Contextus
Columna de
Análisis y Opinión
Escrita por Pablo Felipe Pérez Goyry Analista y Periodista Independiente
Alternativo Cubano Miembro del Instituto Nacional de Periodismo Latinoamericano
Periodismo Independiente Alternativo con Autonomía de
Pensamiento, Palabra y Opinión; para
Promover los Objetivos del Milenio / 1999-2015, la Libertad, Paz y Democracia con una Cultura de Paz
y un
Nuevo Contrato Global Social, Cultural,
Ético, Medio Ambiental
OPINIONES
BLOG CONTEXTUS

¡Namaste!
Soy defendedor de causas sociales y políticas nobles. Empero, no
creo en mefistofélicos defensores que lucran
con los anhelos de fraternidad y buena voluntad universal de
los seres
humanos.
Pablo Felipe Pérez Goyry
Analista y Periodista Independiente
Alternativo Cubano
El final del fin de la dictadura marxistafidelista.
(.pdf)
Cuba y la legítima forma para un gobierno racional.
Es imprescindible una coalición cubana de unidad cívica y política.
¿Qué acontecerá en Cuba, cuando muera el dictador Fidel Castro?
El Terrorismo de Estado en Cuba.
La República, patrimonio de todos los cubanos.
Allanando el camino para una transición razonable
en Cuba.
Una nueva aurora para la nación cubana.
Cuba: Periodismo de Oposición Patriótica.
Cuba: Oposición numantina y Consenso nacional.
La oposición anticastrista, ejemplo de coraje y decencia.
Cuba: Transición con voluntad y compromiso.
El fracaso del modelo económico cubano.
De la transición y la diversidad racial cubana.
Cuba: Pocas respuestas, para muchas interrogantes y conjeturas.
Cuba: La Patria esta en peligro y la tragedia puede evitarse.
De la libertad y democracia en Colombia.
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[1]
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[2]
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[3]
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[4]
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[5]
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[6]
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[7]
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[8]
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[9]
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[10]
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[11]
Historia de Cuba: Contribuciones para el debate honesto.
[12]
De la Cuarta República
de Cuba.
[2]
De la Cuarta República de Cuba.
[1]

¡Namaste!
La
justicia demanda ética, discernimiento y valor.
Pablo Felipe Pérez Goyry
Analista y Periodista
Independiente Alternativo Cubano
¡Namaste!
A
propósito del Calentamiento Global y la falta de alimentos,
es impostergable en lo aparentemente indescifrable descubrir su esencia
y verdad, como alternativa inteligente para solucionar el
dilema.
Pablo Felipe Pérez Goyry
Analista y Periodista Independiente
Alternativo Cubano
©1997 - 2008.
Todos los Derechos Pablo Felipe Pérez Goyry
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►CONTEXTUS◄
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"A la raíz"

José Martí
Los
pueblos, como los hombres, no se curan del mal que les roe el
hueso con menjurjes de última hora, ni con parches que les muden
el color de la piel. A la sangre hay que ir, para que se cure la
llaga. No hay que estar al remedio de un instante, que pasa con
él, y deja viva y más sedienta la enfermedad. O se mete la mano
en lo verdadero, y se le quema al hueso el mal, o es la cura
impotente, que apenas remienda el dolor de un día, y luego deja
suelta la desesperación. No ha de irse mirando como vengan a las
consecuencias del problema, y fiar la vida, como un eunuco, al
vaivén del azar: hombre es el que le sale al frente al problema,
y no deja que otros le ganen el suelo en que ha de vivir y la
libertad de que ha de aprovechar. Hombre es quien estudia las
raíces de las cosas. Lo otro es rebaño, que se pasa la vida
pastando ricamente y balándoles a las novias, y a la hora del
viento sale perdido por la polvareda, con el sombrero de alas
pulidas al cogote y los puños galanes a los tobillos, y mueren
revueltos en la tempestad. Lo otro es como el hospicio de la
vida, que van perennemente por el mundo con chichonera y
andadores. Se busca el origen del mal: y se va derecho a él, con
la fuerza del hombre capaz de morir por el hombre. Los egoístas
no saben de esa luz, ni reconocen en los demás el fuego que
falta en ellos, ni en la virtud ajena sienten más que ira,
porque descubre su timidez y avergüenza su comodidad. Los
egoístas, frente a su vaso de vino y panal, se burlan, como de
gente loca o de poco más o menos, como de atrevidos que les
vienen a revolver el vaso, de los que, en aquel instante tal
vez, se juran a la redención de su alma ruin, al pie de un héroe
que muere, a pocos pasos del panal y el vino, de las heridas que
recibió por defender la patria. Esto es así: unos mueren, mueren
en suprema agonía, por dar vergüenza al olvidadizo y casa propia
a esos mendigos más o menos dorados, y otros, mirándose el oro,
se ríen de los que mueren por ellos. ¡Es cosa, si no fuera por
la piedad, de ensartarlos en un asador, y llevarlos,
abanicándose el rostro indiferente, a ver morir, de rodillas, al
héroe de oro puro e imperecedero, que expira, resplandeciente de
honra, por dar casa segura y mejilla limpia a los que se mofan
de él, a los que compadrean y parten el licor y la mesa, con sus
matadores, a los que se esconden la mano en el bolsillo, cuando
pasa el hambre de su patria, y riegan de ella, entre zetas y
jotas, el oro del placer! Hay que ir adelante, para bien de los
egoístas, a la luz del muerto. Hay que conquistar suelo propio y
seguro.
