| Dicho
esto se fue sin aguardar respuesta. Ocultóse
Memnón lo mejor que pudo en espera de que pasase el rey y
cuando éste apareció, Memnón, después
de besar el suelo tres veces, le alargó un memorial, que
tomó el soberano con mucha afabilidad y pasó a uno
de sus ministros para que se informase. El ministro llamó
aparte a Memnón, para decirle en tono de mofa no exento de
cólera:
-Sois un tuerto bastante atrevido. ¿Por
qué habéis entregado al rey un memorial en vez de
enviármelo a mí? El tesorero es hombre honesto y yo
le protejo porque es sobrino de una doncella de mi querida. No deis
un paso más en este asunto si no queréis perder el
ojo sano que os queda.
De esa suerte, Memnón, que por la mañana
había tomado la resolución de no amar, de no acudir
a festines, ni jugar, ni reñir con nadie, ni, sobre todo,
poner los pies en Palacio, antes de anochecer había sido
engañado por una mujer, se había emborrachado, había
jugado, le habían saltado un ojo en una riña y había
ido a Palacio donde se burlaron de él.
Confuso, abrumado por sus desgracias, regresó
a su casa. Al ir a entrar vio que se hallaba llena de alguaciles
y escribanos, que le estaban embargando los muebles a petición
de sus acreedores. Casi sin sentido permaneció inmóvil
bajo una palmera.
A poco acertó a pasar por allí
la bella damisela de aquella mañana. Iba paseando con su
amado tío y no pudo contener la risa al observar a Memnón
con su parche. Ya de noche se acostó Memnón sobre
un montón de paja, cerca de los muros de su casa. Acometióle
un acceso de fiebre y con ella una pesadilla: se le apareció
en su letargo un espíritu celeste, resplandeciente como el
sol y provisto de seis hermosas alas, pero sin pies, cabeza ni cola,
un ser que no tenía semejanza con ninguna criatura humana.
-¿Quién eres? -le dijo Memnón.
-Tu genio protector -le respondió la
aparición.
-Pues devuélveme -repuso Memnón-
mi ojo, mi salud, mi dinero y mi cordura.
Y en seguida le contó todo lo que había
perdido aquel día y de qué manera.
-Aventuras son esas -replicó el espíritu-
que nunca suceden en el mundo donde nosotros vivimos.
-Pues, ¿en qué mundo vivís?
-Mi patria dista quinientos millones de leguas
del sol, y es aquella estrellita junto a Sirio que puedes observar
desde aquí.
-¡Admirable país! -dijo Memnón-.
Así pues, ¿no tenéis allá bribonas que
engañen a los hombres de bien, ni amigos que les estafen
su dinero y les destrocen un ojo, ni deudores que quiebren, ni ministros
que se rían de vosotros mientras os niegan justicia?
Dicho esto se fue sin aguardar respuesta.
Ocultóse Memnón lo mejor que
pudo en espera de que pasase el rey y cuando éste apareció,
Memnón, después de besar el suelo tres veces, le alargó
un memorial, que tomó el soberano con mucha afabilidad y
pasó a uno de sus ministros para que se informase. El ministro
llamó aparte a Memnón, para decirle en tono de mofa
no exento de cólera:
-Sois un tuerto bastante atrevido. ¿Por
qué habéis entregado al rey un memorial en vez de
enviármelo a mí? El tesorero es hombre honesto y yo
le protejo porque es sobrino de una doncella de mi querida. No deis
un paso más en este asunto si no queréis perder el
ojo sano que os queda.
De esa suerte, Memnón, que por la mañana
había tomado la resolución de no amar, de no acudir
a festines, ni jugar, ni reñir con nadie, ni, sobre todo,
poner los pies en Palacio, antes de anochecer había sido
engañado por una mujer, se había emborrachado, había
jugado, le habían saltado un ojo en una riña y había
ido a Palacio donde se burlaron de él.
Confuso, abrumado por sus desgracias, regresó
a su casa. Al ir a entrar vio que se hallaba llena de alguaciles
y escribanos, que le estaban embargando los muebles a petición
de sus acreedores. Casi sin sentido permaneció inmóvil
bajo una palmera.
A poco acertó a pasar por allí
la bella damisela de aquella mañana. Iba paseando con su
amado tío y no pudo contener la risa al observar a Memnón
con su parche. Ya de noche se acostó Memnón sobre
un montón de paja, cerca de los muros de su casa. Acometióle
un acceso de fiebre y con ella una pesadilla: se le apareció
en su letargo un espíritu celeste, resplandeciente como el
sol y provisto de seis hermosas alas, pero sin pies, cabeza ni cola,
un ser que no tenía semejanza con ninguna criatura humana.
-¿Quién eres? -le dijo Memnón.
-Tu genio protector -le respondió la
aparición.
-Pues devuélveme -repuso Memnón-
mi ojo, mi salud, mi dinero y mi cordura.
Y en seguida le contó todo lo que había
perdido aquel día y de qué manera.
-Aventuras son esas -replicó el espíritu-
que nunca suceden en el mundo donde nosotros vivimos.
-Pues, ¿en qué mundo vivís?
-Mi patria dista quinientos millones de leguas
del sol, y es aquella estrellita junto a Sirio que puedes observar
desde aquí.
-¡Admirable país! -dijo Memnón-.
Así pues, ¿no tenéis allá bribonas que
engañen a los hombres de bien, ni amigos que les estafen
su dinero y les destrocen un ojo, ni deudores que quiebren, ni ministros
que se rían de vosotros mientras os niegan justicia?
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