ANAM CARA
EL LIBRO DE LA
SABIDURÍA CELTA |
|
JOHN O´DONOHUE ¨¨¨ PRIMERA EDICIÓN 1997 |
En memoria de mi padre,
Paddy O'Donohue, que labraba la piedra
con poesía;
de mi tío Pete O'Donohue, que amaba las
montañas;
y de mi tía Brigid. En memoria de John,
Willie,
Mary y Ellie 0'Donohue,
emigrantes que ahora yacen en suelo
estadounidense.
BEANNACHT
Para Josie
|
Que el día
que el peso se abata sobre tus
hombros y
tropieces, baile el
barro para
equilibrarte. Y cuando
tus ojos se hielen
detrás de la
ventana gris y de ti se
apodere el espectro
de lo perdido, que una
legión de colores, índigo,
rojo, verde y azul
heráldico despierte
en ti un vergel
deleitoso. Cuando se
gaste la lona de la barca
del pensamiento y una
mancha de océano se forme
debajo de ti, surque las
aguas un largo
sendero de luna por donde
volver sano y salvo. Sea tuyo el
alimento de la tierra, sea tuya la
claridad de la luz, sea tuyo el
fluir del océano sea tuya la
protección de los antepasados. Y así, que un lento viento te
envuelva en estas palabras de amor, un manto
invisible para velar por tu vida. |
|
Prólogo Qué extraño
es estar aquí. El misterio nunca te deja en paz. Detrás de tu cara, debajo de
tus palabras, por encima de tus pensamientos, debajo de tu mente, acecha el
silencio de otro mundo. Un mundo vive en tu interior. Nadie más puede darte
noticia de este mundo interior. Cada cual es un artista. Al abrir la boca
sacamos sonidos de la montaña que hay debajo del alma. Esos sonidos son
palabras. El mundo está lleno de palabras. Son muchos los que hablan al mismo
tiempo, en voz alta o baja, en salones, en las calles, en la televisión, en
la radio, en el papel, en los libros. El ruido de las palabras conserva para
nosotros lo que llamamos «mundo». Intercambiamos nuestros sonidos y formamos
pautas, vaticinios, bendiciones y blasfemias. Nuestra tribu lingüística
cohesiona el mundo diariamente. Pero el hecho de pronunciar palabras revela
que cada cual crea incesantemente. Cada persona extrae sonidos del silencio
y seduce lo invisible para que se haga visible. Los humanos somos aquí unos recién llegados. Las
galaxias del cíelo se alejan bailando hacia el infinito. Bajo nuestros pies
hay tierra antigua. Fuimos bellamente formados con esta arcilla. Sin
embargo, el guijarro más pequeño es millones de años más viejo que nosotros.
En tus pensamientos busca un eco el universo silencioso. Un mundo ignoto
anhela reflejarse. Las palabras son espejos indirectos que contienen tus
pensamientos. Contemplas estas palabras-espejo y vislumbras significados,
raíces y refugio. Detrás de su superficie brillante hay oscuridad y
silencio. Las palabras son como el dios Jano, miran a la vez hacia dentro y
hacia fuera. Si nos
volvemos adictos a lo exterior, nuestra interioridad vendrá a acosarnos. Nos
dominará la sed y ninguna imagen, persona o acto podrá saciarla. Para estar
completos, debemos ser fíeles a nuestra compleja vulnerabilidad. Para
conservar el equilibrio, debemos mantener unido lo interior y lo exterior, lo
visible y lo invisible, lo conocido y lo desconocido, lo temporal y lo
eterno, lo antiguo y lo nuevo. Nadie puede afrontar esta misión por nosotros.
Cada cual es umbral, único e irrepetible, de un mundo interior. Esta
integridad es santidad. Ser santo es ser natural, acoger los mundos que
encuentran equilibrio en ti. Detrás de la fachada de la imagen y la
distracción, cada uno es un artista en este sentido primigenio e inexorable.
Cada uno está condenado y tiene el privilegio de ser un artista interior que
lleva consigo y da forma a un mundo único. La
presencia humana es un sacramento creativo y turbulento, un signo visible de
la gracia invisible. No existe otro acceso a misterio tan íntimo y aterrador.
La amistad es la gracia dulce que nos libera para afrontar esta aventura,
reconocerla y habitarla. Este libro quiere ser un espejo indirecto donde
vislumbrar la presencia y el poder de la amistad interior y exterior. La
amistad es una fuerza creadora y subversiva. Asegura que la intimidad es la
ley secreta de la vida y el universo. El viaje humano es un acto continuo de
transfiguración. Afrontados con amistad, lo desconocido, lo anónimo, lo negativo
y lo amenazante nos revelan poco a poco su secreta afinidad. El ser humano,
en tanto que artista, está siempre activo en esta revelación. La imaginación
es la gran amiga de lo desconocido. Invoca y libera constantemente el poder
de la posibilidad. Por consiguiente, no se ha de reducir la amistad a una
relación excluyente o sentimental; es una fuerza mucho más extensa e
intensa. El pensamiento celta no era discursivo ni sistemático. Pero en
sus especulaciones líricas los celtas dieron expresión a la sublime unidad
de la vida y la experiencia. El pensamiento celta no estaba lastrado por el
dualismo. No dividía lo que propiamente ha de estar unido. La imaginación
celta expresa la amistad interior que abarca como un todo la naturaleza, la
divinidad, el mundo subterráneo y el mundo humano. El dualismo que separa lo
visible de lo invisible, el tiempo de la eternidad, lo humano de lo divino,
les era ajeno. Su sentido de la amistad ontológica generaba un mundo empírico
impregnado de una rica textura de alteridad, ambivalencia, simbolismo e
imaginación. Para nuestra separación dolorosa, la posibilidad de esta amistad
fecunda y unifícadora es el don de los celtas. La concepción celta de la amistad encuentra su inspiración y
plenitud en la sublime idea del anam cara. Anam es la palabra gaélica que
significa «alma»; cara es «amigo». De manera que anam cara significa «alma
gemela, amigo espiritual e íntimo». Anam cara era una persona a quien uno
podía revelar las intimidades ocultas de la vida. Esta amistad era un acto
de reconocimiento y pertenencia. Cuando se tenía un anam cara, esa amistad
trascendía todas las convenciones y categorías. Los amigos espirituales
estaban unidos de una manera antigua y eterna. Inspirándonos en este
concepto, en el capítulo 1 analizaremos la amistad interpersonal. La idea
central es aquí el reconocimiento y el despertar de la antigua comunión que
hace de los dos amigos uno. Puesto que el nacimiento del corazón humano es un
proceso en curso, el amor es nacimiento continuo de creatividad en y entre
nosotros. Exploraremos el anhelo en tanto que presencia de lo divino y el
alma como casa del arraigo. En el
capítulo 2 esbozaremos una espiritualidad de la amistad con el cuerpo. El
cuerpo es tu casa de arcilla, la única que tienes en el universo. El cuerpo
está en el alma; este reconocimiento confiere al cuerpo una dignidad sagrada
y mística. Los sentidos son antesalas de lo divino. La espiritualidad de los
sentidos es la espiritualidad de la transfiguración. En el
capítulo 3, exploraremos el arte de la amistad interior. Cuando uno deja de
temer a su soledad, una nueva creatividad despierta en su seno. La riqueza
interior olvidada o descuidada empieza a revelarse. Uno vuelve a su casa
interior y aprende a descansar en ella. Los pensamientos son los sentidos
interiores. Infundidos de silencio y soledad, revelan el misterio del
paisaje interior. En el
capítulo 4 reflexionaremos sobre el trabajo como poética del crecimiento. Lo
invisible anhela volverse visible, expresarse en nuestras acciones. Éste es
el deseo íntimo del trabajo. Cuando nuestra vida interior entabla amistad con
el mundo exterior del trabajo, se despierta una nueva imaginación y se
producen grandes cambios. En el
capítulo 5 contemplaremos nuestra amistad en el tiempo de las cosechas de la
vida, la vejez. Exploraremos la memoria, el lugar donde nuestros días
pasados se reúnen secretamente y reconocen que el corazón fervoroso nunca
envejece. El tiempo es eternidad que vive peligrosamente. En el
capítulo 6, indagaremos en nuestra amistad inexorable con el camarada
primero y último, la muerte. Reflexionaremos sobre la muerte como el
camarada invisible que nos acompaña en el camino de la vida desde el nacimiento.
