Esta página ha sido actualizada por última vez el 1 de enero de 2008

 

                   

 MIGUEL ARGAYA, HISTORIADOR

 

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Sobre Miguel Argaya

 

El historiador en la historia

     

Notas biobibliográficas

    

Publicaciones

        

De Historia de los falangistas

       

De La España por venir

 

Páginas amigas

    

Iván García, arqueólogo

           

 
 
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 Para contactar: miguelargaya@yahoo.es 

        

 

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     Notas biográficas de Miguel Argaya

Miguel Argaya nace en Valencia en 1960. En 1977 inicia la Licenciatura de Historia,  que concluye en 1983. En 1987 se traslada por motivos laborales y personales a Talavera de la Reina (Toledo), donde vive y trabaja desde entonces como profesor de Bachillerato.

Como historiador, se ha especializado en los orígenes ideológicos del nacionalsindicalismo. Ha colaborado en el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia con cerca de medio centenar de entradas.

Su libro Entre lo espontáneo y lo difícil  ha sido citado con profusión por los más reputados historiadores del período a que se refiere.  De él ha dicho Stanley Payne que es "de lo mejor escrito sobre el tema". 

Su Historia de los falangistas en el franquismo ha sido definida por Julio Gil Pecharromán como "obra de utilísima elaboración, que permite seguir, de modo tan claro como conciso, la historia del falangismo tras la guerra civil". De su segunda parte, que constituye un cuerpo de consulta biográfico, ha dicho Stanley Payne que es "un verdadero tesoro, el único estudio prosopográfico de esta envergadura que tenemos".

 

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      Publicaciones

         

En libro:

*Entre lo espontáneo y lo difícil (Apuntes para una revisión de lo ético en el pensamiento de José Antonio) (Oviedo, Tarfe, 1996)

*Los viejos postulados de la Nueva Derecha (El fascismo en la era posmoderna) (La Coruña, Nuevo Criterio, 1998)

*Los fundamentos de la Falange (Madrid, 2000)

*Historia de los falangistas en el franquismo (Madrid, Plataforma 2003, 2003)

*La España por venir. Una interpretación histórica de España (Madrid, EMA-Vivionnet, 2006).

 

Artículos en revistas:

*"Una generación truncada", en Alcalibe, Revista del Cento Asociado de la UNED, nº 4, Talavera de la Reina, 2004; pp. 295-299.

*"La presencia falangista en el golpe de julio de 1936 (Razones, precedentes, proceso)", en Alcalibe, Revista del Cento Asociado de la UNED, nº 5, Talavera de la Reina, 2005; pp. 343-364.

 

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     De "Historia de los falangistas

            en el franquismo"

 

Consideraciones preliminares (Prólogo)

No creo necesario ser prolijo al introducir un libro como el que ahora presento. Me limitaré en este prefacio a hacerme y contestarme tres preguntas: ¿Por qué le doy comienzo con el Decreto 255 de Unificación (19 de abril de 1937)?; ¿por qué no le doy término al producirse la muerte biológica de Franco?: y, finalmente, ¿por qué un tan minucioso entretenimiento en las coyunturas internas y externas de la España de aquel tiempo?

A lo primero, diré que un Régimen no es una persona, por más que ésta pueda aparecer como el centro y aun el alma de aquél, sino una obra, una realización político-jurídica. Y el de la Unificación me parece un momento histórico suficientemente rotundo por ser el primer acto de envergadura realmente política de Franco, en el que el nuevo Estado toma verdadera forma de Régimen. El conocido libro de Hedilla/García Venero recoge unas palabras de Serrano Suñer al respecto: "[Franco] comprendía la necesidad de un acto político que diese, además, situación y contenido a su jefatura. Este acto político fundacional había de ser una unificación absorbiendo a la Falange y al Requeté".

La idea, según Serrano -auténtico autor intelectual del Decreto-, era “encuadrar el Movimiento nacional en un régimen jurídico (...) de mando único y de partido único que asumía algunas de las características externas universales de otros regímenes modernos”. Una pretensión de cuyo calado político da fe no sólo el propio texto del Decreto (“Llegada la guerra a punto muy avanzado y próxima la hora victoriosa, urge ya acometer la gran tarea de la paz, cristalizando en el Estado nuevo el pensamiento y el estilo de nuestra Revolución Nacional”) sino el discurso pronunciado por el Caudillo la propia tarde del 19 de abril, en el que se afirma que dicha Unificación “no tiene nada de inorgánico, fugaz y pasajero [porque opone] a la democracia verbal y formalista del Estado liberal, que ha fracasado en todas partes, una democracia efectiva que dé al pueblo lo que verdaderamente le interesa: verse y sentirse gobernado en una aspiración a la justicia integral, tanto en el orden de los factores morales como en el de los factores económicos y sociales”.

La segunda pregunta se responde con los mismos argumentos que la primera: el Régimen no desaparece hasta que no es disuelto en un acto político-jurídico de igual envergadura que el que lo constituyó. Y puesto que el acta de nacimiento del Régimen la hemos identificado con la del Partido único franquista, se me ocurre que el acta de defunción del Régimen ha de coincidir también con la de la FET (Falange Española Tradicionalista y de las JONS). He creído oportuno, en todo caso, hacer referencia sucinta a los acontecimientos inmediatamente anteriores y posteriores al tema que nos ocupa. La historia no es un depósito de compartimientos estancos.

