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______________________________________________________________________________________________ PETRÓLEO
O HEGEMONÍA Miguel Argaya
Dicen
los que saben que la primera víctima de las guerras es la verdad. Bien
pudiera ser, aunque algunas guerras dicen inaugurarse precisamente como último
recurso contra la mentira. En lo que sí podemos estar todos -sabios o no-
de acuerdo es en dar como primera vencedora de toda guerra a la
simplificación. La guerra misma es un homenaje inmenso e intenso a la
simplificación desde el punto y la hora en que lo absorbe todo, como un
inmenso agujero negro, en el territorio en que se desarrolla; no admite
neutrales: “o conmigo o contra mí”. Aquella mujer de Gila “que no
era de la guerra” no tiene parangón ninguno en la realidad. La Falange
lo hubo de constatar trágicamente en 1936, eligiendo a su pesar entre dos
bandos que le repugnaban de igual forma y apostando con armas y bagajes,
sin reservas -como debe ser en toda guerra-, por el que consideró en su
momento menos malo: aquél que no quería exterminarla biológicamente.
Pero hay otras simplificaciones menos nítidas. Por ejemplo, en los
motivos del conflicto. De una reciente y conocida guerra en próximo
oriente se ha dicho por algunos que equivalía a un “choque de
civilizaciones” entre la Cristiandad y el Islam, que ya es decir. Máxime
cuando Sadam Hussein está -o estaba- seguramente más cerca de Groucho
Marx que de Ben Laden. ¿Habrá que dedicar alguna línea a refutar
postura tan escasa?
Más reforzada parece en cambio la tesis que habla de una “guerra del
petróleo”. No son pocas las conexiones entre el llamado “oro negro”
y los contendientes (y aliados) en el conflicto. Se sabe por ejemplo que
Francia, Rusia y China, a través de sus respectivas petroleras Totalfina-Elf
(Francia), Lukoil (Rusia) y Compañía Nacional (China), tenían desde
1997 suculentos contratos firmados con el régimen de Sadam Hussein a
falta del levantamiento de las sanciones internacionales. El valor de los
contratos negociados por Francia -que había apostado por convertir Irak
en su principal proveedor de crudo para los próximos veinticinco años- y
Rusia ascendía concretamente a cerca de 40.000 millones de dólares. Un
pico. Sabido es también que estadounidenses y británicos, por medio de
la Exxon-Mobil, la Chevron-Texaco y la British Petroleum, aspiraban a
entrar en ese mercado, del que habían quedado oportunamente descabalgados
tras la primera guerra del Golfo.
¿Quiere esto decir, por tanto, que estamos ante un conflicto de puros
intereses económicos? ¿Concluye ahí nuestra capacidad de resistencia a
la simplificación? ¿Se reduce todo: la guerra, la vida, la muerte, todo
-como dicen los cínicos-, a un puro trapicheo mercantil? Verán: yo no lo
creo. Es verdad que los intereses económicos emergen aquí y allá con
rabiosa vocación destructiva; pero no conviene reducir a lo meramente
contable la capacidad incendiaria del ser humano. Evitemos por lo menos
que los árboles nos tapen el bosque y traslademos la pregunta más allá
de las primeras brozas. Preguntémonos, por ejemplo, acerca de la capitanía
de ambos bandos en conflicto: Francia y los Estados Unidos.
Es sabido que los conflictos entre intereses petrolíferos de Francia y
Estados Unidos comienzan a principios de los años noventa, cuando
Washington destapa por primera vez su programa hegemónico sobre África.
