sona' allah ibrahim, escritor egipciocanciones al anochecer1963fragmento....La oscuridad ya lo envolvía todo. La luz de la lámpara de la sala iluminaba una parte del balcón, pero mi padre estaba sentado en la penumbra. Me detuve en el umbral observándole. En seguida noté la brisa. Su rostro estaba tranquilo y relajado, su expresión era dulce y distraída. Cansado me senté con él en silencio, que seguía absorto en su contemplación. De vez en cuando sus ojos reposaban en alguna ventana iluminada frente a nosotros persiguiendo lo que pudiera verse y tragando las deliciosas bocanadas del humo de su cigarro. Escuché movimientos en la sala. Mi hermana venía de la casa de Umm Zakya. Mi padre la abrazó y la colocó sobre sus piernas. Ella le dijo que quería dormir. La hizo bajar y levantándose, la acompañó adentro. Volvió al poco rato y cogió la vasija de agua que habíamos puesto en el muro del balcón para que se refrescase, le quitó la tapa y bebió con un ruido cadencioso. A mis oídos llegaba la radio en casa de Umm Zakya. Me levanté y dije: -Me voy a dormir. Hasta mañana, papá. Mi padre había vuelto a sentarse. Me acerqué e inclinándome le besé en la frente: -Que descanses –me dijo. Atravesé la pequeña sala donde no había más que una mecedora con el relleno desgarrado por el uso y un gran reloj de pared. Entré en nuestro cuarto y hallé a mi hermana inmersa en el sueño, acostada de espaldas, con sus largos cabellos esparcidos alrededor de la cabeza, un brazo echado hacia arriba y el otro sobre su cuerpo. Alargué la mano, apagué la luz y me eché en la cama. Desde la pequeña ventana sopló en mi rostro un poco de aire y entorné los ojos. Me gustaba coger el sueño en la oscuridad, con la ventana abierta y con el sonido de la radio procedente del piso de Umm Zakya cuya ventana estaba a lado de la nuestra. Umm Zakya sólo encendía la radio cuando sus hijos ya dormían y se sentaba a esperar a su marido. Era éste un hombre moreno y tímido, bizco, al que apenas conocíamos pues se pasaba el día fuera. Una vez mi padre dijo estar asombrado del mucho dinero que reunían entre los dos. La voz procedente de la radio se oía con claridad desde las ventanas abiertas, mientras escuchaba con placer canciones de Umm Kultum, sin saber de qué hablaban. No eran tampoco palabras que se entendieran bien, como ocurría siempre con Abd al Wahab, Muhammad Amin y Farid al Atrash, pero sólo me interesaban por la música. Mis ojos se abrieron lentamente y se posaron en la ventana. El cielo estaba cerca, al alcance de la mano; las estrellas se movían ligeramente, algunas de ellas en desorden. La radio enmudeció de repente y se produjo una agitación en el piso de al lado. Supe que Abu Zakya había vuelto. La voz de su mujer se oyó cerca para alejarse después. El hornillo de petróleo resonó imperceptible y luego se apagó. La cuchara golpeó en el plato. Las palabras de la mujer retumbaban serenamente desde en la noche tranquila. Cerré los ojos. Aquello ocurría todos los días. Seguí los ruidos del apartamento vecino. Me gustaban tanto esos sonidos que me dormía escuchándolos. Pero no pude dormir. De repente me aturdió el largo e intermitente sonido de una sirena y abrí los ojos por completo. Era la sirena de alarma a la que traté de oír con alegría y placer. Mi hermana se despertó asustada y mi padre me llamó tropezando en la oscuridad mientras encendía la luz de la sala. -Estoy aquí, papá –dije. Y agarrando la mano de mi hermana añadí: -No tengas miedo. Bajamos de la cama y nos dirigimos hacia la claridad de la puerta. Vislumbré a mi padre en las sombras que extendía sus brazos y nos abrazaba. Nos asomamos al balcón. La actividad reinaba en el vecindario. Las luces de las viviendas se encendían con presteza y en la oscuridad se apreciaban las voces de la gente apresurándose a ponerse cubierto en los refugios. Levanté mi cabeza hacia mi padre y le pregunté: -¿No vamos a ir al refugio? Le vi sonreír a través de las sombras con sus ojos claros y respondió: -¿A qué refugio? ¡Que Dios te ayude! Elevó la cabeza al cielo confirmándolo con su dedo mientras yo seguía el movimiento de su dedo con los