida es un valle de lágrimas" me decía recientemente un confesor. Hay que hacer de la necesidad virtud. Tantas frases...

 

El que se empeña en complacerse y buscar sólo los placeres de la vida es como el que intenta alumbrarse en una noche cerrada de ventisca con una mísera vela. Una y otra vez enciende la mecha, pero no avanza... Es como el caballo que corre detrás de la zanahoria...

 

¡Hay que resistir! Es la consigna que hemos de decirnos una y otra vez, pues a buen seguro que nadie nos lo dirá, y menos en este mundo materialista.

 

La vida es un campo de entrenamiento. Es como la clausura que se impone un joven universitario para poder estudiar y sacar la carrera. Es la prueba que hemos de pasar para heredar la eternidad feliz. Es una prueba dura, y peor aún larga, muy larga. Pero es que infinitamente larga es la eternidad celestial... y la eternidad infernal también.

 

Jesús no vino al mundo a explicar o abolir el sufrimiento, sino a llenarlo con su presencia. No podemos pensar como los judíos de su época, que veían en Él a un Mesías terrenal, que les iba a liberar de los romanos.

 

Él dio su vida por nosotros, y por tanto nosotros también tenemos que dar la vida por Él; cuando le vemos en nuestros hermanos, en los pobres, en los necesitados, cuando por ellos nos dejamos la vida, entonces estamos dando la vida por Él. Cada cual en su vocación: el casado por su familia, el niño por sus padres, el soltero por sus prójimos.

 

Hemos de tener valor y entereza y pensar que los sufrimientos soportados por Cristo no son malos sino todo lo contrario. Si viéramos el valor de nuestras cruces, no querríamos que éstas nos faltaran nunca. Conoceríamos que la cruz es lo más valioso que hay en nuestras vidas. Diríamos como Santa Teresa: «o padecer o morir». O como San Juan de la Cruz: «jamás, si quieres llegar a la posesión de Cristo, le busques sin la cruz».

 

Cuando nos sobrevengan esos sufrimientos que nos amargan tanto, decid y rezar de la siguiente forma:

 

“Dios me ha configurado al Varón de Dolores, haciéndome participar así maravillosamente de la obra de la Redención”.

 

“Gracias señor por los sufrimientos que me concedes por mis culpas o por las de mis semejantes. Todas estas penas mías unidas a tu Cruz, valgan para la expiación de mis pecados y los del mundo entero”.

 

¡Ánimo alma penitente! Los sufrimientos duran un día, y el descanso es eterno. ¡Hay que resistir! ¡Hay que resistir!

 

El infierno

 

Qué poco se habla hoy en día sobre el infierno. Rara vez en las homilías se pronuncia este nombre, o el de su habitante principal. Los sacerdotes temen espantar a los fieles, o quizá más bien, perder credibilidad.

Cuando le hablas a un ateo sobre el infierno eres motivo de mofa, sorna y escarnio.

 

Pero que el infierno existe es una realidad innegable. Si está más o menos habitado no lo sabemos, pero hay un hecho innegable: Jesucristo murió para librarnos de él.

 

Es dogma central de la Fe católica que Jesucristo murió para salvarnos del pecado. Mejor dicho, de las consecuencias del pecado. ¿Y cuales son las consecuencias del pecado? Pues el estar apartados de Dios. No por otra cosa dicen los teólogos que la pena mayor del Infierno es precisamente esa, el estar apartados de Dios, para siempre.

 

Muy grande debe ser esta pena en la Eternidad, para que el Hijo de Dios se encarnase en la Tierra y muriese para salvarnos de ella. Quien niegue que existe el Infierno está poniendo en entredicho la misión de Jesucristo y el motivo principal de su Encarnación y muerte en Cruz. Y negar esto en un cristiano es algo muy grave.

