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El cine mexicano desde el hoy

En Estados Unidos, la industria del cine es una de las mayores generadoras de ingresos. En Francia, el cine es protegido porque el gobierno cree que la cultura es no sólo importante sino esencial para un país moderno. Protección que por lo demás es indispensable frente a los embates de la apabullante y gigantesca cinematografía estadunidense, que sólo por concepto de taquilla doméstica e internacional generó 9.5 y 9.64 billones de dólares respectivamente en 2002, según datos de la Motion Pictures Association.

En México, la industria del cine, como muchas otras, no es considerada estratégica. De hecho es probable que ya no se le considere como industria sino como una actividad artística, como la pintura o la danza.

Por eso, revisar los últimos 15 años de su historia no es caprichoso, sino fundamental, porque es justo en tal lapso cuando la cinematografía nacional vivió los cambios que desde hace al menos una década la tienen en estado de coma. En este periodo, la industria fílmica fue desmantelada.

Es cierto: si se miran las cosas desde el punto de vista macroeconómico, el proceso del cine en nuestro país era inevitable, pero no hay que olvidar la incapacidad de una comunidad cinematográfica dividida, poco imaginativa y, por momentos, mezquina, que también contribuyó a la destrucción de la industria.

Los tiempos no anunciaban cosas buenas. Se avecinaban tormentas. Los productores en los años ochenta habían abaratado de tal forma el mercado y el producto que ofrecían, que el declive tocó fondo y las desgracias no vinieron solas. En 1993, durante el neoliberal gobierno de Carlos Salinas de Gortari, se decidió vender la exhibidora estatal COTSA, reducir los estudios Churubusco y liquidar, dos y tres años antes, las quebradas empresas distribuidoras Continental de Películas, Nuevas Distribuidoras de Películas y Películas Mexicanas, así como Publicidad Cuauhtémoc, las productoras Corporación Nacional Cinematográfica (CONACINE), CONACITE y el Banco Cinematográfico, este último también quebrado.

Una vez hecho eso no era difícil adivinar el futuro de la industria fílmica mexicana. Mal acostumbrados al paternalismo nulificante, los productores, que por años gozaron de créditos que nunca pagaron, de películas en donde invertían un peso y ganaban cien, de repente se vieron desamparados.

Entonces se creó el IMCINE que, según afirmó su primer director, el cineasta Alberto Isaac, carecía "de los instrumentos para realizar sus planes debido a limitaciones de tipo económico y financiero".

Pero, además, los pocos productores que querían seguir invirtiendo en el cine se enfrentaban con que, de cada peso ganado en taquilla, el distribuidor se lleva la mayor tajada del pastel (40%), seguido del exhibidor y el pago de impuestos, siendo el propio productor quien menos gana: cerca de 12%.

De acuerdo con el crítico e investigador José Felipe Coria, entre 1990 y 1991 "se desplomó la producción en 75%".

Roberto Jenkins, directivo de Cinemark de México, afirmó que "la asistencia a los cines podría incrementarse en 50%, si en la cartelera se ofrecieran más películas mexicanas". Pero la realidad es que de 1988 a 2002 se han estrenado en total cuatro mil 418 cintas, de las cuales dos mil 579 (58.37%) provenían de Estados Unidos y 631 de México (14.28%).

La puntilla la vino a poner la liberación del precio en taquilla y luego la devaluación de diciembre de 1994. La crisis del país no sólo afectó a la industria sino al espectador. Un boleto en 1988 costaba un peso con seis centavos y el salario mínimo era de ocho pesos diarios. Actualmente cuesta 40 pesos cuando el salario mínimo es de 41.53.

Así, las clases populares tuvieron que abandonar las salas cinematográficas para dar paso a la clase media con su poder adquisitivo, que volvió a llenar los cines. Los grandes Palacios malolientes y pegajosos se convirtieron en asépticos multiplex, y se olvidaron las películas de ficheras y albures. Ya no más [Los] Verduleros (1985, Adolfo Martínez Solares) y sus secuelas, por las que Alfonso Zayas fue el actor más taquillero de 1986 a 1989. Ya no más [Las] calenturas de Juan Camaney, de Alejandro Todd, o [Las] ficheras del Güero Castro.

En 1988, con una población de 82 millones 721 mil habitantes asistieron al cine 302 millones de personas. En 2002, con un poco más de 97 millones, acudieron a las salas 150 millones de espectadores.