La última pregunta debo contestarla desde esa misma certeza: la de que ningún fenómeno humano está desvinculado de su tiempo. Y esto vale también para los falangistas, que desarrollan sus actividades políticas en una España concreta, con regímenes políticos concretos y circunstancias internacionales determinadas. Tarea del historiador es precisamente conectar lo aparentemente diverso y hallar las posibles consecuencias. Es lo que yo modestamente he intentado, a riesgo de parecer farragoso. Espero que se me disculpe, en cualquier caso, si a cambio he logrado mi objetivo de sistematizar un aspecto siempre difícil y oscuro de la reciente historia de España.

En cuanto a la segunda parte, presentada como un diccionario biográfico, recíbase con toda la reserva, tanta como modestia hay en mí al darlo a la luz pública. Al fin y al cabo no es otra cosa que una parte de mi fichero de trabajo personal, recopilado y elaborado a lo largo de diez años, lleno de buena voluntad pero sin duda también sometido a todas las imperfecciones que se quiera. La primera de ellas, el estilo: demasiado encadenado a la estructura rígida y repetitiva. Pido perdón por ello. La segunda, el contenido: estoy convencido de que no ha de quedar lector que no encuentre en sus páginas error, exceso o ausencia lo suficientemente insoslayable como para mirar el resto del libro con desconfianza. Recoge en todo caso una nómina extensa y desde luego arbitraria que no ha de conformar a nadie, y menos que a nadie a mí.

En fin, algunas voces amigas me han aconsejado sensatamente -con la sensatez del barbero quijotesco- dividir el libro en dos trabajos del todo independientes. Algo a lo que me resisto; y no por sinrazón, sino porque veo en esta unidad un ensayo del concepto unamuniano de “intrahistoria”. Distingue Unamuno entre sucesos y hechos. Los primeros constituyen, en efecto, la narración histórica, que el filósofo define como “bullanguera”. Pero por debajo de esos sucesos hay otra historia silenciosa y fecunda de hechos permanentes, un sustrato profundo constituido por un magma de personajes, de biografías continuas e interrelacionadas que la ciencia histórica ignora con frecuencia porque no ve en ellas el verdadero manantial del dato, del suceso que llega luego -solidificado, tamizado- al lector. He ahíí por qué en esa segunda parte, al contrario que en la primera, he preferido la inundación antes que la selección.

Dicho queda. Comience, pues, el drama. Y que Dios ayude.

El autor

 

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Prolegómenos: La crisis final de FE de las JONS

(del fusilamiento de José Antonio al Decreto de Unificación)

 

        Nada mejor para iniciar un libro como éste, carente de muchas pretensiones, que hacerlo con una obviedad: el 20 de noviembre de 1936 José Antonio Primo de Rivera es fusilado en la prisión de Alicante. Teniendo en cuenta que en los meses anteriores han muerto o han sido asesinados seis de los once miembros de la Junta Política de la Falange de preguerra (Onésimo Redondo en una emboscada en Labajos, Aizpurúa en San Sebastián, Ruiz de Alda, Salazar, Mateo y Barrado en Madrid), la muerte de Primo de Rivera resulta más que dramática para sus seguidores. Desde ese momento, la organización por él fundada es un buque sin timonel, a la deriva, incapaz de abrazar un proyecto político cohesionado e incapaz de abrazar un proyecto de éxito. De ahí su titubeante actitud respecto a una hipotética fusión política con la Comunión Tradicionalistas; de ahí también su incapacidad para contraponer un programa político coherente al proyecto -tan simple como claro, eminentemente cuartelero- de Franco, que no tarda en hacer notar su recién adquirida autoridad.

        El 20 de diciembre de 1936, en virtud del Decreto 122 todas las milicias combatientes del bando sublevado quedan sometidas definitivamente a la disciplina militar bajo la autoridad del general Monasterio. El decreto ordena poner al frente de dichas unidades de voluntarios a militares de oficio, de los que carece por entonces la Falange, y habilitar al mismo tiempo a los antiguos jefes de Bandera como meros oficiales; pero sobre todo viene a anular de forma implícita un decreto anterior de la Junta de Defensa -el 94-, promulgado en momentos más difíciles, el 4 de septiembre,  en que se hacía evidente la carencia de oficialidad en el bando rebelde, y que admitía la posibilidad de que las fuerzas combatientes abriesen y organizasen sus propias academias de oficiales provisionales.

Es el comienzo de un largo “tira y afloja” entre el astuto general y la Falange que podríamos empezar a llamar histórica. El drama, para ésta, es la falta ya no sólo de una Jefatura efectiva sino de una única línea estratégica definida para hacer frente al compromiso revolucionario. Algo que no tarda en apreciarse en el propio seno de la Junta de Mando provisional, donde crecen posturas diversas y hasta divergentes entre los que aspiran a conquistar el Estado sin intermediarios ni alianzas, los que no temen un entendimiento político con las otras fuerzas cívicas del Alzamiento, los que aspiran a una restauración monárquica según el modelo impuesto en Italia por Víctor Manuel y Mussolini y los que imaginan este mismo modelo pero con Franco como regente. Diferencias que se suman a las personales. Sabemos por ejemplo que Franco, siempre tímido, preferirá en todo momento el temperamento templado de Hedilla antes que el más impulsivo de los otros jefes falangistas, como Aznar, de quien se llega incluso a rumorear a principios de 1937 que es “persona non grata” para el Cuartel General.

