Aquí pretendo ir metiendo todos aquellos textos que me han parecido curiosos y dignos de compartir o que simplemente no están mal y que no son demasiado conocidos. Algunos de ellos son textos que por lo que sea te entran desde el primer momento y ya te quedan para siempre. Está claro que todos no tenemos los mismos gustos, pero siempre hay quien tiene gustos parecidos. Así pues, si alguien tiene uno o varios textos favoritos que no dude en mandármelos que los meteré por aquí.
Por otra parte, veréis que todos los textos no están en castellano, si por casualidad alguien tuviera en castellano alguno de los que están en francés que me haga el favor de pasármelo ya que si lo he puesto es porque realmente merecía la pena y es una lástima que haya mucha gente que no los puedan entender por problemas de idioma.
Que quede claro (por lo que sea... ya que siempre hay quien te quiere buscar problemas) que en esta sección sólo se quiere dar a conocer los relatos aquí expuestos y sus autores que no siempre son conocidos; y esto va en serio, si os gustan los que hay aquí no dudéis en compraros algún libro de estos escritores que no tienen desperdicio.
Textos disponibles hasta el momento:
(fragmentos) |
* textos cedidos por Brontë del programa de radio
"La Generación Perdida".
LAS RATAS DEL CEMENTERIO
(Henry Kuttner)
El viejo Masson, guardián de uno de los mas antiguos y descuidados cementerios de Salem, sostenía una verdadera contienda con las ratas. Hacia varias generaciones, se había asentado en el cementerio una colonia de ratas enormes procedentes de los muelles. Cuando Masson asumió su cargo, tras la inexplicable desaparición del guardián anterior, decidió hacerlas desaparecer. Al principio colocaba cepos y comida envenenada junto a sus madrigueras; mas tarde, intento exterminarlas a tiros. Pero todo fue inútil. Seguía habiendo ratas. Sus hordas voraces se multiplicaban e infestaban el cementerio.
Eran grandes, aun tratándose de la especie mus decumanus, cuyos ejemplares miden a veces mas de treinta y cinco centímetros de largo sin contar la cola pelada y gris. Masson las había visto hasta del tamaño de un gato, y cuando los sepultureros descubrían alguna madriguera, comprobaban con asombro que por aquellas malolientes galerías cabía sobradamente el cuerpo de una persona. Al parecer, los barcos que antaño atracaban en los ruinosos muelles de Salem debieron de transportar cargamentos muy extraños.
Masson se asombraba a veces de las extraordinarias proporciones de estas madrigueras. Recordaba ciertos relatos inquietantes que le habían contado al llegar a la vieja y embrujada ciudad de Salem. Eran relatos que hablaban de una vida larvaria que persistía en la muerte, oculta en las olvidadas madrigueras de la tierra. Ya habían pasado los viejos tiempos en que Cotton Mather exterminara los cultos perversos y los ritos orgiásticos celebrados en honor de Hecate y de la siniestra Magna Mater. Pero todavía se alzaban las tenebrosas casas de torcidas buhardillas, de fachadas inclinadas y leprosas, en cuyos sótanos, según se decía, aun se ocultaban secretos blasfemos y se celebraban ritos que desafiaban tanto a la ley como a la cordura. Moviendo significativamente sus cabezas canosas, los viejos aseguraban que, en los antiguos cementerios de Salem, había bajo tierra cosas peores que gusanos y ratas.
En cuanto a estos roedores, ciertamente, Masson les tenia aversión y respeto. Sabia el peligro que acechaba en sus dientes afilados y brillantes. Pero no comprendía el horror que los viejos sentían por las casas vacías, infestadas de ratas. Había oído rumores sobre ciertas criaturas horribles que moraban en las profundidades de la tierra y tenían poder sobre las ratas, a las que agrupaban en ejércitos disciplinados. Según decían los ancianos, las ratas servían de mensajeras entre este mundo y las cavernas que se abrían en las entrañas de la tierra, muy por debajo de Salem. Y aun se decía que algunos cuerpos habían sido robados de las sepulturas con el fin de celebrar festines subterráneos y nocturnos. El mito del flautista de Hamelin era una leyenda que ocultaba, en forma de alegoría, un horror blasfemo; y según ellos, los negros abismos habían parido abortos infernales que jamas salieron a la luz del día.
Masson no hacia ningún caso de semejantes relatos. No fraternizaba con sus vecinos y, de hecho, hacia lo posible por mantener en secreto la existencia de las ratas. De conocerse el problema quizá iniciasen una investigación, en cuyo caso tendrían que abrir muchas sepulturas. Y en efecto, hallarían ataúdes perforados y vacíos que atribuirían a las actividades de las ratas. Pero descubrirían también algunos cuerpos con mutilaciones muy comprometedoras para Masson.
Los dientes postizos suelen hacerse de oro puro, y no se los extraen a uno cuando muere. Las ropas, naturalmente, son harina de otro costal, porque la compañia de pompas fúnebres suele proporcionar un traje de paño sencillo, perfectamente reconocible después. Pero el oro no lo es. Ademas, Masson negociaba también con algunos estudiantes de medicina y médicos poco escrupulosos que necesitaban cadáveres sin importarles demasiado su procedencia.
Hasta entonces, Masson se las había arreglado muy bien para que no se iniciase una investigación. Había negado ferozmente la existencia de las ratas, aun cuando algunas veces estas le hubiesen arrebatado el botín. A Masson no le preocupaba lo que pudiera suceder con los cuerpos, después de haberlos expoliado, pero las ratas solían arrastrar el cadáver entero por un boquete que ellas mismas roían en el ataúd.
El tamaño de aquellos agujeros tenia a Masson asombrado. Por otra parte, se daba la curiosa circunstancia de que las ratas horadaban siempre los ataúdes por uno de los extremos, y no por los lados. Parecía como si las ratas trabajasen bajo la dirección de algún guía dotado de inteligencia.
