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 DOS RESPUESTAS A UN INTENTO 

CONSERVADOR DE JUSTIFICAR

 UN “CAPITALISMO CATÓLICO” 

Miguel Argaya Roca

 

   

RAZONES LIMINARES


        Los tres artículos que siguen son dos respuestas mías a sendos artículos de Juan Velarde Fuertes publicados en el diario ABC de Madrid en fechas distintas. En ningún caso responden a otra cosa que a un deseo personal de no dejar impune en los medios de comunicación una tendencia de carácter liberal que pretende no sólo hermanar capitalismo y catolicismo, sino convertir a éste en origen y ama de cría de aquél. La razón de agruparlas aquí es el vacío -progresivamente creciente- que fueron encontrando en el diario de referencia. Una tras otra, mis respuestas fueron quedando relegadas a ediciones menores, rechazadas o simplemente silenciadas por los responsables del diario, quienes en cambio no han dejado de dar pábulo a nuevas opiniones -demostradamente erróneas- de mis ilustres oponentes.


        Mi réplica titulada “¿Un capitalismo católico?” fue, por ejemplo, enviada al director de dicho diario a finales de abril de 2000 con el ruego de su publicación y, para mi sorpresa, vio la luz inopinadamente en las páginas de ABC de Toledo (de tirada muy inferior a la de la edición nacional) -en dos partes: (1) y (2)-, los días 2 y 3 de mayo de 2000. La razón del desvío -según se me comentó- era que mi carta procedía de Talavera (¿), lo que me hace pensar que en la edición nacional de ABC no tiene cabida nada que venga de fuera de Madrid. Lo cierto es que, con ello, el alcance de mi rectificación quedaba muy menguado respecto de las notorias “imprecisiones” (¿he sido suficientemente discreto?) expresadas por el ilustre Premio Príncipe de Asturias.


        La segunda réplica, titulada “En honor a la verdad”, fue enviada por mí el 24 de septiembre de 2001, vía correo electrónico, al director del suplemento religioso del diario madrileño (Alfa y Omega), Miguel Ángel Velasco, acompañada de una amable carta en que ponderaba la calidad de dicho suplemento a la par que mostraba mi extrañeza porque ese “siempre excelente” semanario diera cabida a opiniones tan demostradamente infundadas y atrevidas como las que Velarde estaba manifestando al respecto. La publicación fue denegada, y los argumentos, en correo electrónico que conservo, los que siguen:


        “Estimado señor Argaya: Acuso recibo de su mail de 24 de septiembre, que agradezco muy sinceramente. Lamento no compartir su punto de vista, y créame que se me hace muy difícil entender, en un hombre de su altura intelectual, que un semanario como el nuestro “siempre excelente”, como usted reconoce y yo se lo agradezco de corazón, deje de serlo para usted por el hecho de que acoge en sus páginas un artículo cuyo contenido usted no comparte. No necesito decirle ni quién es el firmante, ni que ese artículo, obviamente, recoge el criterio personal de quien lo firma; el criterio de Alfa y Omega es el que aparece en sus editoriales, y, desde luego, Alfa y Omega no es una revista ni de historia ni de filosofía de la historia, y, por tanto, no vamos a dedicar nuestras páginas a polémicas propias de revistas especializadas. Sinceramente agradecido por su deferente atención, quedo a su disposición con mi más cordial saludo (Fdo. Miguel Angel Velasco, Director de Alfa y Omega)”.


        Dado que mis argumentos no dejaban en ningún caso de apoyarse en citas textuales suficientemente documentadas, sólo me cabe colegir que a Miguel Ángel Velasco le impresionó más el currículo de Velarde (“no necesito decirle quién es el firmante”) que la verdad. “Alfa y Omega”, por otra parte, no es ni ha sido nunca una revista de sacristía, sino que ha dado paso sin empacho alguno, y muchas veces, a temas de carácter histórico y hasta político, cuyo ejemplo más claro es el propio artículo de Velarde objeto de mi réplica. ¿Por qué vetar ésta, entonces?
Sería el precio, en todo caso, de la coherencia intelectual. Y de saber decir, como Aristóteles, “amicus Plato, sed magis amica veritas”.

Talavera, a 24 de julio de 2002

 

 

¿UN CAPITALISMO CATÓLICO?


