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Adiós mi viejo estadio

Bernardino Rodríguez C.

 
         

                                              

La primera vez que ingresé a un estadio, fue ayudado de la mano de mi padre en Mollendo.

Mi recuerdo es borroso. No guardo imagen  siquiera del campo de juego, creo que ni lo vi.  Solo me atrajo una casa de madera. Bueno eso es lo que me pareció una tribuna de dos niveles;  gente sentada arriba y de pie abajo. Parecían todos unos locos, de pronto  gritaban, a veces alegres y a veces enojados.

Esto me asustó y solo quería irme; sin duda puse en complicaciones a papá.

Unos años más tarde, ya estudiante primarioso, regresé allí llevado por mi cuñado. Todo estaba diferente. Tenía otra tribuna que me pareció fantástica porque sobre el  techo de calamina flameaban unas lindas banderitas con los colores de los clubes. Debajo de los graderíos, estaban los camarines que tenían muchas duchas. Qué fabuloso.     

Lo mejor estaba más allá. Un hermoso campo verde, con líneas blancas bien trazadas y al otro extremo un graderío de unos cuatro peldaños de cemento que yo, peloterito de calle y playa,  juraba era ultramoderna.

Me resultaba incomprensible que unos hombres estuviesen  sentados en la parte alta de los toscos muros de la zona norte, habiendo tanto espacio vacío en la tribuna. Mi cuñado me dijo que aquellos  eran  “pavos” y, obvio, necesité explicación adicional (¿Por qué les dicen pavos?).

A los jugadores los creía dotados de una fuerza semejante a la de Superman. Por admirarlos dejaba de seguir la pelota, que por entonces era un cuero redondo made in en Mollendo donde el zapatero Luna,  con una boca por donde se le introducía una desinflada bola de jebe.  Ya en su interior, había que llenarla de aire en el grifo de Quea y amarrar la boca con unos pasadores de cuero.

Era común que los futbolistas usen gorra o una malla sobre la cabeza y estaba creído hasta hace poco que era una moda de aquellos tiempos. Pero hace poco nomás me explicó un anciano ex crack que era por protección. Si venía un fuerte disparo y si al querer despeja con la cabeza le tocaba la parte de los pasadores, era como sacarse el premio mayor porque era fija rotura de la cabeza. Por eso la gorrita, amortiguar el impacto con los benditos pasadores.

En la  década del 50 los árbitros todavía  no vestían uniforme, al menos en el estadio de mi pueblo Lo incomprensible para mí en mis escasos años de edad, era que vez que uno de estos tocaba el pito,  le llovía insultos y hasta  mentadas de madre incluso. No podía entenderlo. Bueno, admito que hoy sigo sin entender. Los nombres de aquellos “referís” me sonaban raros: “mascarrieles”, “camote”, “hilacha”. Con ellos por maestros dominicales, aprendí las reglas del juego de este deporte tan popular.

Escuchando en el bar de mi padre las discusiones de los aficionados al fútbol y también al trago por supuesto, pude atar cabos. La vez que el empleadito doméstico  de la casa me llevó a ver un juego de pelota detrás del viejo hospital de madera y calamina, lo que presencié fue el torneo local en improvisado escenario mientras remozaban el estadio. Los habitúes a mi cantina decían, usando otros términos, que fue un ardid de Eitel Ampuero, presidente de la liga deportiva. Repentinamente metió un tractor a la cancha para iniciar los trabajos, justo cuando el Marítimo de sus amores estaba a punto de perder la categoría.

Mi generación vibró con los “clásicos del puerto” que enfrentaban al América y el Marítimo. Eran los clubes más populares,  creo yo. El primero tenía más adictos en la empleocracia local. El segundo, con casaquilla semejante al Alianza Lima, era genuino representante de la mayoría de los obreros de los muelles. Un tercer tiempo se jugaban ya por la noche y sin pelota en el “Caimán”, el “San Martín” o el “Acapulco” a trompadas y botellazos.

