
LA GASOLINERA
Corrían los años 50, a mediados diría yo. Hal Brooks era un joven con muchos pajaritos que trabajaba por cinco centavos la hora en una gasolinera. Su padre era mecánico y su madre ama de casa. Tenía el joven Hal la bella edad de 18 años y mientras gasofeaba un ford soñaba con ser actor de Hollywood. Seguramente todos los adolescentes aspiraban a lo mismo, pero mientras la generalidad quería ser rico y galán deseado, Hal únicamente anhelaba ser actor de Hollywood como vehículo para llegar a Monty Clift, su ídolo. No había película de Monty Clift que no hubiera visto al menos tres veces Hal Brooks. Imitaba su forma de fumar, bebía la misma marca de whisqui y los sombreros de cowboy se los echaba hacia atrás, como había visto que hacía Monty en "Río Rojo". Lo que más le obsesionaba a Hal eran sus ojos. ¡Coño, qué dos pedazos de ojos!. Cuando miraba, clavaba. Los ojos le permitían abandonar su rostro a ese desdén que le hacía parecer pensativo o, mejor aún, dubitativo. Hal decía que James Dean estaba sobrevalorado, y todo porque la había espichado con sólo tres películas. Monty era mejor actor que James y mucho más atractivo.Hal tenía una novia, Margaret Tennesse Johnson, Maggie, a la que se follaba de viernes en viernes en los cines de coches, en el ford azul del padre de Maggie, dueño de la gasolinera, un buen tipo. Los viernes no pasaban estrenos, sino anticuallas, pelis de gangsters y los últimos oscars. Así que cuando no echaban "De aquí a la eternidad" te ponían "Un tranvía llamado deseo" con Brando o "Angels with dirty faces" con Bogart y Cagney. A Hal ni Brando, ni Bogart, ni Cagney, le transmitían el magnetismo que Monty sabía dar a la pantalla con su leve sonrisa. Eran grandes, geniales, pero no como Montgómery Clift. Con "De aquí a la eternidad", Hal se estrenó y Maggie tuvo lo que llevaba semanas buscando: la paz interior.
La navidad nevó copiosamente y por la radio anunciaron que un temporal se aproximaba y las carreteras iban a estar cortadas. El padre de Maggie reforzó las ventanas de la gasolinera y le dijo a Hal que se marchara a casa, que con tanta nieve no habría un puto coche que parara a repostar. Sin embargo, justo en el momento en el que Hal se colocaba el abrigo de borreguito, el gorro con orejeras y los guantes, frenó un coche de lujo frente a la gasolinera del señor Johnson. Era un corvette gris de cristales oscuros. Hal supo enseguida que un pez gordo había quedado enganchado en la red nevosa y fría de las montañas y que al menos una noche iba a pasar en el pueblo. ¡Joder, un tipo importante no había pisado el pueblo desde los tiempos de Pat Garret!. El alcalde, el hombre más rico, lucía un oldsmobile de una serie extinguida con la Segunda Guerra Mundial, pero el coche, muy bonito por fuera, apenas arrancaba y para el día a día usaba el de su mujer, una furgona campera menos vistosa que el oldsmobile y, por supuesto, que el corvette gris que había frenado ante la gasolinera del señor Johnson. Y Hal no pudo menos que esperar a que la puerta se abriera y el personaje descubriese su identidad. Tenía que ser el primero en verle. Chulearía ante su novia, ante sus amigos, ante los vecinos y curiosos y tendría tema de conversación para rato, en un pueblo en el que, durante el invierno, no sucedía nada.La puerta del corvette se abrió. El señor Johnson salió al porche a recibir al extraño. Iba envuelto en un abrigo oscuro, azul marino o negro, y su rostro lo ocultaba un sombrero un tanto pasado de moda, de finales de los cuarenta, también negro. Hal vió cómo Johnson acompañaba al extraño al interior de