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______________________________________________________________________________________________ LA NUEVA EUROPA, UNA HUIDA HACIA DELANTE Miguel Argaya
Es
harto sabido que la Roma clásica basó el éxito y la rapidez de su
crecimiento en dos puntales: el saqueo de la riqueza minera, forestal y
agrícola de los territorios conquistados y la esclavitud y la presión
fiscal sobre el elemento indígena. “Tributos e intereses, tierras y
prestaciones en trigo, trabajos forzados”; he ahí, como señala Tácito
en su “Vida de Agrícola”, el motor de Roma. Un mecanismo de potencia
contrastada, pero sometido a la vez a una trágica necesidad expansiva. A
poco de consumada una conquista, convenientemente saqueado el subsuelo y
agotadas las posibilidades de obtener nuevos esclavos y más impuestos de
pueblos rápidamente “romanizados” -beneficiados incluso con la
ciudadanía-, la provincia perdía sus benéficos efectos para la economía
romana. Se hacía preciso entonces volver a extender el limes para abrir
nuevas zonas de explotación, y así una y otra vez hasta la extenuación.
Era, como luego se demostró, una huida hacia delante, una fuga histórica
sin retorno que llevó a los emperadores a extender impertinente y
agresivamente sus fronteras hasta convertirlas en líneas defensivas casi
inabarcables. Desde el siglo II, Roma ve de día en día mayores
dificultades para seguir conquistando, se reduce significativamente el número
de esclavos, que empiezan a ser sustituidos por colonos, se introducen
nuevos impuestos cada vez más dirigidos sobre los propios ciudadanos
romanos y consiguientemente se tiende a conceder la ciudadanía con mayor
facilidad. El viejo motor empieza a crujir; el Imperio entra en crisis;
carece de capacidad para impermeabilizar un limes demasiado extenso. No
tarda en materializarse la invasión de los bárbaros. Demos
ahora un salto en el tiempo y juguemos al paralelismo histórico. No menos
conocido es que el mecanismo de la Europa mercantil y monetarista de
nuestros días y nuestras desdichas viene determinado por la capacidad
motora de la demanda según el ya clásico adagio keynesiano aceptado ya
incluso por los otrora reticentes neoliberales. Instalada con armas y
bagajes en la pura sociedad de consumo, parece obvio que aquí el único
limes que ampliar es el de la multiplicación de la demanda. Por eso, la
huida hacia delante pasa por extenderse hacia cualquier depósito de
posibles compradores que se atisbe en lontananza. Antaño, Reino Unido,
Irlanda, Dinamarca; luego, Grecia; más tarde, Portugal y España; después,
Suecia, Austria, Finlandia; ahora esa frontera oriental que se descuelga
de la vieja “guerra fría”. Y todo ello aderezado con un lenguaje
“europeísta” cargado de buenas intenciones pero desprovisto de
razones históricas, ni mucho menos culturales. Nótese
que se habla de la “Europa laica” y democrática; se menciona la
economía de “libre mercado”... pero ni una palabra acerca de los
fundamentos cristianos que constituyeron y -creo yo- todavía constituyen
Europa. Más aún: se rechaza incluir mención alguna a los mismos en la
ya más que previsible “Constitución europea”. Hasta un diario tan
previsiblemente conservador como es el ABC de Madrid proclama en uno de
sus editoriales que “la futura Constitución [europea] no debe consagrar
un club cristiano cerrado sobre el pasado y sobre sí misma” (“¿Un
club cristiano?”, en ABC, 22-XII-2002; pag. 11). Y se atreve a rescatar,
para justificar su tesis, “una expresión profundamente cristiana: sólo
tiene sentido una Europa en la que no haya ‘ni esclavo ni señor ni judíos
ni gentiles’” (Ibídem). Yo
no sé si en la “Europa laica” que se nos ofrece habrá o no judíos y
gentiles. Lo que sí que habrá, por ventura, será sofistas; al menos los
editorialistas del ABC, capaces de hacer decir al Evangelio lo que se
tercie con sólo cortar aquí y allá, al estilo “Caldera”. Porque la
sentencia paulina que rescata el rotativo es ciertamente un poco más
larga en origen, aunque no tanto como para no haberla podido reproducir en
su totalidad. Algo que no me importa hacer a mí, aun a riesgo de
sobresaturar estas páginas. Dice San Pablo en su Carta a los Colosenses,
capítulo 3, versículo 11, que en el mundo del “hombre nuevo” por la
Redención, “no hay griego ni judío, circuncisión e
incircuncisión, bárbaro, escita, esclavo, libre, sino todas las cosas, y
en todos, Cristo”. No
habla San Pablo, claro está, de Europa; ni hubiera podido hacerlo en su
momento histórico. Pero aunque lo hubiera hecho, ¿no sería una
“Europa cristiana” lo que se nos estaría proponiendo? Es de una
Cristiandad precisamente de lo que se nos habla, sometida a la Verdad de
Cristo por encima de valoraciones gentilicias, de estatus social o económico.
