Gassan Kanafani, escritor palestinoEl camino hacia un traidor1957relatoLo vimos por primera vez sentado en una de aquellas chozas dispersas a lo largo de la carretera del desierto entre Bagdad y Al Mafraq. El viajero que, en un pequeño coche procedente de Kuwait, pasara por Basora y Bagdad, se dirigiera a través del gran desierto hasta la estación fronteriza de Al Utshfur, en Jordania y desde allí a su capital, podía descansar durante el trayecto en alguna de ellas; donde se le ofrecía té negro, algún dulce tradicional y la sonrisa hospitalaria del beduino que la había construido... En una de aquellas chozas encontramos por vez primera a Mahmud, del cual no me fue posible conocer sus apellidos. Yo compartía con un colega su pequeño vehículo, de vuelta a Damasco y buscamos refugio pasada la media noche en una choza. Nos salieron al encuentro unos perros feroces, con ladridos roncos. Un beduino alto salió inmediatamente llevando en su mano una pequeña linterna y nos rogó que nos sentáramos en un altillo de madera y esperásemos el té... El desierto se extendía frente a nosotros extenso y silencioso, iluminado suave y ligeramente por la luna... El aire frío pasaba a través de la choza y daba a la atmósfera un carácter sagrado. No me sentía con deseos de hablar ni de escuchar, solamente quería mirar. A pesar de la felicidad que sentía oí una voz que venía de la habitación de enfrente: -Sólo falta ahora la voz de Fayruz... No dudé de que quien hablaba era el chófer del gran Diesel aparcado junto a la choza y que no era diferente a la mayoría de conductores de Diesel que había visto antes y que trabajaban transportando verduras hasta Ryad y Kuwait... Estaba sentado en el altillo con las rodillas levantadas hasta la barbilla mirando en calma sobre ellas hacia el amplio desierto... Era fuerte y corpulento, sus músculos parecían firmes bajo la sucia y grasienta camisa azul y hasta podría saber sin necesidad de verlo que el pelo áspero le cubría el mentón y las mejillas, porque al menos no se afeitaba desde hacía dos días... Su compañero estaba sentado también a su lado, como los fantasmas... mirando el desierto. Aunque no mostré deseos de conversar, la voz volvió a decir: -Fayruz... ¡Que voz tan clara!... Dime, hermano... ¿Eres de Siria?... Yo conozco Siria... Es un país hermoso... -Sí... es hermoso... -le respondí amablemente mientras giraba mi rostro hacia él- ¿Tu eres el conductor de ese camión? -No... Yo soy el asistente... o el viajero... Soy el asistente cuando llegamos a algún punto de la frontera y digo que soy el viajero cuando tengo la libertad de decir lo que sea... Enseguida me di cuenta de que estaba ante una persona insólita, de las que abundan en estos extraños lugares y me preparé para oír un relato maravilloso, a pesar de que yo no le había dado la oportunidad de contármelo... -¿Por qué no bebes el té caliente?... No eres un viajero práctico... Bébetelo, te dará el calor suficiente para llegar a Al Utshfur... ¿Vas hacia allí? Sentí que me inducía a hablar y respondí secamente: -Sí. -Yo no... Yo voy ha Lidda... ¿Has oído hablar de Lidda? El rey Abd Allah se la vendió a los judíos... Sí... Yo voy a Lidda... Aunque... compartiremos el camino hacia al Mafraq, después nos separaremos. Yo hacia Lidda y vosotros... Mi compañero dijo mientras él se enderezaba en el asiento: -¿Hasta Lidda? -Quiero ir a Lidda para matar a una persona... Después volveré a Kuwait. Le mataré con una Mauser que hay enterrada en el cementerio. La guardé antes de salir, de verdad... La guardé y no pensé que un día la utilizaría por un noble motivo... -¿A quien quieres matar? -le pregunté. -A mi hermano... Y se quedó en silencio... Volvió a apoyar la espalda. El beduino de pie y a punto de entrar en la choza, dio unas vueltas mirándole. Un pequeño y contenido