la casucha de la gasolinera, pero no descubrió de quién se trataba. No sabía si entrar o no. A Johnson le fastidiaba que interrumpiesen su conversación con un cliente. Y éste, desde luego, era un cliente muy especial. Sin embargo, al poco de entrar, el señor Johnson volvió a salir al porche y llamó a Hal. Le pidió que no se marchara a casa. El extraño dormía esa noche en la gasolinera y le necesitaba para que le atendiera. "¿Quién es?". "No sé, un tío muy rico desde luego, pero su nombre no me suena". Hal entró y vió al sujeto de espaldas despojándose del abrigo y el sombrero. "Hal, ayuda al señor Clift con sus cosas", ordenó Johnson. El señor Clift se volvió y le dijo que no traía equipaje, que no era necesaria su ayuda. Tenía los ojos brillosos y una hermosa serenidad recorría su rostro. Hal no podía creer que Monty Clift estuviera allí, en la gasolinera del señor Johnson, el día de Navidad. Era un milagro, un milagro de los que salen en las películas de Capra. -Señor Clift,- dijo Johnson -mi ayudante, Hal Brooks, se quedará esta noche con usted. Comprenda que por ser Navidad no pueda quedarme yo. Tengo una familia que me espera en casa. -Ya. ¿Y él no tiene familia?. -Sí, bueno, pero sus padres no celebran la Navidad, son judíos ortodoxos. A él no le importa, así se gana un dólar de más. Cuando desee cenar sólo tiene que decírselo a Hal y la hará en un santiamén. El menú es pobre, pero desde luego no frugal. Hay queso, sopa, carne en salsa, pan de sobra y café. -No se preocupe. No creo que tenga hambre. Deseo acostarme cuanto antes. Estoy cansado. -Bien, señor, hasta mañana. Johnson se llevó a Hal consigo de un agarrón y en el porche le dio las instrucciones pertinentes. El señor Clift dormirá en la única cama de la casucha. Hal se hará un hueco con dos sillones y se despertará temprano, antes que el invitado. El desayuno deberá ser abundante. Comprará huevos, los freirá, tostará pan y hará chocolate, si a Miss Hackford aún le queda en el almacén. En lo que se refiere a la cuenta, Hal no debía preocuparse, Johnson llegaría pronto y se encargaría él mismo de pasarle el recibo al señor Clift. Comenzó a nevar. Tras guardar el corvette, Hal cerró las ventanas que aún quedaban por reforzar y atoró la puerta, para que el empuje de la nieve no la abriera. Encendió la chimenea y puso a calentar agua, por si el señor Clift deseaba bañarse. Éste escuchaba en la radio a Glenn Miller y leía al mismo tiempo un libro de Hemingway, "Fiesta", sentado en el sillón donde un poco más tarde iba Hal a posar su rostro, sus manos, su cuerpo. Hiciese lo que hiciese, Hal no dejaba de mirarle de soslayo. Admiraba su porte, su saber estar, esa calma en sus ojos que se tornaba en ocasiones en una tristeza extraña. Pasaba las páginas de "Fiesta" no con la humildad de un lector interesado en lo que está leyendo, sino con la arrogancia de quien lee porque no tiene otra cosa que hacer. A Hal le intrigaba su estancia en el pueblo, siendo Navidad además. Lo natural es que el señor Clift estuviese con una chica bonita aspirante a actriz en una de esas fiestas lujosas que organizan los productores de Hollywood, con gente bañándose en la piscina y comida de todo tipo servida dignamente por un mayordomo inglés. Anochecía. Hal limpiaba la cocina y Monty seguía con su libro y con la radio de fondo. Ahora emitían un programa especial de villancicos con Bing Crosby como presentador. Prometían como colofón final la exclusiva de oir a Sinatra y Judy Garland entonar juntos el "White Christmas". Hal encendió las luces y se sentó sin pronunciar palabra en una silla, frente al