 

La escatología por lo general suele ser muy difusa y dada a especulaciones. Los libros sagrados dan pocas pistas concretas sobre su composición y acceso, aunque las reglas generales sí que están bien delimitadas. Lo mismo pasa con temas como la creación del mundo. El ser humano no ve lo suficiente, no comprende lo necesario, y lo primero que hace ante la confusión y la falta de pruebas directas, es negar. Pero el universo, el mundo, la trascendencia en general, no son para los humanos sino un tapiz. Sí, un tapiz puesto al revés, donde nosotros sólo vemos el envés, mientras que el Maestro Tejedor contempla la obra con todo su sentido y esplendor.

 

Radical

 

Peter Maurin, el fundador del movimiento “El Obrero Católico” en Estados Unidos, siempre fue un partidario entusiasmado de la palabra “radical”. Recuerdo uno de sus “Ensayos Fáciles” con los que intentaba, como yo con estos textos, despertar a los cristianos, que decía algo así como:

Jesucristo dijo: «No podéis servir a Dios y al dinero». ¡No podéis! Pues bien, toda nuestra educación consiste en tratar de averiguar de qué forma se puede servir a Dios y al dinero”.

Peter Maurin, como predicador infatigable, siempre zarandeó las conciencias de los cristianos dormidos y les animó a profesar el Evangelio “sin restricciones”, es decir, plenamente.

A muchos de los que intentamos explicar el Evangelio en su forma correcta (no en la versión “light” o cómoda tan de moda hoy en día) se nos dice que somos unos fanáticos, unos radicales.

 

Pero es que hablar de catolicismo radical es simplemente una redundancia. Es como si quisiéramos defender la palabra fuego caliente o sal salada, como si fuera posible que el fuego pudiera ser frío o la sal dulce. No señor. Se puede hablar de catolicismo o cristianismo atenuado, pero no de catolicismo radical.

 

Y es que el cristianismo, por definición, ya es radical. Es radical por que se aparta perpendicularmente de la concepción mundana de cómo debe ser la actitud humana. Es radical por que promueve la cruz y el sufrimiento para alcanzar la felicidad (y el que diga lo contrario es que no ha entendido el Evangelio). Es radical en suma, por que el hombre ha de negarse a sí mismo, tomar su propia cruz, y seguir al maestro (Lucas 9, 23).

 

G. K. Chesterton, decía que uno de los miedos de los magnates de su tiempo era que le saliera un hijo católico. Un miedo superior al que saliera marxista, ya que esto último es menos estable, y en muchos casos se suele vencer con la edad.

 

Y no le faltaban razones. En los países de mayoría protestante, los católicos por lo general suelen ser más fieles a la doctrina que los que viven en países de supuesta mayoría católica. Un católico hace opción por la pobreza y por el desprendimiento, valores contrarios a la doctrina capitalista. Para esos padres era pues, una discontinuidad de los negocios, un hijo desaprovechado, normalmente de por vida.

 

Cómo si no se explican las palabras de Cristo de “Fuego he venido a traer al mundo y ojalá estuviera ya ardiendo... ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos, y dos contra tres (Lucas 12, 49-53).

¿Que otra religión del mundo promueve la Cruz como vía de Salvación? Una cruz que es “escándalo para los judíos y locura para los griegos” (Cor.1,23). ¿Como no llamar radical a una religión así?

Pues sí, radical ha de ser nuestra conversión, si aún no estamos en el camino de la Cruz. Por que sólo con el Evangelio, en su radicalidad, podemos entrar en la Vida Eterna.

 

 

El Consumismo

 

El mundo, ofrece hoy más que nunca una variedad inmensa de ídolos a los que el ser humano adora con verdadera devoción. Más atrayentes que nunca, esos ídolos han arrebatado por entero el corazón de los que antes se llamaban cristianos y los ha convertido en fieles adoradores.

 

Pero hoy como ayer, esa adoración se instrumentaliza a través del dinero.

 

El dinero atesorado más allá de su legítimo uso para llevar una vida digna es una usurpación de lo que les corresponde a los que no tienen nada. No olvidemos que los bienes de este mundo no nos pertenecen, sino que se nos dan en usufructo. El único dueño es Dios.