Las tiranteces, en todo caso, crecen con los días, convenientemente estimuladas por las deferencias que el Generalísimo dispensa al jefe de la Junta provisional de Falange, por encima de sus compañeros. El 1 de enero de 1937, Franco se entrevista con Hedilla y le pide su opinión sobre la posibilidad de restaurar la monarquía; una posibilidad que el jefe falangista rechaza rotundamente al no ver su viabilidad inmediata, considerando además que “el pueblo no está preparado ni pendiente ahora de la monarquía”. Lo cierto es que la idea de Franco está todavía en el modelo primorriverista: una dictadura autoritaria de carácter cívico-militar a la sombra de la monarquía. Todo el mundo sabe que desde hace semanas su hermano Nicolás viene preparando -con poca discreción- un proyecto de partiido único a la manera de la desaparecida Unión Patriótica, formado por elementos reaccionarios de todo cuño y bajo el mando directo del general.

Y las aguas de la Falange se revuelven. Un sector no pequeño del partido parece no estar dispuesto a permitir una situación política en la que el nacionalsindicalismo aparezca como un comensal más entre muchos. Los miles de voluntarios encuadrados en las banderas falangistas son su aval más importante. Ya es significativo que encabecen esta línea estratégica los principales jefes de Milicias, dirigidos por Aznar y sus centuriones vallisoletanos.

No sabemos qué ocurre en los días que siguen. Lo que sí sabemos es que poco después, el 6 de enero de 1937, Hedilla concede unas declaraciones al diario pamplonés Arriba España en la que reconoce ya como innegable la tendencia a una unificación política, si bien avisa al mismo tiempo de que ello debe hacerse a través de la Falange, asimilando la Falange “aquellos puntos del tradicionalismo que sean compatibles con las necesidades del momento”. A partir de entonces, se evidencian ya sin ambages en el seno de la Junta de Mando las distintas tendencias que la forman. Mientras unos (Aznar...) prefieren la vía directa y utilizar el peso moral de sus milicias en la Guerra para imponerse como fuerza política hegemónica en el nuevo Estado, otros, encabezados por Hedilla, apuestan por entablar una inteligencia con la Comunión Tradicionalista que asegure el predominio falangista para el caso de que Franco intente el temido golpe de mano unificador. Dos posturas que suponen por lo mismo dos formas de entender la Jefatura: para los primeros, necesariamente colegiada, al menos hasta que se aclare el paradero de Fernández-Cuesta; para los segundos, unipersonal e indiscutida, capaz de actuar como interlocutor sólido en unas hipotéticas conversaciones. No son, con todo, las únicas posturas que afloran al respecto en los altos estamentos falangistas. Dávila por ejemplo, navegando en solitario entre dos aguas, hace tiempo que viene realizando algunas gestiones particulares para favorecer un entendimiento de la Falange con la Comunión Tradicionalista, pero rechaza otorgar a Hedilla la autoridad que reclama.

Es, sin duda, el principio del fin; máxime cuando una y otra parte empiecen a mover fichas sin contar con la aquiescencia de la facción opuesta. Sabemos, por ejemplo, que desde ciertos ámbitos se ponen en marcha por esas fechas mecanismos -no del todo oficiales- para el fortalecimiento de la figura de Hedilla. El 17 de enero de 1937, el diario El Adelanto publica una entrevista del periodista falangista Víctor de la Serna a Manuel Hedilla titulada "Hedilla a 120 a la hora", reproducida pocos días después por Ridruejo en el semanario segoviano La Falange (22 de enero), y en la que se define al jefe de la Junta de Mando provisional como "obrero de España, hidalgo artesano, maquinista de barco, adalid por la gracia de Dios del Movimiento de la Falange (...). Viéndole, oyéndole, contemplando su único minuto de melancolía, que es cuando piensa en el Ausente, uno dice íntimamente, con un convencimiento biológico: ¡Éste es, éste es!". El texto produce gran conmoción entre las altas jerarquías falangistas, y contribuye no poco a consolidar la impresión, hasta entonces imprecisa, de que Hedilla, apoyado o empujado por una camarilla espuria (Serna, Serrallach, García Venero, Tito Menéndez, Martín Almagro...), busca hacerse con un carisma que le garantice el liderazgo total de la organización fundada por José Antonio.

