
Francisca Martín-Cano Abreu

CIERRA LOS OJOS, ÁBRETE DE PIERNAS Y PIENSA EN LA DIOSA O EN GRAN BRETAÑA Por Martín-Cano
En las culturas existentes desde la
más remota antigüedad, se conoce la existencia de
diversos ritos de iniciación, llamados también de
tránsito, que practicaban los miembros de ambos sexos, a lo
largo de las diferentes etapas de su vida. En estos ritos se
suministraban a los iniciados una serie de instrucciones y saberes y
practicaban una serie de pruebas, para que asumiesen los valores
adecuados para adaptarse a los nuevos papeles, que a partir de
entonces iban a jugar en su nueva situación. Y que
además iban servirles para obtener poder y corroborar su nuevo
status.
Sin embargo, existió en
época histórica durante cientos de años, en
diversas regiones asiáticas y de la cuenca del
Mediterráneo, a principios de la transición al
patriarcado, un rito de pubertad de las adolescentes (a cuya
práctica habían de someterse por ley), con el que se
esperaba, asumiesen los cambios, por los que la joven dejaba de ser
niña y se hacía mujer.
El rito consistía en dejarse
desflorar voluntariamente por extranjeros en los Templos, a cambio de
una moneda de plata. Y la joven al llegar a cierta edad, se
sometía a esta ley voluntariamente, contra la que no
podía rebelarse, al igual que tampoco lo podía hacer
contra el futuro contrato matrimonial que le esperaba. Ya que en la
sociedad patriarcal, la mujer sólo pasaba a ser miembro de
pleno derecho, en el matrimonio y en la dependencia. Y sólo
así encontraba seguridad.
De manera que con ese degradante y
brutal acto formalizado, la joven era convertida en una esclava del
deseo masculino y tratada como un ser inferior, que representaba
sólo una ocasión para el disfrute masculino. Y
conseguía lo contrario de lo que se esperaba en un rito de
iniciación: en vez de alcanzar status, se la disminuía
en su capacidad y poder: perdía la libertad de elegir pareja
sexual; perdía el derecho de hacer su voluntad; perdía
el derecho de buscar su placer sexual; perdía su
consideración humana: era mirada de forma inhumana como
abertura exclusivamente dedicada al uso y disfrute de los varones y
para su sola satisfacción al penetrarla; perdía la
posibilidad de buscar su sustento por el trabajo,...
Es significativo también el
hecho, de que a pesar de que el rito se hiciese bajo la
protección de la Diosa, no era la niña la que la
encarnaba y a su través el varón iba a conseguir un
bien, sino que es el varón el que vejaba a la niña, y
quizás a la vez estaría violentando a la Diosa, ya que
en el período de transición al patriarcado, la Diosa
fue denigrada, desplazada y marginada, se la sometió a los
Dioses masculinos, pasando a ocupar lugares poco destacados y se les
restó poderes.
El criterio suministrado con la
iniciación, era precisamente: "ábrete de piernas y
sacrifícate por la Diosa, sin buscar tu placer y a cambio de
una moneda". Dado la hipocresía de los gobernantes, se
justificaron en el cumplimiento de indicaciones Divinas, para que las
iniciadas cumplieran con la orden y se entrenasen en la
situación que les esperaba: entregarse sexualmente, a cambio
de sustento.
Lo que muestra que la ley fue
inventada, cuando los códigos que intentaban imponer el
sistema patriarcal, no se atrevían a condenar las costumbres
heredadas de la religión matriarcal anterior, sensual y
vitalista. Y para compaginar la total libertad sexual femenina de
antaño, a la vez que se quería imponer la total
represión sexual de la mujer casada, impusieron un rito
religioso, como un acontecimiento formalizado y reflejo de una
conciencia pública de ideología sexista, por el que las
solteras habían de ser iniciadas de forma brutal, sin buscar
su placer y a cambio de una moneda. Es decir que se consideraba como
un deber religioso y de servicio a la Diosa Madre, que las
jóvenes se sometieran voluntariamente a un violador, para
pasar del estado de niña al de mujer, con sexualidad pasiva y
subordinada y a cambio de algo.