La muerte es la gran herida del universo, la raíz de todo miedo y
negatividad. La amistad con nuestra muerte nos permitiría celebrar la
eternidad del alma, que la muerte no puede tocar. La
imaginación celta amaba el círculo. Veía que el ritmo de la
experiencia, la naturaleza y la divinidad, seguía un camino circular. La
estructura de este libro así lo reconoce al seguir un ritmo circular.
Comienza con la exploración de la amistad como despertar, luego indaga en los
sentidos como puertas inmediatas y creativas. Así prepara el terreno para una
evaluación positiva de la soledad, que a su vez busca expresarse en el mundo
exterior del trabajo y la acción. A medida que disminuye nuestra energía
exterior, afrontamos la misión de envejecer y morir. Esta estructura sigue el
círculo de la vida en su espiral hacia la muerte y trata de echar luz sobre
la profunda invitación que presenta. Los capítulos giran en tomo al capítulo 7, mudo y
oculto, que abarca el antiguo centro innominado del yo humano. Aquí reside
lo indecible, lo inefable. Este libro quiere ser esencialmente una
fenomenología de la amistad en forma lírico-especulativa. Se inspira en la
metafísica lírica que subyace en la espiritualidad celta. Más que un análisis
fragmentario de datos sobre los celtas, es una amplia reflexión, una
conversación interior con la imaginación celta que se propone exponer la
filosofía y la espiritualidad de la amistad que la caracterizan. |
EL MISTERIO DE LA AMISTAD

La luz es generosa
Si alguna vez
te has encontrado al aire libre poco antes del alba, habrás observado que la hora
más oscura de la noche es la que precede a la salida del sol. Las tinieblas se
vuelven más oscuras y anónimas. Si nunca hubieras estado en el mundo ni sabido
lo que era el día, jamás podrías imaginar cómo se disipa la oscuridad, cómo
llega el misterio y el color del nuevo día. La luz es increíblemente generosa,
pero a la vez dulce. Si observas cómo llega el alba, verás cómo la luz seduce a
las tinieblas. Los dedos de luz aparecen en el horizonte; sutil, gradualmente,
retiran el manto de oscuridad que cubre el mundo. Tienes frente a ti el
misterio del amanecer, del nuevo día. Emerson dijo: «Los días son dioses, pero
nadie lo sospecha.» Una de las tragedias de la cultura moderna es que hemos
perdido el contacto con estos umbrales primitivos de la naturaleza. La
urbanización de la vida moderna nos apartó de esta afinidad fecunda con nuestra
madre Tierra. Forjados desde la tierra, somos almas con forma de arcilla.
Debemos latir al unísono con nuestra voz interior de arcilla, nuestro anhelo.
Pero esta voz se ha vuelto inaudible en el mundo moderno. Al carecer de
conciencia de lo que hemos perdido, el dolor de nuestro exilio espiritual es
más intenso por ser en gran medida incomprensible.
Durante la
noche, el mundo descansa. Árboles, montañas, campos y rostros son liberados de
la prisión de la forma y la visibilidad. Al amparo de las tinieblas, cada cosa
se refugia en su propia naturaleza. La oscuridad es la matriz antigua. La noche
es el tiempo de la matriz. Nuestras almas salen a Jugar. La oscuridad todo lo
absuelve; cesa la lucha por la identidad y la impresión. Descansamos durante la
noche. El alba es un momento renovador, prometedor, lleno de posibilidades. A
la luz nueva del amanecer reaparecen bruscamente los elementos de la
naturaleza: piedras, campos, ríos y animales. Así como la oscuridad trae
descanso y liberación, el día significa despertar y renovación. Seres mediocres
y distraídos, olvidamos que tenemos el privilegio de vivir en un universo
maravilloso. Cada día, el alba revela el misterio de este universo. No existe
sorpresa mayor que el alba, que nos despierta a la presencia vasta de la
naturaleza. El color maravillosamente sutil del universo se alza para
envolverlo todo. Así lo expresa William Blake:
«Los colores son las heridas de la
luz». Los colores destacan la perspectiva de nuestra presencia secreta en el
corazón de la naturaleza.
En la poesía
celta campean el color, la fuerza y la intensidad de la naturaleza. En sus
bellos versos reconoce el viento, las flores, la rompiente de las olas sobre la
tierra. La espiritualidad celta venera la luna y adora la fuerza vital del
sol. Muchos antiguos dioses celtas estaban próximos a las fuentes de la
fertilidad y el arraigo. Por ser un pueblo próximo a la naturaleza, ésta era
una presencia y una compañera. La naturaleza los alimentaba; con ella sentían
su mayor arraigo y afinidad. La poesía natural celta está imbuida de esta
calidez, asombro y sentido del arraigo. Una de las oraciones celtas más
antiguas se titula La coraza de San Patricio; su nombre más profundo es La
brama del ciervo. No hay división entre la subjetividad y los elementos. A
decir verdad, son las mismas fuerzas elementales las que dan forma y elevación
a la subjetividad:
Amanezco hoy
por la fuerza del cielo, la luz del sol,
el resplandor de la luna,
el esplendor del fuego,
la velocidad del rayo,
la rapidez del viento,
la profundidad del mar,
la estabilidad de la tierra,
la firmeza de la roca.