Conocido es el caso de Angola, enfangada hasta 1992 en una dura guerra
civil con dos partes enfrentadas, UNITA, apoyada por el Gobierno francés,
y MPLA, apoyado por la Casa Blanca. En 1992, se elabora por la ONU un Plan
de paz que permite la celebración de elecciones, en las que vence el
MPLA. Acto seguido, y gracias al apoyo prestado durante la guerra, la
compañía norteamericana Chevron-Texaco se hace con el 80 por ciento de
la producción petrolera del país. Sabido es también que hasta mediados
de los años ochenta, el petróleo del Golfo de Guinea era explotado casi
exclusivamente por la petrolera francesa Elf, y que desde principios de
los noventa han entrado en la zona arrolladoramente las petroleras de
Estados Unidos tras constatarse el potencial productivo de esos países,
dotados con un crudo de gran calidad, bajo en sulfuro y por tanto de fácil
refino. Angola, Congo-Brazaville, Camerún, Nigeria, Chad, Guinea
Ecuatorial (las previsiones de la antigua colonia española igualan su
producción a la Saudí) son ahora objetivos estratégicos de primer orden
para la administración estadounidense. Como para la francesa, que se
resiste a desprenderse de su suculento dominio postcolonial. Se calcula
que el 87’5% de todo el petróleo descubierto este año ha sido
localizado precisamente en el Golfo de Guinea, una zona curiosamente
sobrecargada en los últimos tiempos de conflictos étnicos y políticos. ¿Es
el petróleo, entonces, la causa de la disputa franco-estadounidense? Sin
duda, lo es, al menos en primera instancia, aunque en un análisis más
profundo es posible ver un fondo menos nítido. Lo cierto es que se trata
de una polémica histórica de más alcance en la que los choques no
siempre se han reducido a temas de crudo sino que saltan sobre otras
muchas montañas de ceniza y cadáveres. Recordemos los dramáticos meses
de guerra civil en Ruanda por hutus y tutsis, y luego en Zaire (hoy República
Democrática del Congo) entre el profrancés Mobutu y el proyanqui Kabila. De
lo que no cabe duda es de que estamos asistiendo a una pugna sangrienta
con dos púgiles: una hegemonía que caduca, la francesa, y otra que
emerge, la norteamericana. Una pugna que en todo caso no es de hoy, sino
que tiene su origen en los años cincuenta, cuando los Estados Unidos
ponen las bases de su presencia en el norte de África, primero con la
expulsión de los franceses de El Fezzan libio, y luego forzando la
independencia de Marruecos (1956) y de Argelia (1962), agresión a la que
Francia no tarda en hacer frente: en 1952 rechaza la constitución de una
Comunidad Europea de Defensa al verla demasiado influida por la Casa
Blanca; en 1957, boicotea
la creación del Euratom, el proyecto nuclear europeo, para volcarse en un
proyecto nuclear puramente francés; y en 1967, aprovechando la crisis del
dólar, pone a Washington contra las cuerdas al presentarle el total de sus
divisas al cambio amparada en aquel compromiso original de Bretón Woods
que reconocía el efectivo respaldo en oro de la moneda norteamericana en
manos extranjeras. Todavía en 1991, como nos recuerda Joseba Arregui, es
posible escuchar al líder socialista francés Mitterrand proponiendo en
Praga a checos y europeos del Este constituir una confederación capaz de
atraerse a Rusia, “para que los Estados Unidos quedaran fuera de Europa
(y) Francia asumiera el liderato en ella” (Arregui, Joseba: “Memoria
en tiempos de guerra”, en ABC, 6-Abril-2003; pág. 24). La
guerra contra Irak no ha sido, en realidad, una “guerra del petróleo”,
sino nada más que el enésimo enfrentamiento franco-norteamericano, por más
que el óleo negro haya tenido en ello protagonismo notabilísimo. Bien lo
sabe Washington, cuando invita (24-abril-2003) a los países del Este,
Gran Bretaña, España e Italia a desprenderse de la “hegemonía
francesa” y plantea la posibilidad de trasladar el centro decisorio de
la OTAN al Comité de Planes de Defensa, donde Francia no está
representada. Es la hegemonía y no el petróleo lo que está en juego,
por más que uno y otro parezcan enlazarse interesadamente en nuestros días.
Un enfrentamiento de hondas raíces, sin duda alguna ideológico, pero que
no aspira a modificar nada de lo que nos viene dado. Francia y Estados
Unidos forman parte de una misma manera de entender el mundo. El Sistema
no sufre. Las claves nos las da -no sé si conscientemente- Pierre
Lelouche, vicepresidente de la OTAN: “No resulta sorprendente que este
debate esté provocado y estructurado por EE.UU. y Francia, las dos únicas
democracias que todavía se consideran, y ello desde 1776 y 1789,
portadoras de modelos de civilización realmente universal” (Lelouche,
Pierre: “Reflexiones sobre la ‘extraña guerra’
franco-estadounidense”, en ABC, 13-marzo-2003; pág. 20). Sépase y dígase,
al menos para que el fuego del arbusto no impida ver el incendio que
destruye el bosque. |
MIGUEL ARGAYA
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