De nuestras esperanzas, de nuestros métodos, de
nuestros compromisos, de nuestros propósitos, de eso, como del
plan de las batallas, se habla después de haberlas dado. De la
penuria de las casas, del trastorno en que pone a mucho hogar
nuestro la crisis del Norte, de eso se habla, en decoro
fraternal, de mano a mano. De lo que ha de hablarse es de la
necesidad de reemplazar con la vida propia en la patria libre
esta existencia que dentro y fuera de Cuba llevamos los cubanos,
y que, afuera a lo menos, sólo a pujo de virtud extrema y poco
fácil puede irse salvando de la dureza y avaricia que de una
generación a otra, en la soledad del país extraño, mudan un
pueblo de mártires sublimes en una perdigonada de ganapanes
indiferentes. De lo que se ha de hablar es de la ineficacia e
inestabilidad del esfuerzo por la vida en la tierra extranjera,
y de la urgencia de tener país nuestro antes de que el hábito de
la existencia meramente material en pueblos ajenos, prive al
carácter criollo de las dotes de desinterés y hermandad con el
hombre que hacen firme y amable la vida.
Si a la isla se mira, el dejarla ir, bajo el
gobierno que la acaba, entre quiebras y suicidios, entre robos y
cohechos, entre gabelas y solicitudes, entre saludos y
temblores, podrá parecer empleo propio de la vida, y cómodo
espectáculo, a quien no sienta afligido su corazón por cuanto
afee o envilezca a los que nacieron en el suelo donde abrió los
ojos a los deberes y luz de la humanidad. Cuanto reduce al
hombre, reduce a quien sea hombre. Y llega a los calcañales la
amargura, y es náusea el universo, cuando vemos podrido en vida
a un compatriota nuestro, cuando vemos, hombre por hombre, en
peligro de podredumbre a nuestra patria. ¡Aunque no ha de haber
temor, que las entrañas de nuestra tierra saben de esto más de
lo que se puede decir, y no es privilegio de los cubanos
expatriados, sino poder de los cubanos todos, e ímpetu más
vehemente que el de sus enemigos, este rubor de la sangre sana
del país por todos los que en él se olvidan y se humillan! Es la
tierra en quiebra la que se levanta; la tierra en que las
ciudades se van cayendo una tras otra, como las hileras de
barajas. Es la ofensa reprimida, y el bochorno ambiente, de que
ya la tierra se ahoga. Faltaba el cauce al decoro impaciente del
país; faltaba el empuje; faltaba la bandera; faltaba la fe
necesaria en la previsión y fin conocido de la revolución: eso
faltaba, y nosotros lo dimos. Ahora, vamos a paso de gloria a la
república. ¡Y a lo que estorbe, se le ase del cuello, como a un
gato culpable, y se le pone a un lado!