grito escapó de mi compañero y los dos dijeron al mismo tiempo: -¿A tu hermano? -Sí. Volvió a quedar en silencio y después dijo tranquilamente: -Es un traidor... Trabaja por cuenta de los judíos. Así nos lo han dicho. Nosotros les respondimos que de algo tenía que vivir... Nos volvieron a preguntar que si no encontraba otra manera?... Es libre, dijimos. Pero ahora el asunto es totalmente diferente... -¿Qué ha hecho? -Hace unas semanas presentó una denuncia a los judíos, contra sus sobrinos, porque hacían unos trabajillos por allí... Los denunció y los encarcelaron.... Ese día decidí que iría y le mataría... Aunque intentando ser justo he estado pensando un poco... -¿En qué? Y antes de que respondiera, el beduino de pié junto a la puerta le dijo con voz ronca: -¿Y por qué no le matan sus sobrinos? -Ellos no saben que es un traidor... Solamente yo lo sé... Os dije que lo he pensado un poco queriendo ser justo... La verdad es que nuestra madre lo quiere mucho. Deberíais ver cómo quiere la anciana al más pequeño de sus hijos, sobre todo después de la muerte de su marido... Temía que al matarle, la tristeza la mataría también a ella... Yo quería a mi madre... debemos respetar a los ancianos... En cualquier caso... el problema se resolvió de forma inesperada... El destino se interpuso para terminar con la comedia... Mi madre se murió hace una semana... Y su muerte me ha alegrado más de lo que me ha entristecido... Dios sabe cómo actuar. De nuevo se calló... Sentía ganas de oír el resto. El beduino echó a correr detrás de los perros arrojándoles piedras. Esperó a que dejaran de ladrar y volvió rápidamente quedándose apoyado de pie en la puerta. -Una bala... y se acabó el traidor. Toda mi esperanza es llegar a Lidda antes de que me cojan los judíos. Infiltrarse es el más difícil de los asuntos y el más fácil al mismo tiempo... Dicho esto, se levantó y se dirigió al coche, seguido por su silencioso compañero. Al llegar a la puerta de dio la vuelta hacia nosotros diciendo en voz alta: -Estuve a punto de regresar antes de salir de Palestina pero la guerra me lo impidió. La diferencia entre vosotros y yo es que vosotros lleváis un documento, un certificado y de ahí que halláis decidido poneros los abrigos y las corbatas... Adiós. Subió al coche y el motor resonó estrepitosamente. Seguimos con la mirada las luces rojas hasta que se fundieron con las sombras. El beduino continuaba de pie en la puerta. -Asombroso -dijo. Y añadió preguntándome amablemente: -Si nuestra obligación es que llegue, ¿cómo regresará? -El que entra es capaz de salir, es una especie de juego de azar. -¿Cómo es posible matar a alguien que es tu hermano y ver su sangre mientras se derrama? -No es necesario ver la sangre después de matar a alguien, lo importante es empezar a matarlo... -Un criminal... -O un santo... Mi compañero se fue hacia el coche dejando al beduino solo y diciendo: -Me parece que es un charlatán mentiroso.... La segunda vez que lo vimos fue en la frontera de Jordania, hablando de pie con su chófer. Su bienvenida me animó a preguntarle: -¿Volverás a Kuwait si el plan tiene éxito? Me observó asombrado con atención y preguntó: -¿Si el plan tiene éxito? -Sí... el plan de infiltrarse en los territorios ocupados... Y sacudiendo la cabeza dijo con una sonrisa: -Amigo, ¿no has oído lo que ocurre por aquí, en Jordania? Ahora no puedo entrar en Jordania... ¿Por qué...? Porque yo fuí un anarquista cuando Abu Hanik gobernaba Jordania.... Registraban los nombres de aquellos anarquistas cada vez que Abu Hanik se le ocurría un nuevo plan. Esta vez Abu Hanik lleva un vestido de Majestad. -Entonces... ¿qué harás? Y mientras señalaba al horizonte contestó: -Primero me infiltraré en Jordania. Traducción de Manuel Jiménez Lucena
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