Ahora se encontraba ante una sepultura abierta. Acababa de quitar la ultima paletada de tierra húmeda y de arrojarla al montón que había ido formando a un lado. Desde hacia varias semanas, no paraba de caer una llovizna fría y constante. El cementerio era un lodazal de barro pegajoso, del que surgían las mojadas lapidas en formaciones irregulares. Las ratas se habían retirado a sus agujeros; no se veía ni una. Pero el rostro flaco y desgalichado de Masson reflejaba una sombra de inquietud. Había terminado de descubrir la tapa de un ataúd de madera.
Hacia varios días que lo habían enterrado, pero Masson no se había atrevido a desenterrarlo antes. Los parientes del fallecido venían a menudo a visitar su tumba, aun lloviendo. Pero a estas horas de la noche, no era fácil que vinieran, por mucho dolor y pena que sintiesen. Y con este pensamiento tranquilizador, se enderezo y echo a un lado la pala.
Desde la colina donde estaba situado el cementerio, se veían parpadear débilmente las luces de Salem a través de la lluvia pertinaz. Saco la linterna del bolsillo porque iba a necesitar luz. Aparto la pala y se inclino a revisar los cierres de la caja.
De repente, se quedo rígido. Bajo sus pies había notado un rebullir inquieto, como si algo arañara o se revolviera dentro. Por un momento, sintió una punzada de terror supersticioso, que pronto dio paso a una rabia furiosa, al comprender el significado de aquellos ruidos. !Las ratas se le habían adelantado otra vez!
En un rapto de cólera, Masson arranco los cierres del ataúd. Metió el canto de la pala bajo la tapa e hizo palanca, hasta que pudo levantarla con las dos manos. Luego encendió la linterna y la enfoco al interior del ataúd.
La lluvia salpicaba el blanco tapizado de raso: el ataúd estaba vacío. Masson percibió un movimiento furtivo en la cabecera de la caja y dirigió hacia allí la luz.
El extremo del sarcófago había sido horadado, y el boquete comunicaba con una galería, al parecer, pues en aquel mismo momento desaparecía por allí, a tirones, un pie fláccido enfundado en su correspondiente zapato. Masson comprendió que las ratas se le habían adelantado, esta vez, solo unos instantes. Se dejo caer a gatas y agarro el zapato con todas sus fuerzas. Se le cayo la linterna dentro del ataúd y se apago de golpe. De un tirón, el zapato le fue arrancado de las manos en medio de una algarabía de chillidos agudos y excitados. Un momento después, había recuperado la linterna y la enfocaba por el agujero.
Era enorme. Tenia que serlo; de lo contrario, no habrían podido arrastrar el cadáver a través de el. Masson intento imaginarse el tamaño de aquellas ratas capaces de tirar del cuerpo de un hombre. De todos modos, el llevaba su revolver cargado en el bolsillo, y esto le tranquilizaba. De haberse tratado del cadáver de una persona ordinaria, Masson habría abandonado su presa a las ratas, antes de aventurarse por aquella estrecha madriguera, pero recordó los gemelos de sus puños y el alfiler de su corbata, cuya perla debía ser indudablemente autentica, y, sin pensarlo mas, se prendió la linterna al cinturón y se metió por el boquete. El acceso era angosto. Delante de si, a la luz de la linterna, podía ver como las suelas de los zapatos seguían siendo arrastradas hacia el fondo del túnel de tierra. También el trato de arrastrarse lo mas rápidamente posible, pero había momentos en que apenas era capaz de avanzar, aprisionado entre aquellas estrechas paredes de tierra.
El aire se hacia irrespirable por el hedor de la carroña. Masson decidió que, si no alcanzaba el cadáver en un minuto, volvería para atrás. Los temores supersticiosos empezaban a agitarse en su imaginación, aunque la codicia le instaba a proseguir. Siguió adelante, y cruzo varias bocas de túneles adyacentes. Las paredes de la madriguera estaban húmedas y pegajosas. Por dos veces oyó a sus espaldas pequeños desprendimientos de tierra. El segundo de estos le hizo volver la cabeza. No vio nada, naturalmente hasta que enfoco la linterna en esa dirección.
Entonces vio varios montones de barro que casi obstruían la galería que acababa de recorrer. El peligro de su situación se le apareció de pronto en toda su espantosa realidad. El corazón le latía con fuerza solo de pensar en la posibilidad de un hundimiento. Decidió abandonar su persecución, a pesar de que casi había alcanzado el cadáver y las criaturas invisibles que lo arrastraban. Pero había algo mas, en lo que tampoco había pensado: el túnel era demasiado estrecho para dar la vuelta.
El pánico se apodero de el, por un segundo, pero recordó la boca lateral que acababa de pasar, y retrocedió dificultosamente hasta que llego a ella. Introdujo allí las piernas, hasta que pudo dar la vuelta. Luego, comenzó a avanzar precipitadamente hacia la salida pese al dolor de sus rodillas magulladas.
De súbito, una punzada le traspaso la pierna. Sintió que unos dientes afilados se le hundían en la carne, y pateo frenéticamente para librarse de sus agresores. Oyó un chillido penetrante, y el rumor presuroso de una multitud de ratas que se escabullían. Al enfocar la linterna hacia atrás, dejo escapar un gemido de horror: una docena de enormes ratas le miraban atentamente y sus ojillos malignos brillaban bajo la luz. Eran unos bichos deformes, grandes como gatos. Tras ellos vislumbro una forma negruzca que desapareció en la oscuridad. Se estremeció ante las increíbles proporciones de aquella sombra apenas vista.
