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EL CAZADOR
El día amaneció frío y nublado, como amanecen los días de invierno aquí en
la capital.
La ciudad como siempre perezosa, va despertando de su letargo, de sus
sueños de alcohol, y desesperanza, para enfrentarse al día que ya empieza.
Hoy, es para mí sólo un día más, hace mucho tiempo que nada cambia en mi
vida, las viejas paredes del cuarto donde vivo, parecen mirarme,
silenciosas y erguidas, con su frío silencio de concreto, llevo ya muchos
años de trashumancia en esta monotonía citadina.
Me levanto en las mañanas como un autómata, siguiendo el ritual mil veces
repetido, mientras en la penumbra, por las cortinas sin descorrer aún, se
asoman los primeros murmullos de los autos, y las voces de algunos
pregoneros que salen muy temprano a ganarse el diario sustento.
Aquí en mi refugio nada cambia, un estante lleno de libros viejos que hace
tiempo no leo, libros que otrora fueron mi más preciado tesoro y que hoy
han quedado relegados en un rincón.
Dos sillas, un desvencijado ventilador, un pequeño televisor de blanco y
negro que casi nunca enciendo y algunos artículos personales, aparte de la
casi siempre desordenada cama, completan el reducido habitáculo donde
resido. ¡Ah! casi olvidaba a mi gato, mi negro amigo trampero.
Mientras me pongo la arrugada camisa de hombre sólo, trampero ronronea y
da vueltas alrededor de mis tobillos, recostándome el lomo con esa
sensualidad gatuna que me ha gustado desde que era un niño, cuando
trampero se acerca así, pienso que si los seres humanos pudiéramos
expresarnos de ese modo, con ese contacto espontáneo de piel a piel, puro,
vital, sin ensuciarlo con nuestros pensamientos mas retorcidos, este mundo
sería un lugar mejor para vivir.
Pero la gente no se acerca ni se toca, y si lo hace, convierte este simple
contacto en algo secretamente sucio, en sueños inconfesables que trastocan
las noches, que pudieran ser de plácido descanso, en noches de grandes
bacanales oníricas, en donde cada uno es el héroe y protagonista.
Yo sé que trampero no sueña, o por lo menos no tiene fantasías, y lo digo
yo, que sé mucho de sueños y de gatos; sin embargo, no puedo asegurar aún
si tiene o no un espíritu.
A veces, cuando por un momento se detiene en ese roce que a diario me
regala y
alzando sus ojos grandes y fijos, los clava en los míos con mirada
inquisidora, me pregunto si él en su sabiduría, conocerá mi secreto, si
acaso percibe lo que ningún ser humano ha logrado descubrir en mí; en
verdad no lo creo, pues si él lo supiera, hace tiempo me hubiera dejado
sólo.
Un largo camino me trajo hasta este refugio donde vivo a solas con mi gato
y con mis pensamientos, cada día, los recuerdos me buscan esperando que yo
les consiga algún sentido, pero en mi mente ellos son como un revoltijo de
cosas viejas, que se meten en un baúl sin orden ninguno y a la larga
quedan en el olvido.
En las noches me acosan en un ataque desordenado, como una horda que
avanza sobre mí, dejando a su paso más desorden del que ya imperaba.
Las calles nubladas son mi mundo, camino diariamente buscando entre los
sueños ajenos, aquellos que alguna vez perdí, pero ninguno de los que
encuentro es ni remotamente parecido.
Sólo trampero me acompaña. Sólo él parece conocer de mi infructuosa
búsqueda.
Mi gato, estos recuerdos y algunos sueños son mi compañía, aunque con una
diferencia:
Mientras que los recuerdos son míos, de los sueños ninguno me pertenece.
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