Lo que Martín Lutero, padre de los protestantes y mentor de los cristianos evangélicos, pensaba de los judíos - ¡¡¡Y nos dicen que nosotros los odiamos!!!-
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"¿Qué
debemos hacer, nosotros cristianos, con los judíos, esta gente rechazada y
condenada? Dado que viven con nosotros, no osamos tolerar su conducta ahora
que estamos al tanto de sus mentiras, sus injurias y sus blasfemias. De hacerlo,
nos convertimos en cómplices de sus mentiras, maldiciones y blasfemias. Ese no
es el modo de extinguir el insaciable fuego de la ira divina del que hablan los
profetas, ni es el modo tampoco de convertir a los judíos. Con plegarias y el
temor a Dios debemos practicar una intensa piedad para intentar salvar de las
llamas al menos a algunos. No osamos vengarnos. Una venganza mil veces peor de
la que nosotros pudimos desearles ya los tiene agarrados de la garganta. He aquí
mi sincero consejo:
En
primer lugar, debemos prender fuego sus sinagogas o escuelas y enterrar y
tapar con suciedad todo lo que no prendamos fuego, para que ningún hombre
vuelva a ver de ellos piedra o ceniza. Esto ha de hacerse en honor a
Nuestro Señor y a la cristiandad, de modo que Dios vea que nosotros somos
cristianos y que no aprobamos ni toleramos a sabiendas tales mentiras,
maldiciones y blasfemias a Su Hijo y a sus cristianos. Pues Dios perdonará todo
lo que toleramos en el pasado sin saberlo —de lo cual yo mismo no estaba al
tanto—. Pero si ahora que estamos al tanto protegiéramos para los judíos
una casa levantada justo en frente de nuestras propias narices, en la que
mienten sobre Cristo y sobre nosotros, en la que nos blasfeman, maldicen,
vilipendian y difaman (como lo oímos más arriba), sería como estar haciéndonos
a nosotros mismos todo esto e incluso cosas peores, y eso lo sabemos muy bien.
En
Deuteronomio 13:12, Moisés escribe que cualquier ciudad que se entrega a la
idolatría ha de ser totalmente destruida por el fuego y nada de ella ha de
preservarse. Si él aún viviera, sería el primero en prender fuego las
sinagogas y las casas de los judíos. Puesto que en Deuteronomio 4:2 y 12:32
explícitamente ordenó que no se agregara o sustrajera nada de su ley. Y Samuel
dice en 1 Samuel 15:23 que la desobediencia a Dios es idolatría. Hoy la
doctrina de los judíos se basa en las adiciones de los rabinos y en la idolatría
de la desobediencia, de modo que Moisés se ha vuelto enteramente desconocido
entre ellos (como ya lo dijimos antes), tal como la Biblia se volvió
desconocida para el papado en nuestros días. Así que, por el bien de Moisés,
tampoco sus escuelas pueden ser toleradas; lo difaman tanto como nos difaman a
nosotros. No es necesario que tengan sus propias iglesias libres para tal
idolatría.
En
segundo lugar, también aconsejo que sus casa sean arrasadas y destruidas.
Porque en ellas persiguen los mismos fines que en sus sinagogas. En cambio,
deberían ser alojados bajo un techo o en un granero, como los gitanos.
Esto les hará ver que ellos no son los amos en nuestro país, como se jactan,
sino que están viviendo en el exilio y cautivos, como incesantemente se
lamentan de nosotros ante Dios.
En
tercer lugar, aconsejo que sus libros de plegarias y escritos talmúdicos,
por medio de los cuales se enseñan la idolatría, las mentiras, maldiciones y
blasfemias, les sean quitados.
En
cuarto lugar, aconsejo que de ahora en adelante se les prohiba a los
rabinos enseñar sobre el dolor de la perdida de la vida o extremidad. Pues
con razón han perdido el derecho a tal oficio al tener cautivos a los judíos
inocentes con el dicho de Moisés (Deuteronomio 17:10) en el cual les ordena que
obedezcan a sus maestros so pena de
muerte, aunque Moisés claramente agrega: “cuidarás de hacer según todo lo
que te manifiesten de acuerdo con la ley de Jehová tu Dios”. Estos villanos
hacen caso omiso de esto. Sin ningún miramiento emplean la obediencia de gente
inocente en contra de la ley del Señor y les infunden este veneno, maldición y
blasfemia. Del mismo modo el papa nos tuvo cautivos con la declaración en Mateo
16:18, “Tú eres Pedro”, etc., induciéndonos a creer todas las mentiras y
engaños que surgían de su mente diabólica. No enseñaba de acuerdo a la
palabra de Dios y por tanto perdió el derecho a enseñar.
En
quinto lugar, que la protección en las carreteras sea abolida
completamente para los judíos. No tienen nada que hacer en las afueras de las
ciudades dado que no son señores, funcionarios, comerciantes, ni nada por el
estilo. Que se queden en casa. He oído decir que un adinerado judío
está viajando por el país con doce caballos su
ambición es convertirse en un Kokhba devorando con sus usura príncipes, señores,
tierras y gente, de modo que los grandes señores ven esto con ojos celosos. Si
vosotros, grandes señores y príncipes, no prohiben con la ley que estos
usureros circulen por las carreteras, algún día se juntará una tropa contra
ellos, que habrá aprendido de este libro la verdadera naturaleza de los judíos
y la manera de tratar con ellos en vez de proteger sus actividades. Dado que
vosotros tampoco deben ni pueden protegerlos a menos que deseen ser partícipes
de todas sus abominaciones ante los ojos de Dios. Considerad qué bien podría
surgir de esto, y evitadlo.
En sexto lugar, aconsejo que se les prohiba la usura, y que se les quite todo el dinero y todas las riquezas en plata y oro, y que luego todo esto sea guardado en lugar seguro. La razón para una medida como esta, como ya se dijo, es que no tienen otro medio de ganarse la vida que no sea la usura, por medio de la cual nos han hurtado y robado todo lo que poseen. Este dinero no debería ser usado de ningún otro modo que no sea el siguiente: En el caso de que un judío sea sinceramente convertido, le serán entregados cien, doscientos o trescientos florines, según lo sugieran las circunstancias personales. Con esto, podrá establecerse en alguna ocupación para mantener a su pobre esposa e hijos y para el cuidado de los ancianos y los enfermos. Porque estas funestas ganancias están malditas si no son usadas con la bendición de Dios en una causa buena y digna.
(...)
En séptimo lugar, recomiendo poner o un mayal o una hacha o una azada o una pala o una rueca o un huso en las manos de judíos y judías jóvenes y fuertes y dejar que coman el pan con el sudor de su rostro, como se le impuso a los hijos de Adán (Gén.3:19).
(...)
Pero si las autoridades son renuentes a usar la fuerza y contener la indecencia diabólica de los judíos, estos últimos deberían ser expulsados del país y enviados a su tierra y a sus posesiones en Jerusalén.