|
DREAM |
|
|||
|
Era una tarde cualquiera de un día cualquiera de aquel agosto tan caluroso.
En aquel bar no se estaba del todo mal y se hacía más soportable el calor, más que nada por el potente aparato de aire acondicionado que tenían instalado.
Y la cerveza bien fría entraba bien, pero que muy bien. Y allí estaba yo escondiéndome del calor ante una cerveza, absorta en mis pensamientos.
La segunda cerveza hizo su efecto y tuve que ir al baño. Me dirigía a él cuando al girar por el pasillo te vi.
Eras tú, el hombre importante, el que salía en la tele, en las revistas, el actor maravilloso que me enamoró, el hombre que me había cautivado desde una pantalla de cine.
Me gustabas mucho, veía tus películas una y otra vez, miraba tus fotos sin descanso y leía tus entrevistas con total devoción. Me gustaba todo de ti, tu forma de ser, tu forma de actuar, tu cuerpo, y sobre todo tu rostro, con esa sonrisa pícara y una mirada llena de inquietud.
Tú salías del aseo y nuestras miradas se cruzaron y nuestros ojos se hablaron, se confesaron deseos y anhelos escondidos.
Pasé la puerta y suspiré, de mis labios salió un suspiro profundo, una respiración llena de ansia, de deseo.
Oí la puerta del baño y me gire, y te vi entrando. Dios, pensé, no puede ser. Tú, y entrando al aseo de señoras.
Nos miramos fijamente, te acercaste lentamente, muy despacio, no hablamos, no dijimos nada. Nuestros ojos lo decían todo. Hablaban por nosotros y se decían palabras llenas de pasión, el deseo ardía en las miradas de los dos.
Te acercaste a mí, tu mano derecha rodeó mi cintura, la izquierda pasó por detrás de mi nuca.
Me mirabas con una intensidad que me traspasaba, me perdí en tus ojos, y allí perdida estaba cuando sentí tus labios sobre los míos, cerrados aun por la sorpresa.
Abrí mi boca y nos besamos, primero despacio, muy despacio, saboreando aquel esperado beso, pero duró poco muy poco. La ansiedad se apoderó de nuestras bocas y nos besamos hasta hacernos daño, con desesperación, con locura, con un ansia arrasadora.
Yo te acariciaba la cabeza, la nuca, arañaba tu espalda y tú me aprisionabas cada vez más contra la pared. Subiste mi camiseta, levantaste mis manos y al pasarla por los brazos la dejaste allí, mientras me besabas, me mordías los hombros y bajabas hacia mis pechos, duros por el frío de los azulejos, duros por la excitación de sentirte, de saborearte. Al chuparme, al lamerme, creí que me moría, ráfagas de placer me recorrían.
Temblábamos, mis manos buscaron tu perfecto culo bajo los pantalones. Te estremecías. Adelanté una mano. Suspirabas, jadeabas, estabas tan hermoso, tan arrebatadamente sexy, con los labios entreabiertos, los ojos entornados. Suspirabas de deseo, abrías la boca suplicando más besos ansiosos, más besos desesperados y consumidos de pasión.
Mi mano se adelantó y acarició tu muslo izquierdo, era tan suave, por dentro era cálido y suave, firme y tierno. Avanzó mi mano y se encontró con tu miembro que, duro como el acero, se alzaba orgulloso y tembloroso, parecía pedir caricias con cada movimiento de tus caderas. Lo cogí con mi mano, primero tímidamente, con miedo. Pero al notarlo tan vivo, tan enorme, tan deseoso de caricias, comencé a acariciarlo, muy despacio.
Tus jadeos en mi oído me estaban volviendo loca, tus manos no paraban de recorrer mi cuerpo, tus uñas dejaban surcos en mi piel.
Aceleré mis caricias, firmes, rápidas y noté tus dientes clavados en mi cuello. Era como si quisieras devorarme, comerme, averiguar cual era el sabor de mi piel, de mi sangre.
Echaste la cabeza hacia atrás, jadeabas entrecortadamente de placer.
Me deslicé hacia abajo y bajé tus pantalones. Dios mío, qué panorama, qué hermosura se presentaba ante mis ojos. Y casi me hablaba, me pedía caricias, me suplicaba besos y se los di. La tomé entre mis manos con suma dulzura y la besé, una, dos, tres veces, muchas veces. Tus jadeos me incitaban, me excitaban cada vez más y mis jadeos se unieron a los tuyos. Abrí la boca mucho, mucho y la introduje en ella lentamente, saboreando cada milímetro, notando cada una de las venas hinchadas por el placer, y lamí con fuerza y chupé y volví a lamer.