La luz contuvo a las ratas durante un momento, pero no tardaron en volver a acercarse furtivamente. Al resplandor de la linterna sus dientes parecían teñidos de un naranja oscuro. Masson forcejeo con su pistola, consiguió sacarla de su bolsillo y apunto cuidadosamente. Estaba en una posición difícil. Procuro pegar los pies a las mojadas paredes de la madriguera para no herirse.
El estruendo del disparo le dejo sordo durante unos instantes. Después, una vez disipado el humo, vio que las ratas habían desaparecido. Se guardo la pistola y comenzó a reptar velozmente a lo largo del túnel. Pero no tardo en oír de nuevo las carreras de las ratas, que se le echaron encima otra vez.
Se le amontonaron sobre las piernas, mordiendole y chillando de manera enloquecedora. Masson empezó a gritar mientras echaba mano a la pistola. Disparo sin apuntar, de suerte que no se hirió de milagro. Esta vez las ratas no se alejaron demasiado. No obstante, Masson aprovecho la tregua para reptar lo mas deprisa que pudo, dispuesto a hacer fuego a la primera señal de un nuevo ataque.
Oyó movimientos de patas y alumbro hacia atrás con la linterna. Una enorme rata gris se paro en seco y se quedo mirándole, sacudiendo sus largos bigotes y moviendo de un lado a otro muy despacio, su cola áspera y pelada. Masson disparo y la rata echo a correr.
Continuo arrastrándose. Se había detenido un momento a descansar, junto a la negra abertura de un tunel lateral, cuando descubrió un bulto informe sobre la tierra mojada, un poco mas adelante. De momento, lo tomo por un montón de tierra desprendido del techo; luego vio que era un cuerpo humano.
Se trataba de una momia negruzca y arrugada, y Masson se dio cuenta, preso de un pánico sin limites, de que se movía.
Aquella cosa monstruosa avanzaba hacia el y, a la luz de la linterna, vio su rostro horrible a muy poca distancia del suyo. Era una calavera casi descarnada, la faz de un cadáver que ya llevaba años enterrado, pero animada de una vida infernal. Tenia unos ojos vidriosos, hinchados y saltones, que delataban su ceguera, y al avanzar hacia Masson, lanzo un gemido plañidero y entreabrió sus labios pustulosos, desgarrados en una mueca de hambre espantosa. Masson sintió que se le helaba la sangre.
Cuando aquel Horror estaba ya a punto de rozarle, Masson se precipito frenéticamente por la abertura lateral. Oyó arañar en la tierra, justo a sus pies, y el confuso gruñido de la criatura que le seguía de cerca. Masson miro por encima del hombro, grito y trato de avanzar desesperadamente por la estrecha galería. Reptaba con torpeza; las piedras afiladas le herían las manos y las rodillas. El barro le salpicaba en los ojos, pero no se atrevió a detenerse ni un segundo. Continuo avanzando a gatas, jadeando, rezando y maldiciendo histéricamente.
Con chillidos triunfales, las ratas se precipitaron de nuevo sobre el con una horrible voracidad pintada en sus ojillos. Masson estuvo a punto de sucumbir bajo sus dientes, pero logro desembarazarse de ellas: el pasadizo se estrechaba y, sobrecogido por el pánico, pataleo, grito y disparo hasta que el gatillo pego sobre una cápsula vacía. Pero había rechazado las ratas.
Observo entonces que se hallaba bajo una piedra grande, encajada en la parte superior de la galería, que le oprimía cruelmente la espalda. Al tratar de avanzar noto que la piedra se movía, y se le ocurrió una idea. !Si pudiera dejarla caer, de forma que obstruyese el tunel!
La tierra estaba empapada por el agua de la lluvia. Se enderezo y se puso a quitar el barro que sujetaba la piedra. Las ratas se aproximaban. Veía brillar sus ojos al resplandor de la linterna. Siguió cavando, frenético, en la tierra. La piedra cedía. Tiro de ella y la movió de sus cimientos.
Se acercaban las ratas... Era el enorme ejemplar que había visto antes. Gris, leprosa, repugnante, avanzaba enseñando sus dientes anaranjados. Masson dio un ultimo tirón de la piedra, y la sintió resbalar hacia abajo. Entonces reanudo su camino a rastras por el tunel.
La piedra se derrumbo tras el, y oyó un repentino alarido de agonía. Sobre sus piernas se desplomaron algunos terrones mojados. Mas adelante, le atrapo los pies un desprendimiento considerable, del que logro desembarazarse con dificultad. !El tunel entero se estaba desmoronando!
Jadeando de terror, Masson avanzaba mientras la tierra se desprendía tras el. El tunel seguía estrechándose, hasta que llego un momento en que apenas pudo hacer uso de sus manos y piernas para avanzar. Se retorció como una anguila hasta que, de pronto, noto un Girón de raso bajo sus dedos crispados, y luego su cabeza choco contra algo que le impedía continuar. Movió las piernas y pudo comprobar que no las tenia apresadas por la tierra desprendida. Estaba boca abajo. Al tratar de incorporarse, se encontró con que el techo del tunel estaba a escasos centímetros de su espalda. El terror le descompuso.
Al salirle al paso aquel ser espantoso y ciego, se había desviado por un tunel lateral, por un tunel que no tenia salida. !Se encontraba en un ataúd, en un ataúd vacío, al que había entrado por el agujero que las ratas hablan practicado en su extremo!
Intento ponerse boca arriba, pero no pudo. La tapa del ataúd le mantenía inexorablemente inmóvil. Tomo aliento entonces, e hizo fuerza contra la tapa. Era inamovible, y aun si lograse escapar del sarcófago, como podría excavar una salida a través del metro y medio de tierra que tenia encima?
