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______________________________________________________________________________________________ DOS RESPUESTAS A UN INTENTO CONSERVADOR DE JUSTIFICAR UN
“CAPITALISMO CATÓLICO” Miguel Argaya Roca
RAZONES LIMINARES
Los tres artículos que siguen son dos respuestas mías a sendos artículos de Juan Velarde
Fuertes publicados en el diario ABC de Madrid en fechas distintas.
En ningún caso responden a otra cosa que a un deseo personal de no dejar
impune en los medios de comunicación una tendencia de carácter liberal
que pretende no sólo hermanar capitalismo y catolicismo, sino convertir a
éste en origen y ama de cría de aquél. La razón de agruparlas aquí es
el vacío -progresivamente creciente- que fueron encontrando en el diario
de referencia. Una tras otra, mis respuestas fueron quedando relegadas a
ediciones menores, rechazadas o simplemente silenciadas por los
responsables del diario, quienes en cambio no han dejado de dar pábulo a
nuevas opiniones -demostradamente erróneas- de mis ilustres oponentes.
Talavera,
a 24 de julio de 2002
¿UN CAPITALISMO CATÓLICO?
Sigo desde hace tiempo con curiosidad los patéticos intentos del profesor
Velarde Fuertes por hacernos creer que la encíclica de Juan Pablo II Centesimus
Annus “abre la puerta a un capitalismo católico” (Velarde
Fuertes, Juan: “Reflexiones de un economista sobre la doctrina social de
la Iglesia”, en Acerca de Centesimus Annus. Madrid, Espasa-Calpe, 1991;
pág. 288). Significativos son, en este sentido, sus últimos artículos
en el diario ABC, especialmente “La Pascua florida de los economistas
católicos” (ABC, 23-4-2000; pág. 48), muy en la línea de otros
economistas también presuntamente “católicos” como Siricco, que
llevan tiempo tratando de justificar groseramente una improbable -si no
imposible- entente entre el pensamiento social de la Iglesia y la tradición
de la teoría económica liberal.
Líbreme Dios de poner en duda la cualificación de nuestro ilustre Premio
Príncipe de Asturias (1992) y de sus colegas en lo tocante a economía;
pero permítaseme al menos relativizar su lucidez en lo que atañe a la
doctrina social católica: es cierto que la Centesimus Annus (C.A.), como
todas las anteriores encíclicas sobre el tema -también por cierto la Rerum
Novarum (que Velarde considera sin embargo tocada de peligrosas
“proclividades historicistas y corporativistas”)-, afirma el derecho
del hombre a la propiedad privada; pero también que no considera ese
derecho como absoluto (C.A., 30), sino ligado estrechamente a lo que llama
“el destino universal de los bienes” (C.A., 31).
Para el Papa Juan Pablo II, como para todos los pontífices desde León
XIII, “la propiedad de los medios de producción [...] resulta
ilegítima cuando no es valorada o sirve para impedir el trabajo de los
demás u obtener unas ganancias que no son fruto de la expansión global
del trabajo y de la riqueza social, sino más bien de su comprensión, de
la explotación ilícita, de la especulación y de la ruptura de la
solidaridad en el mundo laboral” (C.A., 43).
Por otro lado, para definir un sistema como “capitalista” no basta con
aludir a la propiedad. De hecho -como muy bien debería saber el profesor
Velarde, dados sus antecedentes ideológicos- “cuando se habla del
capitalismo no se hace alusión a la propiedad privada; estas dos cosas no
sólo son distintas, sino que casi se podría decir que son
contrapuestas” (son palabras de José Antonio Primo de Rivera, una
de las primeras influencias de Velarde, en el Círculo Mercantil de
Madrid, el 9 de abril de 1935). Somos muchos los que pensamos que
precisamente la esencia del capitalismo está en malbaratar y anular la
propiedad privada (que, por cierto, precede en muchos siglos al
capitalismo) y sustituirla por grandes aparatos de dominación “donde
la presencia humana directa está sustituida por la presencia helada,
inhumana del título escrito, de la acción, de la obligación, de la
carta de crédito” (José Antonio Primo de Rivera, en el Cine Europa
de Madrid, 2 de febrero de 1936).