En el terreno de la exhibición, los empresarios del ramo se quejan de no poder deducir el IVA en sus gastos, salvo los correspondientes a alimentos y bebidas. Además, los exhibidores pagan a los gobiernos estatales entre 6 y 8% de los ingresos brutos en taquilla por concepto del impuesto sobre espectáculos públicos. A la fecha, el número de salas ha sobrepasado las existentes en 1988: de dos mil 384 a dos mil 394.

Las enormes dificultades para filmar, que implican lapsos de al menos cuatro o cinco años entre película y película, impiden el ejercicio constante del oficio y con ello su perfeccionamiento. De allí la mala calidad de muchos guiones de cintas recientes, por mencionar un ejemplo.

Ante la escasísima producción de largometrajes, se llegó a decir que el cortometraje era el que sostenía al cine mexicano, no sólo por la cantidad sino por la calidad de los filmes. De 1990 a 2002, se han realizado -sólo las financiadas por el Estado- 151 de estas cintas. Ahora, el video digital se ha convertido en opción para cineastas, incluso veteranos como Arturo Ripstein y Jaime Humberto Hermosillo, que han encontrado en ese formato de mucho menor costo, la oportunidad para filmar con mayor frecuencia.

Lo cierto es que en este periodo de 15 años se han realizado películas memorables: Sólo con tu pareja, de Alfonso Cuarón; Cabeza de Vaca, de Nicolás Echevarría; Ciudad de Ciegos, de Alberto Cortés; El Bulto, de Gabriel Retes; La tarea, de Jaime Humberto Hermosillo; Rojo Amanecer, de Jorge Fons; Lolo, de Francisco Athié; Dos crímenes, de Roberto Sneider; Sin remitente, de Carlos Carrera; Cronos, de Guillermo del Toro; Desiertos mares, de José Luis García Agraz; Por si no te vuelvo a ver, de Juan Pablo Villaseñor; El callejón de los milagros, de Jorge Fons; Principio y fin, de Arturo Ripstein; Como agua para chocolate, de Alfonso Arau; De la calle, de Gerardo Tort; Crónica de un desayuno, de Benjamín Cann; Que no quede huella, de María Novaro; ¿Quién diablos es Juliette?, de Carlos Marcovich; Perfume de violetas, de Maryse Sistach; La ley de Herodes, de Luis Estrada; Amores perros, de Alejandro González Iñárritu; El crimen del padre Amaro, de Carlos Carrera... Y sólo por ellas, por lo que provocaron en quienes las vieron, por lo que llevaron de México a otras latitudes, vale la pena apostar porque la industria del cine no cierre los ojos para siempre.

De la censura a la recomposición

Mientras las películas de ficheras y de la frontera daban sus últimos coletazos, el cine hiperviolento llegaba a su clímax con películas como Violador infernal y La venganza de los punks, ambas de Damián Acosta. Estas y otras cintas fueron censuradas y enlatadas hasta que en 1990 se autorizó su salida, aunque a la hora se les trató de exhibir como cintas porno. Masacre en el río Tula (1986), de Ismael Rodríguez hijo, no logró la autorización hasta mucho tiempo después, y Durazo, la verdadera historia, de Gilberto de Anda, se estrenó en 1991.

El año de 1988 fue escenario de un escándalo porque la exhibición de Rojo Amanecer, de Jorge Fons -que abordaba por primera vez el tema de la masacre de Tlatelolco-, sufrió un extraño retraso, ya que se estrenó hasta 1990. El guionista de la cinta, Xavier Robles, recurrió a la SOGEM, que a su vez interpuso un amparo en contra de la Dirección de Cinematografía. Los funcionarios alegaron que todo se debía a un simple retraso por razones burocráticas; los realizadores denunciaron intento de censura; lo cierto es que el alboroto, una vez que la cinta fue autorizada por el propio Javier Nájera, director de RTC, le generó muy buena taquilla, y más tarde fue señalada como la iniciadora del llamado "nuevo cine mexicano" de los noventa.

Diciembre de 1989 fue un mes de cambio para el cine mexicano: Ignacio Durán Loera sustituyó al escurridizo Enrique Soto Izquierdo -nunca estaba para ningún cineasta- en la dirección del IMCINE. Anteriormente, el presidente Salinas de Gortari había anunciado la creación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes y al frente de éste, a Rafael Tovar y de Teresa. El Consejo sería un organismo descentralizado de la SEP, entre cuyas actividades estarían la producción y exhibición cinematográfica. El IMCINE (creado en 1983) quedó en manos del Consejo.

Algunas de las películas producidas ese año, sin subsidios estatales, fueron: Santa sangre, de Alejandro Jodorowski; Intimidad, ópera prima de Dana Rotberg, e Intimidades en un cuarto de baño, de Jaime Humberto Hermosillo.