Respiraba con dificultad. Hacia un calor sofocante y el hedor era irresistible. En un paroxismo de terror, desgarro y arañó el forro acolchado hasta destrozarlo. Hizo un inútil intento por cavar con los pies en la tierra desprendida que le impedía la retirada. Si lograse solamente cambiar de postura, podría excavar con las uñas una salida hacia el aire... hacia el aire...
Una agonía candente penetro en su pecho, el pulso le dolía en los globos de los ojos. Parecía como si la cabeza se le fuera hinchando, a punto de estallar. Y de súbito, oyó los triunfales chillidos de las ratas. Comenzó a gritar, enloquecido, pero no pudo rechazarlas esta vez. Durante un momento, se revolvió histéricamente en su estrecha prisión, y luego se calmo, boqueando por falta de aire. Cerro los ojos, saco su lengua ennegrecida, y se hundió en la negrura de la muerte, con los locos chillidos de las ratas taladrándole los oídos.
UNE VENDETTA
(Guy de Maupassant)
LA veuve de Paolo Saverini habitait seule avec son fils une petite maison pauvre sur les remparts de Bonifacio. La ville, bâtie sur une avancée de la montagne, suspendue même par places au-dessus de la mer, regarde, par-dessus le détroit hérissé d'écueils, la côte plus basse de la Sardaigne. A ses pieds, de l'autre côté, la contournant presque entièrement, une coupure de la falaise, qui ressemble à un gigantesque corridor, lui sert de port, amène jusqu'aux premières maisons, après un long circuit entre deux murailles abruptes, les petits bateaux pêcheurs italiens ou sardes, et, chaque quinzaine, le vieux vapeur poussif qui fait le service d'Ajaccio.
Sur la montagne blanche, le tas de maisons pose une tache plus blanche encore. Elles ont l'air de nids d'oiseaux sauvages, accrochées ainsi sur ce roc, dominant ce passage terrible où ne s'aventurent guère les navires. Le vent, sans repos, fatigue la mer, fatigue la côte nue, rongée par lui, á peine vêtue d'herbe; il s'engouffre dans le détroit, dont il ravage les deux bords. Les trainées d'écume pâle, accrochées aux pointes noires des innombrables rocs qui percent partout les vagues, ont l'air de lambeaux de toile flottant et palpitant à la surface de l'eau.
La maison de la veuve Saverini, soudée au bord même de la falaise, ouvrait ses trois fenêtres sur cet horizon sauvage et désolé.
Elle vivait là, seule, avec son fils Antoine et leur chienne <<Sémillante>>, grande bête maigre, aux poils longs et mudes, de la race des gardeurs de troupeaux. Elle servait au jeune homme pour chasser.
Un soir, après une dispute, Antoine Saverini fut tué traitreusement, d'un coup de couteau, par Nicolas Ravolati, qui, la nuit même, gagna la Sardaigne.
Quand la vieille mère reçut le corps de son enfant, que des passants lui rapportèrent, elle ne pleura pas, mais elle demeura longtemps immobile à le regarder; puis, étendant sa main ridée sur le cadavre, elle lui promit la vendetta. Elle ne voulut point qu'on restât avec elle, et elle s'enferma auprès du corps avec la chienne, qui hurlait. Elle hurlait, cette bête, d'une façon continue, debout au pied du lit, la tête tendue vers son maître, et la queue serrée entre les pattes. Elle ne bougeait pas plus que la mère, qui, penchée maintenant sur le coros, l' œil fixe, pleurait de grosses larmes muettes en le contemplant.
Le jeune homme, sur le dos, vêtu de sa veste de gros drap trouée et déchirée à la poitrine, semblait dormir; mais il avait du sang parlout: sur la chemise arrachée pour les premiers soins; sur son gilet, sur sa culotte, sur la face, sur les mains. Des caillots de sang s'étaient figés dans la barbe et dans les cheveux
La vieille mère se mit à lui parler. Au bruit de cette voix, la chienne se tut.
<<Va, va, tu seras vengé, mon petit, mon garçon, mon pauvre enfant. Dors, dors, tu seras vengé, entends-tu? C'est la mère qui le promet! Et elle tient toujours sa parole, la mère, tu le sais bien.>>
Et lentement elle se pencha sur lui, collant ses lèvres froides sur les lèvres mortes.
Alors, Sémillante se remit à gémir. Elle poussait une longue plainte monotone, déchirante, horrible.
Elles restèrent là, toutes les deux, la femme et la bête, jusqu'au matin.
Antoine Saverini fut enterré le lendemain, et bientôt on ne parla plus de lui dans Bonifacio.
Il n'avait laissé ni frère ni proches cousins. Aucun homme n'était là pour poursuivre la vendetta. Seule, la mère y pensait, la vieille.
De l'autre côté du détroit, elle voyait du matin au soir un point blanc sur la côte. C'est un petit village sarde, Longosardo, où se réfugient les bandits corses traqués de trop près. Ils peuplent presque seuls ce hameau, en face des côtes de leur patrie, et ils attendent là le moment de revenir, de retourner au maquis. C'est dans ce village, elle le savait, que s'était réfugié Nicolas Ravolati.
Toute seule, tout le long du jour, assise à sa fenêtre, elle regardait là-bas en songeant à la vengeance. Comment ferait-elle sans personne, infirme, si près de la mort? Mais elle avait promis, elle avait juré sur le cadavre. Elle ne pouvait oublier, elle ne pouvait attendre. Que ferait-elle? Elle ne dormait plus la nuit, elle n'avait plus ni repos ni apaisement, elle cherchait, obstinée. La chienne, à ses pieds, sommeillait, et, parfois, levant la tête, hurlait au loin. Depuis que son maître n'était plus là, elle hurlait souvent ainsi, comme si elle I'eût appelé, comme si son âme de bête, inconsolable, eût aussi gardé le souvenir que rien n'efface.