Y si vemos afuera, y en lo de afuera a este Norte
a donde por fantasmagoría e imprudencia vinimos a vivir, y por
el engaño de tomar a los pueblos por sus palabras, y a las
realidades de una nación por lo que cuentan de ella sus sermones
de domingo y sus libros de lectura; si vemos nuestra vida en
este país erizado y ansioso, que al choque primero de sus
intereses, como que no tiene más liga que ellos, enseña sin
vergüenza sus grietas profundas, —triste país donde no se calman
u olvidan, en el tesoro de los dolores comunes y en el abrazo de
las largas raíces, las luchas descarnadas de los apetitos
satisfechos con los que se quieren satisfacer, o de los
intereses que ponen el privilegio de su localidad por sobre el
equilibrio de la nación a cuya sombra nacieron, y el bien de una
suma mayor de hombres; si nos vemos, después de un cuarto de
siglo de fatiga, estéril o inadecuada al fruto escaso de ella,
no veremos de una parte más que los hogares donde la virtud
doméstica lucha penosa, entre los hijos sin patria, contra la
sordidez y animalidad ambientes, contra el mayor de todos los
peligros para el hombre, que es el empleo total de la vida en el
culto ciego y exclusivo de sí mismo; y de otra parte se ve cuán
insegura, como nación fundada sobre lo que el humano tiene de
más débil, es la tierra, para los miopes sólo deslumbrante,
donde tras de tres siglos de democracia se puede, de un vaivén
de la ley, caer en pedir que el gobierno tome ya a hombros la
vida de las muchedumbres pobres; donde la suma de egoísmos
alocados por el gozo del triunfo o el pavor de la miseria, crea,
en vez de pueblo de trenza firme, un amasijo de entes sin
sostén, que dividen, y huyen, en cuanto no los aprieta la
comunidad del beneficio; donde se han trasladado, sin la
entrañable comunión del suelo que los suaviza, todos los
problemas de odio del viejo continente humano. ¿Y a esta agitada
jauría, de ricos contra pobres, de cristianos contra judíos, de
blancos contra negros, de campesinos contra comerciantes, de
occidentales y sudistas contra los del Este, de hombres voraces
y destituidos contra todo lo que se niegue a su hambre, y a su
sed, a este horno de iras, a estas fauces afiladas, a este
cráter que ya humea, vendremos ya a traer, virgen y llena de
frutos, la tierra de nuestro corazón? Ni nuestro carácter ni
nuestra vida están seguros en la tierra extranjera. El hogar se
afea o deshace: y la tierra debajo de los pies se vuelve fuego,
o humo. ¡Allá, en el bullicio y tropiezos del acomodo, nacerá
por un fin un pueblo de mucha tierra nueva, donde la cultura
previa y vigilante no permita el imperio de la injusticia; donde
el clima amigo tiene deleite y remedio para el hombre, siempre
allí generoso, en los instantes mismos en que más padece de la
ambición y plétora de la ciudad; donde nos aguarda, en vez de la
tibieza que afuera nos paralice y desfigure, la santa ansiedad y
útil empleo del hombre interesado en el bien humano!
Cada cubano que cae, cae sobre nuestro corazón.
La tierra propia es lo que nos hace falta. Con ella ¿qué hambre
y qué sed? Con el gusto de hacerla buena y mejor, ¿qué pena que
no se atenúe y cure? Porque no la tenemos, padecemos. Lo que nos
espanta es que no la tenemos. Si la tuviésemos, ¿nos
espantaríamos así? ¿Quién, en la tierra propia, despertará con
esta tristeza, con este miedo, con la zozobra de limosnero con
que despertamos aquí? A la raíz va el hombre verdadero. Radical
no es más que eso: el que va a las raíces. No se llame radical
quien no vea las cosas en su fondo. Ni hombre, quien no ayude a
la seguridad y dicha de los demás hombres.
Patria ,
Nueva York, 26 de agosto de 1893. Reproducido en Obras
completas. Volumen II. La Habana: Editorial Nacional de Cuba,
1963. 377-80
____
"Nuestra América"
José Martí
Cree
el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con
tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le
quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya
da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes
que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la
bota encima, ni de la pelea de los cometas en el cielo, que
van por el aire dormido engullendo mundos. Lo que quede de
aldea en América ha de despertar. Estos tiempos no son para
acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de
almohada, como los varones de Juan de Castellanos: las armas
del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas
valen más que trincheras de piedra.
No hay proa que taje una
nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el
mundo, para, como la bandera mística del juicio final, a un
escuadrón de acorazados. Los pueblos que no se conocen han
de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear
juntos. Los que se enseñan los puños, como hermanos celosos,
que quieren los dos la misma tierra, o el de casa chica, que
le tiene envidia al de casa mejor, han de encajar, de modo
que sean una, las dos manos. Los que, al amparo de una
tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la
sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido,
del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren
que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al
hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en
dinero, a tanto por la bofetada. Ya no podemos ser el pueblo
de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor,
restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la
luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se
han de poner en fila, para que no pase el gigante de las
siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida,
y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las
raíces de los Andes.