        Sigo desde hace tiempo con curiosidad los patéticos intentos del profesor Velarde Fuertes por hacernos creer que la encíclica de Juan Pablo II Centesimus Annus “abre la puerta a un capitalismo católico” (Velarde Fuertes, Juan: “Reflexiones de un economista sobre la doctrina social de la Iglesia”, en Acerca de Centesimus Annus. Madrid, Espasa-Calpe, 1991; pág. 288). Significativos son, en este sentido, sus últimos artículos en el diario ABC, especialmente “La Pascua florida de los economistas católicos” (ABC, 23-4-2000; pág. 48), muy en la línea de otros economistas también presuntamente “católicos” como Siricco, que llevan tiempo tratando de justificar groseramente una improbable -si no imposible- entente entre el pensamiento social de la Iglesia y la tradición de la teoría económica liberal.

        Líbreme Dios de poner en duda la cualificación de nuestro ilustre Premio Príncipe de Asturias (1992) y de sus colegas en lo tocante a economía; pero permítaseme al menos relativizar su lucidez en lo que atañe a la doctrina social católica: es cierto que la Centesimus Annus (C.A.), como todas las anteriores encíclicas sobre el tema -también por cierto la Rerum Novarum (que Velarde considera sin embargo tocada de peligrosas “proclividades historicistas y corporativistas”)-, afirma el derecho del hombre a la propiedad privada; pero también que no considera ese derecho como absoluto (C.A., 30), sino ligado estrechamente a lo que llama “el destino universal de los bienes” (C.A., 31).

         Para el Papa Juan Pablo II, como para todos los pontífices desde León XIII, “la propiedad de los medios de producción [...] resulta ilegítima cuando no es valorada o sirve para impedir el trabajo de los demás u obtener unas ganancias que no son fruto de la expansión global del trabajo y de la riqueza social, sino más bien de su comprensión, de la explotación ilícita, de la especulación y de la ruptura de la solidaridad en el mundo laboral” (C.A., 43).

        Por otro lado, para definir un sistema como “capitalista” no basta con aludir a la propiedad. De hecho -como muy bien debería saber el profesor Velarde, dados sus antecedentes ideológicos- “cuando se habla del capitalismo no se hace alusión a la propiedad privada; estas dos cosas no sólo son distintas, sino que casi se podría decir que son contrapuestas” (son palabras de José Antonio Primo de Rivera, una de las primeras influencias de Velarde, en el Círculo Mercantil de Madrid, el 9 de abril de 1935). Somos muchos los que pensamos que precisamente la esencia del capitalismo está en malbaratar y anular la propiedad privada (que, por cierto, precede en muchos siglos al capitalismo) y sustituirla por grandes aparatos de dominación “donde la presencia humana directa está sustituida por la presencia helada, inhumana del título escrito, de la acción, de la obligación, de la carta de crédito” (José Antonio Primo de Rivera, en el Cine Europa de Madrid, 2 de febrero de 1936).

        La realidad es que el capitalismo viene definido, de forma mucho más precisa que por la existencia o no de propiedad privada, por la introducción en la vida económica de las sociedades de un reduccionismo moral de primera magnitud, con estas dos características determinantes:

        *la pretensión de hacer de la vida humana un inmenso “mercado”, mero ámbito de relaciones económicas de producción y consumo.

        *la institucionalización de la avaricia, el riesgo económico y la “ley del más fuerte”, como tríada moral y único motor de dicho “mercado”.

        No quisiera imaginar mala fe en las pretensiones mixtificadoras del profesor Velarde y sus colegas, por más que me empuje a ello tercamente su contrastada cualificación intelectual, que excluye la ignorancia. Supongo que ellos mismos se han hecho -y se han contestado- la pregunta que se hace la Centesimus Annus: “¿Se puede decir quizá que, después del fracaso del comunismo, el sistema vencedor sea al capitalismo? [...] ¿Es quizá éste el modelo que es necesario proponer a los países del tercer mundo, que buscan la vía del verdadero progreso económico y civil?” (C.A., 42).

        Temo, sin embargo, que su respuesta difiera notablemente de la que se da el propio Juan Pablo II: “Si por ‘capitalismo’ se entiende un sistema económico que reconoce el papel fundamental y positivo de la empresa, del mercado, de la propiedad privada y de la consiguiente responsabilidad para con los medios de producción, de la libre creatividad humana en el sector de la economía, la respuesta ciertamente es positiva, AUNQUE QUIZÁ SERÍA MÁS APROPIADO HABLAR DE ‘ECONOMÍA DE EMPRESA’, ‘ECONOMÍA DE MERCADO’ O SIMPLEMENTE DE ‘ECONOMÍA LIBRE’ [la mayúscula es mía]. Pero si por ‘capitalismo’ se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa” (C.A., 42).