Se diría que algunos quieren quitar a Cristo de Europa con la misma
tranquilidad de conciencia con que lo descabalgan de las propias
sentencias evangélicas. Pero
no nos engañemos. Europa será lo que está ya previsto que sea: una
timba. Enfrascados en su ardua cacería es pos del consumidor, los próceres
de la nueva Europa parecen ser capaces de integrar en ella a Disneylandia,
con tal que ofrezca un mercado medianamente sano y capaz de absorber
excedentes del llamado “núcleo duro”. Es obvio que en la nueva Europa
el precio de un país se mide no por su adscripción histórica o cultural
al acervo común, sino por la cantidad de compradores que pueda ofrecer en
sacrificio al Molock del Mercado. No
manchemos, por tanto, un título trabajosamente elaborado por decenas de
generaciones. Demos a la “nueva Europa” la definición que se merece:
la de una empresa multinacional dotada, eso sí, de ejército y diplomacia
propios y cuyo consejo de administración asienta sus reales en escaños más
que en sillones. No se nos quiera engañar más con melifluas digresiones
acerca de nosequé “unidad europea”, pues no es de “Europa” de lo
que se está “tratando” (utilizo aquí la palabra “trato” con todo
su significado mercantil) sino del Mercado; y del Mercado capitalista, que
no de otro. “Construcción
europea”, se dice. Pero es más bien la construcción de un Zoco de
dimensiones globales y sometido en todo a los intereses de lo más pútrido
de nuestras élites económicas. Se trata, en todo caso, de una nueva
huida hacia delante, a “timba abierta”, pues siempre habrá un incauto
para presa del trilero. Esta Europa-Roma contable “de visera y de
manguitos” huye, sí; y como aquella otra Roma de la clasicidad, lo hace
hacia la nada, incapaz de defender un limes excesivo, imposibilitada para
protegerlo de los bárbaros. Hoy se integrarán unos millones de
compradores, aunque cada vez con un nivel adquisitivo más escaso; mañana
habrá otros nuevos. Da igual. Lo que importa es seguir adelantando el
limes, extendiendo el Zoco. Y
mientras, a la sociedad europea -ésa en cuyo nombre se hace todo- se le
fuerza a reproducir punto a punto los errores de aquella otra sociedad
romana del Bajo Imperio: despreocupación, deshumanización, ruptura de
los valores familiares, generalización de todas las perversiones, olvido
incluso del deber de defender la Patria, encomendado primero a mercenarios
locales y luego, cuando sea imposible también contar con éstos, a tropas
extranjeras. Hasta que un día, incapaz de concretarse en una frontera
demasiado larga y demasiado endeble, esta “nueva Europa” que nace
vieja porque nace envuelta en el orín de las monedas muy manoseadas se
encuentre de bruces con unos bárbaros que no quieran sostener el trono de
ningún Rómulo Augústulo y prefieran simplemente ocuparlo. Sólo
espero que -al menos a nosotros, los que sí creemos en una Europa
diferente- la invasión nos pille confesados. |
MIGUEL ARGAYA
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