Amanezco hoy
por la fuerza
secreta de Dios que me guía.
En el mundo
celta reman la inmediatez y el sentido del arraigo. Su mentalidad veneraba la
luz. Su espiritualidad emerge como una nueva constelación para nuestra época.
Estamos solos y perdidos en nuestra transparencia hambrienta. Necesitamos con
urgencia una luz nueva y dulce donde el alma encuentre refugio y revele su
antiguo deseo de arraigo. Necesitamos una luz que haya conservado su afinidad
con las tinieblas, porque somos hijos de las tinieblas y de la luz.
Siempre
estamos viajando de las tinieblas a la luz. Al principio somos hijos de las
tinieblas. Tu cuerpo y tu cara se formaron en la benévola oscuridad. Viviste
tus primeros nueve meses en las aguas oscuras del vientre de tu madre. Tu
nacimiento fue un viaje de la oscuridad hacia la luz. Durante toda tu vida, tu
mente vive en la oscuridad de tu cuerpo. Cada uno de tus pensamientos es un
instante fugaz, una chispa de luz que proviene de tu oscuridad interior. El
milagro del pensamiento es su presencia en el lado nocturno de tu alma; el
resplandor del pensamiento nace en las tinieblas. Cada día es un viaje. Salimos
de la noche al día. La creatividad nace en ese umbral primero donde la luz y
las tinieblas se prueban y se bendicen entre sí. Solamente encuentras
equilibrio en la vida cuando aprendes a confiar en el fluir de este ritmo
antiguo. Asimismo, el año es un viaje con el mismo ritmo. Los celtas eran
profundamente conscientes de la naturaleza circular de nuestro viaje. Salimos
de la oscuridad del invierno a la promesa y la efervescencia de la primavera.
En
definitiva, la luz es la madre de la vida. Donde no hay luz, no hay vida. Si el
ángulo del Sol se apartara de la Tierra, desaparecería la vida humana, animal y
vegetal que conocemos. El hielo cubriría la corteza. La luz es la presencia
secreta de lo divino. Mantiene despierta la vida. Es una presencia nutricia.
Despierta el calor y el color en la naturaleza. El alma despierta y vive en la
luz. Nos ayuda a vislumbrar lo sagrado en lo profundo de nuestro ser. Cuando
los seres humanos empezaron a buscar el significado de la vida, la luz se
convirtió en una de las metáforas más vigorosas para expresar su eternidad y
hondura. En la tradición occidental, como en la celta, se suele comparar el
pensamiento con la luz. Se consideraba que el intelecto, en su luminosidad, era
el asiento de lo divino en nuestro interior.
Cuando la
mente humana empezó a explorar el siguiente gran misterio de la vida, el del
amor, también utilizó la luz como metáfora de su poder y presencia. Cuando el
amor despierta en tu vida, en la noche de tu corazón, es como un alba en tu
interior. Donde había anonimato, hay intimidad; donde había miedo, hay coraje;
donde reinaba la torpeza, juegan la gracia y el donaire; donde había aristas,
ahora eres elegante y estás en sintonía con el ritmo de tu yo. Cuando el amor
despierta en tu vida, es como un renacer, un comienzo nuevo.
Aunque el
cuerpo humano nace íntegro en un instante, el corazón humano nunca termina de
nacer. Es pando en cada vivencia de tu vida. Todo cuanto te sucede tiene el potencial
de hacerte más profundo. Hace nacer en ti nuevos territorios del corazón.
Patrick Kavanagh aprehende esta sensación de bendición del suceso: «Ensalza,
ensalza, ensalza/lo que sucedió y lo que es». Uno de los sacramentos más
bellos de la tradición cristiana es el bautismo, que significa ungir el
corazón del niño. El bautismo viene de la tradición judía. Para los judíos, el
corazón era el centro de todas las emociones. Se unge el corazón como órgano
principal de la salud del niño, pero también como lugar donde anidarán sus
sentimientos. La oración pide que el niño que acaba de nacer jamás quede
atrapado, apresado o enredado en las falsas redes interiores del negativismo,
el rencor o la autodestrucción. Con las bendiciones se aspira a que el niño
posea fluidez de sentimientos en su vida, que sus sentimientos fluyan
libremente, transporten su alma hacia el mundo y recojan de éste alegría y paz.
Sobre el
telón de fondo de la infinitud del cosmos y la profundidad hermética de la
naturaleza, el rostro humano resplandece como icono de la intimidad. Es aquí,
en este icono de la presencia humana, donde la divinidad creadora se acerca más
a sí misma. El rostro humano es el icono de la creación. Cada persona posee a
la vez un rostro interior, intuido pero jamás visto. El corazón es el rostro
interior de tu vida. El .viaje humano trata de que este rostro sea bello. Es
aquí donde el amor anida en tu seno. El amor es absolutamente vital para la
vida humana. Porque sólo el amor puede despertar la divinidad en ti. En el amor
creces y vuelves a ti mismo. Cuando aprendes a amar y a permitir que tu yo sea
amado, vuelves a la casa de tu propio espíritu. Estás abrigado y a salvo.
Alcanzas la integridad en la casa de tus anhelos y tu arraigo. Ese crecimiento
y retomo a la casa es el beneficio inesperado del acto de amar a otro. El primer
paso del amor es prestar atención al otro, un acto generoso de negación del
propio yo. Paradójicamente, ésta es la condición que nos permite crecer.
Cuando
despierta el alma, comienza la búsqueda y jamás podrás volver atrás. A partir
de ese momento se enciende en ti un anhelo especial que no permitirá que te
entretengas en las estepas de la autocomplacencia y la realización parcial. La
eternidad te apremia. Eres reacio a permitir que un acomodo o la amenaza de un
peligro te impida bregar para alcanzar la cima de la realización. Cuando se te
abre este camino espiritual, puedes aportar al mundo y a la vida de los demás
una generosidad increíble. A veces es fácil ser generoso hacia fuera, dar
mientras se es tacaño con uno mismo. Si eres generoso para dar, pero tacaño
para recibir, pierdes el equilibrio de tu alma. Debes ser generoso con tu
propio yo para recibir el amor que te rodea. Puedes sufrir la sed desesperante
de ser amado. Puedes buscar durante largos años en lugares desiertos, muy lejos
de ti. Sin embargo, en todo este tiempo, este amor está a centímetros de ti.
Está en el borde de tu alma, pero has sido ciego a su presencia. Debido a una
herida, una puerta del corazón se ha cerrado y eres incapaz de abrirla para
recibir el amor. Debemos estar atentos para ser capaces de recibir. Boris
Pasternak dijo: «Cuando un gran momento llama a la puerta de tu vida, a veces
el ruido no es más fuerte que el latido de tu corazón y es muy fácil pasarlo
por alto».
