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Ernst
Niekisch 1926
Política Revolucionaria
Sobre el Pacto de Versalles
y la opresión de Alemania
"Que
quede claro: Si firmamos esta paz, es únicamente como consecuencia
de la ley del más fuerte" (Vorwärts, 1919)
La política alemana, si por un lado quiere ser política y por el otro alemana, no puede tener otra meta que no sea la recuperación de la independencia de alemania, su liberación de las opresoras cadenas impuestas y la recuperación del lugar que le corresponde entre los demás pueblos. Desde una perspectiva alemana, y como alemanes que somos ésa debe ser nuestra perspectiva natural, no existe nada que sea más importante que esta meta; toda nuestra política interior, social, económica y cultural tiene su propio impulso, su dirección general y su espíritu,en la consecución de esa meta última. No por casualidad es necesaria la expresión de este sentimiento; sucede de forma reiterada, que mientras nos abandonamos a nuestras preocupaciones de política interior, el perder totalmente de vista la política exterior. Existen periódicos "alemanes", "eminentes periódicos", que callan totalmente sobre nuestra bochornosa y humillante política exterior, como si ésta no fuera importante para nuestra existencia. Cada resto del período monárquico en el escudo de algún ayuntamiento o edificio oficial ocupa líneas y más líneas en la prensa de esos diarios mientras pasan de puntillas por encima de las inaceptables humillaciones y la explotación que sufrimos de las potencias occidentales. Así es como muchas capas sociales de nuestro pueblo buscan las causas de nuestras dificultades únicametne en el interior; uno sólo necesita, así sueñan ellos, realizar algunas transformaciones internas, para poner fin a toda la miseria que vivimos: organizar algún nuevo comité regional, eliminar alguna organización incómoda, redistribuir el pago de impuestos, cambiar los aranceles o convocar nuevas elecciones y elegir un nuevo parlamento incapaz de grandes cambios. Ellos no conocen el contenido de los tratados de paz, ellos no saben que los agentes encargados de cobrar las reparaciones son los hombres más poderosos de nuestro país, que el ferrocarril y la moneda de Alemania están en sus manos. Ellos no tienen idea de la medida de los cargos, que pesan sobre nosotros y no ven, que la cuestión Dawes está basada en la renta alemana: el coste de la vida de un trabajador alemán, está determinado en la medida en que nosotros cumplamos con las obligaciones de Dawes. Los intereses vitales de los trabajadores alemanes por un lado y los contratos de Dawes y el Dictado de Versalles por el otro, son absolutamente irreconciliables. Destruir estos contratos, revocar esas obligaciones, acabar con esa explotación: ésta es la única política alemana que puede proteger al trabajador de una servidumbre sin esperanza. En este punto, las necesidades vitales del trabajador alemán y las necesidades vitales de la Nación son coincidentes; si él osara luchar por el lugar que le toca y por su Libertad, entonces dirijiría también la lucha por la liberación nacional. Le ha sido encargada una misión nacional; de ella, de cómo entienda y realice esta responsabilidad que le ha dado la Historia, depende su futura posición social y política. Nadie, a no ser que sea un demente, puede pensar actualmente en una lucha abierta. Para ello son necesarios medios materiales de los que por el momento no disponemos. Pero además también es necesaria una posición favorable dentro de las constelaciones geopolíticas, que actualmente nos es negada. Así, nos conviene cierta paciencia. Pero no nos conviene la paciencia de la inactividad, del adormecimiento y de la desmoralización interior. Nosotros tenemos mucho trabajo de preparación, espiritual, organizativo y de muchos otros tipos. La cuestión es: si nos llegará el aliento, si resistiremos y nos mantendremos firmes, en si no nos resignaremos a nuestro destino y no nos acobardaremos ante la realidad. ¿Somos lo suficientemente fuertes, duros y tozudos como para reafirmar nuestra causa, nuestras convicciones y nuestro futuro, frente a un mundo hostil y extremadamente poderoso, aún cuando hacerlo pueda parecer tonto, ridículo, imposible y nada rentable? ¿Podremos enfrentarnos a la