Or, une nuit, comme Sémillante se remettait à gémir, la mère, tout à coup, eut une idée, une idée de sauvage vindicatif et féroce. Elle la médita jusqu'au matin; puis, levée des les approches du jour, elle se rendie à l’église. Elle pria, posternée sur le pavé, abattue devant Dieu, le suppliant de l’aider, de la soutenir, de donner à son pauvre corps usé la force qu'il lui fallait pour venger le fils.
Puis elle rentra. Elle avait dans sa cour un ancien baril défoncé, qui recueillait l'eau des gouttières; elle le renversa, le vida, l'assujettit contre le sol avec des pieux et des pierres; puis elle enchaîna Sémillante à cette niche, et elle rentra.
Elle marchait, maintenant, sans repos, dans sa chambre, l'œil fixé toujours sur la côte de Sardaigne. I1 était là-bas, l'assassin.
La chienne, tout le jour et toute la nuit, hurla. La vieille, au matin, lui porta de l'eau dans une jatte; mais rien de plus: pas de soupe, pas de pain.
La joumée encore s'écoula. Sémillante, exténuée, dormait. Le lendemain, elle avait les yeux luisants, le poil hérissé, et elle tirait éperdument sur sa chaîne.
La vieille ne lui donna encore rien à manger. La bête, devenue furieuse, aboyait d'une voix rauque. La nuit encore se passa.
Alors, au jour levé, la mère Saverini alla chez le voisin, prier qu'on lui donnât deux bottes de paille. Elle prit de vieilles hardes qu'avait portées autrefois son mari, et les bourra de fourrage, pour simuler un corps humain.
Ayant piqué un bâton dans le sol, devant la niche de Sémillante, elle noua dessus ce mannequin, qui semblait ainsi se tenir debout. Puis elle figura la téte au moyen d'un paquet de vieux linge.
La chienne, surprise, regardait cet homme de paille, et se taisait, bien que dévorée de faim.
Alors la vieille alla acheter chez le charcutier un long morceau de boudin noir. Rentrée chez elle, elle alluma un feu de bois dans sa cour, auprès de la niche, et fit griller son boudin. Sémillante, affolée, bondissait, écumait, les yeux fixés sur le gril, dont le fumet lui entrait au ventre.
Puis la mère fit de cette bouillie fumante une cravate á l'homme de paille. Elle la lui ficela longtemps autour du cou, comme pour la lui entrer dedans. Quand ce fut fini, elle déchaîna la chienne.
D'un saut formidable, la bête atteignit la gorge du mannequin, et, les pattes sur les épaules, se mit á la déchirer. Elle retombait, un morceau de sa proie à la gueule, puis s'élançait de nouveau, enfonçait ses crocs dans les cordes, arrachait quelques parcelles de nourriture, retombait encore, et rebondissait, acharnée. Elle enlevait le visage par grands coups de dents, mettait en lambeaux le col entier.
La vieille, immobile et muette, regardait, l' œil allumé. Puis elle renchaîna sa bête, la fit encore jeûner deux jours, et recommenca cet étrange exercice.
Pendant trois mois, elle l'habitua à une sorte de lutte, à ce repas conquis à coups de crocs. Elle ne l'enchaînait plus maintenant, mais elle la lancait d'un geste sur le mannequin.
Elle lui avait appris à le déchirer, à le dévorer, sans même qu'aucune nourriture fût cachée en sa gorge. Elle lui donnait ensuite, comme récompense, le boudin grillé pour elle.
Dès qu'elle apercevait l'homme, Sémillante frémissait, puis tournait les yeux vers sa maîtresse, qui lui criait : <<Va! >> d'une voix sifflante, en levant le doigt.
Quand elle jugea le temps venu, la mére Saverini alla se confesser et communia un dimanche matin, avec une ferveur extatique; puis, ayant revêtu des habits de mâle, semblable à un vieux pauvre déguenillé, elle fit marché avec un pêcheur sarde, qui la conduisit, accompagnée de sa chienne, de l'autre côté du détroit.
Elle avait, dans un sac de toile, un grand morceau de boudin. Sémillante jeûnait depuis deux jours. La vieille femme, à tout moment, lui faisait sentir la nourtiture odorante, et l'excitait.
Elles entrèrent dans Longosardo. La Corse allait en boitillant. Elle se présenta chez un boulanger et demanda la demeure de Nicolas Ravolati. I1 avait repris son ancien métier, celui de menuisier. Il travaillait seul au fond de sa boutique.
La vieille poussa la porte et l'appela: <<Hé! Nicolas!>>
Il se tourna; alors, lâchant sa chienne, elle cria: <<Va, va, dévore, dévore!>>
L’animal, affolé, s'élança, saisit la gorge. L’homme étendit les bras, l'étreignit, roula par terre. Pendant quelques secondes, il se tordit, battant le sol de ses pieds; puis il demeura immobile, pendant que Sémillante lui fouillait le cou, qu'elle arrachait par lambeaux.
Deux voisins, assis sur leur porte, se rappelèrent parfaitement avoir vu sortir un vieux pauvre avec un chien noir efflanqué qui mangeait, tout en marchant, quelque chose de brun que lui donnait son maître.
La vieille, le soir, était rentrée chez elle. Elle dormit bien, cette nuit-là.
LA CASA DE ASTERIÓN
(Jorge Luís Borges)
Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
APOLODORO, Biblioteca, III, 1
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda transmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, marcado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? - dijo Teseo -. El minotauro apenas se defendió.