Es una
extraña paradoja que el mundo ame el poder y la propiedad. Puedes ser un
triunfador en este mundo, ser objeto de admiración universal, poseer vastas
propiedades, una hermosa familia, triunfar en el trabajo y tener todo lo que el
mundo puede dar, pero detrás de esa fachada puedes sentirte totalmente perdido
y desdichado. Si tienes todo lo que el mundo puede ofrecerte, pero te falta
amor, eres el más pobre de los pobres. Todo corazón humano tiene sed de amor.
Si en tu corazón no anida la calidez del amor, no tienes nada que celebrar ni
que disfrutar. Aunque seas industrioso, competente, seguro de tí o respetado,
no importa lo que tú mismo o los demás piensen de ti, lo único que realmente
anhelas es amor. No importa dónde estemos, qué o quiénes somos, en qué viaje
estamos embarcados, todos necesitamos el amor.
Aristóteles
dedica varias páginas de su Ética a reflexionar sobre la amistad. La basa en
la idea de la bondad y la belleza. El amigo es el que desea el bien del otro.
La amistad es la gracia que da calor y dulzura a la vida: «Nadie quiere vivir
sin amigos, aunque no le falte nada más».
El alma necesita
amor con tanta urgencia como el cuerpo necesita oxígeno. El alma alcanza su
plenitud en la calidez del amor. Todas las posibilidades de tu destino humano
duermen en tu alma. Existes para cumplir y honrar estas posibilidades. Cuando
el amor entra en tu vida, las dimensiones ignotas de tu destino despiertan,
florecen y crecen. La posibilidad es el corazón secreto del tiempo. Sobre su
superficie exterior, el tiempo es vulnerable a la transitoriedad. Cada día,
triste o bello, se agota y se desvanece. En su corazón más profundo, el tiempo
es transfiguración. Tiene en cuenta la posibilidad y se asegura de que nada se
pierda u olvide. Aquello que parece desvanecerse en su superficie, en
realidad se transfigura y aloja en el tabernáculo de la memoria. La posibilidad
es el corazón secreto de la creatividad. Martín Heidegger habla de la
«prioridad ontológica» de la posibilidad. En el nivel más profundo del ser, la
posibilidad es la madre y a la vez el destino transfigurado de lo que llamamos
hechos y sucesos. Este mundo callado y secreto de lo eterno es el alma. El amor
es la naturaleza del alma. Cuando amamos y permitimos que se nos ame, habitamos
cada vez más el reino de lo eterno. El miedo se vuelve coraje, el vacío deviene
plenitud y la distancia, intimidad.
El amor es
nuestra naturaleza más profunda; consciente o inconscientemente, todos buscamos
el amor. Con frecuencia elegimos caminos falsos para satisfacer esta sed
profunda. La concentración excesiva en nuestro trabajo, logros o búsqueda
espiritual puede alejarnos de la presencia del amor. En la obra del alma,
nuestras falsas urgencias pueden despistarnos por completo. Lejos de ir en
busca del amor, sólo debemos quedamos quietos y esperar que el amor nos
encuentre. Algunas de las palabras más bellas sobre el amor se encuentran en la
Biblia. La epístola de san Pablo a los corintios es hermosísima: «El amor es
sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no
se envanece. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Y
ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de
ellos es el amor». Otro versículo de la Biblia dice: «El amor perfecto aleja el
miedo».
Umbra nihili
En un
universo vasto que a veces parece siniestro e indiferente a nosotros,
necesitamos la presencia y el abrigo del amor para transfigurar nuestra
soledad. Esta soledad cósmica es la raíz de nuestra soledad interior. Nuestra
vida, todo lo que hacemos, pensamos y
sentimos está rodeado por la Nada. De ahí que sea tan fácil atemorizarnos. El
Maestro Eckhart dice que la vida humana se encuentra bajo la sombra de la Nada, sub umbra nihili. Sin embargo, el amor
es la hermana del alma, su lenguaje más profundo y su presencia. En el amor, a
través de su calor y creatividad, el alma nos protege de la desolación de la
Nada. No podemos llenar nuestro vacío con objetos, posesiones o personas.
Debemos avanzar más profundamente en ese vacío para encontrar debajo de la Nada
la llama del amor que nos aguarda para darnos calor.
Nadie puede
herirte tan profundamente como tu ser amado. Cuando admites al Otro en tu vida,
abres tus defensas. Aun después de años de convivencia, tu afecto y confianza
pueden sufrir una decepción. La vida es peligrosamente imprevisible. La gente
cambia, a veces de manera drástica y repentina. El resentimiento y el rencor
desplazan el arraigo y el afecto. Toda amistad atraviesa en algún momento el
valle negro de la desesperación. Esto pone a prueba tu afecto en todos sus
aspectos. Pierdes la atracción y la magia. El sentimiento mutuo se vuelve
sombrío, la presencia hiere. Si eres capaz de atravesar este tiempo, tu amor
puede emerger purificado, despojado de la falsedad y las carencias. Te llevará
a otro terreno donde el afecto puede volver a crecer. A veces una amistad se
echa a perder y las partes apuntan a sus centros de negativismo recíproco.
Cuando se unen en el punto de carencia, es como si parieran un espectro
dispuesto a devorar el último retazo de afecto entre los dos. Ambos son
despojados de su esencia. Se vuelven impotentes, recíprocamente obsesionados.
Entonces son necesarios la oración profunda, mucha atención y cuidados para
reorientar las almas. El amor puede herirnos profundamente. Debemos tener mucho
cuidado. El filo de la Nada corta hasta el hueso. Otros quieren amar,
entregarse, pero les falta energía. Llevan en sus corazones los cadáveres de
antiguas relaciones, son adictos a las heridas como confirmación de su
identidad. Cuando una amistad se reconoce como un don, permanecerá abierta a su
propio terreno de bendición.
Cuando amas,
abres tu vida a un Otro. Caen todas tus barreras. Tus distancias protectoras se
derrumban. Esa persona recibe permiso absoluto para penetrar en el templo más
profundo de tu espíritu. Tu presencia y tu vida pueden volverse terreno suyo.
Se necesita mucho coraje para permitir semejante acercamiento. Puesto que el
cuerpo habita en el alma, cuando permites semejante proximidad, dejas que el
otro se vuelva parte de ti. En la afinidad sagrada del amor verdadero, dos
almas se vuelven gemelas. El cascarón exterior y el contorno de la identidad
se vuelven porosos. Se runden mutuamente.
El Anam cara
La tradición
celta posee una hermosa concepción del amor y la amistad. Una de sus ideas
fascinantes es la del amor del alma, que en gaélico antiguo es anam cara,
«Anam» significa «alma» en gaélico, y «cara» es «amistad». De manera que
«anam-cara» en el mundo celta es el «amigo espiritual». En la iglesia celta
primitiva se llamaba anam cara a un maestro, compañero o guía espiritual. Al
principio era un confesor» a quien uno revelaba lo más íntimo y oculto de su
vida. Al anam cara se le podía revelar el yo interior, la mente y el corazón.
