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 BOQUEADAS DEL SISTEMA

 

Miguel Argaya

Si alguien se pregunta cómo reconocer si ha llegado el fin de un Sistema, no tiene más que atender a aquello que le dio en origen fundamento práctico y comprobar su vigencia. La Clasicidad, como Sistema basado en la esclavitud, empezó a quebrarse cuando ésta se le fue haciendo más y más difícil, a partir sobre todo del siglo II. La Cristiandad, por su parte, comenzó a desfallecer a partir del momento en que proliferaron y obtuvieron patente de legitimidad intelectual en Escuelas y Universidades las tendencias relativistas subsistentes del paganismo clásico. En fin, para un Sistema sustentado en la Técnica, como es el actual, las señales que manifiesten el fin han de venir enmarcadas en el fracaso o el colapso de dicha Técnica. Que es precisamente lo que viene sucediendo de unos pocos años acá, a caballo de la insuficiencia energética.

En noviembre de 1965, un formidable apagón eléctrico dejó literalmente a oscuras durante más de doce horas a cerca de treinta y cinco millones de personas en la costa este de los Estados Unidos. Sabido es que la electricidad, principal motor de la industria moderna, no se deja almacenar en grandes cantidades, lo que la hace especialmente sensible a los picos de sobreconsumo. Fue el primer aviso de que algo más grande que la industria (la energía) no funcionaba, o funcionaba deficientemente, haciendo peligrar el aparentemente imparable desarrollo industrial. Un aviso, en fin, sin respuesta; más aún, recibido con sordina. La segunda mitad de los años sesenta vendría definida precisamente por todo lo contrario: una desmedida fe en la Técnica, apoyada en la aparición de las primeras redes de ordenadores y en la carrera espacial.

Pero la realidad es la que es, con sordina o sin ella, como así las insuficiencias del sistema energético, que no dejaron de manifestarse en las décadas siguientes. En julio de 1977, otro apagón masivo afectó al área metropolitana de Nueva York durante un día entero, con su noche. Nuevo aviso, nuevamente acallado: eran los años de la crisis del petróleo, estupendo cajón de sastre que llenar de culpas, y ahí quedaron tirios y troyanos. Todo menos cargar contra la superproducción, verdadero -e intocable- caballo de batalla. Verdadero porque era a la superproducción industrial a quien correspondía el mayor bocado del consumo energético en aquellos años; e intocable por apoyarse el Sistema entero cabalmente en esa misma superproducción. Del mismo modo que la Clasicidad había convertido la esclavitud en su motor económico y la captura de esclavos nuevos en una verdadera fuga hacia delante más allá del limes, la Modernidad ha depositado sobre el altar del Progreso industrial, sobre el crecimiento industrial constante, la razón última de su supervivencia. Detenerse, ralentizar la huida, frenar el Progreso, equivale a disolver un mecanismo ideado sólo para rodar cada vez a más revoluciones. Y claro, a mismas causas… ya se sabe: en agosto de 1996 tiene lugar un nuevo apagón en varios Estados norteamericanos de la costa oeste, con casi cuatro millones de damnificados.

Es sin embargo en los primeros años del siglo XXI cuando se encienden todas las alarmas: en agosto de 2003, un nuevo apagón deja a oscuras durante tres días a cerca de cincuenta millones de norteamericanos y canadienses; pocos días después queda sin energía eléctrica durante media hora el sureste de Inglaterra, incluida la capital del Estado, Londres; el 2 de septiembre de ese mismo año, otro apagón deja sin luz eléctrica a cuatro millones de personas en diversos Estados de México; veinte días más tarde, el 23 de septiembre de 2003, ocurre lo mismo en Dinamarca y Suecia, con tres millones de afectados; catástrofe repetida cuatro días después, en Italia. Un fenómeno que se reproduce también en España. Baste recordar los apagones de 2001 en Cataluña, Tenerife, Madrid y Valencia; o los de 2003 en Alicante, Vitoria, Barcelona y Baleares.

La superproducción avanza, incontenible, hacia el abismo del colapso. Baste señalar que sólo Estados Unidos, Europa y Canadá consumen el 55 % de la energía mundial. Para el año 2025 se calcula ya que la demanda mundial de energía se habrá triplicado respecto de 2001. Así las cosas, ¿puede decir alguien medianamente inteligente que no sucede nada? Y no se alegue como causa del problema la paralización, en las últimas décadas, del programa nuclear, como si éste hubiera podido frenar lo que se presenta, a mi entender, inevitable. Recordemos cómo la ola de calor del verano de 2003 obligó al gobierno francés a ralentizar y aun apagar un tercio de sus centrales nucleares para evitar el recalentamiento. Los peligros de la energía de fisión los tiene meridianamente claros la Técnica moderna desde el accidente de Chernóbil, de 1986. Nada que rascar, por tanto, de ese lado. Si, como es previsible, de la de fusión no se prevén resultados hasta dentro de medio siglo, no cabe esperar más que un inminente colapso energético, precedente del inmediato colapso industrial que obligará a retener drásticamente la maquinaria del Progreso ilustrado, bloqueará unos rodamientos hechos para las altas revoluciones y hará añicos la Modernidad como la conocemos.

Asistimos, es obvio, a las primeras boqueadas del Sistema. Atentos, pues, a ellas. No se equivocaba tanto el falangista Eduardo Ezquer cuando dirigía sus ingenuos embates contra las torretas de alta tensión. Era una forma, sin duda, de ayudar al Sistema a cumplir sus estertores.

  (Revisado por el autor a 28 de febrero de 2006)

         

 

MIGUEL ARGAYA

 

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