Galib Halsa, escritor palestinoLyzafragmento-Galib, ¿así que escribirás algo sobre mí en tu novela? ¿No es así? -añadió en árabe para después continuar en inglés y riéndose. -¿No es maravilloso? Seré alguien importante. Sin embargo, ¿qué es posible escribir sobre la pobre Lyza? Y a propósito, ¿se escriben novelas actualmente porque se de vueltas con papel y bolígrafo entre la gente, pidiéndoles que cuenten la historia de su vida? ¿Dónde queda la imaginación, entonces? ¡Qué horror! -gritó. -¡Debería darte vergüenza llevar así tus papeles...! -Sin bromas, Lyza. Tienes toda la razón. -dije. Por cierto, tienes los ojos muy enrojecidos. -¿Mis ojos? Se acarició el rostro con la punta de sus dedos con, tal vez, cierta sensualidad, y repuso: -¿Cuánto tiempo más seguirá este viento jamasin, tan cálido y seco. En todo caso, ya he cogido cita con el oftalmólogo... Dejemos mis ojos. Me olvido de ellos hasta que alguien me los recuerda... ¿Hablabas acerca de la imaginación o de algo parecido...? -¿La imaginación? ¿Qué imaginación? -La imaginación y las novelas... -La imaginación... bien... Decía que tienes razón. No sé de dónde sale la imaginación. Son pequeñas cosas que se acumulan esperando ser asociadas, llegar a ser una unidad con significado propio. Pero no ocurre nada. Yo me digo, reflexiona, deja que las cosas maduren, deja que la inconsciencia se de su tiempo. Cada cosa permanece como lo que es, de complicada cohesión, separada... Imagínate a un policía que reúne los testigos y las pruebas, pero que es incapaz de formarse una imagen clara del delito y los delincuentes... -¿No es excitante? -dijo Lyza. Era evidente que seguía mis palabras. -Eso -dije- confirma la naturaleza que posee. Eso significa para mí, la predisposición a la muerte. El rostro de Lyza se aproximó al mío: -Las cosas son, hasta ese punto, un inconveniente. -No sé, son cosas fortuitas que desaparecen. -Eso espero, eso espero. -respondió con dignidad. De hecho estaba preocupada. En aquel momento entró la joven danesa que vivía en la misma pensión, nos saludó y se sentó. Intenté desviar el pensamiento de Lyza del objeto de mis quejas que parecían absorberla y dije: -¿Por qué no te vistes para salir? El rostro de Lyza se oscureció y contestó con voz quejumbrosa: -Tu... ¿tu pretendes molestarme? -¿Qué pasa Lyza? ¿Ocurre algo? -¿Es que estás ciego? La joven danesa que se sentaba con las espalda inclinada en la alta silla de madera dijo: -Ese vestido de moda, el de las tardes. La simpatía hacia la joven fue lo que impidió a Lyza continuar su juego. A pesar de que no sobrepasaba los veinte años, tenía una cara y una expresión de vieja tonta. Cuando hablaba, abría los ojos desmesuradamente como si se esforzara en tragar algo y atraía los labios al interior de la boca. Farida, que ése era su nombre, agarraba un libro y tenía los dedos dentro: -¿Qué lees, Farida? -le soltó Lyza. Nos enseñó la cubierta del libro en la que se veía la foto de una mujer con los ojos abiertos de susto. -Es un libro en inglés -contestó mostrando aún el libro ante nosotros -que trata cómo el ser humano, es decir las personas, las personas de hoy en día, son capaces de solucionar sus problemas personales sin ayuda de un psiquiatra. Lyza tartamudeó y mientras bajaba los ojos se le velaron por una seriedad extrema y por la tristeza. -¡Las cosas mezquinas! ¿Por qué no sales a respirar un poco de aire puro, Farida? -añadió en voz alta. La joven pareció bloquearse. Sus ojos saltones se desplazaron asustados entre nosotros diciendo: -¡Ésto demuestra...! Lyza, verdaderamente asombrada, cerrando los ojos desconcertada repuso: -¡¿Demuestra qué, Farida?! Pareció que los ojos de Farida se dispersaban como si se le fueran a salir de las órbitas y el iris se le empezó a desplazar veloz de un lado a otro; atrajo después los labios dentro de la boca como una anciana astuta: -¡Oh! muchas cosas, muchas cosas... Traducción de Manuel Jiménez Lucena
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