Esta amistad era un acto de reconocimiento y arraigo. Cuando uno tenía un anam
cara, esa amistad trascendía las convenciones, la moral y las categorías. Uno
estaba unido de manera antigua y eterna con el amigo espiritual. Esta
concepción celta no imponía al alma limitaciones de espacio ni tiempo. El alma
no conoce jaulas. Es una luz divina que penetra en ti y en tu otro. Este nexo
despertaba y fomentaba una camaradería profunda y especial. Juan Casiano dice
en sus Colaciones que este vínculo entre amigos es indisoluble: «Esto, digo,
es lo que no puede romper ningún azar, lo que no puede cortar ni destruir
ninguna porción de tiempo o de espacio; ni siquiera la muerte puede
dividirlo».
En la vida
todos tienen necesidad de un anam cara, un «amigo espiritual». En este amor
eres comprendido tal como eres, sin máscaras ni pretensiones. El amor permite
que nazca la comprensión, y ésta es un tesoro invalorable. Allí donde te
comprenden está tu casa. La comprensión nutre la pertenencia y el arraigo.
Sentirte comprendido es sentirte libre para proyectar tu yo sobre la confianza
y protección del alma del otro. Pablo Neruda describe este reconocimiento en
un bello verso: «Eres como nadie porque te amo». Este arte del amor revela la
identidad especial y sagrada de la otra persona. El amor es la única luz que
puede leer realmente la firma secreta de la individualidad y el alma del otro.
En el mundo original, sólo el amor es sabio, sólo él puede descifrar la
identidad y el destino.
El anam cara
es un don de Dios. La amistad es la naturaleza de Dios. La idea cristiana de
Dios como Trinidad es la más sublime expresión de la alteridad y la intimidad,
un intercambio eterno de amistad. Esta perspectiva pone al descubierto el bello
cumplimiento del anhelo de inmortalidad que palpitaba en las palabras de
Jesús: «Os llamo amigos». Jesús, como hijo de Dios, es el primer Otro del
universo; es el prisma de toda diferencia. Es el anam cara secreto de todos
los individuos. Con su amistad penetramos en la tierna belleza y en los afectos
de la Trinidad. Al abrazar esta amistad eterna nos atrevemos a ser libres. En toda
la espiritualidad celta hay un hermoso motivo trinitario. Esta breve invocación
lo refleja:
Los Tres Sacrosantos mi fortaleza son, que vengan y rodeen mi casa
y mi fogón.
Por consiguiente, el amor no es
sentimental. Por el contrario, es la forma más real y creativa de la presencia
humana. El amor es el umbral donde lo divino y la presencia humana fluyen y
refluyen hacia el otro.
La naturaleza
sagrada de la intimidad
Nuestra
cultura está obsesionada por el concepto de relación. Todo el mundo habla de
ello. Es un tema constante en la televisión, el cine y los medios de
información. La tecnología y los medios no unen el mundo. Pretenden crear un
mundo unido por redes electrónicas, pero en realidad sólo ofrecen un mundo
simulado de sombras. Por eso nuestro mundo humano se vuelve más anónimo y
solitario. En un mundo donde el ordenador reemplaza el encuentro entre seres
humanos y la psicología reemplaza a la religión, no es casual que exista
semejante obsesión por las relaciones. Desgraciadamente, el término mismo se ha
convertido en un centro vacío en torno del cual nuestra sed solitaria anda
hurgando en busca de calor y comunión. El lenguaje público de la intimidad es
en gran medida hueco y sus repeticiones incesantes suelen delatar la falta
total de aquélla. La verdadera intimidad es una vivencia sagrada. Jamás exhibe
su confianza y comunión secretas ante el ojo escopófilo de una cultura de neón.
La intimidad verdadera es propia del alma, y el alma es discreta.
La Biblia
dice que nadie puede vivir después de ver a Dios. Extrapolando esto, podría
decirse que nadie puede vivir después de verse a sí mismo. A lo sumo se puede
intuir la propia alma. Se pueden vislumbrar su luz, colores y contornos.
Experimentar la inspiración de sus posibilidades y la maravilla de sus
misterios. En la tradición celta, y en especial en la lengua gaélica, existe
una fina intuición de que el acercamiento a otra persona debe encarnar un acto
sagrado. En gaélico no existe nuestro «hola». Cuando uno se encuentra con
otro, se intercambian bendiciones. Uno dice:
Día dhuit, «Dios sea contigo». El otro
responde: Día is Muire dhuit, «Dios y María sean contigo». Cuando se separan,
uno dice: Go gcumhdai Dia thu, «Que Dios venga en tu ayuda», o Gogcoinne Día
thu, «Dios te guarde». El rito del encuentro comienza y termina con
bendiciones. A lo largo de una conversación en gaélico se reconoce
explícitamente la presencia divina en el otro. Este reconocimiento también está
plasmado en antiguos dichos, tales como «la mano del forastero es la mano de
Dios». La llegada del forastero no es casual; trae un don y un esclarecimiento
particulares.
Desde hace
años tengo ganas de escribir un cuento sobre un mundo en el cual cada uno conocería
a una sola persona durante toda su vida. Lógicamente, para dibujar ese mundo,
este postulado debería prescindir de consideraciones biológicas. Uno tendría
que guardar años de silencio ante el misterio de la presencia en el Otro, antes
de poder acercarse. En toda su vida uno no encontraría más que un par de
personas a lo sumo. Esta idea adquiere mayor realidad si uno pasa revista a su
vida y distingue los amigos de los conocidos. No son lo mismo. La amistad es
un vínculo más profundo y sagrado. Shakespeare lo dice con una frase muy bella:
«Los amigos que tienes y su atención probada, sujétalos a tu alma con argollas
de acero.» Un amigo es un tesoro increíblemente valioso. Es un ser amado que
despierta tu vida para liberar las posibilidades salvajes que hay en ti.
Irlanda es un país de ruinas. Las
ruinas no están vacías. Son lugares sagrados que rebosan de presencias. Un
amigo mío, sacerdote en Conamara, pensaba construir una playa de
estacionamiento junto a su iglesia. Cerca había una ruina, abandonada desde
hacía cincuenta o sesenta años. Fue a ver al hombre cuya familia había vivido
allí años antes y le pidió que le cediera las piedras para los cimientos. El
hombre se negó. Cuando el sacerdote preguntó por qué, respondió: Ceard a
dheanfadh anamacha mo mhuinitire ansin?, es decir, «¿qué sería de las almas de
mis antepasados?». Quería decir que incluso en unas ruinas largamente abandonadas,
las almas de quienes las habían habitado poseían una afinidad y apego
particulares al lugar. La vida y pasión de una persona dejan su impronta en el
éter. El amor no permanece enclaustrado en el corazón, sino que sale a construir
tabernáculos secretos en el paisaje.