 

El cristiano auténtico no debe, no puede malgastarlo mientras existan otros congéneres que no tienen ni lo necesario.

 

Antes se atesoraba en previsión de necesidades futuras que podrían surgir, burlando el precepto divino de "buscar primero el reino de Dios, pues todo lo demás se os dará por añadidura" (Lc 12,31). También hoy se atesora de esa forma, claro, pero en la mayoría de las ocasiones, ese excedente se malgasta, se consume.

 

Efectivamente, una de las formas de adoración que nos impone el Leviatán moderno es el consumismo, principalmente en los países industrializados.

 

La gente ya no va a semanalmente a la Eucaristía, como antes. Ahora la visita semanal ya no se hace al templo, sino al centro comercial.

 

Con la excusa de hacer la compra, se adquieren esos productos que no se necesitan, pero que nos meten por los ojos, creándonos necesidades artificiales.

 

Y los hay para todos los bolsillos. El ídolo del consumismo no se adora solamente en los templos modernos, los grandes centros comerciales. También las tiendas de "todo a un dólar", o su equivalente en otros países satisfacen los anhelos del corazón consumista, del que se ha desplazado a Dios. "Sólo a mí adorarás, sólo a mí me darás culto" (Ex. 34,14)

 

No piense el cristiano que desea seguir fielmente a Cristo, que por que sea poco el dinero que se emplea en esas compras está más libre de culpa. Si el corazón está "enganchado" a esos pequeños caprichos, poco espacio puede quedar para Dios.

 

 

 

La anticoncepción

 

Junto al mundo, (y al demonio), la carne siempre ha sido el otro enemigo acérrimo del hombre cristiano.

 

Y al igual que comentábamos con respecto al mundo, la sociedad de hoy favorece como nunca la adoración a este ídolo

 

La liberación de la mujer en las sociedades occidentales durante el siglo XX, su acceso e incorporación de forma masiva al mundo laboral, y el avance en la elaboración de anticonceptivos, a traído como consecuencia un aumento como jamás se había visto, de la promiscuidad sexual.

 

Por supuesto que yo no estoy criticando que la mujer trabaje y que no tenga que depender del marido. La liberación de la mujer ha marcado todo un hito en la historia en pro de la dignidad humana y ha significado un gran beneficio para la igualdad de sexos en cuanto a condiciones legales, jurídicas, y de toda índole.

 

Pero sí que es cierto que antes la mujer había de conservarse casta, y "entregarse" a un sólo hombre, pues era prácticamente la única posibilidad de supervivencia, al no haber muchos modos ni oficios en los que pudiese ganarse la vida. Si la mujer era promiscua, corría el riesgo de ser rechazada y quedarse como "una solterona". La idea general era que si la mujer se entregaba antes del matrimonio, puesto que el hombre sólo buscaba eso, nunca se casaría. El matrimonio pues, era el precio del sexo.

 

Obviamente este no era el caso de todo el mundo, y de todas formas el hombre podía encontrar sexo sin casarse en otros sitios. Pero al menos se me dará la razón en que hoy por hoy las circunstancias son mucho mejores que antes en cuanto a favorecer la promiscuidad.

 

Siguiendo el planteamiento que hacíamos antes con el Mundo, el sexo es otro ídolo que nos vela la verdadera adoración a Dios. Si damos culto al sexo, estamos desbancando a Dios del corazón, total o parcialmente.

 

Por eso la Iglesia ha racionalizado la sexualidad. Entiéndase que no me refiero a racionar, sino a racionalizar. La Iglesia no prohíbe el sexo, sólo lo encauza.

 

Lo encauza al matrimonio, claro está, y le dota de una perfección, que es la apertura a la vida.

 

Entiende la Iglesia que la anticoncepción busca solamente el placer en sí mismo, eliminando el vínculo que lo hace sagrado, que es la procreación, es decir, la colaboración humana en los designios divinos de la continuidad de la especie.