En aquellos tiempos el Inclán, el equipo representativo del barrio más populoso, fue campeón tres años consecutivos. Sus once jugadores, entre los que estaban  Mario Chávez (el arquero cantor) el “pique” (¿Pinto?) , “Machingo”, “Gordo gordo” Begazo, “el chuso” Montoya, el “cholo” Valdez, integraron la selección de Mollendo en un cotejo frente al Mariscal Sucre de Rodolfo Bazán y Julio Tardío. Como el seleccionado local no tenía uniforme, jugaron con las de su club. Ganó el equipo local 1-0. Los jugadores “campas” recibieron el trofeo, dieron hurras por Mollendo  y a lo macho se  lo llevaron para la vitrina de su club.  

Puede ser que el golazo del “chuncho” Núñez del Marítimo, ya en la década del sesenta, sea el tanto más espectacular logrado en el estadio mollendino. Era  un cuadrangular “inter city”, como le llamaban entonces, que sirvió para inaugurar el alumbrado nocturno. Como la luz artificial resultó pobre, la final entre los marítimos y el White Star de Arequipa se jugó de tarde. Fue un soberbio disparo casi desde la media cancha, un poco en diagonal y curvo porque el balón vino desde el lado donde está la tribuna “general”. El viento que a veces suele soplar con fuerza de sur a norte debe haber puesto su parte, pero el cañonazo vino alto, parecía que se iba afuera pero a la vez que perdía altura fue haciendo una curva hasta llegar a las mallas. Lo colgó al arquero characato. Qué emoción. 

No he visto hasta hoy jugador más multifacético que el “mono” Arturo Nicoli. Era figura en todas las ubicaciones bajo la casaquilla del FBC Nacional, comenzando por el puesto de arquero. El dribling del “chepo” García era proverbial. De él decía la maledicencia callejera, que sino estaba bebido los muñecos lo traicionaban en la cancha. No se debe molestar, de Alberto Terry decían lo mismo y fue grande.

Juraba en mi condición de chiquillo que Jaime Diaz, que llegó a la selección de Arequipa, era el mejor arquero nacido en esta tierra mía. Chiquillo aún, admiraba al “arbolito” y con tocarlo me sentía orgulloso. Qué tales tapadas. Hoy en día que es mi pata del alma, no me atrevo a sostener lo mismo, porque en mis años maduros  entiendo que el “Máspoli” Rodriguez, de quien decían los que no saben de fútbol que era “lechero”, en realidad tenía tan extraordinaria ubicación que las bolas parecían buscarlo. Geometría dentro del área, no hay nada que hacer. Lo recuerdo agazapado siguiendo la jugada frente a su arco, siempre con un brazo y dirigiendo a viva voz su defensa. Y, bueno, si volar era necesario era espectacular. 

Viendo a estos gigantes, no era fácil entender a los mayores cuando decían que nadie fue mejor que el “mosquito” Tadeo Moscoso. Después por periodista supe que fue refuerzo obligado de Arequipa en cotejos con cuadros de Lima. Le bloqueó una vez un disparo a Lolo. Nada menos. A quien más veces reforzó fue a la Aurora del industrial del cuero Pedro P. Díaz.  Fue figura en el subcampeonato nacional obtenido por Mollendo en Lima. Decían que asombraba bajo los maderos, en una época en que la carga de los delanteros era violenta. Lo conocí ya maduro en su bar de la playa (“Aquí está Tadeo”) o en el mercado, de compras para su restaurante. Era un hombre colorado de pelo cano, gigantón y de barrigón. Claro, reflexiono hoy en día, con semejante ropero bien podía salir a enfrentarse contra los rudos atacantes. Si hasta las cervezas parecían “coca colas” chicas en medio de semejantes manos.

No alcancé a ver a Faustino Delgado, el gran “jatín”,  que se fue a servir a la Armada y luego, ya en Lima, brilló en el Tabaco, Cristal y la selección nacional. Tampoco a Víctor Montoya, más tarde en el Atlético Chalaco.  Pero sí al “churra” Edilberto Diaz que después militó en el Sport Boys del Callao. Tambeño él, como muchos de los jugadores del valle, tenía una patada de mula. Vez hubo que hizo rebotar con estrépito el balón en el muro norte del estadio.