Diarmad y Gráinne
Por toda
Irlanda se ven bellas piedras llamadas dólmenes. Se trata de dos enormes
bloques de piedra caliza colocadas paralelamente. Sobre ellas se pone otra a
manera de techo. La tradición celta las llama leaba Dhiarmada agus Gráinne, es
decir, «cama de Diarmad y Gráinne». Dice la leyenda que Gráinne era la
compañera de un jefe de los Fianna, los viejos soldados celtas. Se enamoró de
Diarmad, los dos huyeron y los fianna los persiguieron por todo el país. Los
animales les daban refugio, y personas sabias les daban consejos para eludir a
sus perseguidores. Se les dijo que no debían pasar más de dos noches en un
lugar. Pero se decía que donde se detenían a descansar, Diarmad construía un
dolmen para su amada. Las investigaciones arqueológicas han revelado que eran
las tumbas de los jefes. La leyenda es más interesante y vibrante. Es una bella
imagen de la sensación de impotencia que suele acompañar al amor. Cuando uno
se enamora, se desvanecen el sentido común, la racionalidad y la personalidad
seria, discreta y respetable. Uno vuelve a ser adolescente; hay un fuego nuevo
en su vida. Uno está revitalizado. Cuando no hay pasión, el alma está dormida o
ausente. Cuando la pasión despierta, el alma vuelve a ser Joven y libre,
vuelve a danzar. La vieja leyenda celta nos muestra el poder del amor y la
energía de la pasión. Uno de los poemas más elocuentes sobre la
transfiguración de la vida por este anhelo es el Anhelo dichoso de Goethe:
No se lo digáis a nadie, sino tan sólo a los sabios, que el vulgo
siempre propende a la burla y el sarcasmo;
pero al que ansía consumirse en la llama, yo lo alabo. En el
frescor de las noches amorosas, en el trueque plácido de las caricias, al ver
la vela que esplende y el cuarto alumbra tranquila, un extraño sentimiento más
de una vez te acomete. No quisieras seguir preso en la sombra y las tinieblas,
y de una vida más alta un ansia sientes violenta. Para ti no hay ya distancias:
suelto y libre alzas el vuelo hacia la llama, y al fin, igual que la mariposa,
en ella abrasas tu cuerpo. Que mientras en ti cumplido no veas el «¡Muere y
transfórmate!», serás en la oscura tierra no más que un huésped borroso que
vaga entre las tinieblas.
(Trad. de R. Cansinos Asséns)
El poema expresa la maravillosa fuerza espiritual que es el centro
del anhelo y sugiere la gran vitalidad oculta en él. Cuando uno cede a la pasión
creativa, ésta lo transporta a los umbrales últimos de la transfiguración y la
renovación. Este crecimiento causa dolor, pero es dolor sagrado. Hubiera sido
mucho más trágico evitar cautelosamente estas profundidades para quedar anclado
en la superficie lustrosa de la banalidad.
El amor como reconocimiento antiguo
La verdadera
amistad o el amor no se fabrican ni conquistan. La amistad siempre es un acto
de reconocimiento. Esta metáfora se puede hundir en la naturaleza arcillosa del
cuerpo humano. Cuando encuentras a la persona que amas, un acto de
reconocimiento antiguo os reúne. Es como si millones de años antes de que la
naturaleza rompiera su silencio, su arcilla y la tuya yacieran juntas. Luego,
en el ciclo de las estaciones, esa arcilla única se dividió y separó. Cada uno
se alzó como formas individuales de arcilla que alojaban su individualidad y
destino. Sin saberlo, vuestras memorias secretas lloraban la ausencia mutua.
Mientras vuestros seres de arcilla deambulaban durante miles de años por el
universo, el anhelo del otro nunca decayó. Esta metáfora permite explicar cómo
se reconocen súbitamente dos almas en el momento de la amistad. Puede ser un encuentro
en la calle, en una fiesta, en una conferencia, una presentación banal, y en
ese momento se produce el rayo del reconocimiento que enciende las brasas de la
afinidad. Se produce un despertar, una sensación de conocimiento antiguo.
Entráis. Habéis regresado a casa por fin.
En la
tradición clásica esto encuentra una expresión maravillosa en el Simposio,
mágico diálogo de Platón sobre la naturaleza del amor. Platón vuelve al mito
de que en el principio los humanos no eran individuos singulares. Cada persona
era dos seres en uno. Luego se separaron; por consiguiente, uno pasa la vida
buscando su otra mitad. Al encontrarse, se descubren por medio de este acto de
reconocimiento. En la amistad se cierra un círculo antiguo. Lo que hay de
antiguo entre ambos os cuidará, abrigará y unirá. Cuando dos personas se
enamoran, pasan de la soledad del exilio a la casa única de su comunión. En
las bodas corresponde reconocer la grada del destino que permitió el encuentro
de estas dos personas. Cada una reconoció en la otra a aquella en la cual su
corazón encontraría refugio. El amor jamás debe ser una carga, porque hay algo
más entre ambos que la presencia mutua.
Para reflejar
esto se necesita una palabra más vibrante que la tan trillada «relación». Las
frases como «se cierra un círculo antiguo» y «un anhelo antiguo despierta y toma
conciencia de sí» ayudan a revelar el significado profundo y el misterio del
encuentro. Expresan en el lenguaje sacro del alma la unicidad y la intimidad
del amor. Cuando dos personas se aman, se genera una tercera fuerza entre
ellas. Una amistad interrumpida no siempre se restaura con horas interminables
de análisis y consejos. Es necesario modificar el ritmo de los encuentros y
reanudar el contactó con la antigua comunión que los reunió. Esta antigua afinidad
os mantendrá unidos si invocáis su poder y su presencia. Dos personas
realmente despiertas habitan un círculo de comunión. Han despertado una fuerza
más antigua que los envolverá y abrigará.
La amistad
exige que se la alimente. La gente suele dedicar su atención principalmente a
los hechos de la vida, su situación, trabajo y categoría social. Vuelcan sus
mayores energías al hacer. El Maestro Eckhart escribió bellas palabras sobre
esta tentación. Según él, muchas personas se preguntan dónde deberían estar y
qué deberían hacer, cuando en realidad deberían preocuparse por cómo ser. El
amor es el lugar de mayor ternura en tu vida. En una cultura preocupada por las
rigideces y definiciones nítidas, y que por consiguiente le exaspera el
misterio, es difícil sustraerse a la transparencia de la luz falsa para entrar
en el tenue resplandor del mundo del alma. Acaso la luz del alma es como la de
Rembrandt, esa luz rojiza, dorada, que caracteriza su obra. Esta luz crea una
sensación de volumen y sustancia en las figuras sobre las cuales derrama su
suave resplandor.