A los sietemesinos sólo
les faltará el valor. Los que no tienen fe en su tierra son
hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos,
se lo niegan a los demás. No les alcanza al árbol difícil el
brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo
de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el
árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos,
que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son
parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o
vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero,
que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos
nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan
delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan,
¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho
de las enfermedades! Pues, ¿quién es el hombre?, ¿el que se
queda con la madre, a curadle la enfermedad, o el que la
pone a trabajar donde no la vean, y vive de su sustento en
las tierras podridas, con el gusano de corbata, maldiciendo
del seno que lo cargó, paseando el letrero de traidor en la
espalda de la casaca de papel? ¡Estos hijos de nuestra
América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a
más; estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la
América del Norte, que ahoga en sangre a sus indios, y va de
más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren
hacer el trabajo de hombres! Pues el Washington que les hizo
esta tierra ¿ se fue a vivir con los ingleses, a vivir con
los ingleses en los años en que los veía venir contra su
tierra propia? ¡Estos "increíbles" del honor, que lo
arrastran por el suelo extranjero, como los increíbles de la
Revolución francesa, danzando y relamiéndose, arrastraban
las erres!
Ni ¿en qué patria puede
tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas
dolorosas de América, levantadas entre las masas mudas de
indios, al ruido de pelea del libro con el cirial, sobre los
brazos sangrientos de un centenar de apóstoles? De factores
tan descompuestos, jamás, en menos tiempo histórico, se han
creado naciones tan adelantadas y compactas. Cree el
soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal,
porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa
de incapaz e irremediable a su república nativa, porque no
le dan sus selvas nuevas modo continuo de ir por el mundo de
gamonal famoso, guiando jacas de Persia y derramando
champaña. La incapacidad no está en el país naciente, que
pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los
que quieren regir pueblos originales, de composición
singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglos de
práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos
de monarquía en Francia. Con un decreto de Hamilton no se le
para la pechada al potro del llanero. Con una frase de
Sieyés no se desestanca la sangre cuajada de la raza india.
A lo que es, allí donde se gobierna, hay que atender para
gobernar bien; y el buen gobernante en América no es el que
sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que
sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir
guiándolos en junto, para llegar, por métodos e
instituciones nacidas del país mismo, a aquel estado
apetecible donde cada hombre se conoce y ejerce, y disfrutan
todos de la abundancia que la Naturaleza puso para todos en
el pueblo que fecundan con su trabajo y defienden con sus
vidas. El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del
gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de
avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no
es más que el equilibrio de los elementos naturales del
país.
Por eso el libro importado
ha sido vencido en América por el hombre natural. Los
hombres naturales han vencido a los letrados artificiales.
El mestizo autóctono ha vencido al criollo exótico. No hay
batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la
falsa erudición y la naturaleza. El hombre natural es bueno,
y acata y premia la inteligencia superior, mientras ésta no
se vale de su sumisión para dañarle, o le ofende
prescindiendo de él, que es cosa que no perdona el hombre
natural, dispuesto a recobrar por la fuerza el respeto de
quien le hiere la susceptibilidad o le perjudica el interés.
Por esta conformidad con los elementos naturales desdeñados
han subido los tiranos de América al poder; y han caído en
cuanto les hicieron traición. Las repúblicas han purgado en
las tiranías su incapacidad para conocer los elementos
verdaderos del país, derivar de ellos la forma de gobierno y
gobernar con ellos. Gobernante, en un pueblo nuevo, quiere
decir creador.
En pueblos compuestos de
elementos cultos e incultos, los incultos gobernarán, por su
hábito de agredir y resolver las dudas con la mano, allí
donde los cultos no aprendan el arte del gobierno. La masa
inculta es perezosa, y tímida en las cosas de la
inteligencia, y quiere que la gobiernen bien; pero si el
gobierno le lastima, se lo sacude y gobierna ella. ¿Cómo han
de salir de las Universidades los gobernantes, si no hay
Universidad en América donde se enseñe lo rudimentario del
arte del gobierno, que es el análisis de los elementos
peculiares de los pueblos de América? A adivinar salen los
jóvenes al mundo, con antiparras yanquis o francesas, y
aspiran a dirigir un pueblo que no conocen. En la carrera de
la política habría de negarse la entrada a los que
desconocen los rudimentos de la política. El premio de los
certámenes no ha de ser para la mejor oda, sino para el
mejor estudio de los factores del país en que se vive. En el
periódico, en la cátedra, en la academia, debe llevarse
adelante el estudio de los factores reales del país.