 

En cualquier caso, la Iglesia no prohíbe todas las formas de anticoncepción. Los llamados métodos naturales que se basan en la observación de los períodos infecundos de la mujer sí son permitidos e incluso recomendados en muchas ocasiones.

 

Este asunto ha dado mucho que hablar, y ha suscitado confrontaciones incluso dentro de la propia Jerarquía eclesiástica.

 

Hay muchos cristianos bien intencionados a quien no les parece correcta la distinción entre métodos naturales y métodos artificiales. El sólo hecho de admitir en la relación un elemento externo, bien sea una sustancia química o un medio físico, no es motivo suficiente -según ellos- para admitir una diferenciación entre lo natural y lo artificial.

 

Y es que si se quiere, también los medios naturales son artificiales. Al entender de muchos, el que una mujer realice mediciones de temperatura y de la consistencia de los flujos corporales, que los vaya analizando y haciendo gráficos en base diaria, no parece que sea muy natural, sino más bien algo bastante artificial. Por no hablar ya de los aparatos que venden las farmacias que hacen ese mismo trabajo.

 

¿Significa esto que si un cristiano bienintencionado cree en conciencia esta disquisición (que pudiera parecer bastante razonable), puede utilizar por tanto, los métodos "artificiales"?

 

Bueno, más bien debiera hacerse todo lo contrario, creo yo, para ser coherente. Si la Iglesia proscribe los métodos artificiales, y a nosotros en conciencia nos parece que un método natural parece artificial, debiéramos pues, en coherencia, no usarlo tampoco.

 

En cualquier caso, deberíamos estar por encima de todas esas cosas, y simplemente dejarnos llevar. Dejarnos llevar por lo que dice la Iglesia, claro, y no entrar en disquisiciones sobre si moralmente me obligo o si en conciencia no peco, etc, etc.

 

No olvidemos que independientemente de lo que uno piense o no piense, somos hijos de la Iglesia, y que la obediencia, la humildad y la mansedumbre son valores que Cristo nos ha enseñado a practicar. Sí. Independientemente de que pensemos que se nos ordena algo injusto o erróneo. Lo mismo debió pensar Abraham cuando Dios le ordenó sacrificar a su hijo Isaac (Gen 22.2)

 

Y es que la obediencia es una virtud de entrega, de abnegación, de renuncia (y de cruz) como ninguna otra, pues con la obediencia entregamos aquello que en más estima tenemos, que es la voluntad. Con razón dicen los religiosos que de los tres votos -obediencia, castidad, pobreza- es este el más duro y difícil de cumplir.

 

Pero por esa razón es el que más mérito tiene, y el que más se identifica con el vaciamiento de corazón que debemos obtener para que Dios pueda morar en él de forma completa. No hay mayor renuncia y desasimiento que el que se hace de la propia voluntad.

 

Y para ir finalizando este capítulo sobre la anticoncepción, quiero reproducir aquí un pasaje de Jose María Iraburu procedente de su estupendo libro “De Cristo o del Mundo”:

 

“Imaginemos que un ministro de la Iglesia, ante un grupo de ricos apegados a sus riquezas, predicase sobre la cuestión social en estos términos:

 

«Hermanos, ésta es la norma: vosotros, los ricos, mientras vuestro prójimo pasa hambre, no tenéis derecho a lujos; por eso, privándoos de lo superfluo y reduciendo vuestras necesidades, debéis compartir vuestros bienes con los pobres, para que la miseria y el hambre sean por fin vencidos. Así enseñan las últimas encíclicas sociales.

 

«Ya comprendo, sin embargo, que esta norma que da la Iglesia suscita en vosotros, los ricos cristianos, especiales problemas de conciencia. Algunos de vosotros no veis en tal norma fundamentos convincentes de razón, ni bases claras en la Escritura. Pensáis algunos que el Evangelio exhorta al amor, no a la igualdad, y que ciertas desigualdades, incluso grandes desigualdades, son perfectamente conformes con el orden natural; y quizá no os falte algo de razón.

