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Antonio Gramsci intentó pensar la hegemonía en sociedades capitalistas
complejas. No sólo para aquellas donde la burguesía domina a través de
una dictadura salvaje. Sino también para aquellas otras donde los
segmentos hegemónicos de las clases dominantes apelan a la forma más
eficaz de dominación política: la república parlamentaria (que,
insistimos, no es sinónimo de "democracia", a pesar de los que
nos dicen los medios de comunicación del sistema).
El principal objeto de reflexión que quitó el sueño a Gramsci, desde su
juventud hasta su madurez, es el problema del poder. Al analizar el
problema del poder Gramsci realizó una de las grandes innovaciones en la
teoría y la filosofía política del siglo XX. Más de cuatro décadas
antes de que Michel Foucault formulara su conocida -y celebrada académicamente-
tesis según la cual el poder no reside en el aparato de Estado, no es una
cosa sino que son relaciones, Antonio Gramsci -con menor reconocimiento
académico- había llegado a una conclusión análoga.
El italiano, retomando las reflexiones de Lenin sobre las condiciones de
una "situación revolucionaria", redactó uno de los pasajes
fundamentales de los Cuadernos de la cárcel (Cuaderno N°13, 1932-1934):
"Análisis de situación y relaciones de fuerza".
Allí Gramsci separa amarras del marxismo catastrofista según el cual de
la crisis económica del capitalismo surgiría como por arte de magia la
revolución socialista. El capitalismo jamás se derrumba solo, piensa
Gramsci. ¡Hay que derrocarlo! Para eso hace falta un sujeto organizado
que intervenga, que sea activo, que no espere pasivamente la crisis como
quien espera que caiga una fruta madura de un árbol. ¿ Cómo puede
intervenir el sujeto? Políticamente. Pero la intervención política no
se realiza "en el aire", sino a partir de determinadas
relaciones de poder y de fuerzas porque el poder no es una cosa sino que
son relaciones.
La modificación de las relaciones de fuerza debe partir de una situación
"económica objetiva" pero jamás de detiene allí. Si no se
logra pasar al plano político general donde se trasciende la inmediatez
económica corporativa -pasaje que Gramsci denomina "catarsis"-
todo intento revolucionario va al fracaso. Esa fue la principal enseñanza
que Gramsci extrajo de la derrota de los consejos obreros de Turín en
1920. ¿Nos servirá para pensar la actual crisis argentina y el
desarrollo posterior al 19 y 20 de diciembre del 2001?
Gramsci y la hegemonía
Es entonces en esa especificidad política donde se plantea el problema de
lograr la hegemonía, otro de los hilos rojos de continuidad en su obra.
Al reflexionar sobre la hegemonía Gramsci advierte que la homogeneidad de
la conciencia propia y la disgregación del enemigo se realiza
precisamente en el terreno de la batalla cultural. ¡ He allí su increíble
actualidad para operar en las condiciones abiertas por el capitalismo tardío!.
Él no se adentra en la reflexión sobre la cultura para intentar
legitimar la gobernabilidad consensuada del capitalismo sino para
derrocarlo.
¿Qué es pues la hegemonía para Gramsci? No es un sistema formal
cerrado, absolutamente homogéneo y articulado (estos sistemas nunca se
dan en la realidad práctica, sólo en el papel, por eso son tan cómodos,
fáciles, abstractos y disecados, pero nunca explican qué sucede en una
sociedad particular determinada). La hegemonía, por el contrario, es un
proceso que expresa la conciencia y los valores organizados prácticamente
por significados específicos y dominantes en un proceso social vivido de
manera contradictoria, incompleta y hasta muchas veces difusa. En una
palabra, la hegemonía de un grupo social equivale a la cultura que ese
grupo logró generalizar para otros segmentos sociales. La hegemonía es
idéntica a la cultura pero es algo más que la cultura porque además
incluye necesariamente una distribución específica de poder, jerarquía
y de influencia. Como dirección política y cultural sobre los segmentos
sociales "aliados" influidos por ella, la hegemonía también
presupone violencia y coerción sobre los enemigos. No sólo es consenso
(como habitualmente se piensa en una trivialización socialdemócrata del
pensamiento de Gramsci). Por último, la hegemonía nunca se acepta de
forma pasiva, está sujeta a la lucha, a la confrontación, a toda una
serie de "tironeos". Por eso quien la ejerce debe todo el tiempo
renovarla, recrearla, defenderla y modificarla, intentando neutralizar a
su adversario incorporando sus reclamos pero desgajados de toda su
peligrosidad.