Para el cine, 1990 significó el inicio del desmantelamiento formal de la industria fílmica. Se liquidaron las empresas productoras estatales CONACINE y CONACITE uno y dos.

Antes, como parte de la política de modernización de la estructura administrativa del sector público, se habían liquidado las empresas distribuidoras Continental de Películas, Nuevas Distribuidoras de Películas, y Películas Mexicanas -la vendedora de filmes nacionales al extranjero-, así como Publicidad Cuauhtémoc, y el IMCINE absorbió las funciones que éstas venían desarrollando.

Lo anterior aparece en el informe de actividades del IMCINE, enero-diciembre de 1990.

En octubre se desenlató, después de 30 años, la película de Julio Bracho sobre la novela homónima de Martín Luis Guzmán: La sombra del caudillo. La cinta se exhibió mal y sin publicidad.

No obstante la supuesta boyante economía del país, en 1991 el cine no registró un repunte, al contrario: la producción disminuyó considerablemente, aunque éste es considerado un buen año por la calidad de las películas que se concretaron. Cuando se cumplía el 60 aniversario del cine sonoro en México, se desenlató, después de seis años, la película El secuestro de un policía, de Alfredo B. Crevenna, cuyo título original era El secuestro de Camarena.

Algunas de las películas hechas independientemente del Estado fueron: La tarea, de Jaime Humberto Hermosillo; Anoche soñé contigo, de Marysa Sistach; Latino Bar, de Paul Leduc; La mujer del puerto, de Arturo Ripstein -cuarta versión de la cinta que hiciera Julio Bracho en 1930-, que hasta la fecha no se ha estrenado, y El bulto, de Gabriel Retes.

Por fin, después de mucho pedirlo, en 1992 la comunidad cinematográfica y el gobierno decidieron poner fin al control de precios sobre el boleto de taquilla, además de que se sometió a análisis el anteproyecto de la iniciativa de Ley Federal de Cinematografía, que sería aprobada el 29 de diciembre. Entre las cintas producidas independientemente del IMCINE, estuvieron La tarea prohibida, de Jaime Humberto Hermosillo, y la hiperviolenta El imperio de los malditos, de Cristian González, con Humberto Zurita.

Destaca la gran retrospectiva -que incluyó 120 títulos-, que el centro artístico y cultural Georges Pompidou de París dedicó a la cinematografía nacional.

Es importante señalar que durante 1992 cerraron 189 compañías productoras en el país.

¿Industria o cultura?

El 18 de julio de 1993, el Estado remató un paquete de medios cuya venta total sumó 645 millones de dólares, 205 millones más de los esperados, en el que se incluía a COTSA (Compañía Operadora de Teatros, SA) y los canales 7 y 13. Alberto Saba, socio de Ricardo Salinas Pliego, era el nuevo dueño de COTSA.

De esa manera, se perdían las salas dedicadas al cine mexicano por lo que las películas nacionales quedaron a merced de las presiones de las millonarias compañías distribuidoras norteamericanas. La nueva COTSA, entregada en pésimas condiciones a nivel de instalaciones y de tecnología, en su primer año cerró 100 de las más de 200 salas de la cadena. Luego, también como distribuidora, se dedicaría a distribuir mayoritariamente cine porno en video.

Iniciaba el proceso de modernización de los Estudios Churubusco, que fueron cercenados a la mitad para construir el Centro Nacional de las Artes. Televicine quedó bajo la dirección del francés Jean Pierre Leleu, quien durante su gestión impulsaría la producción de películas de calidad como Sin remitente, de Carlos Carrera; Salón México, de José Luis García Agraz; Sobrenatural, de Daniel Gruener, y Entre Villa y una mujer desnuda, de Sabina Berman e Isabelle Tardán. Aunque también durante su gestión se produjeron La risa en vacaciones y La papa sin catsup, cintas pobres en contenido.

El éxito internacional de Como agua para chocolate fue incuestionable al recaudar a nivel mundial cinco millones 500 mil dólares.

En febrero de 1994 se inició la construcción de los primeros complejos de exhibición Cinemark en Aguacalientes y Monterrey. La empresa trasnacional obtuvo la concesión de las salas del Centro Nacional de las Artes.

A partir de ese momento, comenzó a generalizarse la división en salas pequeñas de los grandes palacios cinematográficos, para tener una mayor oferta de películas y por consiguiente más público potencial. El levantamiento de las restricciones legales que controlaban la exhibición de la pornografía dura, hizo que tal género se popularizara al grado de que, según la hoy extinta revista Dicine, 25% de las películas estrenadas en 1995 fueron porno.