En aquel tiempo se vivía en el litoral peruano una inusitada fiebre por la anchoveta. Frente a Mollendo era clásico ver sobre el mar gran cantidad de bolicheras en permanente labor de extracción. Camino a Matarani existían hasta tres plantas que recibían millones de estos pececillos, lo hacían harina y aceite y exportaban el producto con grandes ingresos de divisas. Era una industria de mal aliento, pero felizmente el fétido olor se llevaba el viento para el norte, mientras que la bonanza económica soplaba hacia Mollendo.

El dinero corría fluidamente en la población. Casi no había calle sin cantina y para todas había clientela. Las roncolas, la novedad de entonces, dejaban escuchar a Carmencito Lara, Lucho Barrios, Los Embajadores. En el estadio muchos aficionados cruzaban apuestas y los jugadores llamados “amateurs”, empezaron a recibir dinero por sus servicios como futbolistas.

La mayoría admiraba como promesa, al “choclo” Nieto, un chiquillo medio campista cerebral del Boca. Nadie, esa es la verdad, aunque ahora han aparecido “descubridores”,  advirtió que en el Nacional FBC había un tímido jovencito cegatón,  con pinta de pituquito, que corría por la punta zurda y desbordaba con habilidad aunque un poco correlocinto a las patadas. Le llamaban “cachito”, apelativo que viene de casa, muchas veces sin saber su nombre correcto: Juan Carlos Oblitas.

Para mí que la figura emblemática del fútbol porteño de mi tiempo  fue el “chueco” Tapia. Impasable en la zaga con su certera carretilla. Una tarde  secó y exasperó al “loco” Juan Seminario del Muni. Era el gran capitán de los seleccionados locales en los memorables duelos por la Copa “Comercio” contra la selección celeste de Arequipa  ¡Qué duelos!

En ese estadio miré como si fueran semidioses a Dimas Zegarra y al “chino” Ruiz, la “lora” Gutierrez. Hincha de la “U”, como soy, recién allí supe que el uniforme era crema.  Por culpa de los periódicos impresos solo en blanco y negro, estaba creído que era blanco. Vi después al gran golero paraguayo, Adolfo Riquelme del Atlético Chalaco. A Julio Meléndez del Boys, Grimaldo de Alianza, un enano que armaba juego como los dioses y que inexplicablemente ganaba en salto a los demás y a un Valeriano López jadeante y decadente jugando por el Mariscal Castilla. Cuando pisó el gras local, ya había despilfarrado la fortuna que ganó en Colombia fumándose billetes de 100 soles y divirtiéndose en los burdeles del Callao.

La bonanza económica de aquellos años, daba para tener algunas veces fútbol internacional a mitad de semana, cuando uno de esos equipos de otras latitudes llegaba a jugar el domingo anterior a Arequipa. Mollendo entero paraba aquellas tardes de fútbol. Centros de trabajo y escuelas daban asueto. Cómo olvidar el aderezo previo que tenía el espectáculo con las correrías de los pocos policías de la comisaría local, tratando de evitar que los chiquillos ingresen gratuitamente al coliseo deportivo trepando los viejos y deleznables muros. Nos sentíamos mismos héroes porque el público destejaba la viveza de los muchachitos. Así vimos a Chacarita Juniors de Argentina y el Bonsuceso (no se si está bien escrito) de Brasil.

La nota dramática ocurrió con Alianza Lima. Venían sus jugadores en automóviles procedentes de Arequipa, cuando uno de los vehículos volcó en la carretera. Varios jugadores resultaron heridos, felizmente sin consecuencias mayores. Fue un accidente, como es de suponer, con fuerte repercusión noticiosa nacional. El nombre de Mollendo estaba en todas las portadas deportivas de los diarios.