La tradición
budista concibe la amistad según la bella idea del kaliyana mitra, el «amigo
noble». Tu kaliyana mitra, lejos de admitir tus pretensiones, te obligará, con
dulzura y mucha firmeza, a afrontar tu ceguera. Nadie puede ver su vida
íntegramente. Así como la retina del ojo tiene un punto ciego, el alma tiene
un lado ciego que no puedes ver. Por eso dependes del ser amado, que ve lo que
tú no puedes ver. Tu kaliyana mitra es el complemento benigno e indispensable
de tu visión. Semejante amistad es creativa y crítica; está dispuesta a
recorrer territorios escabrosos y accidentados de contradicción y sufrimiento.
Uno de los
anhelos más profundos del alma humana es el de ser visto. En el antiguo mito,
Narciso ve su cara reflejada en el agua y queda obsesionado por ella.
Desgraciadamente, no hay espejo en el que puedas ver el reflejo de tu alma. Ni
siquiera puedes verte de cuerpo entero. Si miras detrás de ti, pierdes de vista
el frente. Tu yo jamás te verá íntegramente. Aquel que amas, tu anam cara, tu
alma gemela, es el espejo más fiel de tu alma. La intregridad y la claridad de
la amistad verdadera dibuja el contorno real de tu espíritu. Es hermoso contar
con semejante presencia en tu vida.
Tanto amor y
comunión están a nuestro alcance porque el alma contiene el eco de una
intimidad primordial. Cuando hablan de cosas primordiales, los alemanes emplean
el término ursprungliche Dinge: «cosas originales». Hay una Ur-Intimitat in
der Seele, es decir, «una intimidad primordial en el alma»; este eco está en
todos. El alma no se inventó a sí misma. Es una presencia del mundo divino,
donde la intimidad no tiene límites ni barreras.
No puedes
amar a otro si no estás empeñado al mismo tiempo en la obra espiritual, hermosa
pero difícil, de aprender a amarte a tí mismo. Cada uno de nosotros tiene al
nivel del alma un manantial enriquecedor de amor. En otras palabras, no
necesitas buscar fuera de ti el significado del amor. Esto no es egoísmo ni
narcisismo, obsesiones negativas sobre la necesidad de ser amado. Por el
contrario, es el manantial del amor en el corazón. Por su necesidad de amor,
las personas que llevan una vida solitaria suelen tropezar con este gran
manantial interior. Aprenden a despertar con sus murmullos la profunda fuente
interior de amor. No se trata de obligarte a amarte a ti mismo, sino de ser reservado,
de incitar a ese manantial de amor que constituye tu naturaleza más profunda a
surcar toda tu vida. Cuando esto sucede, la tierra endurecida de tu interior
vuelve a ablandarse. La falta de amor lo endurece todo. No hay mayor soledad
en el mundo que la del que se ha vuelto duro o frío. El resentimiento y la
frialdad son la derrota final.
Si descubres
que te has endurecido, uno de los dones que debes otorgarte es el del manantial
interior. Incita a esta fuente interior a que se libere. Remueve el sarro
dentro de ti a fin de que poco a poco, en una bella osmosis esas aguas
nutricias penetren e inunden la arcilla endurecida de tu corazón. Donde antes
había tierra dura, yerma, impermeable, muerta, ahora hay crecimiento, color,
nutrición y vida que fluyen del hermoso manantial del amor. Ésta es una de las
formas más fecundas de transfigurar la negatividad que hay en nosotros.
Se te envía
aquí a aprender a amar y recibir amor. El mayor don que el nuevo amor trae a tu
vida es el despertar del amor oculto en tu interior. Te vuelve independiente.
Ahora puedes acercarte al otro, no por necesidad ni con el aparato agotador de
la proyección, sino por auténtica intimidad, afinidad y comunión. Es una
liberación. El amor debería liberarte. Te liberas de esa necesidad ávida y abrasadora
que te impulsa continuamente a buscar afirmación, respeto y significación en
cosas y personas fuera de ti. Ser santo es hallar la propia patria, poder
descansar en esa casa de comunión y arraigo que llamamos alma.
Puedes buscar
el amor en lugares remotos y yermos. Es un gran consuelo saber que hay un
manantial de amor dentro de ti. Si confías en que ese manantial existe, podrás
incitarlo a despertar. El siguiente ejercido podría ayudarte a adquirir
conciencia de que eres capaz de hacerlo. Cuando estés a solas o tengas un
intervalo, concéntrate en el manantial en la raíz de tu alma. Imagina ese
caudal nutricio de comunión, sosiego, paz y alegría. Con tu imaginación visual,
siente cómo las aguas refrescantes penetran en la tierra árida de ese lado
desatendido de tu corazón. Es bueno imaginarlo momentos antes de dormir. Así,
durante la noche, serás bañado constantemente por ese caudal fecundo de comunión.
Al despertar, al alba, sentirás tu espíritu bañado de un gozo bello y sereno.
Una de las cosas más valiosas que debes conservar en la amistad y
el amor es tu propia diferencia. Lo que suele suceder dentro de un círculo de
amor es que uno tiende a imitar al otro o a imaginarse recreado a su semejanza.
Si bien esto puede ser indicio de un deseo de entrega total, es a la vez
destructivo y peligroso. Conocí a un anciano en una isla frente a la costa
occidental de Irlanda. Tenía un hobby peculiar. Coleccionaba fotos de parejas
de recién casados. Luego obtenía una foto de la misma pareja diez años después.
Con ésta demostraba cómo un miembro de la pareja empezaba a parecerse al otro.
En las relaciones suele aparecer una fuerza homogeneizante sutil y perniciosa.
Lo irónico es que la atracción entre las personas suele deberse a las
diferencias. Por eso es necesario conservar y alimentarlas.
El amor es también una fuerza luminosa y nutricia
que te libera para que habites plenamente tu diferencia. No hay que imitarse
mutuamente ni mostrarse defensivo o protector en presencia del otro. El amor
debe alentarte y liberarte para que realices plenamente tu potencial.
Para conservar tu diferencia en el amor, debes darle mucho espacio
a tu alma. Es interesante notar que en hebreo, una de las primeras palabras que
significa salvación también significa espacio. Si naciste en una granja, sabes
que el espacio es vital, sobre todo para sembrar. Si plantas dos árboles muy
juntos, se ahogarán mutuamente. Lo que crece necesita espacio. Dice Khalil
Gibran: «Que haya espacio en vuestra unión.» El espacio permite que esa
diferencia que eres Tú encuentre su propio ritmo y contorno. Yeats habla de «un
pequeño espacio para que lo colme el aliento de la rosa». Una de las bellas
áreas del amor donde el espacio es más hermoso es el acto del amor. El amado es
aquel a quien puedes dar tus sentidos en la plenitud del gozo, sabiendo que
los acogerá con ternura. Puesto que el cuerpo está dentro del alma, ésta lo
baña con su luz, suave y sagrada. Hacer el amor con alguien no debe ser un acto
puramente físico o de liberación mecánica. Debe abarcar la raíz espiritual que
despierta cuando penetras en el alma de otra persona.