avalancha de extrangeros obstinados en su victoria y ahora aferrados a lo que han ganado y legitimado mediante el uso de la fuerza e intolerables abusos de poder, con una mentalidad de resistencia inquebrantable y una inamovible voluntad de lucha? Cuidemos ambas cuestiones antenta e incansablemente, así haremos que el desvanecimiento de nuestro pueblo sea sólo una época oscura de la que lograremos salir. La fuerza y la constancia de la resistencia viene claramente determinada por el nivel de comprensión y reconocimiento de las más profundas fuentes que alimentan a las fuerzas a las que hay que enfrentar. Ya es tiempo para comprender que una de las raices de nuestra perdición es la mentalidad occidental, que con sus seducciones de "libertad" y sus melodías de flautista de Hamelín sobre el "progreso", busca ganarse a nuestra clase trabajadora. Confiada, nuestra clase trabajadora toma una imagen creada por los lores industriales ingleses y los reyes de las finanzas franceses como si fuera el mensaje de su liberación . La mentalidad occidental significa: engañar a la gente con la palabrería sobre la "libertad", y aplastar a los enemigos en nombre del "progreso". Inglaterra, la "libre" Inglaterra, estranguladora de indios y egipcios colonizados y esclavizados; Francia, la gran "humanista", aplastadora de marroquíes y sirios. Ambas chapotean en la sangre de los pueblos esclavizados en nombre de la "Civilización". Y su "justicia", la que junto a otro gran occidental, Wilson, se nos regaló, la sufrimos nosotros con Versalles. Cuando toleramos y damos cobijo a la mentalidad occidental, estamos colaborando con las potencias vencedoras. Y es algo totalmente carente de sentido, sólo explicable por una gran falta de autoestima, cuando se pretende contraatacar sobre el terreno de sus propias leyes y su mentalidad. El enfrentamiento no tiene en este caso suficiente pasión, sentido histórico, profundidad simbolica; nada esencial, con verdadero sentido, puede sacarse en este terreno. Rusia lo entendió cuando vió su independencia amenazada por las potencias occidentales; rompió absolutamente con todo aquello que no fuera originalmente ruso: con la cultura y el orden político, económico y social, de Occidente. Esto le otorgó un sentido y un insuperable vigor a su revolución. ¡Qué distintas son ahora las cosas en nuestro pueblo! No sólo individuos, sino también partidos enteros, estan en la órbita de la mentalidad occidental. Ciertos círculos capitalistas, en particular aquellos de carácter burgués, o bien se han entregado a ella desde hace ya mucho tiempo o la consideran útil, e impelidos por intereses económicos particulares, se abandonan a ella. "Ellos ya no pueden" - como dijo hace poco el profesor Bonn - "asegurar su poder financiero y sus prrivilegios mediante el monopolio nacional. Ahora alargan amigablemente sus derechos por encima de las fronteras y hacen llamamientos a olvidar el pasado. Donde antes estuvo el enemigo ahora está el aliado". Para poder conservar sus privilegios, ahora se han vuelto internacionales. "Ante el público y en la propaganda, ahora todo es hermandad entre los pueblos". Ellos se alían con franceses, ingleses y norteamericanos contra su propio pueblo para poder así conservar sus escandalosas rentas; venden el futuro de la Nación para asegurar su comodidad. Estos intercesores del entendimiento con Occidente, están en realidad pidiendo que la situación creada por Versalles sea aceptada. Ellos son agentes del enemigo, no mensajeros de la paz. Son abogados de los intereses de las potencias vencedoras. Quien les deje hacer libremente, quien colabore con ellos, no sólo estará haciendo política interior sino sobretodo política exterior. Esto debe ser entendido en Alemania: cada persona, que para hacer negocio, debilite el sentimiento de oposición a Occidente, deberá ser tratado como enemigo de la Nación. Ellos son nuestros enemigos en la misma medida en que lo es el Dictado de Versalles. Nuestro posicionamiento natural debe ser la constante rebelión contra todo aquello que sea occidental. Ciertamente, esto es revolucionario. Pero aquí no puede caber ninguna duda: o somos un pueblo revolucionario o acabamos hundiéndonos en el lodo y teniendo que renunciar definitivamente a ser un pueblo libre. |