Conocerlos basta, sin vendas ni ambages: porque el que pone
de lado, por voluntad u olvido, una parte de la verdad, cae
a la larga por la verdad que le faltó, que crece en la
negligencia, y derriba lo que se levanta sin ella. Resolver
el problema después de conocer sus elementos, es más fácil
que resolver el problema sin conocerlos. Viene el hombre
natural, indignado y fuerte, y derriba la justicia acumulada
de los libros, porque no se la administra en acuerdo con las
necesidades patentes del país. Conocer es resolver. Conocer
el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único
modo de librarlo de tiranías. La universidad europea ha de
ceder a la universidad americana. La historia de América, de
los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se
enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es
preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más
necesaria. Los políticos nacionales han de reemplazar a los
políticos exóticos. Injértese en nuestras Repúblicas el
mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras Repúblicas. Y
calle el pedante vencido; que no hay patria en que pueda
tener el hombre más orgullo que en nuestras dolorosas
repúblicas americanas.
Con los pies en el
rosario, la cabeza blanca y el cuerpo pinto de indio y
criollo, venimos, denodados, al mundo de las naciones. Con
el estandarte de la Virgen salimos a la conquista de la
libertad. Un cura, unos cuantos tenientes y una mujer alzan
en México la república en hombros de los indios. Un canónigo
español, a la sombra de su capa, instruye en la libertad
francesa a unos cuantos bachilleres magníficos, que ponen de
jefe de Centro América contra España al general de España.
Con los hábitos monárquicos, y el Sol por pecho, se echaron
a levantar pueblos los venezolanos por el Norte y los
argentinos por el Sur. Cuando los dos héroes chocaron, y el
continente iba a temblar, uno, que no fue el menos grande,
volvió riendas. Y como el heroísmo en la paz es más escaso,
porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre
le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como
gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más
hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos
diversos, arrogantes, exóticos o ambiciosos; como los
poderes arrollados en la arremetida épica zapaban, con la
cautela felina de la especie y el peso de lo real, el
edificio que había izado, en las comarcas burdas y
singulares de nuestra América mestiza, en los pueblos de
pierna desnuda y casaca de París, la bandera de los pueblos
nutridos de savia gobernante en la práctica continua de la
razón y de la libertad; como la constitución jerárquica de
las colonias resistía la organización democrática de la
República, o las capitales de corbatín dejaban en el zaguán
al campo de bota-de-potro, o los redentores bibliógenos no
entendieron que la revolución que triunfó con el alma de la
tierra, desatada a la voz del salvador, con el alma de la
tierra había de gobernar, y no contra ella ni sin ella,
entró a padecer América, y padece, de la fatiga de
acomodación entre los elementos discordantes y hostiles que
heredó de un colonizador despótico y avieso, y las ideas y
formas importadas que han venido retardando, por su falta de
realidad local, el gobierno lógico. El continente
descoyuntado durante tres siglos por un mando que negaba el
derecho del hombre al ejercicio de su razón, entró,
desatendiendo o desoyendo a los ignorantes que lo habían
ayudado a redimirse, en un gobierno que tenía por base la
razón; la razón de todos en las cosas de todos, y no la
razón universitaria de uno sobre la razón campestre de
otros. El problema de la independencia no era el cambio de
formas, sino el cambio de espíritu.
Con los oprimidos había
que hacer causa común, para afianzar el sistema opuesto a
los intereses y hábitos de mando de los opresores. El tigre,
espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la
presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al
aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de
terciopelo. Guando la presa despierta, tiene al tigre
encima. La colonia continuó viviendo en la república; y
nuestra América se está salvando de sus grandes yerros—de la
soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los
campesinos desdeñados, de la importación excesiva de las
ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de
la raza aborigen,—por la virtud superior, abonada con sangre
necesaria, de la república que lucha contra la colonia. El
tigre espera, detrás de cada árbol, acurrucado en cada
esquina. Morirá, con las zarpas al aire, echando llamas por
los ojos.