            No hace falta ser profesor universitario para entender que Juan Pablo II, en el texto precedente, prefiere identificar el término “capitalismo” con la segunda transcripción, que no puntualiza, cosa que sí hace significativamente con la primera, para la que ofrece incluso un abanico de términos alternativos. Lo que evidencia inequívocamente que, para la Centesimus Annus, “capitalismo” es un concepto preñado de connotaciones negativas.

        Es negativo, por ejemplo, ese sentido “mercantilizador” (nada que no pueda ser “balanceado” existe o es relevante) que el liberalismo económico confiere a la vida humana entera, y que convierte las relaciones sociales en una verdadera “selva” sometida a la “lucha por la supervivencia”. Olvida el capitalismo que, como afirma la Centesimus Annus, “el desarrollo no debe ser entendido de manera exclusivamente económica, sino bajo una dimensión humana integral” (C.A., 29) y que “la economía es sólo un aspecto y una dimensión de la compleja actividad humana” (C.A., 39). De hecho, “existen numerosas necesidades humanas que no tienen salida en el mercado” (C.A., 34), “necesidades colectivas y cuantitativas que no pueden ser satisfechas mediante sus mecanismos; hay exigencias humanas importantes que escapan a su lógica; hay bienes que, por su naturaleza, no se pueden ni se deben vender o comprar” (C.A., 40). Claro que tal vez esto sea difícil de entender para quien se pasa la vida entre prolijas explicaciones econométricas.

        Y es negativa también, para Juan Pablo II, aquella pretensión de reducir todos los valores del mercado a los de la pura avaricia, el riesgo económico y la “ley del más fuerte”, por encima de la Dignidad que es inherente al hombre por el simple hecho de serlo, y de otros valores propios del “mercado tradicional”, como la fidelidad a la palabra dada, el amor al trabajo bien hecho, o la solidaridad dentro de la vida comunitaria. Como bien afirma la Centesimus Annus, “los beneficios no son el único índice de las condiciones de la empresa. Es posible que los balances económicos sean correctos y que al mismo tiempo los hombres, que constituyen el patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en su dignidad” (C.A., 35).

        El capitalismo, en este sentido, se conforma como un modelo perverso, en el que “la producción y el consumo de las mercancías ocupan el centro de la vida social y se convierten en el único valor de la sociedad, no subordinado a ningún otro” (C.A., 39), y donde prevalece una inmoralidad profunda e inherente, la que pretende que todo se mueva naturalmente de acuerdo a la libre ley de la oferta y la demanda, y se rija por el monstruoso mecanismo del egoismo humano puesto en juego, tal como definiera a finales del siglo XVIII Adam Smith.

        Y aun más: Juan Pablo II no sólo rechaza, como vemos, el capitalismo de una forma teórica, sino que pide a las sociedades católicas ¡un esfuerzo revolucionario!: “Las decisiones, gracias a las cuales se constituye un ambiente humano, pueden crear estructuras concretas de pecado, impidiendo la plena realización de quienes son oprimidos de diversas maneras por las mismas. DEMOLER TALES ESTRUCTURAS Y SUSTITUIRLAS POR FORMAS MÁS AUTÉNTICAS DE CONVIVENCIA ES UN COMETIDO QUE EXIGE VALENTÍA Y PACIENCIA” (C.A., 38).

        Y no sólo eso: según la Centesimus Annus, “puede hablarse justamente de lucha contra un sistema económico, entendido como método que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión de los medios de producción y la tierra, respecto de la libre subjetividad del trabajo del hombre. En la lucha contra este sistema no se pone, como modelo alternativo, el sistema socialista, que de hecho es un capitalismo de Estado, sino una sociedad basada en el trabajo libre, en la empresa y en la participación. Esta sociedad tampoco se opone al mercado, sino que exige que éste sea controlado oportunamente por las fuerzas sociales y por el Estado” (C.A., 35).

