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PÓRTICO: LA ESPAÑA DE LA RABIA Y DE LA IDEA

 

 

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 A. Machado

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      La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María, de espíritu burlón y de alma quieta, la que tuvo su mármol y su día, su infalible mañana y su poeta, ha dado paso a otra que nos anunciara Antonio Machado. Y así, hoy alborea la del cincel y de la maza, implacable y redentora, con un hacha en la mano vengadora, España de la rabia y de la idea. Pero no es mejor que la anterior. Quizás porque no hay dos Españas y es siempre la misma, zaragatera y triste, con dos clases de gente: la que ora y embiste, la de la rabia; pero también la que razona y tolera, la de la idea.  Esta España de ahora tiene, igual que la de antes, su mármol y su día, y asimismo ha engendrado un mañana, ¿por ventura pasajero?.

      En ella están, a medio camino entre el pacifismo de alma quieta y la violencia del hacha de la mano vengadora, de la rabia, los González,  los Pérez, los Rodríguez, poetas que crean realidades convenciendo; están los coros y los ecos, y están los Juanes, las Marías, eterna juventud que se hace del pasado macizo de la raza, dejándose convencer de que el no a la guerra significa exclusivamente no a la guerra de Irak , admitiendo el sí a la Otan, al Ejército, a las guerras de Croacia, de Servia, del Golfo, de Afganistán. En ella están, haciendo creer los unos y creyendo los otros, que «nos matan porque un gobierno facha nos ha metido en la guerra de Irak», no que la matanza es para que algo cambie. Como si los terroristas mataran por causas, no para fines. De tal modo, algunos de buena fe, los suficientes, se convencieron de que era imprescindible quitar al causante de la guerra  de Irak –facha antidemocrático, intransigente, distante y asesino mentiroso– para evitar nuevos males aquí, porque las consecuencias bélicas ya habían surgido allí; pero al no poder hacerlo, pues ya se había marchado cumpliendo una promesa anterior, pensaron que lo mejor era descargar su rabia contra el sucesor –candidato de un gobierno mentiroso, de quien estaban seguros que no traería a casa las tropas enviadas, que decía en misión humanitaria– y dar su confianza al candidato de la verdad –demócrata legítimo, humilde dialogante, simpático y sonriente– cuya promesa en este sentido era  traerlas para sacarnos de la guerra de Irak, con lo cual evitábamos las secuelas de la guerra allí y nos librábamos del terrorismo islamita de aquí. En ella están los que presumen de talante y de diálogo, y quienes creen que lo importante es eso; los que denuncian la mentira y practican el engaño, y también los engañados; los que exigen transparencia a los adversarios y ocultan sus pactos, y quienes los secundan.

      En ella estamos muchos otros, que quisiéramos no ser estigmatizados ni marginados: los que creemos en la idea,  en los ideales, en los valores de la ética y de la razón, en una sociedad libre de engaños, de falacias, de demagogias, reacia «al ataque irracional sistemático» y a «a la permanente descalificación de las personas» –quejas del Presidente Suárez en su dimisión–,  en donde quepan gentes rectas –la honradez de que hizo gala una generación de izquierdas olvidada–, cualquiera que sea su pensamiento, su opinión, sus convicciones, de cualquier talante educado, serio o con sonrisa, sin acritud, sin fanatismos ni dogmatismos excluyentes de uno y otro signo, dispuesta al diálogo cuando sea conveniente y posible, al justo y necesario para comprendernos mejor y lograr acuerdos, sin perder el tiempo con quienes sabemos que desean vestir su monólogo, acercándonos en esto al poeta sevillano cuando dice: «En preguntar lo que sabes / el tiempo no has de perder.../ Y a preguntas sin respuesta / ¿quién te podrá responder?».

Mayo, 2005

 

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