ojos. Allí había miles de estrellas acercándose. Nuestra casa estaba en la última planta y sólo el tejado encima. La sirena se detuvo por fin y reinó en toda la tierra una calma total. Oí el murmullo del aire en la chilaba de mi padre quien nos llevó adentro. Nos movimos con cuidado hasta distinguir el camino hacia la habitación interior y nos sentamos en la cama. Mi padre fue hacia la pequeña ventana y la cerró. Después lo pensó un poco y volvió a abrirla diciendo: -Es mejor, el vidrio se rompería. -¿Y caería aquí? –le pregunté. -Si cayera una bomba cerca, la explosión lo rompería. -Quien sabe… es posible que nos caiga encima. -No tengas miedo. No caerá –respondió. Con inquietud, me acerqué a la ventana y extendí la mano para apoyarme en el borde. Nada más asomar un poco la cabeza, lancé una mirada sobre la ventana a oscuras de Umm Zaqya. Miré el cielo. Todo estaba tranquilo. -¡Mira, papá! –grité de pronto. Los reflectores habían aparecido en el cielo. Mi hermana se precipitó a mirar junto a mí y mi padre la levantó por las axilas para que le fuera posible ver. Los reflectores daban vueltas como buscando algo de manera febril. Dos de ellos se detuvieron en un punto del espacio: -Han atrapado un avión –dijo mi padre. Pero añadió enseguida: -¡Uf! Se ha escapado. Los reflectores se movieron de nuevo y finalmente se apagaron. -¿Dónde van? –pregunté El sonido de una explosión sonó imperceptible a lo lejos. Sentí la mano de mi padre sujetando mi hombro con fuerza y cómo se agitaba su chilaba junto a mi cabeza. Comprendí que mi hermana le daba tirones. -Vámonos de aquí, es mejor –dijo mi padre. Quitó la manta de encima de la cama y se la dobló sobre las rodillas, se arrastró debajo de la cama, la desplegó en el pavimento y pidió que nos juntáramos. Tan pronto mi hermana y yo estuvimos debajo, él se arrodilló inclinándose sin tocar la cama con la cabeza y nos encogimos abrazados a su lado. Mi hermana y yo reíamos. No veíamos su rostro en la oscuridad y le oímos decir: -Si justo ahora cae una bomba, quedarán atrapados los que estén en el refugio y a nosotros no nos pasará nada. A ellos los dejará hechos papilla. Estaba impaciente por ver lo que pasaba arriba y me desplacé hacía el lado de la cama más próximo a la ventana. Saqué la cabeza alzándola para ver un trozo del cielo y esperé. Había grandes estrellas. Me fijé en cada una para asegurarme de que no se movían y no tardé en temblar de júbilo. Una gran estrella se movía y me di cuenta que era un avión judío. No quise decir nada hasta que mi padre me impidió mirar y el avión pasó despacio y vigilante. Numerosos reflectores aparecieron de repente. Se abrazaron y se cruzaron para después separarse. Subían y bajaban en torno al avión que quiso cambiar de trayectoria. Cerré y abrí los ojos para ver bien. Los reflectores batieron el cielo. Mi padre susurró: -¡Tú! Vuelve donde estabas. ¡Ven aquí! Volví a su lado, nos pegamos uno junto al otro y esperamos en completo silencio. Un zumbido lejano fue avanzando y me pareció que venía desde cuatro puntos diferentes. Por vez primera sentí miedo. El eco se detuvo de pronto y muy cerca sonaron unas explosiones. Me estreché a mi padre quien me atrajo hacia sí con fuerza. Mi hermana se puso a llorar. Se sucedieron otra serie de violentas explosiones y entonces decidió arrastrarse hacia fuera tirando de nosotros que le seguimos sin decir nada. Nos llevó a la oscuridad de la sala; y de allí, a la puerta del piso prohibiéndome que bajáramos al refugio. No la abrió sino que se dirigió al retrete. La llave soltaba un pequeño hilo de agua, se recogió la chilaba y se inclinó para cerrarla. Sacó una caja de cerillas del bolsillo, encendió un fósforo e iluminó el retrete. Apareció el agujero redondo con la forma de las dos huellas para los pies que sobresalían en medio de una base elevada de piedra. Levantó la cerilla y se subió allí. Se giró hacia nosotros y apoyó su espalda en la pared afianzando los pies en las dos huellas del agujero... Cárcel de Al Muhariq (al Wahat al Jarya) 1963 Traducción de Manuel Jiménez Lucena
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