señor Clift. Intentó distraer su mirada, pero le resultaba difícil, su ídolo leía un libro de Hemingway a dos pasos de él, en su gasolinera. Bueno, en la del señor Johnson, que era como suya. Entonces pensó en Maggie Johnson. Cómo la deseaba. Aún no la había visto desnuda, pues un coche a oscuras en un cine no era el lugar más idóneo, pero sabía que sus dedos habían palpado cada centímetro de su cuerpo. Era una chica muy blanquita, casi rosada, y rubia. Muy americana. Besaba tímidamente, pero tocaba, agarraba, acariciaba con decisión, como con furia, una ira pasional. Aún había pendiente una conversación acerca de lo que debía y no debía tocar una mujer del cuerpo de un hombre. Maggie se negaba a acariciarle en ciertos puntos, por respeto a su padre y porque sabía que en muchos sitios hacerle eso a un tío era delito. Sin embargo, él no tenía escrúpulos morales para convertir el pequeñito cuerpo de Maggie en tierra donde pasear sus manos sedientas y ella no se resistía, sino todo lo contrario, se entregaba dulce, placenteramente, mirándole con los ojos entreabiertos y susurrándole palabras bonitas al oido. Maggie Johnson no sólo era una chica sencilla y buena, de las que pueden escribir su nombre con mayúsculas, sino que tenía, para Hal, las perfectas maneras de tratarle bien sin descuidar otro tanto de su rígida moral. Nunca se habían visto desnudos. A Maggie el sólo hecho de imaginar tal situación le ruborizaba. Pero ella, en el interior del ford de su padre, había descubierto lo suficiente de Hal como para hacerse una idea, había visto lo restante, lo que nadie ve en una persona vestida. Había sentido los labios húmedos de Hal bailar sobre sus pechos y su lengua retozar, jugar cómicamente con sus tensos pezones. Había vibrado con el adentrar sigiloso de su mano en la espesura negra de su vientre y había llorado cuando, rostro sobre rostro, abdomen sobre abdomen, Hal sofocó el fuego con el mar. Maggie sufría este tipo de incertidumbre mágica y Hal gozaba pendulándola, tecleándo las notas precisas y discordantes que alterasen, sin alterar, su pensamiento. A Hal, seguramente como a todo el mundo, tales recuerdos le excitaron. Por primera vez en esa tarde el señor Clift desapareció. Y Maggie Johnson, tal y como podría ser desnuda y a plena luz, ocupó su mente y emergió espontáneamente de su cuerpo. -¿Cómo te llamas, chico? Y es que su relación con Maggie era la propia de cualquier chico provinciano con su novia de toda la vida. Habían transcurrido... ¿cuánto?, once años desde la primera toma de contacto, allá en las reuniones vecinales para acotar ciertas libertades digamos excesivas que se permitían algunos. Once años. No era moco de pavo. Los juegos, el Halloween y las calabazas constantes de una Maggie dulce e infantil. Simplemente eso y poco más. Se conocían, quizás, como uno conoce la farola que se encuentra en la esquina de su calle. Y el poco más no era otra cosa que un contentarse con lo que fuera, sea sencillamente pasar juntos ratitos que se sentían calientes porque el pueblo donde vivían era frío, pequeño y perdido en el mapa. -¿Chico? Hal despertó con un sí entusiasta. Monty le miraba. -¿Cómo te llamas?. -Hal, Hal Brooks, señor. -¿Tienes hambre, Hal?. -No, señor. -Vaya, pues yo sí... ¿Qué hay de comer?. -¿Quiere que le prepare algo?. -Si eres tan amable... -Se lo hago en un momento. Hal cocinó la carne de Mummy Johnson, cortó queso y se decidió por un whisqui que el señor Johnson guardaba con mucho celo y misterio en una alacena cochambrosa de la cocina, como si nadie supiera aún lo que era un secreto a voces, que le daba