A Marta Mosquera Eastman
EL SECUESTRO
(Oscar Sipan)
Patxi Irurzun conducía el cientoveinticuatro por la M-30 como si atropellase a Hitler o a Jesús Gil en cada recta. Era el puto espíritu de Senna el que circulaba por sus venas de trabajador; el mismo espíritu de su última curva suicida. La Banda Trapera reforzaba sus convicciones golpeándole con un conglomerado de música y verdades a partes iguales. Las manos en el volante y la cabeza sopesando toda la energía gastada en estúpidos concursos literarios.
El sol moría en el horizonte, igual que los soldados rusos morían en Chechenia, y un cientoveinticuatro color mierda, robado en un hipermercado cercano a Pozuelo, avanzaba con decisión hacia alguna parte.
-Tranquilo, vamos según el horario previsto. No corras; la mercancía todavía no se ha despertado- dijo David Benedicte torciendo la sonrisa como un gitano esposado subiendo a un coche celular - Sobre todo, tranquilízate. Piensa en cualquier gilipollez. Piensa en los culos que nunca pudiste conseguir. Concéntrate en el paisaje, en las chabolas, en el humo de las hogueras. ¿Te has dado cuenta? En otoño el campo está jodidamente bonito; una lástima que haya tanto guardia civil.
Las carcajadas de Patxi Irurzún no se hicieron esperar. Carcajadas explosivas y nerviosas. La tensión era palpable en el interior de aquel coche robado y las risas ejercían de método de escape; una especie de "puenting" para alejar los nervios de su primer secuestro. Todo había salido a pedir de boca, como un juego de niños. La llamada telefónica. La supuesta entrevista para Ajoblanco. El golpe en la cabeza. La huida; sencillo como el esquema de una canción infantil. Pero la parte realmente chunga llegaba a continuación. Cuando pensaba en el dinero del rescate percibía la euforia de estar vivo y no tener que acudir a la fábrica en cada una de sus células. El miedo también estaba presente, alargado como una escolopendra, angustioso como el último soplo de vida de un niño; el fracaso andaba por allí; las rejas de la prisión brillaban cuando estabas fuera, pero abrasaban cuando te encontrabas en el interior.
Cuando terminó "Curriqui de barrio", encendió la radio y comenzó a hurgar entre las ondas. Radio-fórmulas machacando canciones para autistas y promocionando estrellas teenagers de cuerpos lascivos y encefalograma plano. Tertulias para marujas menopaúsicas. Sectas pseudo-cristianas recaudando millones para dioses extraños; mierda en estado puro. Incluso en el final del dial, lo que deberería ser la parte subversiva, el cenicero de las ondas, la podredumbre y la escoria habían hecho su aparición. Asqueado de tanta contaminación radiofónica dejó el "Todo Noticias". El locutor, una especie de híbrido entre Santiago Segura y José María García, hablaba sobre el posible fichaje de Diego Armando Maradona por el River Plate argentino.
-Maradona no es más que un pibe yonqui metido en el cuerpo de Torrebruno, pero con más talento que él -dijo Patxi Irurzún sin apartar la mirada del asfalto.
Tras las correspondientes risas de David Benedicte, terminó la sección de deportes y dio comienzo la de sucesos. Una locutora con la voz subnormal de Leticia Savater, habló de un asesinato perpetrado el fin de semana: un travesti había muerto a manos de un grupo de skins. Se trataba del cuarto travesti asesinado en lo que iba de año. En Madrid.
-La muerte de un travesti es como una de esas películas sin voz que ponen en los garitos bakaladeros: no le importa a nadie -dijo David Benedicte con la mandíbula apretada y los párpados semi cerrados- Y eso es terriblemente triste.
Patxi Irurzún asintió. Los travestis, los negratas y los vagabundos no eran más que hormigas tristes esperando ser rociadas por el letal insecticida de la sociedad. Los Gobiernos mentían. Las Estadísticas mentían. Los Medios de Comunicación mentían; la verdad había pasado a ser esa gran desconocida. Y mientras tanto, los desheredados del mundo se abrazaban, asustados como los cachorros de lobo que caen en manos del pastor, hasta recibir el tiro de gracia y por fin descansar. Harto del vómito lechoso que era la sección de sucesos, giró la rueda del dial y la propaganda de Luis del Olmo hizo su aparición.
-Hay que joderse, "Protagonistas", lo más grande entre lo grande. Se empieza escuchando esa puta mierda y se termina por pensar que Bertín Osborne es un tío estupendo y su mirada, lividinosa y boba, cumple un fin pedagógico.
David Benedicte volvió a reír. Luego, contratacó.
-¿Sabes que le dijo el niño al catequista? "NO PUEDO ESCAPAR DE NEIL YOUNG". ¿Y sabes que le contestó éste? "NO SUFRAS, HIJO, A MI ME PASA LO MISMO CON TRACY LORDS".
Patxi Irurzún, cegado por sus estruendosas risas, a punto estuvo de pasarse el desvío; haciendo un cambio de dirección digno del mejor Carlos Sainz consiguió solventar el problema. Sólo faltaban unos pocos kilómetros de carretera secundaria y habrían llegado a su destino. Circulaban en silencio, impasibles, con la mirada fija en el asfalto. De repente, comenzaron a escuchar unos desagradables golpes en el porta-equipajes: la mercancía había despertado. Pero el final del trayecto se divisaba ya en el horizonte y los golpes pasaron a un segundo plano. Irurzún disminuyó la velocidad y se detuvo ante un viejo caserón de tejado inclinado. Luego, tocó el cláxon tres veces y la puerta del corral se abrió empujada por Zágora. Su cara estaba pálida y ojerosa, como una luna llena preñada, y llevaba puesta una falda muy larga color añil y una camisa blanca sin mangas. Les saludó con un breve gesto de cabeza y el coche se adentró en el corral. Después, Zágora cerró la puerta con rapidez, apuntalándola con una madera cruzada, como en una escena de "El nombre de la rosa", y se dirigió hacia el coche. David Benedicte y Patxi Irurzún salieron de él con energía y Zágora los abrazó con los ojos brillantes como tizones encendidos: lo habían conseguido.