A las disensiones políticas y estratégicas se suman ahora también las personales. Menudean las comidillas contra el jefe de la Junta provisional... y también contra Franco, que empieza a comprobar hasta qué punto está en entredicho la lealtad de los falangistas -unos y otros- a su persona. García Venero recoge un escrito que el embajador alemán Von Faupel dirige a Berlín de fecha 18 de enero en que se reconoce “un enfriamiento, pero sin consecuencias, de las relaciones entre el Gobierno y la Falange”. Y no es una apreciación infundada. El 2 de febrero de 1937, desde la Junta de mando provisional de la Falange se ordena difundir uno de los discursos más radicalmente antiderechistas de José Antonio, el pronunciado en el Cine Europa de Madrid un año antes. Se habla en él de la necesidad de desmontar el capitalismo, de acabar con la esterilidad política -material y espiritual- del conservadurismo representado entonces -febrero de 1936- por el bienio radical-cedista. Y se concluye: “Para esta tarea es para lo que hemos vestido este uniforme; para esta gran tarea os convocamos; para esta gran tarea levantamos nosotros, los primeros y los únicos, las banderas del frente nacional. No nos han hecho caso. Lo que se ha formado es otra cosa (...). No es esto el frente nacional sino un simulacro”. Parece, no cabe duda, un aviso. Que es, por cierto, agria e inmediatamente contestado por el aparato franquista: se pone en marcha la maquinaria de la censura y menudean las detenciones de jerarcas falangistas implicados en la difusión del discurso.

No es la voluntad de Franco ni la de los jefes falangistas, sin embargo, quien impone los tiempos y los modos, sino la propia guerra. El 8 de febrero de 1937, tropas italo-españolas (las Flechas Azules y las Flechas Negras, constituidas a finales de 1936 como brigadas de infantería y formadas básicamente por falangistas españoles y fascistas italianos) toman Málaga. Sus mandos intermedios, igual que ocurre en otras unidades voluntarias combatientes en la misma época, han sido reclutados sobre todo entre jefes de Milicias, o entre falangistas que son a la vez militares en activo. Se trata de un éxito militar notabilísimo que el gobierno italiano sabe explotar propagandísticamente como algo propio, provocando con ello airadas protestas entre el estamento militar español.

Desde la Falange, en cambio, se ve como un momento providencial para dar ese paso adelante y anticiparse a Franco. Ese mismo mes de febrero de 1937, atendiendo al traspapelado Decreto 94 de la Junta de Defensa de fecha 4 de septiembre de 1936, se ponen por fin en marcha las academias de oficiales provisionales de Falange, instaladas respectivamente en Pedro Llen (Salamanca) y La Jarilla (Sevilla) bajo la dirección de mandos alemanes; lo que alimenta, por cierto, nuevas protestas en ciertos sectores del ejército franquista. La realidad es que se trata de una maniobra de calado político, puesta en práctica con cierta maliciosa cuquería y que deja a Franco en una difícil situación política. Quiere responder sobre todo, y con contundencia, al intento del general por controlar el más importante aval político de las formaciones civiles que le apoyan: sus milicias.

Claro que no es la única acción que pone nervioso a Franco. Los movimientos falangistas en el entorno del tradicionalismo -desarrollados al margen de la autoridad del general- comienzan a ser algo más que buenas intenciones. En la segunda mitad de febrero de 1937 tienen lugar algunos contactos en Portugal y en la propia Salamanca entre carlistas y falangistas, bien que sin resultados apreciables.

Un hecho crucial viene a interponerse, sin embargo, en este océano de acontecimientos: la llegada de Serrano Suñer a zona sublevada el 20 de febrero. Cuñado de Franco y hombre inteligentísimo, Serrano asume de inmediato un papel protagonista, desplazando incluso al propio Nicolás Franco, hermano del general. Si hasta ese momento el franquismo no había pasado de imaginar España como un inmenso cuartel, a partir de ahora, y gracias a Serrano, adquirirá categoría de Régimen político. Una tarea que necesariamente tiene que pasar por destruir la Falange, o hacerse con ella. El mismo Serrano nos lo confirma cuando asegura que a su llegada a Salamanca “no había política alguna”. De ahí sus dos objetivos inmediatos: “constituir un Estado de Derecho, un orden jurídico (...) en lugar del puro arbitrismo” y “domesticar a la Falange”.

El programa de Serrano alcanza su cénit a partir de mediados de marzo de 1937. La derrota en Guadalajara (18 de marzo), ocurrida tras la desordenada retirada de las tropas italianas e italo-falangistas, supone un duro trauma en el bando franquista y provoca una fuerte campaña del gobierno italiano contra el mando militar español, al que se acusa de abandono. Por esas fechas, el líder monárquico Goicoechea manifiesta ya sin ambages, en un mitin celebrado en Salamanca, su disposición a disolver Renovación Española en “un frente patriótico (...). Una estructura única, en un sistema puramente orgánico”.

En la Junta de Mando provisional de FE de las JONS, la derrota militar huele a fracaso político. Por eso, la propuesta del alfonsino se siente como una agresión. Al menos manifiesta que hay quien mueve la barca sin contar con los falangistas. Los partidarios de la presión inmediata acusan a Hedilla de condescencencia y pisan el acelerador. El 30 de marzo de 1937 la Junta de Mandos decide por mayoría -aunque con la oposición del propio Hedilla- remitir a Franco una carta exigiéndole la entrega a la Falange de “la tarea política de gobernación del país, salvo en los departamentos de Guerra y Marina”. Se trata, obviamente, de un órdago que ha de plantear un conflicto político sin precedentes al Jefe del Estado. Por eso, Hedilla se niega a darle curso o exige al menos moderarlo, pero la Junta no se lo permite. Finalmente, la carta es trasladada a su destinatario, que la recibe con mohínes de disgusto.