La realidad es que el capitalismo viene definido, de forma mucho más
precisa que por la existencia o no de propiedad privada, por la introducción
en la vida económica de las sociedades de un reduccionismo moral de
primera magnitud, con estas dos características determinantes:
*la pretensión de hacer de la vida humana un inmenso “mercado”, mero
ámbito de relaciones económicas de producción y consumo.
*la institucionalización de la avaricia, el riesgo económico y la “ley
del más fuerte”, como tríada moral y único motor de dicho
“mercado”.
No quisiera imaginar mala fe en las pretensiones mixtificadoras del
profesor Velarde y sus colegas, por más que me empuje a ello tercamente
su contrastada cualificación intelectual, que excluye la ignorancia.
Supongo que ellos mismos se han hecho -y se han contestado- la pregunta
que se hace la Centesimus Annus: “¿Se puede decir quizá que, después
del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea al capitalismo? [...]
¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del
tercer mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y
civil?” (C.A., 42).
Temo, sin embargo, que su respuesta difiera notablemente de la que se da
el propio Juan Pablo II: “Si por ‘capitalismo’ se entiende un
sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la
empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente
responsabilidad para con los medios de producción, de la libre
creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente
es positiva, AUNQUE QUIZÁ SERÍA MÁS APROPIADO HABLAR DE ‘ECONOMÍA DE
EMPRESA’, ‘ECONOMÍA DE MERCADO’ O SIMPLEMENTE DE ‘ECONOMÍA
LIBRE’ [la mayúscula es mía]. Pero si por ‘capitalismo’ se
entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no
está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio
de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión
de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es
absolutamente negativa” (C.A., 42).
No hace falta ser profesor universitario para entender que Juan Pablo II,
en el texto precedente, prefiere identificar el término “capitalismo”
con la segunda transcripción, que no puntualiza, cosa que sí hace
significativamente con la primera, para la que ofrece incluso un abanico
de términos alternativos. Lo que evidencia inequívocamente que, para la
Centesimus Annus, “capitalismo” es un concepto preñado de
connotaciones negativas.
Es negativo, por ejemplo, ese sentido “mercantilizador” (nada que no
pueda ser “balanceado” existe o es relevante) que el liberalismo económico
confiere a la vida humana entera, y que convierte las relaciones sociales
en una verdadera “selva” sometida a la “lucha por la
supervivencia”. Olvida el capitalismo que, como afirma la Centesimus
Annus, “el desarrollo no debe ser entendido de manera exclusivamente
económica, sino bajo una dimensión humana integral” (C.A., 29) y
que “la economía es sólo un aspecto y una dimensión de la compleja
actividad humana” (C.A., 39). De hecho, “existen numerosas
necesidades humanas que no tienen salida en el mercado” (C.A., 34), “necesidades
colectivas y cuantitativas que no pueden ser satisfechas mediante sus
mecanismos; hay exigencias humanas importantes que escapan a su lógica;
hay bienes que, por su naturaleza, no se pueden ni se deben vender o
comprar” (C.A., 40). Claro que tal vez esto sea difícil de entender
para quien se pasa la vida entre prolijas explicaciones econométricas.
Y es negativa también, para Juan Pablo II, aquella pretensión de reducir
todos los valores del mercado a los de la pura avaricia, el riesgo económico
y la “ley del más fuerte”, por encima de la Dignidad que es inherente
al hombre por el simple hecho de serlo, y de otros valores propios del
“mercado tradicional”, como la fidelidad a la palabra dada, el amor al
trabajo bien hecho, o la solidaridad dentro de la vida comunitaria. Como
bien afirma la Centesimus Annus, “los beneficios no son el único
índice de las condiciones de la empresa. Es posible que los balances económicos
sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que constituyen el
patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en su
dignidad” (C.A., 35).
El capitalismo, en este sentido, se conforma como un modelo perverso, en
el que “la producción y el consumo de las mercancías ocupan el
centro de la vida social y se convierten en el único valor de la
sociedad, no subordinado a ningún otro” (C.A., 39), y donde
prevalece una inmoralidad profunda e inherente, la que pretende que todo
se mueva naturalmente de acuerdo a la libre ley de la oferta y la demanda,
y se rija por el monstruoso mecanismo del egoismo humano puesto en juego,
tal como definiera a finales del siglo XVIII Adam Smith.