Si la hegemonía no es entonces un sistema formal cerrado sus
articulaciones internas son elásticas y dejan la posibilidad de operar
sobre él desde otro lado, desde la crítica al sistema, desde la contra hegemonía
(a la que permanentemente la hegemonía debe contrarrestar). Si en cambio
fuera absolutamente determinante - excluyendo toda contradicción y toda
tensión- sería impensable cualquier cambio en la sociedad.
Entonces, al reflexionar analíticamente sobre las relaciones de poder y
de fuerzas que caracterizan a una situación, Gramsci parte de una relación
"económica objetiva", para pasar luego a la dimensión específicamente
política y cultural donde se construye la hegemonía.
La conclusión a la que llega Gramsci en los Cuadernos de la cárcel,
visualizando las relaciones de fuerzas en su conjunto, es la siguiente:
"Se puede decir por lo tanto que todos estos elementos son la
manifestación concreta de las fluctuaciones de coyuntura del conjunto de
las relaciones sociales de fuerza, en cuyo terreno tiene lugar el paso de
éstas a relaciones política de fuerza para culminar en la relación
militar decisiva".
Por lo tanto en el pensamiento de Gramsci "economía", "política-cultura"
y "guerra" son tres momentos internos de una misma totalidad
social. No se pueden escindir. Son grados y niveles diversos de una misma
relación de poder que puede resolverse tanto en un sentido reaccionario
(manteniendo el actual tipo de sociedad) o en un sentido progresivo,
mediante una revolución.
Ni siquiera los especialistas, a pesar de ser grandes conocedores de la
obra del italiano, advirtieron las consecuencias que se deducían de esta
concepción del poder y la política. Al separar tajantemente entre la
cristalización económica por un lado - llamándola
"estructura"- y la institucionalización política por el otro
-llamándola "superestructura"- no se dieron cuenta que al
concebir al poder en términos relacionales se podían resolver gran parte
de las aporías que había dejado sin respuesta el marxismo
"ortodoxo". Fundamentalmente en lo que se refiere a la lectura
de El Capital de Carlos Marx.
El enemigo toma la iniciativa: la revolución pasiva
Desde Marx y Engels hasta Lenin, Trotsky y Mao, desde Mariátegui hasta el
Che Guevara y Fidel, gran parte de las reflexiones de los marxistas sobre
la lucha de clases han girado en torno a la necesidad de asumir la
iniciativa política por parte de los trabajadores y el pueblo.
Pero ¿qué sucede cuando la iniciativa la toman nuestros enemigos ? ¿Qué
hacer cuando los segmentos hegemónicos de la burguesía intentan, con
medidas "progresistas", ponerse a la cabeza de los cambios para
desarmar, dividir y neutralizar a los mas intransigentes y radicales?
Para pensar esos momentos difíciles, que tanto se asemejan a la situación
que actualmente vive la Argentina [agosto de 2004], Gramsci elaboró un
categoría: la "revolución pasiva". La tomó de historiadores
italianos, pero le dio otro significado.
La revolución pasiva es para Gramsci una "revolución-restauración",
o sea una transformación desde arriba por la cual los poderosos modifican
lentamente las relaciones de fuerza para neutralizar a sus enemigos de
abajo.
Mediante la revolución pasiva los segmentos políticamente hegemónicos
de la clase dominante y dirigente intentan meterse "en el
bolsillo" (la expresión es de Gramsci) a sus adversarios y
opositores políticos incorporando parte de sus reclamos, pero despojados
de todo peligro revolucionario.
¿Cómo enfrentar esa iniciativa? ¿De qué manera podemos descentrar esa
estrategia burguesa? La respuesta no está en un libro. La tiene que dar
el movimiento popular.
Resulta relativamente fácil identificar a nuestros enemigos cuando ellos
adoptan un programa político de choque o represión (pensemos en Videla o
Menem...). Pero el asunto se complica cuando los sectores de poder aplican
medidas "progresistas". En esos momentos, navegar en el
tormentoso océano de la lucha de clases se vuelve más complejo y
delicado...


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