Desde primeros de abril, la ruptura interna de la Junta de Mandos de FE de las JONS es un clamor en los mentideros políticos del bando sublevado. Especialmente virulentos son los ataques a Hedilla de parte de los llamados legitimistas, partidarios de seguir reclamando a Franco la dirección del nuevo Estado. Hedilla sigue en todo caso con su plan de dar una Jefatura única a la organización a fin de confrontarla con garantías de éxito a una más que previsible unificación política. Preocupado por la oposición de sus adversarios en la Junta provisional -previendo quizá acontecimientos dramáticos-, el 12 de abril se reúne en Elgóibar (Guipúzcoa) con el coronel Sagardía, que le permite retirar del frente y trasladar a Salamanca a algunos incondicionales, entre ellos Alonso Goya. Luego se desplaza a Burgos y a Zamora en busca de otros apoyos. El 14 de abril, regresa a Salamanca y se entrevista con Sangróniz, representante del Cuartel General de Franco, con quien al parecer determina la posibilidad de una Unificación en la que, efectivamente, Franco quedaría en funciones de Generalísimo mientras el jefe nacional de la Falange pasaría a responsabilizarse de las tareas políticas del Estado nuevo.

El 15 de abril de 1937, Hedilla convoca un Consejo Nacional a celebrar el 25 de ese mes, con un orden del día en el que se plantea como tema único la disolución de la Junta y el nombramiento de un jefe nacional. Algo a lo que sin embargo no están dispuestos Aznar ni el resto del grupo de oposición a Hedilla en la Junta de Mando provisional. Durante la noche del 15 al 16, el jefe nacional de Milicias, Agustín Aznar reúne en su Cuartel General de Salamanca un nutrido contingente de falangistas afectos, entre ellos algunos procedentes de Valladolid a las órdenes de Girón y de González Vicén. Horas después, ya de mañana, Aznar, Muro, Moreno, Dávila, y Garcerán (los tres primeros, miembros de la Junta de Mando) se presentan ante Hedilla y le entregan un pliego de cargos elaborado por ellos en el que, haciendo referencia expresa al tira y afloja que acompañara al envío de la nota del 30 de marzo a Franco, se acusa al cántabro de “resistencia sorda y solapada para cumplimentar los acuerdos de la Junta Oficial (sic) en varias ocasiones”. Se le acusa igualmente de “ineptitud manifiesta”, de haberse sometido a una camarilla personal (la llaman “la Junta extraoficial”), de haber efectuado o haber permitido una “propaganda desmedida e impropia de su persona para ponerse a una altura superior a la que le corresponde”, y de “traición a la Junta de mando” por haber convocado el Consejo Nacional sin contar con esa misma Junta. En el mismo pliego se ratifica en el cargo de administrador de la Falange a José Moreno, cesado poco antes por Hedilla, se disuelve la Junta de mando y se instituye en su lugar un Triunvirato formado por Aznar, Dávila y el propio Moreno. Éste último, al parecer, en lugar de Muro, que renuncia a ocupar dicho puesto. Acto seguido, Hedilla se retira del local -que queda en poder de los amotinados- y se dirige al Cuartel General de Franco, donde se entrevista con el teniente coronel Barroso. Pero éste no hace amago alguno de intervenir en la disputa; tan sólo le ofrece asilo que Hedilla no acepta.

Viéndose desasistido del Ejército, el cántabro se reúne entonces con sus fieles y determina hacer venir de la Academia de Milicias de Pedro Llen (una finca situada a las afueras de la ciudad) a algunos hombres armados afectos a su persona. Se encargan de ello Alcázar de Velasco, Serrallach y Alonso Goya, que acuden a la Escuela de oficiales y conminan a su director, Haartman, a movilizar a los cadetes falangistas de la llamada Centuria Catalana y ocupar con ellos los locales de la Junta Política y las otras dependencias del mando falangista en Salamanca, cosa que -mediando algún titubeo de Haartman- se lleva a cabo pocas horas después y sin incidentes reseñables.

Tienen entonces lugar -durante la noche del 16 al 17 de abril de 1937- los luctuosos acontecimientos que otros historiadores han reseñado tan escrupulosamente: un tiroteo entre falangistas partidarios de Dávila y de Hedilla, con el resultado de dos muertos (Alonso Goya y Puerta), lo que da excusa a Franco para concluir su programa de control de las fuerzas políticas bajo su mando y preparar un Decreto de Unificación de Falange y Requeté. Ante este hecho, que se presume fatal en las circunstancias actuales, Hedilla cambia sus planes y adelanta con urgencia el Consejo Nacional de FE de las JONS para el 18 de abril. Es una reunión triste y tensa, con el velatorio del cadáver de Alonso Goya a pocos metros, en la que se elige finalmente un jefe nacional en la persona de Hedilla, con diez votos a favor, cuatro en contra y ocho abstenciones. Inmediatamente, se procede a elegir los cuatro vocales de la Junta Política que el reglamento preceptúa a cargo del propio Consejo: Sáinz, Ruiz Arenado, Merino y Reyes.