al gollete en horas de servicio. -¿Por qué no me llamas por mi nombre?, ¿es que no lo sabes?. -Sí, señor. -¿Y?. Hal se sentía más cómodo con los "sí, señor" y demás. Su nombre no es que fuera impronunciable, pero pertenecía al mundo de las ensoñaciones. -Mi padre me enseñó a ser educado. -¿Sabes que soy un actor, una estrella de cine?. -Sí, señor. -¿Has visto alguna de mis películas?. -Sí, señor. -¿Te gustan?. -Por supuesto que sí. Es usted uno de los grandes. -¿Tan pronto me ves grande?. -Sí, señor. -Pero... ¿Y los demás?, quiero decir, los realmente grandes... John Wayne, por ejemplo. -John Wayne está viejo. Monty carcajeó. Fue su carcajada larga y descuidada. Hal no lo recordaba así de suelto en ninguna película. Para Hal, Montgómery Clift era un actor sufrido y sus papeles expresaban la tragedia. Sólo Buster Keaton sonreía menos que Clift. Por aquel entonces, Monty se había cepillado la cena y sujetaba el vaso de whisqui con cierto desdén. El sofá, amplio, era todo suyo, de cabeza a pies. Se había quitado los zapatos y desprendido del cinturón. Hal contempló su acomodamiento no sin perplejidad, pues le suponía más elegante. Luego no le excusó, sino que se convenció de que incluso roncando Monty Clift resultaba elegante. -Me duelen los pies. Llevo todo el día conduciendo. -¿Quiere que le haga un baño de agua caliente?. -No, gracias, Hal. ¿Aquí no teneis televisión?. -En la gasolinera no. Pero mis padres se compraron uno el año pasado. Se pasan todo el día sentados viendo esos programas de entrevistas musicales. -¿Fumas, Hal?. -De vez en cuando. -¿Y bebes?. -También de vez en cuando, ya sabe, con los amigos y eso... -¿No te apetece ahora un traguito?. -No sé... La verdad es que en la gasolinera sólo bebe el señor Johnson. -¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí?. -Cinco años. -Va siendo hora de que te tomes ciertas libertades, ¿no?. Además, estamos en Navidad... Seguro que el señor Johnson no te negaría un traguito. Hal se sirvió un vaso. Un poco más tarde, Monty le ofreció un cigarro y Hal aceptó. Serían las once y media. Hal no tenía fuego y Monty le dio candela con un cipo plateado. En Hal, todo era visto de una manera un tanto irreal. Sin ser meras repeticiones, Monty Clift tumbado en el sofa fumando era Monty Clift en esa especie de prostíbulo en "De aquí a la eternidad", y sirviéndose otro vaso de whisqui era aquel joven ambicioso y embelesador que había aturdido a Olivia de Havilland en "La Heredera". -¿Por qué estás tan lejos?. Acércate. Me cuesta hablarte a esa distancia. Hal acercó la silla al sofá. Monty respondía a si era cierto que él y Liz Taylor eran más que amigos. -Elizabeth odia que le llamen Liz... Somos amigos. -¿Es verdad que va a actuar otra vez con ella?. -Verás, chico, esa película no creo que te guste. Se empeñan en darme papeles planos, ¿me entiendes?. El arbol de la vida, ¡puag!. Quieren algo así como un nuevo "Lo que el viento se llevó". Ni Elizabeth ni yo estamos ilusionados. Uno se gana al público y en vez de poder hacer lo que desee se encuentra más atado. Hoy en día cualquier actor de segunda fila goza de más libertad que yo. Hal se sirvió su tercer whisqui y su lengua comenzó a desnudarse. Le preguntó por Shelley Winters, por qué se estaba poniendo como una foca. Qué le pasaba a Katherine Hepburn en la cara y por qué temblaban sus manos. Si era verdad lo de Jennifer Jones y su perrita blanca. Si había conocido a James Dean. Cosas así. Monty esbozaba su característica media sonrisa y capeaba sus preguntas con salidas ingeniosas. Se acariciaba los pies, crujiéndose los dedos y pasando