En 1994 entró en vigor el Tratado de Libre Comercio donde el cine fue considerado como una industria y no como un producto cultural. Si la competencia con el cine hollywoodense era difícil, ahora sería prácticamente imposible.
De manera independiente se realizó Dulces compañías, de Óscar Blancarte. El cortometraje El héroe, de Carlos Carrera, obtuvo la Palma de Oro en Cannes como mejor cortometraje.

El error de diciembre de 1995 y el alza del dólar trajeron una grave descapitalización al cine. Además, en febrero, Ignacio Durán Loera, que dentro de lo posible había optimizado los recursos financieros y humanos del IMCINE, fue sustituido por Jorge Alberto Lozoya, cinéfilo, pero diplomático de carrera. La administración de Durán Loera fue cuestionada porque se dijo que, en ese tiempo, sólo apoyó a sus amigos o a los miembros del Consejo Consultivo.

En mayo, la empresa exhibidora Cinemex se asoció con el banco PJ Morgan y en agosto estableció su primer complejo en la Ciudad de México. La compañía mexicana Organización Ramírez abrió, a fin de enfrentar la competencia, su primer multiplex bajo el nombre de Cinépolis. El boleto de taquilla alcanzó los 20 pesos y los nuevos complejos empezaron a atraer a la clase media que había dejado de ir al cine por las pésimas condiciones de las salas. Los cines populares, en cambio, empezaron a cerrar al no poder sostenerse con boletos de cinco pesos. Por ello, el videohome tomó una fuerza importante. Ante los exorbitantes costos de los insumos cinematográficos, los antiguos productores de cine popular optaron por este medio para seguir produciendo sexycomedias, thrillers policiacos y alguna que otra historia de denuncia política.

Según la revista norteamericana Variety, México compró en 1995, con todo y el peso devaluado, películas estadunidenses por un total de 125 millones de dólares, lo que lo situó en el onceavo consumidor mundial de este tipo de cine.

La precaria situación del cine en México obligó a realizadores talentosos como Alfonso Arau, Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro a emigrar a Estados Unidos en busca de recursos para filmar sus cintas.

Cien años de cine

En abril de 1996, la Cineteca Nacional quedaba por fin en manos de la SEP, una instancia dedicada a la educación y a la cultura y no, como estaba, dentro de la Secretaría de Gobernación, cuya función se centra en cuestiones de seguridad nacional con todas las implicaciones de censura y control que ello significaba para la actividad fílmica.

En 1996 se celebraron los 100 años del cine mexicano, cuando en realidad se cumplían 100 años pero de que el cine había llegado al país.

En septiembre, el cineasta Diego López fue designado nuevo director del IMCINE, en sustitución de Jorge Alberto Lozoya, quien es nombrado a su vez embajador en Israel. Lozoya fue duramente criticado por considerársele ajeno al cine, además de que se le cuestionaron los numerosos viajes que hizo y que, se dijo, eran injustificados.

Entretanto en Televicine, Jean Pierre Leleu es sustituido por Roberto Gómez Bolaños Chespirito. Se realiza el Primer Festival de Cine Francés en México.

Televicine filma las que serían las últimas de la taquillera pero vacua serie: La risa en vacaciones 7 y La súper risa en vacaciones 8, de René Cardona hijo. Fibra óptica, de Francisco Athié, producción independiente, y que a última hora tuvo que solicitar recursos estatales, que fueron del orden de 20% del total de la cinta.

Ante los precarios presupuestos nacionales, continúo la tendencia a coproducir con otros países.

Aprovechando los jugosos precios en pesos devaluados, llegó a México ese año Titanic, de James Cameron. Con un costo de más de 100 millones de dólares, se estima que la película dejó al país, de acuerdo con la Secretaría de Turismo, una derrama económica de 50 millones de dólares por concepto de "hospedaje, alimentación, telefonía, renta de equipo, vehículos y otros servicios" y 700 mil directos a los Estudios Churubusco. Especialmente para ese filme, se construyeron los estudios Baja, en El Rosarito, Baja California, y ahí, el set submarino, de 200 por 70 metros, más grande del mundo.

El mexicano Emmanuel El Chivo Lubezki fue nominado para el Oscar en la categoría de mejor fotografía por su trabajo en La Princesita. Por su parte, Profundo Carmesí rompió todas las expectativas al ganar en la Muestra de Venecia tres Osellas de Oro, por guión, ambientación y música.

