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El
trabajo del barro se encuentra en el principio de la historia de todos
los pueblos. La relación primera del hombre con la arcilla, el
agua y el fuego es clara y fácil, y encierra al mismo tiempo algo
de mágico en la transformación, algo de simbólico
en la creación de formas. Tras ese primer paso, común a
casi todos, algunos lugares han permanecido unidos de tal manera a los
trabajos alfareros que los han convertido en eje de su historia y en seña
de su identidad. Asi Talavera de la Reina, que, desde su sitúación,
a orillas del rio Tajo, en la provincia de Toledo, como lugar de paso
de cortes y viajeros, fue creciendo, sin encerrarse en si misma, desde
una tradición de siglos en el trabajo cerámico. Casi desde
el principio, la utilidad del trabajo del barro se unió a la búsqueda
de belleza y armonía también en los objetos que rodeaban
al hombre en su vida cotidiana. Desde este doble carácter, de utilidad
y de sentido estético, se desarrolla la historia de esta cerámica.
Del paso de antiguos pueblos que la habitaron vetones, romanos, árabes,
visigodos... quedan los testimonios de labores alfareras que constituyen
una tradición no interrumpida, un saber heredado que aún
hoy se mantiene vivo. Después, los siglos XVI y XVII vieron su
periodo de mayor esplendor.
Sin duda la de Talavera fue la cerámica del Siglo de Oro. Su Ingente
producción, el gran número de alfares, de alfareros y pintores
cerámicos se constituyeron en difusores de los numerosos motivos
ornamentales que, desde Italia, marcarían el arte de una época
en los paises europeos.
La azulejería talaverana es la preferida para decorar zócalos
y estancias, es la que encarga el monarca Felipe II para la más
personal de sus obras, El Escorial. Y en azulejos queda también
plasmada la devoción de pueblos y comunidades religiosas, que encargan
a los pintores talaveranos la decoración, al tiempo embellecedora
y didáctica, de iglesias y conventos.
Pero
fueron sobre todo las vajillas talaveranas las que tuvieron más
amplia difusión. La loza talaverana era asequible para las clases
más humildes, que la estimaban
como especial servido; pero también en las mesas de los nobles
el oro y la plata ceden espacio a las limpias y brillantes lozas de Talavera.
Nos queda de esos siglos la memoria de los bodegones pintados por los
principales pinceles, en los que las piezas de Talavera formaban parte
del escenario doméstico, o los versos de nuestros clásicos,
en los que las lozas talaveranas adornaban las estancias y tenian presencia
en casas nobles y villanas. Y como testimonio palpable, los bótamenos
celosamente conservados de la farmacia del Monasterio de Silos, o del
Palacio Real, las piezas de uso cotidiano que se han preservado a través
de los siglos.
Fue
entonces cuando «talavera» se convirtió en nombre común
para designar las lozas de este centro productor, y designar también
después toda la loza que tuviera su misma calidad, brillo y belleza.
Más tarde, la influencia francesa en el siglo XVIII cambió
los gustos generales, y desplazó los puntos de interés hacia
otros centros productores, como Alcora —con la fundación
del Conde de Aranda— o Manises. Talavera quiso adaptarse y asimilar
las nuevas tendencias, modificando la decoración de sus piezas.
Pero la competencia exterior era muy grande. Durante el siglo XIX, fue
progresiva la decadencia, hasta el punto de quedar muy pocas fábricas
en la ciudad que, muy merecidamente, se había ganado como segundo
apellido el de "ciudad de la cerámica».
A
principios del siglo XX se funda la fábrica de cerámica
Ruiz de Luna y Cía. Juan Ruiz de Luna y sus colaboradores supieron
recuperar acertadamente la tradición cerámica de siglos
pasados y sus artistas captaron la esencia y personalidad de las talaveras.
Por ello, de nuevo esta cerámica se extendió hasta más
allá de sus fronteras naturales y volvió a servir de adorno
y de uso cotidiano, llenando aparadores o embelleciendo portadas, zaguanes,
escaleras, en los alrededores y en ciudades distantes. Las producciones
de estos años alcanzaron numerosos reconocimientos, nacionales
e internacionales , y la actividad cerámica en toda la ciudad volvió
a resurgir con la fuerza y calidad que tuvo en épocas pasadas.
Éste
fue, sin duda, uno de los méritos principales de Ruiz de Luna y
los que con él trabajaron en su fábrica. Pero no fue el
único. Su afición por la cerámica le llevó
a recorrer toda la zona, "a la búsqueda de obras cerámicas,
por modestas que fuesen". En sus numerosos viajes, Juan Ruiz de Lunafue
adquiriendo las piezas de cerámica antigua que encontraba, desde
útiles de cocina,vajillas, ánforas, hasta paneles de azulejos
que habían sido retirados de su emplazamiento original. También
chamarileros y vendedores ambulantes, conocedores de su afición,
iban a ofrecerle las piezas que encontraban, seguros de que serían
de su interés. Asi, poco a poco se fue formando lo que él
llamaba su "pequeño museo de cacharros viejos", esencia
de lo que es hoy el Museo «Ruiz de Luna».
En
19-45 muere Juan Ruiz de Luna. Su fábrica continúa produciendo,
pero los cambios en la economía y en los gustos sociales, que tienden
hacia otro tipo de útiles y de decoración, hacen irremediable
la decadencia. En 1961 se cierra definitivamente la fábrica.
Sin
embargo, la tradición cerámica se había revitalizado
de tal manera que, a lo largo del siglo XX, se na mantenido activa, con
altibajos, pero siempre despierta. Actualmente, los herederos de las talayeras
tienen una variada producción, de una gran calidad. Hoy continúan
trabajando, desde el valor de la tradición, pero con la mirada
puesta en el futuro.
La
colección Ruiz de Luna no se dividió a su muerte. A ella
se añadieron algunas piezas, entre ellas obras escogidas de la
producción propia.
En
1963 fue adquirida por el Ministerio de Cultura, (a Diputación
de Toledo y el Ayuntamiento de Talavera, a partes iguales. Durante varios
años el Museo se mantuvo abierto en su original emplazamiento.
Pero en 1979 se cerró al público, con la intención
de trasladarlo a un nuevo lugar, un emplazamiento definitivo, acorde con
(os nuevos conceptos de Museo. La espera fue excesivamente larga. Hubo
que esperar hasta 1996 para que de nuevo e( Museo de Cerámica de
Talavera estuviese abierto al público.
Desde 1993, año de su fundación, la Asociación de
Amigos ha estado apoyando al Museo y a la Cerámica de Talayera.
Nuestro propósito, colaborar en el conocimiento y la difusión
de nuestro principal patrimonio histórico: la cerámica.
Por eso es una satisfacción viajar con el Museo hasta Muel, esta
ciudad de tan profundo sabor cerámico, en el que las talayeras
se encuentran "en casa».
Estos
500 años de historia sobre los que a vuela pluma hemos pasado son
[os que hemos querido traer a estas vitrinas. En ellas están representados
los orígenes, los momentos de esplendor, la decadencia, el resurgimiento
y la fuerza de la producción actual. Son piezas, en su mayor parte,
pertenecientes al Museo, aunque también mostramos piezas de colecciones
particulares, y otras cedidas por productores actuales. Para presentarlas
como merecen, hemos querido acudir a una de las principales obras de la
historiografía de nuestra cerámica. |
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