Y con ello ganarían respecto.
Como asegura Donovan en (1988, 21): "En unos u otros tiempos, la
prostitución sagrada se practicó en todas las culturas
del Oriente Próximo, en Egipto y en Grecia. Una
inscripción en Lydia testifica que se prolongó esta
práctica hasta el siglo II de la era cristiana. Las mujeres se
entregaban en los templos a los extranjeros, no por placer carnal,
sino como un solemne deber religioso de servicio a la diosa madre. Se
lo exigía la fe, y por esta práctica, más que
perder, ganaban respeto."
A los ojos occidentales asombra que
las mujeres "ganasen respeto" al entregarse a un extranjero, ya que
la prostitución a la que eran obligadas, les parecen
más bien una práctica de libertinaje femenino, y por
tanto poco respetable. Pero esa es, desde luego la mirada dada por la
mayoría de los estudiosos, ante tal deber. En realidad lo que,
a nuestro entender, ponen de manifiesto estos intérpretes, es
su ceguera ante lo que significaba la estrategia del poder
público, que sostenía la dominación patriarcal.
Al imponer a las jóvenes esa
prueba, lo que hacía era prepararlas para que adquiriesen los
valores adaptativos y adecuados a la nueva situación de
sometimiento, que el patriarcado les asignaba. A partir de ese
momento la mujer será pura obediencia, elegida por el
varón y sin intervención de su voluntad, estará
siempre sometida a la voluntada ajena.
Desde esta perspectiva, al obedecer la
ley que les exigía ser desflorada por un extranjero, con lo
que implica de injusticia brutal a la sexualidad femenina y a su
derecho de elección, estaban fortaleciendo el poder
establecido. ¡Y claro que las mujeres ganaban respeto por
cumplirla!. ¡Pero por cumplir con la obligación sexista
de dejarse violar, subordinar y aceptar el maltrato abiertamente
injusto, sin sublevarse!. ¡Porque con su sumisión, al
sobrellevar la violación en unas circunstancias que
parecían inmutables, estaban adiestrándose en soportar
la falta de libertad futura!.
Así era cómo se
conseguía imponer a la joven los ideales que entonces
interesaban tuvieran en el grupo familiar de ese momento
histórico. Y esa era la manera para encauzar la voluntad
femenina, para que eligiera lo que iba a establecerse para siempre
tras el matrimonio: ausencia del poder de decisión,
pérdida del control para siempre, y disposición
permanente y subordinación al placer sexual masculino.
Aunque no se le exigía llegar
virgen al matrimonio, era como el último acto de
comportamiento sexual libre que se le permitía tras haber
estado vigente en la sociedad anteriormente costumbres de
permisividad sexual, propias del matriarcado. Y muestra de la
pervivencia de que existían ideas totalmente diferentes a las
que se impusieron en etapas más avanzadas del
patriarcado.
También con el sacrificio
femenino a cambio de una simple moneda, sería una manera de
ofrecer sexualidad barata a los varones pobres.
Posteriormente, con el invento de
otras religiones como el cristianismo o el islamismo, con ideas
morales sobre la sexualidad femenina más estrictas, se
eliminó el brutal rito de violación institucionalizada
por parte de un extranjero. Pero quién asumía la
violación de la joven virgen e inexperta puritana,
después del matrimonio, era el esposo en la noche de bodas.
Recuérdese la sugerencia de tener que soportar la
cópula, como una violación y una vejación, que
las personas educadas en la moral victoriana, aconsejaban de forma
explícita a las jóvenes de buena familia inglesa para
la noche de bodas: "Cierra los ojos, ábrete de piernas y
piensa en Gran Bretaña".
(DONOVAN, F. R. (1988): Historia de la brujería. Alianza Editorial, Madrid.)
Francisca Martín-Cano Abreu
No se puede alterar, transformar o generar una obra derivada a partir de esta obra.
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15 DE JUNIO 2003 |
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