Pero "estos países se
salvarán", como anunció Rivadavia el argentino, el que pecó
de finura en tiempos crudos; al machete no le va vaina de
seda, ni en el país que se ganó con lanzón se puede echar el
lanzón atrás, porque se enoja, y se pone en la puerta del
Congreso de Iturbide "a que le hagan emperador al rubio".
Estos países se salvarán, porque, con el genio de la
moderación que parece imperar, por la armonía serena de la
Naturaleza, en el continente de la luz, y por el influjo de
la lectura crítica que ha sucedido en Europa a la lectura de
tanteo y falansterio en que se empapó la generación
anterior, le está naciendo a América, en estos tiempos
reales, el hombre real.
Éramos una visión, con el
pecho de atleta, las manos de petimetre y la frente de niño.
Éramos una máscara, con los calzones de Inglaterra, el
chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y la
montera de España. El indio, mudo, nos daba vueltas
alrededor, y se iba al monte, a la cumbre del monte, a
bautizar sus hijos. El negro, oteado, cantaba en la noche la
música de su corazón, solo y desconocido, entre las olas y
las fieras. El campesino, el creador, se revolvía, ciego de
indignación, contra la ciudad desdeñosa, contra su criatura.
Éramos charreteras y togas, en países que venían al mundo
con la alpargata en los pies y la vincha en la cabeza. El
genio hubiera estado en hermanar, con la caridad del corazón
y con el atrevimiento de los fundadores, la vincha y la
toga; en desestancar al indio; en ir haciendo lado al negro
suficiente; en ajustar la libertad al cuerpo de los que se
alzaron y vencieron por ella. Nos quedó el oidor, y el
general, y el letrado, y el prebendado. La juventud
angélica, como de los brazos de un pulpo, echaba al Cielo,
para caer con gloria estéril, la cabeza coronada de nubes.
El pueblo natural, con el empuje del instinto, arrollaba,
ciego del triunfo, los bastones de oro. Ni el libro europeo,
ni el libro yanqui, daban la clave del enigma
hispanoamericano. Se probó el odio, y los países venían cada
año a menos. Cansados del odio inútil, de la resistencia del
libro contra la lanza, de la razón contra el cirial, de la
ciudad contra el campo, del imperio imposible de las castas
urbanas divididas sobre la nación natural, tempestuosa o
inerte, se empieza, como sin saberlo, a probar el amor. Se
ponen en pie los pueblos, y se saludan. "¿Cómo somos?" se
preguntan; y unos a otros se van diciendo cómo son. Cuando
aparece en Cojímar un problema, no va a buscar la solución a
Danzig. Las levitas son todavía de Francia, pero el
pensamiento empieza a ser de América. Los jóvenes de América
se ponen la camisa al codo, hunden las manos en la masa y la
levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita
demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la
palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y
si sale agrio, ¡es nuestro vino! Se entiende que las formas
de gobierno de un país han de acomodarse a sus elementos
naturales; que las ideas absolutas, para no caer por un
yerro de forma, han de ponerse en formas relativas; que la
libertad, para ser viable, tiene que ser sincera y plena;
que si la república no abre los brazos a todos y adelanta
con todos, muere la república. E1 tigre de adentro se entra
por la hendija, y el tigre de afuera. El general sujeta en
la marcha la caballería al paso de los infantes. O si deja a
la zaga a los infantes, le envuelve el enemigo la
caballería. Estrategia es política. Los pueblos han de vivir
criticándose, porque la crítica es la salud; pero con un
solo pecho y una sola mente. ¡Bajarse hasta los infelices y
alzarlos en los brazos! ¡Con el fuego del corazón deshelar
la América coagulada! ¡Echar, bullendo y rebotando por las
venas, la sangre natural del país! En pie, con los ojos
alegres de los trabajadores, se saludan, de un pueblo a
otro, los hombres nuevos americanos. Surgen los estadistas
naturales del estudio directo de la Naturaleza. Leen para
aplicar, pero no para copiar. Los economistas estudian la
dificultad en sus orígenes. Los oradores empiezan a ser
sobrios. Los dramaturgos traen los caracteres nativos a la
escena. Las academias discuten temas viables. La poesía se
corta la melena zorrillesca y cuelga del árbol glorioso el
chaleco colorado. La prosa, centelleante y cernida, va
cargada de idea. Los gobernadores, en las repúblicas de
indios, aprenden indio.
