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______________________________________________________________________________________________ SOBRE
HUNTINGTON Y
“SUS” CIVILIZACIONES Miguel
Argaya
No es impropio de mí desconfiar de todo aquello que el Sistema promueve y
airea sin escatimar esfuerzo. Supongo que se trata de una costumbre que me
habrá llevado a veces a suponer más de lo que hay, y aun al error; pero
no dudo de que muchas más me ha permitido escapar del conformismo bobalicón,
ese otro gran enemigo de la verdad. Me
ha pasado últimamente con un libro muy difundido y conocido -pero poco leído,
al parecer-: El choque de civilizaciones, de Samuel Huntington
(Barcelona, Paidós, 2001), del que se me ha hablado muy bien desde
posiciones políticas diversas. Lo que traigo aquí son ni más ni menos
que mis anotaciones, comenzando por un resumen -forzosamente breve, de sólo
seis párrafos, pero espero que riguroso- de las tesis de Huntington. 1º.-
Huntington prevé un orden internacional nuevo en que los conflictos no
son ya de clases o ideológicos, sino “entre civilizaciones”. “Las
relaciones entre civilizaciones han pasado, de una fase dominada por la
influencia unidireccional de una civilización sobre todas las demás, a
otra de interacciones intensas, sostenidas y multidireccionales entre
todas las civilizaciones” (p. 60). “Las civilizaciones son las
últimas tribus humanas y el choque de civilizaciones es un conflicto
tribal a escala planetaria” (p. 247). “El mundo, o se ordenará
de acuerdo a las civilizaciones o no tendrá orden alguno” (p. 186). 2º.-
Huntington define la “civilización” como “el agrupamiento
cultural humano más elevado y el grado más amplio de identidad cultural
que tienen las personas, si dejamos aparte lo que distingue a los seres
humanos de otras especies. Se define por elementos objetivos comunes,
tales como lengua, historia, religión, costumbres, instituciones, y por
la autoidentificación subjetiva de la gente” (p. 48). Elementos de
entre los cuales, sin embargo, “el más importante suele ser la
religión” (p. 47). 3º.-
De acuerdo a lo anterior, cataloga un máximo de 8 grandes
“civilizaciones” contemporáneas: Japonesa; Sínica o Confuciana; Hindú;
Budista; Musulmana; Cristiano-Ortodoxa; Africana; Latinoamericana; y
Occidental o Cristiano-Occidental (p. 50-53). A ésta última la llama
también, en otros sitios, Civilización Noratlántica (p. 52-53). 4º.-
Son características de la Civilización Occidental, según Huntington: el
legado clásico, la pluralidad de lenguas, la separación de la autoridad
espiritual y temporal, el imperio de la ley, el pluralismo social, los
cuerpos representativos y el individualismo (p. 81.83), pero sobre todo “el
cristianismo occidental, primero catolicismo y después catolicismo y
protestantismo" (p. 81). Se trata de “Europa y Norteamérica,
más otros países de colonos europeos como Australia y Nueva Zelanda”,
que han sentido “los efectos de la Reforma y han combinado la cultura
católica y protestante” (P. 52). Para Huntington, la Civilización
Occidental surgió en los siglos VIII y IX y desarrolló sus características
propias en los siglos siguientes,
aunque no comenzó a modernizarse hasta los siglos XVII y XVIII (p. 81). 5º.-
Los conflictos importantes a los que debe hacer frente la Civilización
Occidental son, inevitablemente, con las más civilizaciones más
orientales. “Sus relaciones con Latinoamérica y África,
civilizaciones más débiles que han sido dependientes de Occidente en
alguna medida, registran grados muy inferiores de conflicto,
particularmente con Latinoamérica” (p. 218). Las diferencias que H
establece con ésta son, en todo caso, claras: aunque la civilización
Latinoamericana está “íntimamente emparentada con Occidente”