Y aun más: Juan Pablo II no sólo rechaza, como vemos, el capitalismo de
una forma teórica, sino que pide a las sociedades católicas ¡un
esfuerzo revolucionario!: “Las decisiones, gracias a las cuales se
constituye un ambiente humano, pueden crear estructuras concretas de
pecado, impidiendo la plena realización de quienes son oprimidos de
diversas maneras por las mismas. DEMOLER TALES ESTRUCTURAS Y SUSTITUIRLAS
POR FORMAS MÁS AUTÉNTICAS DE CONVIVENCIA ES UN COMETIDO QUE EXIGE VALENTÍA
Y PACIENCIA” (C.A., 38).
Y no sólo eso: según la Centesimus Annus, “puede hablarse
justamente de lucha contra un sistema económico, entendido como método
que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión de los medios
de producción y la tierra, respecto de la libre subjetividad del trabajo
del hombre. En la lucha contra este sistema no se pone, como modelo
alternativo, el sistema socialista, que de hecho es un capitalismo de
Estado, sino una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en
la participación. Esta sociedad tampoco se opone al mercado, sino que
exige que éste sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y
por el Estado” (C.A., 35).
No cabe duda de a qué “sistema” se refiere Juan Pablo II: al
capitalismo, único “método que asegura el predominio absoluto del
capital, la posesión de los medios de producción y la tierra, respecto
de la libre subjetividad del hombre”. Sólo así tiene sentido el
rechazo que hace del sistema socialista “en cuanto que es un capitalismo
de Estado”. De hecho, “queda mostrado cuán inaceptable es la
afirmación de que la derrota del socialismo deje al capitalismo como único
modelo de organización económica” (C.A., 35).
Resulta inexplicable, por tanto, que sesudos y laureados profesores como
Velarde se empeñen en identificar tan pertinazmente el pensamiento social
de Juan Pablo II con el capitalismo, como no sea para confundir
maliciosamente las conciencias. Tal vez suponen -desgraciadamente, con no
poca razón- que no seremos muchos los que acudamos a las fuentes para
cotejarlas, y que al final acabará prevaleciendo el poso de un
“discurso secundario” convenientemente dirigido.
Como católico, ciertamente, me niego a ello. La verdad, como decía
Machado, es la verdad, la diga Agamenón o su porquero, y ya es hora de
que alguien levante la voz para avisar de que “el rey va desnudo”.
EN HONOR A LA VERDAD
Vale la pena recordar que ya hace poco más de un año me vi obligado a
denunciar públicamente ("¿Un capitalismo católico?", en ABC
de Toledo, 2 y 3 de mayo de 2000) ciertos intentos de enajenar y
desvirtuar el claro mensaje antiliberal de la Encíclica Centesimus
Annus. Si ahora hago lo propio, no es por anhelo ninguno de
notoriedad, sino por puro apego a la verdad y a la justicia, eso tan
malbaratado y escaso -a lo que se ve- en los tiempos que vivimos.
Me refiero, por ejemplo, al artículo que el domingo día 26 de noviembre
del 2000 publica en ABC (pág. 57) el economista y flamante Premio Príncipe
de Asturias don Juan Velarde Fuertes ( "Iglesia y eficacia económica"
), o el que aparece con la misma firma en la página 5 de Alfa y Omega nº
272, suplemento religioso del mismo diario ABC, de fecha 13 de
septiembre del 2001 ( "La Iglesia y el dinero" ), y en los que
se pretende dejar como inconcusa la idea -absurda, como veremos- de que en
el origen de todo el pensamiento capitalista está nuestra bendita Escuela
de Salamanca, núcleo como es sabido de la ciencia escolástica del siglo
XVI y alferecía inevitable de la Reforma católica. Reproduzco un párrafo
textual del último de los artículos citados: "El capitalismo
naciente, que ha puesto así a su favor a la escolástica tardía, logrará
pronto el apoyo de la Escuela de Salamanca. Con Domingo de Soto o Tomás
de Mercado, y, por supuesto, con toda esa pléyade de discípulos de
Francisco de Vitoria que encabeza Martín de Azpilcueta, al justificar el
pago de intereses, se abre una comprensión nueva del fenómeno económico
desde el punto de vista de la Iglesia Católica".
