
Francisca Martín-Cano Abreu
Francisca Martín-Cano Abreu
Aún faltaba mucho para que el sol, huyendo de
las regiones donde estaba encerrado, disipara con su potente luz la
oscuridad de la madrugada del solsticio de verano, cuando Nadica se
despertó. Se levantó del lecho resueltamente y no
tardó mucho en embadurnarse el cuerpo con grasa mezclada con
pigmento rojo.
Cogió su arco, carcaj y flechas, una paloma
blanca y varios objetos sagrados, y salió de su cabaña
acompañada de su fiel amiga, una noble lebrel negra que a su
lado correteaba alborotada adelantándose a su paso y volviendo
atrás.
Iluminada por una gran luna se encaminó a los
pies del monte Pasiantano. Desde lejos pudo ver a todas las
Curanderas de tribus de alrededor que la estaban esperando. El grupo
resultaba insólito: cuarenta y nueve mujeres lucían
esplendorosas con sus cuerpos desnudos fulgurando a la tenue luz del
plenilunio, rodeadas de cuarenta y nueve perras de muy diversos
tamaños, razas y pelajes: negras, marrones, blancas o pardas.
Tras reunirse las cincuenta y con la aurora matutina
iniciaron el ascenso hacia el Santuario Divino. Iban por el tortuoso
sendero entre tupidos árboles reclamando: !Saludadora Cibebe
Pasiancia! / De la enfermedad de la cólera, Protégenos,
/ De las fiebres, Presérvanos, / De los cánceres,
Defiéndenos / Con vientos menos abrasadores, Sedúcenos,
/ No permitas que las frutas se agosten, / Ni que las aguas se
corrompan, / ¡ Madre Todopoderosa!
¡Cúranos!.
Cuando estaban cerca de la cumbre quedaron deslumbradas
con el primer vislumbre de la mañana. Levantaron los ojos al
firmamento y vieron cómo se paseaba aún en lo alto una
Leona cuyo aliento febril consumía la vida. Soltaron las
palomas y se quedaron contemplando cómo alzaban el vuelo y se
incendiaban con la luz abrasadora.
Después bañadas en sudor y sedientas
entraron a la umbría cueva, agradeciendo el frescor de la gran
sala. Ceremonialmente encendieron el fuego del altar y las mechas de
varias lámparas de sebo que colocaron estratégicamente
para iluminar el interior; quemaron diversos productos medicinales y
aliviaron su sed con el agua de sus hidras que colgaron del techo.
Luego silbaron a sus adiestradas perras que vinieron
gruñendo excitadas. Las canes se quedaron mirando expectantes
a sus respectivas amas con las orejas enderezadas mientras
movían las colas aceleradamente. Ante sus hocicos las
Curanderas, riéndose con expresiones traviesas, se abrieron de
piernas y les ofrecieron sus hendiduras para que las lamieran,
mientras la alentaban con palabras lisonjeras: ¡Toma bonita,
bebe salsa en ayunas. Hártate!
Unas se dejaban lamer sus vulvas mientras
permanecían tumbadas en el suelo, otras controlaban mejor los
lametazos sentadas encima de salientes rocosos; Nadica
prefirió adoptar una postura arrodillada a cuatro patas y
facilitar el acceso a Lisa, que así se llamaba su perra. De
esta manera se podría alejar cuando el potente ritmo de la
lengua rijosa la llevara de forma perentoria al orgasmo; o se
podría acercar cuando el picor fuese mayor para aumentar la
satisfacción del lameteo.

Todas se reían a carcajadas mientras
sentían que el frotar de los rasposos apéndices de sus
devotas les producían tan placenteras sensaciones que las
hacían perder la razón. Y con tanta fruición,
una tras otra terminaron por correrse y las perras por saciar su
sed.
Después, las Curanderas tomaron sus arcos y
flechas, sus sombreros de ala ancha, sus hidras, y salieron del
Santuario muertas de risa. Durante algún tiempo deambularon
por los montes cubiertos de secos matorrales detrás de las
perras, que corrían con gran ímpetu tras las huellas
que su olfato descubría.
Bordearon marismas y pasaron junto a nueves fuentes de
aguas estancadas, cuyo hálito apestoso lo corrompía
todo. Por fin divisaron en un campo lejano un animal separado de su
rebaño que se había enredado entre las mieses. A pesar
de sus esfuerzos el noble bóvido no era capaz de librarse de
la maraña.
A su vista y azotadas por el implacable viento del
estío, que parecía soplarle a sus oídos:
¡Matadlos con vuestras flechas! montaron en cólera. Y
como megeras con la razón perdida, transmitieron su rabia a
sus inseparables y fueron corriendo para cazarlos. Al llegar a los
campos encontraron una liebre y un enorme búfalo y allí
mismo los mataron a flechazos. Las perras las despedazaron con una
avidez tan furiosa que parecía que nunca iban a hartarse.