 

«Por otra parte, esa norma, así planteada, no puede decirse que sea una doctrina infalible. Es evidente que no todas las desigualdades son injustas, y que no es tan fácil discernir las desigualdades justas de las injustas, y lo necesario de lo superfluo. Por eso, no siendo una doctrina infalible, aquel de vosotros que tenga razones verdaderamente graves para disentir en conciencia de ella, no sólo puede, sino que debe seguir el dictamen de su conciencia. Nadie, pues, se angustie al escuchar las encíclicas sociales de la Iglesia [aquí murmullos de aprobación].

 

«Notad, por otra parte, que en las encíclicas aludidas no se dice nunca que estas materias graven las conciencias bajo «pecado mortal». Evitan deliberadamente emplear tal expresión; no es un olvido. La Iglesia además es la primera en conocer que situaciones objetivamente ilícitas, pueden ser en ciertas condiciones disculpables o subjetivamente defendibles. Es un hecho que vosotros -no uno, ni dos, sino casi todos- sentís verdadera repugnancia a limitar una vida de riquezas a la que desde niños os han acostumbrado, para prestar a los necesitados una efímera ayuda, de la que posiblemente no hagan buen uso. Como también es un hecho que casi todos los ricos -incluso los países ricos en su totalidad-, siendo cristianos, desobedecéis estas normas sociales de la Iglesia. Y sería un pesimismo excesivo pensar que todos vosotros estáis «apartados del amor de Dios» [algunas risas]. Es verdad que la Iglesia propone la efectiva solidaridad fraterna como un ideal, pero también es verdad que hay grados de crecimiento en la vida cristiana que deben ser respetados. Podéis, pues, estar tranquilos» [aplausos, silenciados por el predicador].

 

«Pero en todo caso, si vuestras enormes riquezas actuales os plantean un verdadero problema de conciencia, tenéis abierta una salida segura acudiendo a la tradicional doctrina moral sobre el conflicto de valores: en efecto, si para ayudar a los pobres tratáis de reducir en serio vuestras riquezas en nombre de la justicia y de la caridad, seguramente esto va a ocasionar graves problemas familiares, que podrán afectar seriamente al amor entre esposos y entre padres e hijos. Es, pues, éste un caso típico de conciencia perpleja, ya conocido y reconocido por la moral clásica, en el que hagáis lo que hagáis, hacéis un mal. O poner en peligro el amor y la paz familiar, que sin duda es un valor primario, o no cumplir lo que dicen las encíclicas. Debéis entonces, con toda libertad, sin admitir presiones, elegir lo que en conciencia os parezca el valor mayor, o si se quiere, el mal menor. Ninguna norma, persona o institución puede en esto sustituir el dictamen último de vuestra conciencia. Y estad ciertos de que después no necesitáis confesaros sobre estas materias»... (grandes y prolongados aplausos).

 

¿Habría alguna probabilidad de que los ricos que escucharan una predicación como ésta se convirtieran, y pasaran de la injusticia a la justicia? ¿Sería posible reconocer en esos planteamientos una verdadera predicación de la doctrina social de la Iglesia? ¿No sería más bien una broma trágica, realizada mientras millones de seres humanos mueren de hambre?...

 

Pues así es como algunos, en ciertas regiones de la Iglesia, enseñan acerca de la moral conyugal católica: no han terminado de exponer la norma, cuando ya la han negado o puesto en duda, la han juzgado impracticable, y han suministrado hábilmente diez posibilidades de eludirla con buena conciencia. Otros, la mayoría, tienen más sentido del ridículo, y prefieren callarse: simplemente, se abstienen de hablar o predicar sobre el tema. Y en fin, unos pocos predican la verdad, y son de uno u otro modo marginados, rechazados como fanáticos duros, sin caridad”.

 

Bien, podría objetarse contra este pasaje que el pecado de los ricos es mucho mayor que el de los que usan anticonceptivos, pues aquellos perjudican a terceros, (por su egoísmo), mientras que los otros, si acaso, sólo se perjudican a sí mismos.