delicadamente el anular por la planta hasta llegar al talón. En ocasiones interrumpía durante varios segundos una conversación que a Hal mantenía en vilo simplemente para observar sus pies. Entonces los rodeaba con sus manos y apretaba, Y Hal distinguía en sus ojos una aspereza temible: la falta de consideración hacia su oyente por unos pies quebrados. Esto, en vez de indignarle, le procuraba cierta seguridad, pues Hal aún no vivía una realidad tangible. Se hallaba, por el contrario, inmerso en una película, una serie de continuadas secuencias, todas sobre Monty Clift. Hal era espectador y actor. Sufría sin sufrir los desplantes de su ídolo. Disfrutaba no únicamente con la conversación sino con la visión de cualquiera de sus movimientos. También con sus muchos silencios, sus largas miradas al techo, sus cambios bruscos de tema y, como no, sus incansables y prolongados toqueteos de pies. Sin embargo, estos cobraron protagonismo para Hal conforme transcurrió la noche. Se debía a algo que le obsesionaba, que no se le iba de la cabeza. En todo momento Hal se preguntaba si estaba siendo eficiente con el señor Clift. Recordaba que sólo había encendido las luces de la casa cuando le pareció que era necesario, sin pensar que el señor Clift estaba leyendo y, seguro, había tenido que forzar la vista en el último tramo de la tarde. Se olvidó de su cena (incluso se olvidó de él, soñando con Maggie Johnson), dejando descuidadamente que el señor Clift le advirtiera que tenía hambre y realmente era tarde, muy tarde para cenar. Recordó también lo que el señor Clift le había comentado al señor Johnson, que venía cansado tras todo un día de carretera. Y ahí estaba él, Hal Brooks, entreteniéndole como un fan loco hasta las tantas de la mañana. Los pies, de repente, tuvieron casi una importancia redentora para Hal. Esos pies endurecidos del frio, doloridos, cansados, urgían de una medicina especial. -Perdone, señor Clift, ahora vuelvo. Calentó un barreño de agua, cogió los botes de sales y el jabón del señor Johnson y volvió al salón lo más rápido que pudo. El señor Clift buscaba en la radio una sintonía y cuando le vio aparecer la apagó. -¡Creía que te habías acostado!. -Imposible, señor, yo duermo ahí,- señalando el sofa donde estaba Monty recostado, -usted duerme en la habitación del fondo. -Bueno, tampoco son tan imprescindibles las formas. ¿Qué es eso?. -Es un barreño de agua caliente. Posó el barreño en el suelo, junto al sofá. -Y éstas son las sales de baño. Aterciopelan la piel y alivian los dolores. Deme sus pies. Monty se enderezó. Hal sintió como sus ojos le atravesaban, pero no con esa brusquedad con que lo hacía en las películas, con las mujeres que le querían o le rechazaban, no, sino con tibieza, de una manera cálida, más íntima que un susurro. Fue a despojarse de los calcetines y Hal se lo impidió. Se iba a encargar de todo, él sólo tenía que cerrar los ojos y relajarse. Hal desnudó los dos pies y los sumergió con cuidado en el barreño. Estaban blanquecinos, con marcas de los calcetines en los tobillos y ciertas zonas azuladas. Limpió sus pies con una dulzura impropia en un chicuco. Primero uno y luego el otro. Sus manos recorrieron la planta, el talón, los dedos, todos y cada uno de los recovecos que posee un pie. Agolpaba el agua en sus manos y las ascendía hasta el tobillo, luego retocedía y volvía a subir nuevamente, repitiendo ese momento varias veces. Después bajaba hasta la planta y envolvía literalmente el pie, friccionando levemente con una mano en el puente y la otra en el dorso. Sus dedos se movían como gusanas sedosas que