Salwa Bakr, escritora egipciaOjeras negras bajo los ojos2003fragmentoY cuando pienso por qué me apresuré a prestarle el dinero, me digo a mi misma que aquel cuarto de libra fue como una señal de afecto por mi parte y un imposible intento por penetrar en la intimidad de sus sentimientos. Así lo consideré en ese momento. Pero, ¡qué disparate!, ella siguió como siempre: la frialdad de sentimientos, las secas y escasas palabras, sin sonreír nunca; siempre con profundas ojeras negras debajo de los ojos oscuros, con la mirada levantada y desdeñosa lanzada a lo lejos, como si se le extraviara la visión de quien estuviera ante ella o le hablara. Estuve segura de no esperar su afecto ni desear la dulzura de sus sentimientos, después de aquel lejano día en el que murió Lumumba; después de ser la única en nuestra clase que no derramó una sola lágrima, mientras todas llorábamos o algunas gritábamos agitadas, especialmente al ver la foto de su mujer que se nos aparecía en los diarios, con el pecho desnudo y caminando entre sus niños con las dos tetas colgando hasta el ombligo (antes no habíamos visto nada parecido). Ese acontecimiento fue el que acabó su relación con nosotras, cuando continuó sentada tranquilamente en su banco a pesar de toda aquella tristeza, el ruido y las protestas a su alrededor, entregada a realizar los deberes de historia, prefiriendo eso a participar en nuestra indignación contra Tchumbee, el asesino traidor del que empezábamos a aborrecer la vileza de sus antepasados, criticados por la colonización causada al África negra donde vivía. Pasaron unos meses después de marzo, de la época del préstamo del cuarto de libra sin que me lo devolviera, hasta que pasó el curso escolar y emprendimos las vacaciones del verano. Al iniciarse el nuevo curso me dijo que me lo devolvería en la primera oportunidad y me hizo una declaración, que en ese momento me pareció importante, diciéndome que deseaba regalar, "a pesar de todo", algo a la esposa de su padre en el día de la madre. Intenté preguntarle algo más y simpatizar con ella después de ése "a pesar de todo", pero no añadió una palabra. Me dejó allí, yéndose a solucionar uno de sus asuntos en el patio, después de sacudir la cabeza y rehusar contestarme a cualquier otra pregunta. La seguí con la mirada mientras se alejaba y contemplé su obstinada y enigmática cabeza que no me fue posible perforar, ni descubrir nunca los pensamientos que daban vueltas en ella. Aquella cabeza coronada por un pelo negro y suave que era algo único, dócil y delicado brillando bajo el sol; porque se lo aclaraba después de cada lavado con agua mezclada con zumo de limón y le concedía toda esa belleza, tal y como nos dijo resumiendo el día que le preguntamos al respecto. Permanecí resentida contra ella a causa de la pérdida de mi dinero y no tuvo que pasar mucho tiempo para que mi indignación se convirtiera en pena y mi pena en arrepentimiento; pues, cerca del final del curso y antes de los exámenes, las ojeras negras se ausentaron de la clase. Finalmente, un día, se presentó ante nosotras la profesora de lengua para decirnos que no volveríamos a verla nunca porque hacia días que había muerto y que la Dirección de la escuela sólo había conocido la noticia de su muerte esas misma mañana. La conmoción fue brutal y a la incertidumbre de su relación con nosotras se unió la incertidumbre de la muerte que no la devolvería ni esperaría a desvelar sus secretos. Muchas de nosotras lloramos; y yo, más. La amargura y un incontenible sentimiento de humillación se apoderó de mí. La profesora de lengua nos informó que nuestra compañera había muerto al alba, cerca de su casa, después de ser atropellada por un coche que iba a toda velocidad. Entonces había estado fuera de su casa hasta el amanecer. ¿Qué clase de muchacha era? ¿Y qué clase de hogar era aquel que permitía a su hija, de la misma edad que nosotras y que no llegaba los catorce años, permanecer fuera hasta esa hora? La consternación nos sacudió a todas. Yo me sentía más violentada que las demás y a esto le añadía mi resentimiento, a pesar de su muerte; ya que ella no tenía necesidad del cuarto de libra, alguien que iba con el pelo suelto no era posible que tuviera necesidad de una cantidad de dinero tan insignificante. Mintió al decir que regalaría algo a la esposa de su padre y yo deseaba que estuviera viva de nuevo para ver cual sería la siguiente mentira de esa prostituta y de esa ladrona. ¡Qué enojada y miserable me sentía! Creí la historia de la esposa de su padre y permanecí más confiada esperando, cuando me dijo que me devolvería el dinero algún día, a la primera oportunidad. Traducción de Manuel Jiménez Lucena
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