En 1997, el hecho de mayor trascendencia fue el otorgamiento, por parte del gobierno federal, de 135 millones de pesos para el Fondo de Producción Cinematográfica, un instrumento de apoyo a la producción de cine que respondió a la demanda de la comunidad de cineastas, de materializar acciones que favorecieran y articularan la reactivación del cine mexicano. Sin embargo, fue aplazada la aprobación de las reformas a la Ley de Cinematografía y su respectivo reglamento por parte de la Cámara de Diputados. Un día después de que el presidente Zedillo otorgara 100 millones de pesos más, a los 35 con los que contaba el Fondo, es nombrado sorpresivamente el abogado Eduardo Amerena -hombre de confianza de Tovar y de Teresa- como nuevo director del IMCINE.

De los tres filmes producidos ese año por Televicine destacó La primera noche, de Alejandro Gamboa. El cortometraje De tripas corazón, del tapatío Antonio Urrutia, fue nominado al Oscar en la categoría de cortometraje de ficción.

En peligro de ser suspendida la ceremonia del Ariel, aplazada en dos ocasiones en el año, se llevó a cabo en diciembre. Esta competencia por la máxima presea del cine mexicano, calificada como la más floja de los últimos años, tuvo tres categorías desiertas: corto documental, mediometraje de ficción y efectos especiales. La triunfadora de la noche fue Cilantro y perejil al ganar los premios de mejor película y mejor director. La cinta de Rafael Montero ganó nueve Arieles, superando por uno a Profundo Carmesí, de Arturo Ripstein.

El triunfo de Cilantro y perejil sobre la cinta de Ripstein despertó muchas críticas. De hecho, el entonces director del IMCINE, Diego López, manifestó su desacuerdo con esta decisión, lo que le valió una reprimenda de Rafael Tovar y de Teresa. Tres días más tarde, López fue destituido de su cargo.

Impugnaciones, foros, encuestas tramposas, negociaciones y adiciones de última hora fueron los obstáculos que la Ley de Cinematografía tuvo que sortear hasta su aprobación en diciembre de 1998.

Las presiones de distribuidores y exhibidores hicieron que se desechara la propuesta de establecer un impuesto de 5% sobre el precio del boleto en taquilla y 3% por derechos de transmisión de películas en televisión para alimentar el Fideicomiso de apoyo a la producción (FIDECINE). A cambio se estableció una aportación anual de 135 millones de pesos al citado fideicomiso, por parte del Estado.

De esta manera, el FOPROCINE -Fondo de Producción Cinematográfica, creado en diciembre de 1997- y el FIDECINE quedaron como dos bolsas de un mismo Fideicomiso. El primero para financiar un cine de festivales, con intereses más culturales y serios, cuya recuperación no sea inmediata pero que conlleve un impacto importante en la cultura. El segundo, para proyectos de mayor potencial comercial. El asunto del doblaje permaneció como establecía la Ley de 1992, es decir que para cine sólo podrán ser dobladas al español las películas clasificación AA, que son en su mayoría cintas de dibujos animados y documentales.

Además, la modificación de último minuto al Artículo 19 de la Ley, propuesta por la bancada priísta del Senado, estableció 10% obligatorio de tiempo de pantalla, que sólo podrá aplicarse en caso de no contravenir lo dispuesto en los Tratados Internacionales Comerciales de México, propuesta que se prestó a diversas confusiones e interpretaciones. Para algunos, la adición al artículo eliminaría de facto la obligatoriedad de 10% de tiempo de pantalla. Lo cierto es que, a partir de ahora, el cine nacional tendría el estreno garantizado, al menos en teoría, seis meses después de su registro público.

A principios de septiembre, la administración de Eduardo Amerena concretó por fin la restructuración de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas, que consiguió autonomía tanto del Instituto como de las diversas asociaciones y sindicatos fílmicos. Con sus deficiencias, ya que sólo incluyó a actores, directores y guionistas, la Academia quedó constituida por 14 personas físicas -y no morales como antes- del medio cinematográfico, que en adelante serían las encargadas de premiar a lo mejor del cine nacional.

Respecto a la producción, la parsimonia para asignar el presupuesto del IMCINE a proyectos -o quizá la falta de éstos-, que incluyendo los 135 millones del FOPROCINE ascendía a 147 millones de pesos en el rubro de producción -127 millones 147 mil 400 pesos más que en 1997-, hizo correr rumores. Se dijo que en realidad esa suma nunca había existido y que sólo se había usado como gancho para atraer productores.

En el año se realizaron doce películas -como En un claroscuro de Luna, de Sergio Olhovich, producida por Televicine-, la cifra más baja de la historia hasta ese momento.

 

 


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