De todos sus peligros se
va salvando América. Sobre algunas repúblicas está durmiendo
el pulpo. Otras, por la ley del equilibrio, se echan a pie a
la mar, a recobrar, con prisa loca y sublime, los siglos
perdidos. Otras, olvidando que Juárez paseaba en un coche de
mulas, ponen coche de viento y de cochero a una bomba de
jabón; el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al
hombre liviano y abre la puerta al extranjero. Otras
acendran, con el espíritu épico de la independencia
amenazada, el carácter viril. Otras crían, en la guerra
rapaz contra el vecino, la soldadesca que puede devorarlas.
Pero otro peligro corre, acaso, nuestra América, que no le
viene de sí, sino de la diferencia de orígenes, métodos e
intereses entre los dos factores continentales, y es la hora
próxima en que se le acerque demandando relaciones íntimas,
un pueblo emprendedor y pujante que la desconoce y la
desdeña. Y como los pueblos viriles, que se han hecho de sí
propios, con la escopeta y la ley, aman, y sólo aman, a los
pueblos viriles; como la hora del desenfreno y la ambición,
de que acaso se libre, por el predominio de lo más puro de
su sangre, la América del Norte, o el que pudieran lanzarla
sus masas vengativas y sórdidas, la tradición de conquista y
el interés de un caudillo hábil, no está tan cercana aún a
los ojos del más espantadizo, que no dé tiempo a la prueba
de altivez, continua y discreta, con que se la pudiera
encarar y desviarla; como su decoro de república pone a la
América del Norte, ante los pueblos atentos del Universo, un
freno que no le ha de quitar la provocación pueril o la
arrogancia ostentosa, o la discordia parricida de nuestra
América, el deber urgente de nuestra América es enseñarse
como es, una en alma e intento, vencedora veloz de un pasado
sofocante, manchada sólo con sangre de abono que arranca a
las manos la pelea con las ruinas, y la de las venas que nos
dejaron picadas nuestros dueños. El desdén del vecino
formidable, que no la conoce, es el peligro mayor de nuestra
América; y urge, porque el día de la visita está próximo,
que el vecino la conozca, la conozca pronto, para que no la
desdeñe. Por ignorancia llegaría, tal vez, a poner en ella
la codicia. Por el respeto, luego que la conociese, sacaría
de ella las manos. Se ha de tener fe en lo mejor del hombre
y desconfiar de lo peor de él. Hay que dar ocasión a lo
mejor para que se revele y prevalezca sobre lo peor. Si no,
lo peor prevalece. Los pueblos han de tener una picota para
quien les azuza a odios inútiles; y otra para quien no les
dice a tiempo la verdad.
No hay odio de razas,
porque no hay razas. Los pensadores canijos, los pensadores
de lámparas, enhebran y recalientan las razas de librería,
que el viajero justo y el observador cordial buscan en vano
en la justicia de la naturaleza, donde resalta, en el amor
victorioso y el apetito turbulento, la identidad universal
del hombre. El alma emana, igual y eterna, de los cuerpos
diversos en forma y en color. Peca contra la humanidad el
que fomente y propague la oposición y el odio de las razas.
Pero en el amasijo de los pueblos se condensan, en la
cercanía de otros pueblos diversos, caracteres peculiares y
activos, de ideas y de hábitos, de ensanche y adquisición,
de vanidad y de avaricia, que del estado latente de
preocupaciones nacionales pudieran, en un período de
desorden interno o de precipitación del carácter acumulado
del país, trocarse en amenaza grave para las tierras
vecinas, aisladas y débiles, que el país fuerte declara
perecederas e inferiores. Pensar es servir. Ni ha de
suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y
fatal al pueblo rubio del continente, porque no habla
nuestro idioma, ni ve la casa como nosotros la vemos, ni se
nos parece en sus lacras políticas, que son diferentes de
las nuestras; ni tiene en mucho a los hombres biliosos y
trigueños, ni mira caritativo, desde su eminencia aún mal
segura, a los que, con menos favor de la historia, suben a
tramos heroicos la vía de las repúblicas; ni se han de
esconder los datos patentes del problema que puede
resolverse, para la paz de los siglos, con el estudio
oportuno y la unión tácita y urgente del alma continental.
¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual
lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres
sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes,
sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las
naciones románticas del continente y por las islas dolorosas
del mar, la semilla de la América nueva !