No movimos contra las paredes. Ahora eras tú el que estaba contra la pared, no yo, tu cabeza golpeaba los baldosines, y tu boca entreabierta suspiraba, mientras la mía seguía allí abajo jugando, dándote placer.
Te agachaste y tiraste de mí hacia arriba. Nuestras bocas se unieron, se fundieron en un beso desesperado. Un beso lleno de toda la pasión que estaba a punto de verterse por todos los poros de nuestra piel.
Abrazados y unidos por nuestros labios, avanzamos como pudimos hasta el inodoro. Te sentaste rápidamente, casi sin soltar mi boca, atrayéndome hacia ti. Pasé una pierna por encima de la tuya y luego la otra y así a horcajadas fui bajando muy despacio, lentamente, hasta notar tu duro miembro rozando mi sexo que palpitaba por el deseo de sentirte dentro. Comencé a bajar, poco a poco, mientras entrabas dentro de mí. Tus ojos cerrados se abrieron y me miraron llenos de deseo, de pasión. Suspirabas mientras decías "hazme volar, quiero que explotemos juntos", bajé más y me llenaste, te sentí dentro entero, todo tú, deseoso, palpitante.
Nuestros rostros colmados de placer se observaron, analizaron cada uno cómo disfrutaba el otro. Gozando cada uno del placer del otro.
El sudor bañaba nuestros cuerpos y nos besamos con ansia, como queriéndonos devorar, alimentarnos el uno del otro.
Comenzabas a moverte, a moverme, y yo me apoyé en tus fuertes hombros con mis manos y comencé a cabalgar despacio, gozando con cada subida, con cada bajada. Tus manos, tus fuertes y grandes manos asían mis pechos, acariciaban mi espalda, no se estaban quietas recorriendo mi cuerpo. Aceleré mis movimientos más y más y te gritaba "dámelo, dámelo todo, rómpeme de placer". Subía y bajaba, cada vez más rápido, cada vez más deprisa. Nuestros alientos se aceleraron a la vez, sincronizándose con las subidas y bajadas. Más, más y más.
Entonces no éramos tú y yo, ni yo ni tú. Éramos uno, era del deseo presente, apoderándose de dos cuerpos hasta convertirlos en uno. Fundidos, unidos, abrasándose en la energía más poderosa y antigua del universo. La pasión unida de dos entes, de dos cuerpos.
Temblábamos al unísono, nos movíamos mecidos por una melodía inexistente para el resto del mundo, solo audible por nosotros, que bailábamos frenéticos la danza del deseo, el baile de la pasión.
Nos miramos, a cada golpe de nuestras caderas, a cada empuje de nuestras pelvis, nos hacíamos más uno, y nos mirábamos. El uno en los ojos del otro como en un espejo.
El ritmo crecía, el abrazo se hacía más fuerte, la pasión era total, completa y de repente explotamos, juntos, unidos, saliendo despedidos de allí, incluso de nuestros cuerpos. Oleadas de placer llegaron a cada terminación nerviosa, a cada extremidad, era como no estar dentro del cuerpo, como encontrarnos unidos en la nada, fusionados por el placer sin que existiera nada más. Solo espasmos placenteros que recorrían, no ya el cuerpo, sino el alma, el espíritu, el interior de la nada.
La oleada de paz, de sosiego nos dejó allí, muy quietos, estáticos, felices, sin aliento.
Apoyada mi frente en tu hombro, tus manos en mis caderas. Relajados, abatidos con una sonrisa de felicidad, de complicidad que lo decía todo. Pero que para los demás, cuando nos viesen, no significaría nada.
Nos miramos, ha sido fantástico, pensé. Tus ojos lo confirmaron. Me besaste los párpados, las mejillas, la boca, mientras tus manos aferraban con fuerza mi cara.
Me diste un último beso ardiente, apasionado, como para comprobar que era real, que allí estábamos.
Nos vestimos rápidamente, frente a frente. Tomaste mis manos en las tuyas, me mirabas con ternura, con cariño incluso. Nuestras manos se acariciaban y comenzaron a separarse con tristeza, lentamente se fueron separando, se soltaron al fin y saliste sonriendo.
Yo también salí sonriendo, con un suspiro ahogado en mi pecho. Llegué a la barra de nuevo, la cerveza estaba caliente. Pedí otra y mire distraídamente por la ventana. Te vi a través de la ventana, entre la gente, me fijé mejor en tu rostro y te vi sonreír mientras te alejabas.
Sé que fue cierto, que fue real, pero no puedo evitar pensar que fue solo un sueño.
Con el tiempo te he vuelto a ver, sí, y me has hecho estremecer de nuevo, desde la enorme pantalla del cine me miras, yo te sonrío y un nostálgico suspiro sale de mi pecho.
Seira
|
|
|||