 

Pero es que no debemos olvidar que los otros también son egoístas, al reducir o eliminar las posibilidades de engendrar un nuevo heredero del cielo. Y también por preferirse a sí mismos antes que a Jesucristo, que les está mirando desde la Cruz.

 

 

La renuncia es del corazón

 

Cuando Jesucristo exhorta a renunciar a las riquezas y a las ambiciones del mundo, se está refiriendo siempre a una renuncia del corazón. De nada vale pues quien se priva de todo, y sin embargo en su corazón lo sigue anhelando. En ese corazón por tanto no cabe Dios, pues ya está lleno del anhelo de todas esas cosas.

 

Esa pues, es la medida que nos permite saber si somos pobres o no. Si nuestro corazón es indiferente a las riquezas, a buen seguro que no las adquiriremos, y si las tenemos, pronto nos dejarán. Y lo mismo con todas las otras cosas del mundo.

 

Hay matrimonios, por ejemplo en los que quizá a un cónyuge le gustaría ser más generoso en las limosnas o dar más dinero a los pobres, pero el otro no está por la labor. Igualmente puede ser que uno no quiera usar anticonceptivos, y el otro sí. Y como en todos las parejas siempre suele haber un cónyuge dominante, ¿qué puede hacer el más débil si el otro se resiste a cambiar de actitud?

 

Bien, pues tenemos de nuevo que preguntarnos cual es la inclinación del corazón. El cónyuge que invita a ir al otro por la vía de Jesucristo, sin éxito, ha de insistir en el propósito, y en última instancia ha de pedirlo en la oración. Pero pedirlo de verdad. Sólo así sabremos si en verdad el corazón está sintonizado en la frecuencia correcta.

 

El desprendimiento del corazón implica no sólo que no debemos perseguir los bienes del mundo (o de la carne) sino que debemos de estar prestos a desprendernos de ellos, si ya los tenemos. Sólo si cuando los perdemos no mostramos inquietud, sabremos realmente que no estábamos apegados a ellos.

 

 

La autenticidad y divinidad de la Iglesia

 

Decía Dorothy Day, una de las más grandes santas del siglo XX, que los mismos ataques que sufre la Iglesia, especialmente la Iglesia Católica, son la prueba irrefutable de su divinidad. Y cierto es que ninguna otra Confesión en la historia ha sufrido tantos ataques como la Iglesia Católica.

 

Esto quizá nos haga sentir a los católicos los más privilegiados de los cristianos, pues en esta persecución histórica se manifiesta nuestra predilección como hijos de Dios y la certeza inigualable de la fidelidad al dogma y a la doctrina que predicó Jesucristo.

 

Pero hay muchos otros aspectos que nos hacen pensar igualmente en la autenticidad de nuestra Fe. Y estoy pensando ahora en el Perdón.

 

Si, el perdón que manifiesta Dios para con los pecadores. Un perdón ilimitado, fruto de una misericordia infinita.

 

En una de sus enseñanzas Jesucristo declara: Aquel que me negare ante los hombres, también a ese le negaré yo ante mi Padre (Mt 10,33). Pues bien, el mismísimo Pedro le negó a Él no una sino tres veces en los duros momentos de su Pasión. Y esta negativa no es comparable a la que podamos hacer nosotros o la que han hecho otros cristianos en la historia. No, Pedro le negó a Él físicamente. Habiéndole conocido, habiéndole oído con sus propios oídos, visto con sus propios ojos, tocado con sus propias manos y aún así Pedro aún no le conoce, le niega.

 

¡Cuantos otros mártires han dado su vida con horribles torturas sólo para no repetir el comportamiento de Pedro! ¡Mártires, que no le vieron ni le oyeron, ni le tocaron!

 

Pero sin embargo, aquí se muestra inconmensurable el Perdón de Dios. Ante semejante comportamiento Pedro no hubiera merecido ante nuestros ojos ninguna conmiseración. Le hubiéramos rechazado, odiado, para siempre. Pero Dios no. Él no procede como los humanos. Pedro fue uno de los primeros a quien se apareció el Cristo resucitado. Pedro fue instituido como poseedor de las llaves del reino, a Pedro se le dio una segunda oportunidad, y murió finalmente mártir de la Fe, en Roma.