La Jefatura única es un hecho. Se supone que, con ello, la etapa provisional ha terminado. La Falange está preparada por fin para asumir todo el protagonismo de la nueva España. Pero es tarde. Al día siguiente, Franco hace público su Decreto de Unificación, creando la Falange Española Tradicionalista y de las JONS.

 

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     De "La España por venir"

 

 

EL FRACASO HISTÓRICO DE LA MODERNIDAD ESPAÑOLA

Seguramente una de las características más definitorias del pensamiento español de los últimos tres siglos sea su permanente incapacidad para identificar la realidad de España, para encontrar su papel en la Historia. Es lo que hace del nuestro uno de los países europeos con la política exterior más caótica y voluble, ora al rebufo francés, ora al norteamericano, ora a cualquiera o a ninguno en un vacío espeluznante de ideas que no ha de extrañar que conduzca a la descomposición nacional. Nadie quiere viajar en un barco sin rumbo fijo.

Es tal la crisis de conciencia del español contemporáneo que ya no son legión sólo quienes se cuestionan el ser de España, sino también quienes se plantean el porqué de este fenómeno inédito en otros pueblos de nuestro entorno inmediato. Hace ahora poco más de cien años, pudo el pensamiento español asistir por ejemplo al parto y al desarrollo de un criticismo ácido que se extendió, en múltiples versiones, sobre toda la primera mitad del siglo XX bajo la bandera genérica del regeneracionismo. El momento inicial de este criticismo que he catalogado como ácido viene representado por dos libros: El problema nacional, de Macías Picavea (1899), y Oligarquía y caciquismo, de Joaquín Costa (1901); y un lema: “Echar siete llaves al sepulcro del Cid”. Aunque quizá la versión más madura sea la representada por un título bastante posterior: España como problema, de Laín Entralgo (1949), donde se trata de afrontar el secular retraso español respecto de Europa pidiendo algo así como “una nueva Ilustración” que devuelva al país el pulso y el impulso perdidos. Así, tras aludir Laín a “la dramática inhabilidad de los españoles (…) para hacer de su patria un país mínimamente satisfecho de su constitución política y social”, y dar como causa de esa inhabilidad el alejamiento español respecto del proceso intelectual europeo, recomienda “europeizar de tal modo a España que los hábitos mentales se fundan unitariamente con lo mejor de su vida popular y con el desarrollo de sus no más que esbozadas capacidades”.

La imagen que este criticismo ácido tiene de la España de su tiempo es, por tanto, la de un ente histórico que malvive arrastrando rémoras culturales sumamente castradoras heredadas de la vieja España oscurantista del Imperio. Tendencia sólo rota, al parecer, por un siglo XVIII vital y pletórico en el que se da por primera vez un proyecto nacional coherente, y contra el que se alza precisamente un siglo XIX siempre en trance de recuperar la antigua alianza del Trono y el Altar.

Desde luego, no seré yo, y menos aquí, quien salga a la palestra a defender a quien tiene doctores suficientes y con harto más latines que los míos. Me limitaré en cambio a señalar el alcance de un error histórico muy importante: el que ha querido simplificar la razón del retraso español en la ficción de un siglo XIX presuntamente anti-ilustrado y reaccionario frente a un siglo XVIII luminosamente atractivo y eficaz; ficción que -lo reconozco- puede resultar cómoda a los librepensadores y sus acólitos. Como también comprendo que pueda serlo caer en la tentación de rechazar, como si fuera ajeno, cuanto no nos atrae de nuestro pasado. Es cierto que el siglo XVIII presenta un notable conjunto de progresos y hallazgos. Pero no es posible negar que las evidentes insuficiencias políticas que se dan entre 1796 y 1898 son también de clara paternidad ilustrada. ¿O no lo es la que pone en práctica Godoy? Inútil esquivar, por ejemplo, que el impulso reformista está presente durante la Guerra de la Independencia en ambos bandos, tanto en el ánimo de José I Bonaparte como en el de la mayoría de los diputados que firman la Constitución de Cádiz de 1812. Y que entre unos y otros urden una horrenda guerra de la que España tardará décadas en reponerse.

Si tenemos en cuenta, además, que desde 1826 la apertura del régimen fernandino es ya un hecho hasta el punto de concitar la enemiga reaccionaria en pleno, y que la oposición carlista al doctrinarismo posterior sólo pone realmente en peligro el sistema liberal durante el primero de sus levantamientos (en el último del siglo XIX, el mismo bando carlista acoge a no pocos alfonsinos, que lo abandonan una vez llega al trono su candidato), no parece disparatado afirmar que la famosa teoría de una “ruptura decimonónica” del camino reformista en España, por más que participe de la más cara tradición de la Modernidad, ha de ponerse al menos entre corchetes. ¿Por qué hemos de calificar de ilustrado al conde de Aranda y no, por ejemplo, a Cea Bermúdez o a Martín de Garay? ¿Por qué a Campomanes, y no, en cambio, a López Ballesteros? ¿Por qué sí a Floridablanca, y no a Martínez de la Rosa o a Narváez?