        No cabe duda de a qué “sistema” se refiere Juan Pablo II: al capitalismo, único “método que asegura el predominio absoluto del capital, la posesión de los medios de producción y la tierra, respecto de la libre subjetividad del hombre”. Sólo así tiene sentido el rechazo que hace del sistema socialista “en cuanto que es un capitalismo de Estado”. De hecho, “queda mostrado cuán inaceptable es la afirmación de que la derrota del socialismo deje al capitalismo como único modelo de organización económica” (C.A., 35).

        Resulta inexplicable, por tanto, que sesudos y laureados profesores como Velarde se empeñen en identificar tan pertinazmente el pensamiento social de Juan Pablo II con el capitalismo, como no sea para confundir maliciosamente las conciencias. Tal vez suponen -desgraciadamente, con no poca razón- que no seremos muchos los que acudamos a las fuentes para cotejarlas, y que al final acabará prevaleciendo el poso de un “discurso secundario” convenientemente dirigido.

        Como católico, ciertamente, me niego a ello. La verdad, como decía Machado, es la verdad, la diga Agamenón o su porquero, y ya es hora de que alguien levante la voz para avisar de que “el rey va desnudo”.

 

 

 

EN HONOR A LA VERDAD


        De igual modo que en el cuento, por encima del temor o la estupidez de todos, tiene que ser la inocencia de una niña la que proclame la desnudez del rey, así también parece haber correspondido al que suscribe, más allá de sus obvias incapacidades, desmadejar las trampas de un sector de la ciencia económica que se ha dado últimamente en propugnar un sedicente "capitalismo católico"(?).

        Vale la pena recordar que ya hace poco más de un año me vi obligado a denunciar públicamente ("¿Un capitalismo católico?", en ABC de Toledo, 2 y 3 de mayo de 2000) ciertos intentos de enajenar y desvirtuar el claro mensaje antiliberal de la Encíclica Centesimus Annus. Si ahora hago lo propio, no es por anhelo ninguno de notoriedad, sino por puro apego a la verdad y a la justicia, eso tan malbaratado y escaso -a lo que se ve- en los tiempos que vivimos.

        Me refiero, por ejemplo, al artículo que el domingo día 26 de noviembre del 2000 publica en ABC (pág. 57) el economista y flamante Premio Príncipe de Asturias don Juan Velarde Fuertes ( "Iglesia y eficacia económica" ), o el que aparece con la misma firma en la página 5 de Alfa y Omega nº 272, suplemento religioso del mismo diario ABC, de fecha 13 de septiembre del 2001 ( "La Iglesia y el dinero" ), y en los que se pretende dejar como inconcusa la idea -absurda, como veremos- de que en el origen de todo el pensamiento capitalista está nuestra bendita Escuela de Salamanca, núcleo como es sabido de la ciencia escolástica del siglo XVI y alferecía inevitable de la Reforma católica. Reproduzco un párrafo textual del último de los artículos citados: "El capitalismo naciente, que ha puesto así a su favor a la escolástica tardía, logrará pronto el apoyo de la Escuela de Salamanca. Con Domingo de Soto o Tomás de Mercado, y, por supuesto, con toda esa pléyade de discípulos de Francisco de Vitoria que encabeza Martín de Azpilcueta, al justificar el pago de intereses, se abre una comprensión nueva del fenómeno económico desde el punto de vista de la Iglesia Católica".

        Vaya por delante mi respeto intelectual al señor Velarde Fuertes, de quien no cabe esperar que yerre por ignorancia. El hecho de que la Escuela de Salamanca fijase las bases para una ciencia económica mediante la enunciación de una teoría del dinero y de los cambios no la convierte per se en teorizadora del capitalismo. "Ciencia económica" y "capitalismo" no tienen por qué ser términos sinónimos, por más que pese a algunos conspicuos liberales. Ya sabemos cuán atractivo resulta apropiarse de todo cuanto el pasado ha dado de digno a la Historia. Siempre habrá quien encuentre un nexo; siquiera el del tiempo transcurriendo por encima de nuestras cabezas.

        En todo caso, llenar tres cuartas partes de una página de ABC en letra menuda para demostrar, dato a dato, que los intelectuales y teólogos españoles del siglo XVI estudiaron con detenimiento y acierto la vida económica de su tiempo, no basta para concederles por lo mismo la cualificación de precursores de un más que presunto "capitalismo católico". Ni de Martín de Azpilcueta, llamado "doctor navarro" (1482-1586), ni de Domingo de Soto (1894-1560), ni de Tomás de Mercado (1530-1576), es posible afirmar tal cosa. Soslaya Velarde, por ejemplo, que Soto pasó por ser en su tiempo uno de los máximos defensores del orden económico bajomedieval, o que Azpilcueta y Mercado se caracterizaron públicamente por sus ataques inmisericordes a la usura y a la aplicación ilimitada de la libre concurrencia según la "ley de la oferta y la demanda".