Un estadio lleno en una tarde de cielo gris y tenue llovizna, ovacionó largamente y de pie al gran Nicolás Fuentes, mollendino, cuando el comandante Aureliano Navarrete, alcalde provincial, lo condecoró en el centro del campo. Dos hermosas niñas  lo besaron y le obsequiaron flores. El crack de la selección nacional, besado por las ninfas tenía una acobardada sonrisa. Corrió luego del centro del campo hacia el público de preferencia y éste a palma batiente se puso de pie. Entonces el excelente zaguero de los seleccionados nacionales, en un gesto hermoso por lo expresivo, ante la multitud de sus paisanos besó su medalla. Todo lo había dicho.  

Ya periodista joven, una tarde sentado en esos graderíos de madera, escuché un gran relato a don Bernabé Ponce. De paso a Uruguay llegó en vapor la selección de ese país. Volvían con un título mundial. Saltaron a tierra y jugaron una pichanguita con un combinado local que nuestro viejo amigo integró. Ganaba Mollendo cuando el técnico uruguayo paró el juego. Le habían hecho a Uruguay el gol que nadie pudo hacerle en la justa mundial. Uno de ellos le pidió el botín al autor de la conquista, entonces de puentes,  y se lo llevó.

Nos refirió nuestro anciano amigo, que él en una jugada tiró abajo nada menos que al gran Nazasi, estrella mundial. Asustado y cariacontecido por la forma aparatosa como cayó el gran crack, manos atrás se acercó donde él, mientras este se desempolvaba del porrazo.

 

-Perdón maestro. Yo soy un profano al jugar así contra usted.

-¿Eh? ¿Pero qué decís muchacho? El fútbol es cosa de hombres.

 

Sobre ese mismo espacio de terreno donde hay tanta historia no contada, Mollendo tendrá pronto culminado su moderno estadio. Se lo merece. Es una obra que ubica a nuestra ciudad dentro de la prestancia que por derecho le corresponde y que a sus hijos nos enorgullece. Pero a los mayores nos quedará en la retina por siempre las imágenes de aquel escenario donde a temprana edad vibró nuestro corazón.

Rincón de penas y alegrías colectivas. Escenario donde el pueblo desfoga cada domingo su no desmentido coraje, quizás hubiera sido más acertado levantar el nuevo coliseo deportivo en otro lugar para así tener dos: el viejo y el nuevo. Pero tal vez muchos no hubiésemos soportado la afrenta de ver aquel donde quedaron nuestras tempranas emociones, postergado a una segunda condición. 

 Mejor es así. El cemento del nuevo estadio, además, no apagará el bullicio de ayer. La nueva gramilla no borrará las huellas de gladiadores del deporte de otros tiempos, cuyo recuento y proezas es necesario escribir en bronce en las nuevas paredes.  Cuando así sea, resaltará sin duda que Mollendo tiene el particular honor de haber recibido el fútbol directo de Inglaterra y no desde Lima y Callao, como ocurrió con casi todos los pueblos del interior del país.

La pelota vino por mar en humeante barco a carbón. Desembarcó en los muelles a través del “donque” y  rodó por la arena playera pateada por gringos extraños. Los ingleses la  llevaron a Arequipa en tren y también  por los rieles  se extendió el nuevo juego por el resto del sur. Los nativos mollendinos, más bien, la llevaron de la playa a un  canchón en la calle de las huertas, donde hoy se erige la obra en construcción del moderno estadio.

De esos lejanos tiempos, de comienzos del siglo XX, datan los inicios de este escenario que en estos días amanece a una nueva etapa. Dicen que antaño los equipos de los clubes que iban a confrontar se congregaban en la plaza pública. Y todos, encabezados por banda de música y estandartes, subían marchando a este lugar que entonces quedaba fuera de la ciudad. Era un espacio de tierra en declive y con unos endebles arcos de palo.  

Así vivieron el balompié nuestros antepasados en esa cancha hoy ya con tanta tradición. Vengan a ella las nuevas generaciones a darle brillo al deporte rey y dejen a la nuestra con la legítima nostalgia de tiempos del ayer.

  

                                          Lima, 5 de abril del 2007

 

 
             

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