iban y venían por entre los canalillos de los dedos del pie. Las líneas eran surcadas, los músculos aprensados y desatados, la piel casi se diría que besada palmo a palmo. Monty suspiró en un par de ocasiones. Mantuvo los ojos cerrados hasta que, llevado al parecer por un influjo extraño, pidió a Hal que le lavara el torso y el pecho. Éste se le acercó, le desabrochó la camisa y paseó la esponja por su torax. Advirtió su cicatriz junto al abdomen. Admiró su fuerza un tanto aniñada, anheló un rastro, un camino, una seguida de deseos mutuos. Su cuerpo vibraba cuando simplemente sus dedos rozaban la piel. Se acordó de Maggie Johnson, a la que aún no había visto desnuda. Se acordó de ese ardor que le consumía cuando, minutos antes de follarla en el coche por primera vez, la esperaba impaciente frente a la puerta de su casa. Se acordó de lo indecible, de lo nunca pronunciable y de lo jamás tocable. Y le besó. El señor Johnson solía gritar cuando hablaba. Tenía ese torrente de voz gracioso por las tardes pero odioso, hasta desear matarle, por las mañanas. Hal Brooks se despertó cuando el temporal estaba ya en el pueblo vecino, a doscientas millas. Oyó, como no, a Johnson cobrar la gasolina a la mujer del alcalde, que llevaba a su marido al trabajo. Saltó de la cama, se vistió lo más rápido que pudo y salió al porche, aún sin lavar ni peinar. Johnson le miró con mala cara. Una vez solos, le reprochó el que finalmente se hubiera apropiado de la habitación dejando a un invitado tan ilustre durmiendo como un animal en el sofá y le castigó a una semana sin sueldo, aunque Hal tenía la certeza de que no pasaría de dos días. Poco tiempo después Montgómery Clift sufría ese aparatoso accidente de coche al salir de una fiesta en casa de Elizabeth Tayor y su marido Michael Wilding que le desfiguraba de por vida. A partir de entonces ya no sería el mismo, eso es sabido por todos y se puede ver en sus películas posteriores. Su mirada perdió en intensidad y hermosura lo que ganó en amargura y tragedia. Hal Brooks jamás vio "El arbol de la vida", porque su amigo el señor Clift le había confidenciado que era mala a rabiar. Pero lo cierto es que ya no vio ninguna otra película de Monty, ni siquiera esa en la que compartía papelazo con la Monroe. No pudo evitar soltar una lágrima cuando se enteró de su accidente, pero eso fue todo. Creció con Maggie Johnson y dos años más tarde se casaron en la iglesia de Saint John y en una sinagoga improvisada en casa de los padres de Hal. El señor Johnson se apuntó un tanto regalando al joven matrimonio su gasolinera, y mediante escritura, que no se quedó el detalle en una boquita borracha. Lo malo es que un año y pico más tarde la palmó de un ataque al corazón y Hal creyó que él y Maggie no aguantarían sin su empuje y ayuda. Pero aguantaron. Poco después Maggie transmitió la buena nueva, que se esperaba con un pan bajo el brazo y capucha rosa y Hal conoció los planes del gobierno de hacer una autopista que enlazara los tres o cuatro pueblos desperdigados por la zona. Así, en plena vorágine económica sesentera, un Hal brooks con barriguita y tres niños conoció por un mal periódico la muerte de Montgómery Clift. Pasó un día entero perdido en el bosque, sin querer hablar con nadie. Luego, a la noche, regresó sucio y hambriento a casa y le contó a la dulce Maggie aquello que era indecible, impronunciable y jamás tocable, no obteniendo más respuesta que un beso mejillero y una suave, apenas perceptible, caricia en el oido. Hal y Maggie brooks fueron, a partir de entonces, muy felices y aún hoy conservan intacta su gasolinera.