Las serpientes y los lagartos tomaban la luna en las piedras; la oscuridad dominaba ya sus territorios y dos hombres y una mujer de larga falda y pálido rostro se abrazaban en el más esplendoroso de los silencios.
David Benedicte introdujo la llave en la cerradura del porta-equipajes y éste se abrió con un leve chirrido. Un hombre treintañero, delgado y bien parecido, pelo largo teñido de rubio y barba de dos días se incorporó del agujero, como el conejo que se topa con el hurón, con los ojos bañados en miedo. A su alrededor, tres sombras encapuchadas y oscuridad. Zágora dio un paso adelante y, apuntándole al corazón con una pistola, le dijo:
-Mira Ray: "LA LITERATURA ES UN ARMA; PERO LAS ARMAS LAS CARGA EL DIABLO Y ESTA VEZ EL DIABLO SE HA VUELTO CONTRA TI. TU TIENES LA PASTA, NOSOTROS LA DESESPERACION".
Ray Loriga cerró los ojos largamente y pareció comprender. De todas formas, si salía con vida de aquella pesadilla de locos, siempre podría sacar una novela de carretera o vender la exclusiva a Lecturas. O a Mono Gráfico, quién sabe.
EL LOCO
(Joan Vicent
Gibert Sogas)
Al presidente se le nota seguro. Habla mirándonos a los ojos. Todos estamos serios y escuchando. Apoya los dos codos en el borde de la mesa más próximo a su barriga. Pienso en lo que pasaría si le resbalara un codo. Intento pensar que no sería una situación tan ridícula. Aborto todos los inicios de risa, con una tos falsa. Pero la risa va subiendo cada vez con más fuerza por la garganta. Y empuja buscando un hueco labial que la lleve al exterior. Una carcajada inesperada indigna a toda la sala.Ha sido el loco, siete sillas a mi derecha. El loco es el tema de conversación en la reunión de vecinos y parece que acaba de colmar su vaso. Algunos vecinos proponen pasar directamente a la votación.
"¿QUE SE QUEDE?"
Todos, incluido el lunático, parecen no comprender que yo no quiera ser el nuevo loco, y miran sorprendidos mi mano alzada.
PASANDO EL TIEMPO
(Vicente Muñoz)
Comenzaba a anochecer y Rosa y Paco estaban cenando en la salita. Los niños ya se habían acostado y ellos dos comían espagueti y miraban el televisor. En el telediario, un reportero hablaba de un animal insólito y desconocido al que había atropellado esa mañana un camionero, una especie de perro, con genes de otras razas, que los expertos estaban estudiando.- ¡Mutaciones! - dijo él con los carrillos llenos -. ¡Jodidas mutaciones! Va a llegar un punto en que nos hagamos monstruos, todos… Fíjate, coño, es increíble, el perro ese, parece un canguro o algo así… Debe ser la comida… O esta mierda de atmósfera que respiramos…
- Paco, habla más bajo, haz el favor. Los niños ya se han acostado.
- Pero fíjate, fíjate bien… Es asqueroso… Mira qué patas y qué hocico tiene, el muy cabrón… No deberían sacar estas porquerías por la tele. Es vergonzoso… Se están cargando el mundo.
- Bueno, cambiaré el canal, si quieres…
- No no, quieta, déjalo, a ver qué coño dicen…
El monstruo ya había desaparecido. Y también el reportero. Había cuatro hombres de traje en una habitación discutiendo los efectos de la contaminación sobre la fauna y el paisaje.
- Nos van a envenenar, estos cabrones. Te lo digo yo, Rosa, te lo digo yo… Mírales, qué pinta tienen… Ahí sentados, con sus trajes, sus corbatas, sus modales… y en el fondo son todos unos ladrones. Se aprovechan de nosotros, de los obreros, de los trabajadores…Nos llenan de pájaros la cabeza, nos engañan… Tenían que encerrarlos, que lincharlos a todos, como en Rusia… ¡Menudos sinvergüenzas!
- Paco, vas a despertar a los niños, a este paso…
- ¡Pues que se despierten, joder, que se despierten! Ya no puede uno hablar alto ni en casa…
- No te enfades, Paco, ya sabes la lata que dan luego…
- Ya sabes la lata que dan luego, ya sabes la lata que dan luego… ¡Hay que joderse! Me paso doce horas al día en esa puta fábrica, haciendo horas extras, currando como un bestia, y cuando llego a casa no puedo hablar alto…¡No sé qué coño queréis! Dime: ¿Qué coño queréis…?
- Nada, Paco, lo siento, de verdad, perdóname…
- Muy bien, vale, tengo que hablar bajo… Son esos cabrones de la tele, los que me ponen así… Verles ahí, engañando a la gente todo el día…
- ¿Cambio el canal?
- Sí, anda, cámbialo de una maldita vez. Y lléname el vaso de vino.
- Pero Paco, ya sabes lo que dijo el médico…
- ¡Que le den por el culo, al médico! Tenía que venirse conmigo a la fábrica, a ver qué tal después…
Ella le llenó el vaso de vino y cambió luego el canal. Una película. De vaqueros.
- De verdad que hay que joderse, con la televisión… Todo el día tiros, monstruos, crímenes… Nos quieren volver locos, Rosa, te lo digo yo, que nos matemos entre nosotros o algo así. ¡Que pongan pelis porno! Seguro que la gente lo disfruta más… Pero no, nada de eso, nos meten toda esta basura para que nos hagamos alcohólicos o nos suicidemos… Así de fácil, es su política…
Ella se levantó de nuevo y cambió de canal.
