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UNA
EXPERIENCIA HISTÓRICA
DE
ECONOMÍA COOPERATIVA:
LA
REPÚBLICA GUARANÍ
Miguel
Argaya
Estando
empeñado en la dignísima tarea de recoger exhaustivamente diversas
experiencias de economía cooperativa, me ha parecido interesante traer a
colación el eficacísimo, y muy nuestro por otra parte, modelo jesuítico
de las "reducciones indígenas", llamado también República
Guaraní, o Estado Jesuítico, o República jesuítica, o Imperio jesuítico
en Paraguay.
Se establece dicha República
Guaraní en una amplia zona que abarca la ribera del río Uruguay y la
margen izquierda del río Paraná, ocupando lo que actualmente es
Paraguay, parte de Brasil y Uruguay y las provincias argentinas de
Misiones y Santa Fe.
El proyecto lo imagina
inicialmente el gobernador Hernandarias de Saavedra, autor también de las
llamadas "Ordenanzas de los indígenas" (1603) y promotor de
numerosas misiones franciscanas en el Paraná. No se trata sin embargo de
una empresa privada, o puramente eclesial, pues los jesuitas actúan en
cumplimiento de las recomendaciones de la Junta Magna del Consejo de
Indias de 1568 y en las disposiciones de Trento, que piden, entre otras
cosas, la concentración de los indígenas en poblados regidos por un
doctrinero y la evangelización en la propia lengua de los nativos. Hacia
finales de siglo el padre Claudio Acquaviva, superior de los jesuitas,
propone la creación en la zona antes mencionada de una provincia jesuítica
independiente de la del Perú, que es finalmente aprobada por el Papa en
1607, y se pone en marcha en 1609 bajo la dirección del provincial Diego
de Torres con el apoyo económico de la Corona española y el apoyo
inestimable del gobernador Hernandarias de Saavedra.
El primer ensayo, realizado en
1609 en el río Piraga, al norte de Iguazú, sobre poblaciones nómadas,
fracasa estrepitosamente; en cambio el segundo, llevado a cabo en 1610 en
el Paranapanema sobre tribus guaraníes, tradicionalmente agrícolas,
resulta un éxito. De 1610 a 1640, se funda una treintena de
"reducciones" en el arco de los ríos Paraná y Uruguay, que
llegan a albergar en conjunto, en su mejor momento, a casi 140.000 indígenas.
Los conflictos de jurisdicción
con los encomenderos de la zona -que surgen pronto- los soluciona la
Corona enviando a Francisco de Alfaro, oidor (inspector) con plenos
poderes que, en 1611, dicta las llamadas "Ordenanzas de Alfaro",
verdadera acta constitucional de las "reducciones" en la que se
ordena la reunión en poblados de nueva planta de todos los indios de la
zona, aun aquellos que presten ya servicio a un encomendero. Dichos
poblados o "reducciones", que deben disponer de cabildo propio y
de un relativo autogobierno, están vedados a españoles, mestizos y
negros, con la excepción obvia del cura y del encomendero, a quien, en
todo caso, se le prohíbe pernoctar en ellos. Apuntemos que se trata, en
todo caso, de una "ordenanzas" pronto superadas por otras
posteriores en el sentido de sustraer definitivamente a la población indígena
de la servidumbre a cualquier encomendero. Dicha normativa será
recopilada en el "Libro de Órdenes", un ejemplar del cual es
custodiado en cada comunidad.
La estructura física de una
"reducción" tipo, es similar a la de una ciudad española de su
tiempo, bien que modificada por las nuevas ideas urbanísticas planteadas
desde el renacimiento. El núcleo del poblado es, pues, la plaza, un
espacio rectangular de unos 120 por 100 metros presidido por la iglesia y
rodeado de árboles y estatuas religiosas, entre las que se sitúa una
fuente. Alrededor de la plaza, además de la iglesia y la escuela, la casa
de las viudas, el hospital, el cementerio, el arsenal, el granero público,
el alojamiento para transeúntes y, en fin, todas las instituciones de
asistencia, más la casa del pueblo, un espacio de uso comunitario dotado
de grandes salas de reunión y talleres flanqueados por galerías.
