Confesiones de una fabricante de telebasura arrepentida 
"Mentimos, engañamos, ganamos dinero, sobornamos, despreciamos, 
manipulamos concursos, tergiversamos informaciones, llevamos a 
individuos a la tele sabiendo que su aparición les destrozará la 
vida, diseñamos programas zafios sabiendo que lo son, somos racistas, 
estafamos a directivos de televisión..." 
¿Qué hay detrás de los programas llamados “basura”? ¿Cómo consiguen 
los redactores de talk shows llevar a plató a ese hombre, ciego, 
abandonado al nacer, que años más tarde pillaría in fraganti a su 
mujer con su padre en la cama, justo en el día de su aniversario? 
Cuando llora un invitado, famoso o no, o cuando se abraza 
efusivamente con otro, ¿son lágrimas de verdad y afecto sincero? 
Llama en directo el amante secreto de la entrevistada y muchos creen 
que es espontáneo ¿Es realmente así? ¿Qué parte es improvisada y qué 
parte está en el guión? Una periodista que ha trabajado durante años 
en este tipo de programas, Mariola Cubells, lo cuenta todo en el 
libro ¡Mírame tonto!, recientemente publicado por Ediciones 
Robinbook, con prólogo de Carmen Alborch, y del que en una semana se 
vendieron los 3.000 ejemplares tirados. La obra sale a la venta en un 
momento en que la polémica en torno a la “telebasura” vuelve a ser 
tema principal en las columnas de los críticos y preocupación para 
los programadores de televisión. 
"Sólo me interesan los analfabetos y las marujas. Cualquier persona 
que haya leído un libro en los últimos cinco años no me sirve como 
espectador ni, por descontado, como testimonio". Son palabras 
textuales del director de un programa de televisión. Escrito con la 
estructura de un programa de televisión –con presentadora, promo, 
sumario, bloques de contenidos, citas, invitados y publicidad-, la 
autora desvela con humor, ironía, desprecio, y mucha autocrítica, el 
lado más oscuro de la “telebasura” a través de multitud de anécdotas 
del “mundillo” –algunas con nombre y apellidos- que escandalizarán a 
los espectadores que desconocen cómo se trabaja a menudo para sacar 
adelante un programa de televisión, y en las que se verán reflejados 
muchos periodistas de televisión. O no. 
La gota que colmó el vaso 
Entre otras cosas, Mariola Cubells cuenta los trucos que utilizan las 
cadenas para subir la audiencia. Por ejemplo, da detalles sobre las 
consignas que el programa de Canal 9 Parle vosté, calle vosté daba a 
sus invitados. Fue precisamente en este programa, según contó la 
autora en la presentación del libro, donde un día, el 17 de enero de 
1997, “vio la luz” y se dio cuenta de que no quería seguir haciendo 
este tipo de televisión. 
En el programa de ese día, titulado “¿Las mujeres no llegan a más, 
porque no pueden?”, un invitado que había conseguido Mariola Cubells,= 
y al que ésta previamente le había dado indicaciones para que fuera 
muy agresivo y “cañero”, pronunció esta frase en directo: ?0;Las 
mujeres no tienen alma ni derecho al orgasmo, como esas tres de la 
mesa, y las feministas se arrastran por el mundo”. La periodista 
corrió horrorizada para abofetear al joven por decir semejante 
barbaridad, pero se encontró por el camino con el director del 
programa “frotándose las manos” por el pico de audiencia que tendrían 
al día siguiente (33%). Cuando llegó, le dijo: “¿Tú eres imbécil? 
¿Cómo te atreves a decir eso?”. Él la miraba atónito y la 
respondió: “¿No me habías pedido que metiera caña y bronca? Pensaba 
que eso era lo que querías?”. Mariola Cubells concluye en el 
libro: “Tenía razón. Era eso lo que quería. Era eso lo que queríamos todos”. 
Mentimos, engañamos, sobornamos, despreciamos... 
Una de los fragmentos más interesantes de ¡Mírame, tonto!, y que 
reproducimos a continuación, es la confesión con la que la 
periodista “arrepentida” comienza su libro: 
Mentimos. A usted, que nos ve desde casa. Y a usted, que viene a la 
tele a contarnos sus cuitas. 
Engañamos. A cientos de personas para conseguir que vengan al 
programa. O para sacarles una declaración. Los confundimos 
diciéndoles mentiras redondas y los traicionamos abusando de su confianza. 
Ganamos dinero. Unos más que otros. Todo vale para conseguirlo. 
Aceptamos lo que nunca pensamos que aceptaríamos. Por dinero, sí. 
¿Usted no? 
Sobornamos. Pagamos a los parias de la tierra si es preciso. 
Prometemos. Cosas que no vamos a poder cumplir. A ustedes, a los que 
van a la tele a contar y a los que nos escuchan desde el sofá de casa. 
Despreciamos. No nos importa que usted crea o no lo que está viendo. 
Lo único que queremos es que lo vea. Y que se calle. Y que nos vuelva a ver mañana. 
Manipulamos concursos, si hace falta, para que ganen los guapos. O 
para mantener el ritmo. O para que no se aburran; sobre todo, no se 
aburran, por favor. 
Tergiversamos y editamos informaciones para que resulten más acorde a 
nuestros fines, porque eso es lo que nos han pedido nuestros jefes. 
En un informativo o en un programa estéril. 
Incitamos a nuestros subordinados a que hagan los mismo. Y si se 
niegan, los despedimos, o en su defecto los ninguneamos. ¿Qué pasa? 
Trasegamos con los famosos pagando, como saben, cantidades 
desorbitadas. Y a los neofamosos podemos convertirlos. Faltaría más. 
Llevamos a individuos a la televisión sabiendo que su aparición en 
pantalla puede destrozarles la vida; nos reímos de su simpleza y la 
festejamos con el resto de compañeros. Con solidaridad y buen humor. 
Ponemos la lupa en sus miserias y utilizamos nuestro poder de 
persuasión, nuestra capacidad para cambiar de registros y nuestros 
bagaje, a fin de convencerlos de que lo mejor para ellos es que hagan 
y digan lo que nosotros queremos... 
Diseñamos programas zafios sabiendo que lo son, porque consideramos 
que muchos de ustedes son, simplemente, espectadores analfabetos. 
Somos a menudo racistas, clasistas, despóticos, elitistas y crueles. 
Sin contemplaciones y sin arrepentimientos. 
Obedecemos órdenes intolerables. 
Provocamos el llanto a veces; inducimos a desvelar secretos, otras. 
Decimos que sí cuando debemos decir que no. 
Rastreamos lo cutre en los peores lugares para trasladarlo al lugar 
en que trabajamos. Vamos a clubes de putas, a casas de la caridad, a 
discotecas de abuelos, a las esquinas de las calles, a buscar a gente 
desesperada, y luego utilizamos esa desesperación, que es real, para 
nuestros fines. 
Conseguimos que los más débiles, los menos privilegiados intelectual, 
culturalmente, nos llenen horas de emisión. 
Estafamos a directivos de televisión (que saben que están siendo 
estafados) inflando presupuestos de programas que producimos para 
ganar mucho dinero. 
Nosotros, ciudadanos de primera, adscritos a plataformas de pago, 
hacemos una televisión menor, por debajo de nosotros mismos, y que no 
vemos, desde luego, para que ustedes, ciudadanos de segunda, que no 
ven otra cosa, pobres, que la televisión generalista, disfruten. 
Lo hacemos conscientemente, en pleno uso de nuestras facultades 
mentales y en el ejercicio de nuestra profesión de periodistas.” 
1