 

Cosas como estas son las que me hacen pensar que el cristianismo es único entre todas las religiones, que marca la pauta definitiva de autenticidad, que muestra el giro de tuerca más allá del que van las demás religiones, el golpe de mano definitivo que desbanca a cualquier sucedáneo.

 

El Dios que perdona infinitamente, que se empequeñece hasta extremos inhumanos, que se muestra más humano que cualquiera de los que nos llamamos humanos. Ése es, el Dios con el que yo me quedo. El único Dios que deja de ser Dios para hacerse lo más ínfimo, para rebajarse y humillarse hasta lo mas bajo, muriendo como un criminal, ese Dios, es el único que merece llamarse Dios.

 

 

La autenticidad del Catolicismo

 

En sus orígenes, el cristianismo era considerado una secta del judaísmo, pues emanaba de él, y a los ojos de un profano, no era sino una rama más de éste. La única diferencia parecía ser un profeta, que era considerado como autoridad por unos y negado por otros.

 

Con el paso del tiempo el cristianismo se fue extendiendo, y el número de sus fieles aumentando.

 

Cuando fue considerada religión oficial del Imperio Romano, adquirió una entidad que lo desvinculaba totalmente de ser simplemente una secta del judaísmo.

 

El cristianismo, a su vez, padeció muchas tentativas de escisión, que a punto estuvieron de desembocar en cisma abierto y permanente. Quizá la más clara en el primer milenio fue el arrianismo. Pero esta y otras más que hubo, fueron finalmente abortadas, y aunque unas duraron más que otras, a la postre siempre se consiguió la unidad.

 

El primer cisma importante (y que sigue hasta la fecha) fue el Cisma de Oriente, que constituyó lo que hoy llamamos la "Religión Ortodoxa".

 

La Iglesia Ortodoxa niega la obediencia al Papa, pero por lo demás tiene coincidencia doctrinal casi perfecta con las enseñanzas de Roma, y los ritos son casi idénticos.

 

El cisma importante llegó en el siglo XVI con la Reforma.

 

El protestantismo, al igual que la Iglesia Ortodoxa, niega la autoridad del Papa, pero además rompe con toda tradición anterior, llegando a desautorizar gran parte del Magisterio de la Iglesia.

 

Si la Ortodoxia fue un ligero desmarque, el protestantismo es una vuelta de tuerca definitiva, que deja únicamente a la Biblia como fuente de doctrina, sin respetar prácticamente ninguna otra autoridad.

 

Y aquí viene realmente el problema.

 

La Biblia es un libro complejo. Fue escrito por muchas personas diferentes, a lo largo de varios siglos, y con unas circunstancias y motivaciones nada similares unas de otras.

 

Hay pasajes claros, que hablan al lector directamente con palabras sencillas, pero hay muchos otros oscuros de difícil interpretación. Y todo es palabra divina, claro está.

 

La Biblia puede estar sujeta a multitud de interpretaciones. Pongamos por caso el conocido pasaje de Lucas 18,25: «Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios.»

 

Pues bien, Jesús no define aquí la palabra rico en términos de magnitud. ¿Qué es un rico? ¿Es el que tiene más que la media de la población? ¿Es el millonario cuya clase social constituye menos del 1% de la gente? ¿Es todo aquel que no es paupérrimo y que no tiene ni un céntimo para cenar esta noche?

 

Otro ejemplo más controvertido es la Última Cena:

«Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío. De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros.» (Lc 22, 19-20)

 

Los católicos decimos que ese pan y ese vino es realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y que debemos asistir al menos semanalmente a la conmemoración instituida en ese pasaje.

 

Los protestantes tienen interpretaciones variadísimas, pero casi todas coinciden en el hecho de que ese Cuerpo y esa Sangre no son tales, sino que son figuras alegóricas, y que esa conmemoración vinculaba sólo a los apóstoles.