De la plaza salen tres o cuatro
avenidas, de entre 15 y 20 metros de ancho, frecuentemente pavimentadas,
que se abren a la ciudad propiamente dicha, trazada de forma regular con
calles entrecruzadas en forma de cuadrícula y agrupadas en manzanas de
seis u ocho casas rodeadas por la "veranda", una galería
corredera cubierta y elevada casi un metro por encima del suelo que
permite la movilidad al abrigo del sol y de la lluvia.
Desde el punto e vista de la
organización social y económica, las "reducciones" se
constituyen sobre la base de una fuerte cohesión interna y una economía
mayoritariamente cooperativa que algunos han querido definir
exageradamente como una especie de "socialismo cristiano".
Hay que decir que los jesuitas
respetan la original organización familiar de los indígenas guaraníes,
bien que matizada merced a la imposición -lógica, por otra parte- de la
monogamia. También respetan, al menos en los primeros años, su
estructura política, manteniendo la autoridad de los caciques como jefes
de barrio en la "reducción", aunque la fusión en el ámbito
urbano de grupos tribales diversos acaba por diluir las dignidades
antiguas. También la legislación penal es, en gran medida, específica
para las "reducciones", y adecuada a las costumbres de los indígenas:
descarta, por ejemplo, la pena de muerte y los castigos de prisión
superiores a los diez años.
El órgano de autogobierno de
la "reducción", y en esto no hay diferencia con otras muchas
ciudades españolas, el Cabildo, formado por dos alcaldes, fiscales y
otros cargos concejiles elegidos cada año por los propios habitantes
sobre una lista de candidatos preparada por el Cabildo saliente. El cargo
de corregidor, el el único que puede ejercerse durante cinco años
seguidos. La Asamblea popular es convocada, en cambio, con bastante
frecuencia.
Conviene, sin embargo, destacar
la importancia de la comunidad jesuita en la vida política y social de
las "reducciones". Aunque el Cabildo celebra reuniones periódicas,
el corregidor y los dos alcaldes indígenas despachan a diario con los dos
padres jesuitas encargados e la misión: el Pai Mini o doctrinero,
encargado de lo espiritual, y el Pai Tuya o administrador, a quienes se
someten también los problemas de mayor dificultad. Todo viene
supervisado, en última instancia, por el superior general provincial de
los jesuitas, que está capacitado para cesar, en casos de flagrante
incompetencia o deshonestidad, la mismo Corregidor de una comunidad. Los
conflictos territoriales entre "reducciones" diferentes son
estudiados y dirimidos por tribunales formados por tres jesuitas ajenos a
la región, de forma que los planteados en el Uruguay los resuelven padres
asentados en el Paraná, y viceversa.
En cuanto a la organización
económica, el sistema jesuítico divide la tierra de laboreo, según una
fórmula trinitaria, en tres partes: la tierra de Dios o Tupambaé, que se
trabaja de forma cooperativa durante varios días a la semana y cuyos
beneficios se destinan a la manutención del templo y de los asilos de
viudas, huérfanos y ancianos; la tierra comunal o Tavambaé, cultivada
también de forma cooperativa para sostener el pago de los tributos reales
e infraestructuras locales (nuevos talleres, hospedajes, caminos,
herramientas y medios de transporte); y la tierra familiar o Avambaé, que
no puede ser enajenada y sirve al sustento particular de cada núcleo
familiar. Es la comunidad, en todo caso, la que provee a las familias de
las semillas necesarias para la siembra, la que les presta los animales
precisos para el laboreo y la que, en definitiva, les facilita graneros en
los que acumular parte de la cosecha, para prevenir necesidades familiares
futuras.
Es importante también
referirse a la vida económica de las "reducciones" jesuíticas,
el pastoreo de la ganadería, imprescindible para la alimentación de la
población, las labores agrícolas y el transporte de las mercancías.
Cada "reducción" dispone de una estancia, a veces de miles de
hectáreas, en la que pastan con frecuencia entre 5.000 y 6.000 cabezas de
ganado.