La pretendida imagen de lucha entre tradición y progreso como una constante desde el siglo XVII, no puede ocultar la auténtica realidad de un proceso de afirmación ilustrada creciendo, sin apenas solución de continuidad, desde 1713 hasta 1898. Reivindicar como reformistas los reinados de los primeros Borbones porque sus resultados se nos aparecen como amables y benéficos, y rechazar en cambio como anti-ilustrados los últimos años del siglo XVIII y gran parte del XIX español porque no nos son gratos en sus incapacidades y sus errores, es una trampa histórica que merece ser desmontada con urgencia. Ilustrados son, qué duda cabe, los tres ministros de Carlos IV: Floridablanca, Aranda y Godoy. ¿A qué viene negar a sus fiascos la paternidad moderna?

No es además el de los tres primeros Borbones españoles un proyecto nacional tan coherente como quiere hacernos creer una parte de la historiografía, la más afín al Sistema. Algunas de las reformas administrativas borbónicas, por ejemplo, se manifiestan a medio plazo como verdaderas improvisaciones chapuceras. Recordemos, por no abundar mucho, el caótico y voluble tratamiento dado a los asuntos americanos: en 1705 se dividen sus competencias en dos secretarías; en 1714 se reagrupan éstas de nuevo en la Secretaría de Marina e Indias, que se disuelve otra vez en 1717 para reaparecer en 1720, ahora como Secretaría de Ultramar. Algo similar a lo sucedido con la segregación (1718), posterior disolución (1720) y nueva constitución del Virreinato de Nueva Granada (1740), que acabará por desconcertar la realidad administrativa de Venezuela y Colombia y preparará el camino de la secesión.

¿Y qué decir de lo educativo? En una denodada inquina contra la Iglesia, Carlos III desposee y expulsa en 1767 a la Compañía de Jesús, una medida que el Estado se manifiesta incapaz de compensar por sí mismo y que hunde la educación española durante muchos años en un desolador vacío magisterial. Denodada inquina que se deja caer igualmente sobre el mundo universitario, obligado en 1769 a renunciar a su tradicional autonomía y libertad de enseñanza y a entregarse al férreo control del Estado absoluto. Errores todos ellos de corte ideológico que se reproducen punto por punto en el ámbito económico, sobre todo en la política agraria. Proverbial es, por ejemplo, la obcecación liberalizadora de los ilustrados, como la que imponen en 1765 sobre el precio del cereal. A su abrigo tiene lugar tal carestía que conduce a la miseria a las clases populares. Sin olvidar los varios repartos de bienes de propios y baldíos, que conducen al rápido enriquecimiento de los grandes propietarios y el empobrecimiento consiguiente del resto. Los resultados, desde luego, no pueden darse por halagüeños si no es en términos macroeconómicos. Porque dudo mucho de que el porcentaje de pícaros y mendigos  que callejeaban por las ciudades del XVI español fuese muy superior al de los que lo hacen a finales del XVIII.

¿De qué hablamos, entonces? De un sonado fracaso histórico. Buenas intenciones, tal vez, pero mal ejecutadas. Algo imperdonable viniendo precisamente de un modelo que decía haber nacido para “iluminar” y “racionalizar” la -supuestamente- caduca e ineficaz vida política española.

No son las anteriores, en todo caso, las principales deficiencias del reformismo ilustrado español durante el siglo XVIII. Más honda y decisiva es su absoluta incapacidad para construir una línea coherente de política exterior, una vez anulada de facto la antigua. Tema importante porque la política exterior es cabalmente lo que define la calidad del proyecto histórico y donde reside en suma la credibilidad internacional del país a la hora de afrontar alianzas presentes o futuras.

Dejando aparte las costosas guerritas iniciales de Felipe V en su empeño por satisfacer las herencias de los vástagos habidos en sus segundas nupcias, toda la acción exterior de España en el siglo XVIII vive y bebe de la francesa y se somete a ella sin rubor. Y lo hace, además, envuelta en una insoslayable tendencia militarista, harto más sangrante cuanto más incide la historiografía ilustrada en el belicismo de los Austrias como una de las razones de la decadencia de la España del XVII. Me refiero a la completa y vergonzosa sumisión borbónica a los intereses de la nación vecina, que nos lleva por ejemplo a participar activamente en la guerra de independencia de los Estados Unidos, poniendo así en peligro inminente la justificación histórica de nuestra propia administración americana. Reyes, en suma, que quizá saben ser buenos alcaldes, pero que resultan a la postre pésimos estadistas. Ninguna valoración más atinada de este siglo, el XVIII, que la de Menéndez Pelayo: “A cambio de un poco de bienestar material, que sólo se alcanzó después de tres reinados, ¡cuánto padecieron con la nueva dinastía el carácter y la dignidad nacionales!”

Lo cierto es que sin política exterior y, por ende, sin proyecto propio, la España setecentista pone las bases para la disolución consiguiente. Y no sólo la de los virreinatos de ultramar. Recordemos la errática y voluble actitud de Carlos IV ante la Revolución Francesa, o las vergonzosas abdicaciones de Bayona; hechos que, por otra parte, no responden más que a la patética irracionalidad en que se había desenvuelto nuestra diplomacia desde el advenimiento de la dinastía y aun desde la caída de la política del último de los Austrias en manos de los novatores, empeñados en vaciar de sentido -ahora se dice “deconstruir”- el proyecto católico austracista anterior para asignarse al programa hegemónico francés. Sobre tales presupuestos, y desaparecida en 1793 con Luis XVI la monarquía francesa, verdadero buque insignia hasta entonces de nuestra política exterior, ¿cómo extrañarse de que el sentimiento español de orfandad fuera absoluto?. Más aún: ¿cómo asombrarse de que, tras un momento inicial de titubeo, la querencia natural fuera inevitablemente el regreso a la maternal ubre francesa; aun tratándose de la del Directorio post-revolucionario (Tratado de San Ildefonso, 1796)?