Vaya por delante mi respeto intelectual al señor Velarde Fuertes, de
quien no cabe esperar que yerre por ignorancia. El hecho de que la Escuela
de Salamanca fijase las bases para una ciencia económica mediante la
enunciación de una teoría del dinero y de los cambios no la convierte
per se en teorizadora del capitalismo. "Ciencia económica" y
"capitalismo" no tienen por qué ser términos sinónimos, por más
que pese a algunos conspicuos liberales. Ya sabemos cuán atractivo
resulta apropiarse de todo cuanto el pasado ha dado de digno a la
Historia. Siempre habrá quien encuentre un nexo; siquiera el del tiempo
transcurriendo por encima de nuestras cabezas.
En todo caso, llenar tres cuartas partes de una página de ABC en letra
menuda para demostrar, dato a dato, que los intelectuales y teólogos españoles
del siglo XVI estudiaron con detenimiento y acierto la vida económica de
su tiempo, no basta para concederles por lo mismo la cualificación de
precursores de un más que presunto "capitalismo católico". Ni
de Martín de Azpilcueta, llamado "doctor navarro" (1482-1586),
ni de Domingo de Soto (1894-1560), ni de Tomás de Mercado (1530-1576), es
posible afirmar tal cosa. Soslaya Velarde, por ejemplo, que Soto pasó por
ser en su tiempo uno de los máximos defensores del orden económico
bajomedieval, o que Azpilcueta y Mercado se caracterizaron públicamente
por sus ataques inmisericordes a la usura y a la aplicación ilimitada de
la libre concurrencia según la "ley de la oferta y la demanda".
Muestra más que inequívoca de todo esto es el Comentario resolutorio
de cambios (1556) de Azpilcueta, donde se propone con rotundidad "acabar
de desterrar de sus reinos [los reinos españoles] los remolinos de
las usuras" (apud Abellán, José Luis: Historia crítica
del pensamiento español, vol. 2, La Edad de Oro, siglo XVI.
Barcelona, Círculo de Lectores, 1979; pág. 632). Otro tanto ocurre, por
otra parte, respecto de la justificación moral de la "ley de la
oferta y la demanda", de la que asegura el mismo Tomás de Mercado en
su Suma de tratos y contratos (1569): "Hay algunos que, viendo
menesteroso al prójimo, suben el cambio, sabiendo que no puede dejar de
tomar. También, si alcanzan que el otro ha de interesar mucho en Flandes
o en Venecia o en Florencia, quieren, como participando de la ganancia,
cargarle en los intereses, como dicen, un quintal. Y cuán torpe e ilícito
sea parece claro en las ventas y compras, do no es lícito, como dijimos,
llevar vendiendo más de lo que vale, aunque tenga extrema necesidad de
ello el que compra o por mucho que espere ganar en ello revendiéndolo"
(apud Díaz Plaja, Fernando: Historia de España en sus
documentos, Siglo XVI. Madrid, Cátedra, 1988; pág. 427).
A Domingo de Soto (en su libro Deliberación en la causa de los pobres,
1545) debemos, por su parte, una de las más firmes defensas de la actuación
pública a favor de los desfavorecidos; en la misma línea, por cierto,
que la trazada anteriormente por Luis Vives en De subventione pauperum
(1526), donde se proclama que “lo que da Dios a cada uno no se lo da
para él solo”, planteamiento notablemente similar al de la actual
Doctrina Social de la Iglesia y definido por Abellán, que es de quien
recojo la cita, como “claramente colectivista” (Abellán, José
Luis: Historia crítica del pensamiento español. La Edad de Oro. Siglo
XVI. Barcelona, Círculo de Lectores, 1992; pág. 147).
Compruébase, por tanto, hasta qué punto es equívoco -no me atrevo a
decir que mendaz por no entrar en valoraciones morales- el planteamiento
de Velarde. Lo penoso, en todo caso, no son las ficciones histórico-económicas
de éste, que tiene derecho a malbaratar su reputada credibilidad
intelectual de la manera que le parezca; peor es que tengamos que venir
los "indocumentados", los "pequeños", los
"profanos", a rebatir tales maniobras y no surja respuesta más
contundente ni más autorizada desde las propias aulas universitarias. Es
verdad que el rey va desnudo, pero al parecer nadie en la Corte se atreve
a proclamarlo. No tardaremos, sin embargo, en verle las vergüenzas. Al
tiempo. (Revisado
por el autor a 28 de febrero de 2006) |
MIGUEL ARGAYA
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