Existen igualmente, como ya he
mencionado, talleres artesanos dedicados a la elaboración de productos
comercializables, como el algodón, el cuero, el aceite, el azúcar o el
mate, además de la industria del ladrillo, los astilleros y las
fundiciones. Se instalan para ello con frecuencia molinos fluviales. De
hecho, algunas "reducciones" forman núcleos industriales cuyo
volumen de producción en nada tiene que envidiar al de muchas ciudades
europeas de su tiempo.
Se desarrolla también la
imprente, existente en las "reducciones" de Loreto, Candelaria,
San Javier y Santa María la Mayor, donde se publican libros en lengua
guaraní, como la famosa gramática de Restivo, mapas cartográficos
americanos y algunas obras de temática religiosa.
La jornada laboral, por otra
parte, no excede nunca de seis horas, interrumpidas en ocasiones para el
descanso, la música o los juegos comunitarios. Un horario que contrasta
con la de cualquier otro campesino europeo o americano de su tiempo,
sometido a menudo a jornadas de doce o catorce horas. Es significativo,
sin embargo, el hecho de que el rendimiento de estas explotaciones supera
ampliamente el de otras fórmulas más tradicionales. De hecho, las
"reducciones" no tarden en convertirse en centros de producción
muy rentables, que llegan a conseguir hasta cuatro cosechas anuales de maíz.
No debemos olvidar, en fin, la
abundantísima vida interior de intercambio de que disfrutan estas
comunidades: aún siendo inexistente en ellas la moneda, el abastecimiento
queda garantizado por los almacenes comunitarios. Una vez asegurada la
subsistencia, se otorga a las mercancías un valor ficticio, en el que la
capacidad de compra viene definida por la mayor o menor aportación al
trabajo cooperativo. El resto de los excedentes comunitarios y
particulares se destinan a la comercialización externa, bien con
mercaderes visitantes, que pueden acceder a la "reducción"
durante un tiempo máximo de tres días y tratar con sus habitantes en una
especie de lonja llamada Tambo, bien con otras "reducciones",
bien con otras economías exteriores en los mercados de Santa Fe o Buenos
Aires. Ésta último modo, administrado en exclusiva por los mismos
jesuitas, es el que permite completar los pagos tributarios anuales y
abrir la comunidad a materias primas de las que la comunidad no dispone
(sobre todo metales: oro, plata, cobre, acero).
Conviene recordar que las
"reducciones" no son núcleos autosuficientes en sí mismos: de
hecho, todas ellas forman parte del gran proyecto jesuítico (de ahí lo
del Estado Jesuítico del Paraguay), un todo regido por el padre
provincial de la Orden. Se trata, en todo caso, de comunidades
autogestionadas, y en cierto modo autogobernadas, pero asistidas por la
tutela espiritual y técnica de los jesuitas.
No podemos, con todo,
considerarlas como una "experiencia más" dentro de la búsqueda
humana por encontrar un modelo de convivencia económica comunitaria. De
hecho, aunque a menudo se desconozca, es el ensayo cooperativo más largo
(dura más de ciento cincuenta años) y más exitoso de cuantos el hombre
ha llevado a cabo nunca, incluidas las trágicas experiencias comunistas.
Y lo pone en práctica, no la Modernidad, sino la España católica de la
Contrarreforma. De ahí, seguramente, la enorme cantidad de enemigos con
que tropieza, sobre todo a raíz de la generalización en Europa del
pensamiento ilustrado. ¿Cómo soslayar que es precisamente la monarquía
ilustrada borbónica la que le pone fin?
Desde la llamada Cédula Grande
y, sobre todo, el Tratado de límites de 1750, en que España cede a
Portugal el oriente del río Uruguay, la actitud de la Corona española
cambia radicalmente respecto al proyecto guaraní. El advenimiento al
trono de Carlos III en 1759, agudiza todavía más esa tendencia: en 1767,
los jesuitas son expulsados de América y sustituidos al frente de las
"reducciones" por otros clérigos, menos preparados y más dóciles
al nuevo programa ilustrado, y por funcionarios corruptos que no tardan en
provocar el colapso y la consiguiente desaparición del proyecto guaraní.
(Revisado por el autor a 28 de febrero de 2006)
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MIGUEL
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