(p. 52), Huntington alega que “incorpora elementos de las viejas
civilizaciones indígenas” (p. 51) y que “ha tenido una cultura
corporativista y autoritaria que Europa tuvo en mucha menor medida y
Norteamérica no tuvo en absoluto” (p. 52). Curiosamente, Huntington
minusvalora el componente católico en el ámbito latinoamericano. Es
cierto que no lo desdeña, pero lo relativiza al afirmar que “latinoamérica
ha sido sólo católica, aunque esto puede estar cambiando” (p. 52)
hacia una “protestantización” (p. 117). Se establecen también
diferencias con la Civilización Ortodoxa, emparentada con el ámbito
bizantino y marcada por “el despotismo burocrático y las limitadas
influencias del Renacimiento, la Reforma, la Ilustración y demás hitos
de la cultura occidental” (p. 51). 6º.-
Las grandes superpotencias de la Guerra Fría pasan a capitanear a su vez,
como verdaderos “Estados centrales” (p. 185), las
Civilizaciones de las que forman parte, actuando dentro de ellas como “fuentes
de orden” (p. 186). “Estos procesos son muy claramente visibles
por lo que respecta a las civilizaciones occidental, ortodoxa y sínica”
(p. 185). 7º.-
Ante el nuevo “orden” de civilizaciones, Occidente, según Huntington,
debe esforzarse en tres objetivos: mantener su superioridad militar;
promover la democracia occidental entre las demás civilizaciones; y
controlar y restringir la inmigración en Occidente de los no occidentales
(p. 220). Hasta
aquí, Huntington. No cabe duda de que nos encontramos ante un
argumentador brillante... y no poco tramposo. Veamos dónde está la
“trampa”. *1ª
trampa: Señalar a las viejas superpotencias de la Guerra Fría como inequívocos
“Estados centrales” de tres de las civilizaciones catalogadas
(precisamente las más activas y capaces, hoy en día: la occidental, la
ortodoxa y la sínica). Da a entender, sobre todo, que Huntington no acaba
de creerse su teoría de la “sustitución” del “antiguo” orden por
uno “nuevo”. Más bien parece que aboga por conservar y consolidar
viejas y ya muy malgastadas “capitanías”; en el caso
“occidental”, sin duda, la estadounidense. Llamar “noratlántica”
a la civilización occidental es, por otra parte, una perversión retórica
que nos retrotrae subliminalmente a la OTAN, a la que por cierto se cita
no pocas veces en el libro. *2ª
trampa: Determinar como
objetivos defensivos de Occidente sólo los tres que recoge el punto 7º,
es traicionar la esencia misma del concepto de “civilización”
planteado por Huntington, y cuyo elemento más importante (según veíamos
en el punto 2º) es la “religión”. Al parecer ésta no merece
consideración defensiva alguna; como sí, en cambio, la “democracia
occidental”, que debe ser incluso -según el autor- “exportada” y
promovida. Se diría que para Huntington aquélla -la religión- figura
como excusa, y ésta -la democracia liberal- como “fundamento” de la
Civilización Occidental. *3ª trampa: ¿No es mucho decir que la Civilización Latinoamericana se distingue de la “Occidental” porque “ha tenido una cultura corporativista y autoritaria que Europa tuvo en mucha menor medida”? ¿Habrá que recordar dónde surgieron las primeros ensayos autoritarios y corporativistas, y dónde alcanzaron su desarrollo más perfecto (el totalitarismo), y hasta qué punto Latinoamérica no hizo sino importar lo que le vino de fuera? *4ª
trampa: ¿Por qué, a la hora de definir su “civilización
latinoamericana”, minusvalora Huntington el componente católico? El
hecho de que pueda efectivamente estar cambiando hacia una protestantización
no desvirtúa que la razón fundacional de la Civilización
Latinoamericana sea -si es verdad que las civilizaciones se definen, como
quiere Huntington, por su elemento religioso- la religión católica.