        Muestra más que inequívoca de todo esto es el Comentario resolutorio de cambios (1556) de Azpilcueta, donde se propone con rotundidad "acabar de desterrar de sus reinos [los reinos españoles] los remolinos de las usuras" (apud Abellán, José Luis: Historia crítica del pensamiento español, vol. 2, La Edad de Oro, siglo XVI. Barcelona, Círculo de Lectores, 1979; pág. 632). Otro tanto ocurre, por otra parte, respecto de la justificación moral de la "ley de la oferta y la demanda", de la que asegura el mismo Tomás de Mercado en su Suma de tratos y contratos (1569): "Hay algunos que, viendo menesteroso al prójimo, suben el cambio, sabiendo que no puede dejar de tomar. También, si alcanzan que el otro ha de interesar mucho en Flandes o en Venecia o en Florencia, quieren, como participando de la ganancia, cargarle en los intereses, como dicen, un quintal. Y cuán torpe e ilícito sea parece claro en las ventas y compras, do no es lícito, como dijimos, llevar vendiendo más de lo que vale, aunque tenga extrema necesidad de ello el que compra o por mucho que espere ganar en ello revendiéndolo" (apud Díaz Plaja, Fernando: Historia de España en sus documentos, Siglo XVI. Madrid, Cátedra, 1988; pág. 427).

        A Domingo de Soto (en su libro Deliberación en la causa de los pobres, 1545) debemos, por su parte, una de las más firmes defensas de la actuación pública a favor de los desfavorecidos; en la misma línea, por cierto, que la trazada anteriormente por Luis Vives en De subventione pauperum (1526), donde se proclama que “lo que da Dios a cada uno no se lo da para él solo”, planteamiento notablemente similar al de la actual Doctrina Social de la Iglesia y definido por Abellán, que es de quien recojo la cita, como “claramente colectivista” (Abellán, José Luis: Historia crítica del pensamiento español. La Edad de Oro. Siglo XVI. Barcelona, Círculo de Lectores, 1992; pág. 147).

        Compruébase, por tanto, hasta qué punto es equívoco -no me atrevo a decir que mendaz por no entrar en valoraciones morales- el planteamiento de Velarde. Lo penoso, en todo caso, no son las ficciones histórico-económicas de éste, que tiene derecho a malbaratar su reputada credibilidad intelectual de la manera que le parezca; peor es que tengamos que venir los "indocumentados", los "pequeños", los "profanos", a rebatir tales maniobras y no surja respuesta más contundente ni más autorizada desde las propias aulas universitarias. Es verdad que el rey va desnudo, pero al parecer nadie en la Corte se atreve a proclamarlo. No tardaremos, sin embargo, en verle las vergüenzas. Al tiempo.

(Revisado por el autor a 28 de febrero de 2006)  

       

 

MIGUEL ARGAYA

 

 ARTÍCULOS ESCOGIDOS 

 

* EL ABORTO COMO MÉTODO DE EXPLOTACIÓN IMPERIALISTA

 

* EL COOPERATIVISMO CONTEMPORÁNEO

 

* UNA EXPERIENCIA HISTÓRICA DE ECONOMÍA COOPERATIVA: LA REPÚBLICA GUARANÍ

 

* DOS RESPUESTAS A UN INTENTO CONSERVADOR DE JUSTIFICAR UN "CAPITALISMO CATÓLICO" 

 

* SOBRE HUNTINGTON Y "SUS" CIVILIZACIONES

 

* LA NUEVA EUROPA, UNA HUIDA HACIA DELANTE

 

* PETRÓLEO O HEGEMONÍA

 

* UNA OCASIÓN HISTÓRICA

 

* BOQUEADAS DEL SISTEMA

 

* VIDA, FAMILIA, MATRIMONIO HOMOSEXUAL (Cuatro artículos en "Milenio Azul")

 

* NINGÚN TREN PASA DOS VECES (Los límites del Progreso y de la Ciencia)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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