Hisam Burqiya, pintor marroquí

No pasa nada

1999

relato

Preparó cada cosa. La ensalada con los rábanos, los tomates, el vinagre, el huevo duro, las salchichas fritas, las aceitunas de diferentes clases. El picante fuertemente rojo y ácido mezclado en el falafel, el pepino a rodajas sin semillas, el maíz salado, el queso amarillo troceado en cuadrados pequeños... Puso cada cosa en una fuente específica ... eligiendo los colores de las bandejas según lo que contenían... correspondiéndose entre ellas de tal modo que todo se repitiera dos veces... De esa manera prefirió las servilletas y las grandes copas de agua de colores y vasos pequeños antes de decidir mantener uno de los dos solamente. Lo distribuyó de manera que diera una idea de experiencia, gusto y amplio conocimiento en estos menesteres, sobre la redonda y amplia mesa de aluminio grabado. Retrocedió dos pasos, se restregó las manos con la sensación de que todo estaba perfecto. ¡No! Faltaba el cenicero, después recordó que la luz era más clara de lo necesario..... Pensó en las velas, entonces le pareció que sus consecuencias serían funestas, especialmente porque no comería mientras bebía algo. Encendió la lámpara de la esquina y echó sobre ella un pañuelo azul, otro rosa y otro rojo, se decidió por el rojo, -a pesar que era de un gusto clásico- se dijo, no se equivocaba al pensar que ella no se daría cuenta de las minucias. Preparó las cintas de música, graduadas según el estado de los sentimientos y la escala de la embriaguez, el ser es una balanza... Retrocedió otra vez y sus ojos se tranquilizaron: ¡Una cena oficial!

Entró en el baño. Miró su cara en el espejo del blanco y resplandeciente lavamanos, aumentó su tranquilidad, pasó su dedo índice por el párpado mientras se acercaba más al espejo bajo la luz amarilla del lavamanos. Se echó para atrás. Abrió el grifo. Se lavó los dientes. Se pasó los dedos por el pelo. Se frotó el rostro alargado con agua y por un momento lo escondió en la toalla. En el armario se cambió la camisa de seda verde y los calcetines blancos. Se abotonó la camisa mientras se miraba en el gran espejo sostenido en medio del armario con un grueso clavo amarillo. Movió la cara a derecha e izquierda y puso buena cara. Pegó sus ojos dentro del espejo mientras se daba media vuelta para verse desde un ángulo diferente el rostro y su aspecto. Esta vez le dio más confianza. Se perfumó. Miró el reloj. Lo frotó con un rápido movimiento del dedo pulgar. Regresó cerrando la luz del baño, del dormitorio y de la sala de estar. Sólo la lámpara permanecía vigilante en su sitio, esperando y haciendo invisible todo lo que no abarcara su luz. Su rostro estaba allí y su pequeño pecho. No cesaba de recordar su gran recital a pesar de que ella solamente se detuvo ante él un segundo en la calle Ayt Taslit, en la que, apenas supo su dirección, prometió venir persuadida de que era un hombre tímido.

Cuando tocó la puerta con un golpe leve y desconcertado, auqnue pasaban ya unos minutos de la hora de cita, estaba convencido de que ella vendría.

Entre, por favor. Y fue tras ella en la sala surcando la escondida fragancia que iba detrás de su chilaba carmesí...



Traducción de Manuel Jiménez Lucena



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