También la Civilización Occidental está cambiando, si no ha cambiado
ya, hacia una secularización muy notable, y el ideólogo norteamericano
no duda en catalogarla todavía como “cristiano-occidental”. Se diría
que de un modo u otro se quiere evitar que la Catolicidad se constituya
por sí en eje vertebrador de una “civilización”. Parece quererse que
sólo tenga efecto en cuanto que “participe” de la cristiandad
occidental a la sombra del protestantismo, verdadera “cabeza”
intelectual y política del modelo. *5ª
trampa: ¿Por qué fijar el inicio de la Civilización Occidental en los
siglos VIII-IX? Si es verdad que se considera la “Cristiandad” como
razón fundamental de Occidente, ¿por qué no incluir también en ella
los siglos IV-VII? ¿Por qué dejar fuera a San Agustín, a San Atanasio,
a Orígenes, a Clemente de Alejandría, a San Isidoro, a Boecio, a San
Beda, la labor del monacato oriental o la de San Gregorio Magno? ¿Tal vez
porque de esta manera es más fácil disociar -como quiere Huntington- el
Cristianismo occidental del oriental? Si es verdad que la Ortodoxia no se
ha impregnado de la Reforma ni de la Modernidad, sino superficialmente,
también lo es que ha vivido como parte -y parte sustancial- de la
Cristiandad durante casi ochocientos años, cuando lo cierto es que
Reforma y Modernidad no tienen aún más de cuatro siglos de vida.
Claro, que aquellos ocho anteriores la vinculan no poco con una
catolicidad que Huntington parece querer desdeñar como factor
civilizatorio fundamental.
Es obvio que al señor Huntington “no le salen las cuentas” en cuanto
introduce en su tramposo universo la Catolicidad. Por eso la devalúa, la
mistifica como “parte” de algo o la niega, según conveniencia, cosa
que no hace con ningún otro “factor civilizatorio”. Desgraciadamente
para el norteamericano, la historia y el sentido común se resisten a sus
simplificaciones. Todo cobra, en cambio, significación, si se entiende
como dos cosas enteramente diferentes la Cristiandad y la Modernidad.
Por de pronto, vale señalar que varias de las características con
que Huntington define “su” Civilización Occidental son propias tan sólo
de la cultura protestante, no de la católica: la separación westfaliana
de religión y política, por ejemplo, “producto idiosincrático
-según el autor- de la civilización occidental” (p. 61), se
debe menos a la tesis “gelasiana” (explicitada en 494, en una carta
del Papa Gelasio al Emperador oriental,
y que contemplaba dos autoridades diferentes -detentadas por
potestades distintas- pero complementarias: el Sacerdotium, de carácter
espiritual, y el Imperium, de carácter temporal) que a la teoría
luterana de la “doble moral”, que plantea una radical separación
entre “moral privada” (sometida a los valores cristianos) y “moral pública”
(secularizada). De hecho, la separación de la autoridad espiritual y la
temporal, por la que la Iglesia había luchado hasta el siglo XVI, se
esfuma en cuanto el protestantismo concede al soberano la primacía
religiosa de la Nación. Lo único que “vuelve” en Westfalia es
Maquiavelo. Y lo único con lo que Huntington “choca” es con la
realidad de una “Civilización Católica” que fue hegemónica entre
los siglos IV y XVI, que fue vencida en el XVII, que inundó la España
Americana y que tuvo y tiene aún en el ámbito hispanoamericano su
reserva de futuro. De ahí, sin duda, la agresiva “protestantización”
que sufre desde hace medio siglo desde el norte y que Huntington
perspicazmente detecta.
Si en este siglo XXI ha de haber un “choque de civilizaciones”, cuéntese
con esa “Civilización Católica”, que es evidentemente
iberoamericana, pero también más que iberoamericana en cuanto que nace y
se desarrolla en origen como un imperio oceánico y transcontinental, y
hereda vía España la vieja Cristiandad, la Civilización Occidental. Sin
ella, las tesis de Huntington no pasan de fiasco. Dígase, para que no
triunfe la mentira. (Revisado por el autor a 28 de febrero de 2006) |
MIGUEL ARGAYA
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