- Pero bueno, ya es lo que faltaba… ¡Un sacerdote! Qué respetable… con sotana… ¡Otro que tenía que venirse conmigo! Pon otro canal, Rosa, anda, haz el favor…
Ella volvió a levantarse y puso otro canal. Había un hombre de mediana edad en un juzgado, esposado y rodeado de policías. Le acusaban de trece asesinatos y de canibalismo. Su casa estaba llena de restos humanos enlatados.
- ¿Pero qué coño se creen, estos cabrones? ¿Que somos unos pervertidos? Menuda mierda es todo esto… Anda, nena, vamos a acostarnos…¡Y que les den por el jodido culo!
- Ve tú primero Paco, yo aún tengo que fregar…
- Pero, joder ¿es que no puedes hacer eso mañana? Tienes todo el día para sacar brillo a la casa y quieres fregar siempre a estas horas. Voy a terminar yendo a la Barra, a este paso. ¿O es que piensas que soy bobo? Vamos, dímelo ¿crees que
soy idiota o qué? Me sé muy bien tu historia, nena, me la sé muy bien: yo me acuesto primero y como estoy hecho una mierda me duermo al instante y seacabó, evitas el esfuerzo. ¿No es eso? Tenía que mandaros a tomar por el culo, undía de estos, a ti y a los jodidos niños, sin avisar… abro la puerta y se acabó, aquíos quedáis… A ver qué iba pasar, a ver qué coño ibais a hacer luego…- Tranquilo Paco, haz el favor… no es verdad, eso que dices… no tiene sentido…
- Ah, claro, no tiene sentido, yo estoy loco, sueño las cosas, me lo invento todo,sólo sirvo para trabajar, para traer dinero a casa…Y luego tú vas y me dices: hayque comprar la lavadora, aceite, Paco, el pantalón del niño… Debéis pensar que me regalan el dinero, en esa fábrica… que me pagan por mirar, por ir allí… Tenía que ir a la Barra a echar un polvo, un buen polvo, y no esa mierda que haces tú…
- Paco, no te enfades, por favor, lo siento, no he querido molestarte, de verdad, perdóname….
- No te enfades, Paco, por favor, lo siento… Me muero de pena, al verte así, tan sumisa, con esa mierda de mandil que llevas puesto… Te vas a enterar de lo vale un peine… a ver si así espabilas…
Apuró el vaso de vino, se levantó y le dio dos bofetadas. La empujó y apoyó su cara contra la pared. Le subió la falda y le arrancó las bragas. La volvió pegar. Se bajó los pantalones y empezó embestirla.
- ¿Qué, putón, te gusta así?- gritó - ¿Así es como te gusta…? Vamos, zorra, di que te gusta… dilo de una puta vez…
- Me gusta, Paco, me gusta… me gusta mucho, de verdad…
- Claro que sí, nena… a mí también… lo que te mereces… lo que estás pidiendo a gritos…
Cuando todo acabó, poco después, él se fue directo a la cama. Jadeando. Despeinado y roto. Transformado. Vencido. Arrastrando los pies hacia su dormitorio.
Ella, mientras, encendió un cigarrillo y se quedó un rato en el baño, aplicándose un cubito de hielo en la mejilla. La tenía inflamada y roja. Y el hielo bajaba la hinchazón.
- ¿Vienes a dormir , Rosa? - gritó él desde la cama.
- Sí, Paco, ya voy, no tardo nada…
Se miró en el espejo. El hematoma tenía ya mejor aspecto y el hielo se había deshecho entre sus manos. Dio otra calada y arrojó el cigarro al váter. Tiró de la cadena, abrió la ventana y miró hacia abajo. Vio las luces pálidas de los faros de los coches y los bloques de hormigón en la distancia. Cerró los ojos. Respiró fuerte. Oyó ladrar a un perro. Salió del baño. Comprobó con sigilo que los niños dormían plácidamente en su cuarto y se sintió en parte aliviada, vagamente feliz. Caminó a pasos lentos hacia su dormitorio.
LUNA Y SOL
(Manu Chao)
Todo es mentira en este mundo
Todo es mentira la verdad
Todo es mentira yo me digo
Todo es mentira ...¿Por qué será?...
Esperando la última ola...
Esperando la última rola ...Arriba la luna Ohea...
Mentira lo que dice
Mentira lo que va
Mentira lo que cuece
Bajo la oscuridad...
...Arriba la luna Ohea... Todo es mentira en este mundo
Todo es mentira la verdad
Todo es mentira yo me digo
¿Todo es mentira?
¿Por qué será?
Mentira la mentira
Mentira la verdad
Mentira lo que cuece
Bajo la oscuridad...
Buscando un ideal
Buscando un ideal
¿Cuándo será?
¿Cuándo será?
¿Por dónde saldrá el sol?
MISTERIOS DEL
LECHO CONYUGAL
(SÓLO
PARA HOMBRES Y CASADAS)
(Mario de Alba)
"Misterios del lecho conyugal" es un pequeño libro de 91 páginas sin desperdicio... El año exacto de su publicación no es seguro, sólo se sabe que es anterior a 1920 (incluso podría ser de finales del siglo XIX).
En esta sección se iran introduciendo fragmentos de este libro que seguro no os dejarán indiferentes,algunos simplemente se ruborizaran y otros sucumbiran a las carcajadas. Y es que en la actualidad se nos hacen curiosas ciertas cosas de la mentalidad de antaño, o por el exceso de machismo instaurado o por ciertas afirmaciones "científicas" o por cualquier otra cosa que hoy en día se ve diferente.
Puesto que cuando estén todos los fragmentos subidos todo el texto será largo, los encontraréis en otra página, más que nada para agilizar la carga de la página, que sinó se hace interminable.
Así pues, si realmente quieres leer esos fragmentos pincha sobre la imagen de la página de presentación del libro.