Difícil parece negar, visto lo visto, que el siglo XVIII es un fracaso histórico: el primer gran fracaso de la Modernidad ilustrada española. Cierto que más patética es todavía la política exterior ilustrada durante el siglo que le sigue. Y no hablo, claro está, de la Guerra de la Independencia, guerra al fin y al cabo con todas sus servidumbres, sino de la gestión llevada a cabo desde 1815. Duele siquiera mencionar el penoso papel de la diplomacia española en el Congreso de Viena. Por no citar el llevado a cabo por el régimen liberal de Isabel II. A partir de este momento, España vuelve a la vieja costumbre borbónica de participar, sin otro beneficio que unas migajas y algunos parabienes, en los intereses internacionales del país vecino. Aquí y allá se dispersan las acciones militares, unas veces en apoyo de no sé qué emperador de Méjico de obediencia francesa, otras paseando por la Cochinchina una prepotencia macerada en el desprestigio, otras buscando tristes migajas africanas que no acaban de saciar. Claro que peor aún se presentan las cosas en el llamado “Sexenio democrático” (1868-1874), cuando se rompe otra vez con la influencia afrancesada para pasar a desarrollar, como señala el historiador José María Jover, “una política exterior de nivel mínimo”. Situación que hereda la Restauración canovista en 1874. Y mientras, perdiéndose en medio de la desidia los últimos restos de la presencia española en Ultramar.

El modelo histórico-político del XIX, como puede constatarse, es un desastre. A finales del siglo, la Modernidad Ilustrada no sólo no es capaz todavía de presentar a los españoles un proyecto nacional coherente; ni siquiera puede alegar en su favor haber logrado un significativo avance en cohesión social ni económica respecto del siglo anterior. Otros cien años perdidos.

Y llega entonces el regeneracionismo noventayochista, con su queja contra todo ese caótico programa de disolución histórica, con su pretensión de “echar siete llaves al sepulcro del Cid”, que es como decir al proyecto idealista de la España reconquistadora. ¡Como si no hubiera sido precisamente ese “echar siete llaves al sepulcro del Cid” el principal objetivo de la Modernidad desde las últimas décadas del XVII y el más claro causante de la misma disolución histórica criticada por el 98!

No es innecesario recordar aquí que para la Modernidad Ilustrada, empecinada en hacer del Progreso una sempiterna huida hacia delante, el mal queda siempre a la espalda. Por eso tiende a manifestar su actividad como un constante borrón y cuenta nueva en un burdo empeño por convencernos de que sus errores pertenecen a un pretérito del que se desentiende, a modo de un lastre que no fuera con ella ni con sus incompetencias. “Lo que me sale bien”, parece decir, “es de mi cosecha; lo que me sale mal, acháquese al Cid”.

El problema es que, del mismo modo que hace la Naturaleza con el híbrido, también la Historia, que es sabia, se venga de la manipulación esterilizando a quienes la fuerzan; condenando por ejemplo al ilustrado a un permanente presente de insatisfacción. El criticismo ilustrado -incluido el del regeneracionismo noventayochista- es a la postre un fracaso porque pretende no tener nada que ver consigo mismo ni con su propia insuficiencia histórica; porque, cegado por su soberbia, no quiere entender que el rostro macilento que le devuelve el espejo histórico de los últimos tres siglos no es otro que el suyo propio, envejecido y ajado por sus torpezas.

Y eso que aún no hemos hablado del siglo XX, con sus torpes vaivenes diplomáticos entre anglofilia y germanofilia durante la primera mitad, sus no menos torpes titubeos entre norteamericanismo y europeísmo en la segunda, y sus traiciones cobardes en Marruecos, Guinea, Ifni, Sáhara… ¿Alguien se acuerda de la frustrada visita que en 1967 hacen a España los opositores guineanos Alfredo Jones y Enrique Gori Molubela para pedir la no inclusión de Fernando Poo en el paquete descolonizador? Y respecto de la política hispánica, ¿hará falta mencionar la solución “distinta y distante” con que se hace frente en 1981 al problema de las Malvinas? Diplomacia, desde luego, sin sentido histórico alguno, y que abre incluso los años iniciales del siglo XXI con el infamante bamboleo entre los intereses hegemónicos franceses y norteamericanos según nos gobierne esta Internacional o aquella otra. Una completa sinrazón, en suma, en cuanto a proyecto nacional, eso tan delicuescente pero tan importante, pues determina la madurez del modelo histórico. De hecho, no me cabe la menor duda de que es aquí, en esta incapacidad de proyecto del modelo ilustrado, donde reside la causa del cada vez más flagrante separatismo en algunas regiones españolas. Como decía al principio de este trabajo, nadie quiere navegar en un buque que carece de rumbo.

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