Hasta que por fin saciaron también su hambre canina.
Las Oficiantas quedaron contentas por haber aplacado a
la furiosa Cibebe Pasiancia. Ese año su ardor abrasador no
agostaría los frutos antes de recolectarlos. Esperaban que
tampoco las enfermedades cancerosas se les cayesen encima ni las
persiguieran hasta devorarles las entrañas.
Razón de las ceremonias licenciosas de mujeres con perras
En la Escena se presenta un ritual sagrado de
simbología mágica celebrado a principios de la
estación calurosa, en el que cincuenta mujeres "dan de beber"
a cincuenta ávidas perras, seguido por otro en el que "dan de
comer" a las rabiosas perras, tras matar a flechazos a unos
animales.
El cunnilingus refleja el ritual orgiástico
que sabemos realizaban mujeres con perras en ciertas fiestas (como
las "Misias" de Acaya, La Arcadia, en Pallene y en Argos, celebradas
en el Templo Miseón de la Diosa Demeter Misia) y que eran bien
vistas por los fieles, pues era una ceremonia sagrada de culto a la
Diosa. Y el ritual de caza con perras reflejan los mitos
protagonizados por cincuenta canes (como los de Artemisa que
devoraron a Acteón y a los Niobos o los de las furiosas
Bacantes, Basáridas, Eleleidas y Ménades que, tras
correr enloquecidas por los campos, cazaban animales y mataban
adolescentes o reyes y dejaban que fuesen despedazados por sus
canes).
Ambos ritos con la misma metáfora
implícita: luchar contra los efectos perniciosos del
fenómeno climático maléfico de la
canícula. Con la orgía sexual se daba de "beber" a las
canes y con la caza se les daba de "comer", siendo "las cincuenta
canes" representantes en la tierra de la Diosa. Se esperaba saciar la
"canícula climática y la sequía devoradora",
fenómenos que hacían acto de presencia a partir del
solsticio de verano, durante los cincuenta "días perros". Y
que eran anunciados con la aparición al amanecer de la
constelación Canícula (hace 5.300 años
tenía lugar en el solsticio de verano). Y que se
creerían eran enviados por la Diosa en su máscara /
personificación de la constelación Canícula.
De forma que el origen del ritual tenía un
fundamento astronómico y una analogía funcional: se
saciaba la sed y el hambre de las sedientas y devoradoras canes,
representantes Divinas, antes de que empezasen los cincuenta
días caniculares. Y, ya satisfechas, aplacarían a la
Diosa representada y ese verano no serían tan fuertes los
efectos maléficos del clima: Calor que abrasaba la
vegetación y causaba la putrefacción de las aguas
estancadas y la aparición de las enfermedades infecciosas
(como la rabia y la cólera) que hacían estragos en
humanos y animales.
Asimismo esperaban que los vientos calientes que
expandían y llevaban las enfermedades y la fiebre, fuesen
menos virulentos. Vientos del estío llamados en diversas
regiones: áfrico, berecinto, líbico, estío /
canis aestifer, tracias, esciras, euro, solano, atabulus... Y que
estaban personificados por las Diosas: África, Cibeles
Berecinta, Libia, Estío, Tracia, Atenea Esciras, Euro, Solana,
Atea / Até....
En la moneda de Acragante, Sicilia (Cuadro XX)
aparece una Sacerdotisa desnuda acompañada de canes, mientras
trata de huir del "cáncer" que se le viene encima.
Recordaría a las personas expertas que sabían
decodificar su mensaje simbólico, los rituales a practicar
para huir de las enfermedades asociadas a las constelaciones del
verano.

Lo que evidencia que a pesar de estar vigente en
occidente durante los últimos 2.000 años
fuertísimas censuras sobre las relaciones humanas con
animales, por influjo de creencias judeocristianas y de algunas ideas
del psicoanálisis que desconsidera la zoofilia como perversa y
sospecha, propia de seres depravados y solitarios con problemas de
adaptación o con dificultades de relacionarse sexualmente, en
la antigüedad no sólo no se censuraba, sino que se
alentaban tales prácticas bajo el amparo de su carácter
sagrado.
Además las encuestas de Kinsey realizadas hace
ya medio siglo (en 1948 y 1953 con 8.000 varones y 12.000 mujeres)
pusieron de manifiesto que las relaciones sexuales con animales en
forma de coitos (bestialismo) o cunnilingus han sido practicadas con
regularidad por personas normales, según declararon el 3,6% de
las mujeres estadounidenses y el 8% de los varones. Y sólo el
17% pertenecía al ámbito rural (datos aportados por
Pilar Cristóbal, 2003).
Por lo que ha es hora de divulgar tales hechos para que
las nuevas generaciones crezcan libres de los condicionamientos e
imperativos patriarcales de lo que ha de ser legitimo, y así
contribuir a modificar el poder de gestionar el placer femenino, sin
que sea el machismo el que nos domine.
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