(La Revista Ilustrada de Nueva York,
10 de enero de l891)
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Decálogo del
Periodismo
(Juan Luis Cebrián /
"El oficio de periodista")
El
periodismo contemporáneo mantiene, dentro de las
transformaciones que las nuevas tecnologías
propician, unos principios básicos que le
identifican y que pueden ilustrarse en un
difundido decálogo de nueve puntos:
1.
La primera obligación del periodismo es la
verdad. 2. Su
primera lealtad es hacia los ciudadanos.
3. Su esencia es la
disciplina de la verificación
4. Sus profesionales
deben ser independientes de los hechos y personas sobre las que informan.
5.
Debe servir como un vigilante independiente del
poder. 6. Debe
otorgar tribuna a las críticas públicas y al
compromiso. 7. Ha de
esforzarse en hacer de lo importante algo
interesante y oportuno. 8.
Debe seguir las noticias de forma a la vez
exhaustiva y proporcionada.
9. Sus profesionales
deben tener derecho a ejercer lo que les dicta su conciencia.
"Es necesario diferenciar: una cosa
es ser escépticos, realistas, prudentes. Esto es absolutamente
necesario, de otro modo, no se podría hacer periodismo. Algo muy
distinto es ser cínicos, una actitud incompatible con la profesión
de periodista. El cinismo es una actitud inhumana, que nos aleja
automáticamente de nuestro oficio, al menos si uno lo concibe de una
forma seria. Naturalmente, aquí estamos hablando sólo del gran
periodismo, que es el único del que vale la pena ocuparse, y no de
esa forma detestable de interpretarlo que con frecuencia
encontramos". (Ryszard Kapuscinski, “Los cínicos no sirven
para este oficio”, 2002)
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Instituto Nacional de Periodismo Latinoamericano
|
El Instituto Nacional de Periodismo
Latinoamericano (INPL) se dedica al reconocimiento y
desarrollo profesional de los hispanos en la prensa. Este Instituto no está regido como una organización
política, ni religiosa, sino una organización social para
todos y para el bien de todos. El INPL, está regido por una junta directiva, compuesta por
oficiales ejecutivos y directores de Delegaciones que
representan zonas geográficas de Estados Unidos de América y
el Caribe. Su sede se encuentra en Los Ángeles, California y
cuenta con una nueva formación sólida de miembros,
incluyendo periodistas activos e independientes, escritores,
poetas, académicos y estudiantes de periodismo, así como
profesionales relacionados con los medios de comunicación. El Instituto Nacional de Periodismo Latinoamericano, otorga
entre otros premios el de "Periodismo José María Heredia",
que es la máxima distinción que reconoce a los periodistas
que se hayan destacado por sus obras en revistas,
periódicos, libros, website, boletines, TV, Cine o Radio.

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National Latin American Institute of Journalism |
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PREMIO ORTEGA Y
GASSET 2008 PERIODISMO DIGITAL

Yoani Sánchez
Licenciada en Filología. Reside en La
Habana y combina su pasión por la informática con su
trabajo en el
Portal Desde Cuba
- Generación Y Contacto:
yoanisanchez@desdecuba.com
yoani.sanchez@gmail.com
"Llevar
siempre la verdad como guía y al bien común como alma y por esencia".
Don Manuel del Socorro de la Victoria.
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Ética Pública Ser
Ético Servir con Convicción
-
Respeto:
Reconocimiento de la diferencia del otro, valorando y
aceptando su forma de pensar y actuar.
-
Confianza:
Respuesta y disposición personal a favor de la
solidaridad y la satisfacción de las necesidades de la
comunidad.
-
Imparcialidad:
Capacidad para decidir con ecuanimidad.
-
Responsabilidad:
Capacidad para realizar los compromisos adquiridos y
para prever, asumir o evitar según sea el caso, sus
consecuencias.
-
Honestidad:
Proceder correctamente, con honradez, respetando lo
que le pertenece.
-
Transparencia:
Actuación con claridad y óptima utilización de todos los
recursos, generando confianza en la comunidad.
-
Probidad:
Es la integridad en el obrar.
-
Compromiso:
Disposición y respuesta personal a favor de la solidaridad y
la satisfacción de las necesidades de la comunidad.
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Objetivos de
Desarrollo del Milenio
1999 -
2015*
Solidaridad frente a un mundo dividido
Objetivo 1:
Erradicar la pobreza extrema
y el hambre
Meta 1
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