El alma es lo
más íntimo de una persona. La conoces antes de conocer su cuerpo. Cuando alma y
cuerpo son uno, penetras en el mundo del otro. Si uno pudiera corresponder de
manera tierna y reverente a la hondura y belleza de ese encuentro, extendería
hasta lo indecible las posibilidades de gozo y éxtasis del acto de amor. Esto
liberaría en ambos el manantial interior del amor más profundo. Los reuniría
externamente con la tercera fuerza de luz, el círculo antiguo, lo primero que
une las dos almas.
La transfiguración de los sentidos
Los místicos
son los más fiables en el campo del amor sensual. En sus escritos está
implícita una luminosa teología de la sensualidad. Jamás preconizan la negación
de los sentidos, sino su transfiguración. Los místicos reconocen que existe
cierta gravedad o lado tenebroso de eros y que a veces predomina. La luz del
alma puede transfigurar esta tendencia y aportar a ella equilibrio y aplomo.
La belleza de las reflexiones místicas sobre eros nos recuerda que éste es en
última instancia la energía de la creatividad divina. En la transfiguración de
lo sensual, el frenesí de eros y la alegría del alma entran en lírica armonía.
La Irlanda
moderna ha debido recorrer un camino complejo y tortuoso para reconocer y
aceptar a eros. La antigua tradición irlandesa reconocía el poder de eros y el
amor erótico con maravillosa vitalidad. Una de sus expresiones más
interesantes es el poema de Brian Merriman titulado Cúirt an Mheáin Oidhce,
«El patio a medianoche», del siglo XVIII. Largos fragmentos del poema están
escritos desde el punto de vista de la mujer. Es un enfoque feminista y
libérrimo. Habla la mujer:
No soy gorda y maciza como una campana. Labios para besar, dientes
para sonreír, piel lozana y frente lustrosa, tengo ojos azules y una cabellera
espesa que se me enrosca en el cuello; un hombre que busca esposa tiene aquí un
rostro que guardará de por vida; mano, brazo, cuello y pecho, a cual más
apreciado; ¡mira qué cintura! Mis piernas son largas flexibles como sauces,
ligeras y fuertes.
Este larguísimo poema es una celebración impúdica de lo erótico.
No la atraviesa el lenguaje frecuentemente negativo de la moral que trata de dividir
la sexualidad en pura e impura. En todo caso, estos términos están de más,
tratándose de criaturas de arcilla. ¿Cómo puede existir semejante pureza en
una criatura de arcilla? Ésta es siempre una mezcla de luz y tinieblas. La
belleza de eros reside en sus umbrales de pasión donde se encuentran la luz y
las tinieblas en el interior de la persona. Tenemos que re-imaginar a Dios
como la energía del eros transfigurador, fuente de toda creatividad.
Pablo Neruda
ha escrito algunos de los más bellos versos de amor. Dice: «Te traeré flores
felices de las montañas, campanillas, oscuros avellanos y canastas rústicas de
besos./ Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos». Es un
pensamiento muy hermoso; revela que el amor es el despertar de la primavera en
la cara de arcilla del corazón. Yeats también escribió bellos poemas de amor,
versos que dicen: «Pero un hombre amó tu alma peregrina/y amó los pesares de tu
rostro cambiante». Estos poemas muestran un reconocimiento de las raíces profundas
y la presencia en el amado. El amor te ayuda a ver la naturaleza singular y
especial del Otro.
Uno de los
grandes poderes del amor es el equilibrio, que nos ayuda a alcanzar la
transfiguración. Cuando dos personas se unen, un círculo antiguo se cierra en
tomo de ellos. Asimismo, no llegan a la unión con manos vacías, sino repletas
de obsequios. Con frecuencia éstos donde están heridos; entonces despierta la
dimensión curativa del amor. Cuando amas de verdad a otro, lo baña la luz de tu
alma. La naturaleza nos enseña que la luz del sol hace crecer todas las cosas.
Si contemplas las flores en un alba de primavera, verás que están cerradas.
Cuando las toca el sol, se abren confiadas y se entregan a la nueva luz.
Cuando amas a
una persona que está muy herida, una de las peores cosas que puedes hacer es
convertir su dolor en objeto de discusión. En estos casos, una extraña dinámica
despierta en el alma. Se vuelve un hábito, una pauta recurrente. Con
frecuencia conviene reconocer la presencia de la herida, pero alejarse de ella.
Cada vez que tengas la oportunidad, báñala con la suave luz del alma. Recuerda
que existen mentes antiguas de renovación en el círculo que los une. El destino
de tu amor jamás depende solamente de los recursos frágiles de las
subjetividades de ambos. Puedes invocar el poder curativo de la tercera fuerza
luminosa entre ambos; ésta puede aportar perdón, consuelo y curación en
tiempos escabrosos.
Cuando amas a
alguien, es destructivo raspar obsesivamente la arcilla de tu arraigo. Es
conveniente no interferir en tu amor. Dos personas que se aman jamás deben sentirse
obligadas a explicar su amor a un tercero o el porqué de su unión. Su comunión
es un lugar secreta Sus Almas conocen el secreto de su unión; deben confiar en
ella. Si interfieres constantemente en tu conexión con el otro, con tu amante o
tu anam cara, poco a poco provocas una distancia entre los dos. Thom Gunn ha
escrito un bonito epigrama de dos líneas que se titula Jamesian, por el nombre
de Henry James, el más preciso y sutil de los novelistas. Sus descripciones
constan de finísimos matices e infinitos puntos de vista. Un análisis tan
puntilloso puede volverse obsesivo, hasta el punto de destruir la presencia
lírica del amor.
Su relación consistía
en discutir si existía.
Si enfocas
constantemente la luz de neón del análisis y la rendición de cuentas hacia el
tejido blando de tu arraigo, éste se volverá reseco y estéril.
Toda persona debería dar gracias por el
amor despertado en su ser. Cuando sientes amor por la persona amada y el de la
persona amada por tí, deberías buscar ocasiones para ofrecer ese calor como una
bendición para los atribulados y faltos de amor. Envía ese amor al mundo, a
los desesperados, a los que padecen hambre, a los que están encerrados en
prisión, en hospitales y en todas las circunstancias brutales de las vidas
desoladas y torturadas. Cuando compartes esa riqueza de tu amor, éste llega a
otros. En él reside la mayor fuerza de la oración.
En el reino
del amor no hay competencia
La oración es
el acto y la presencia de irradiar la luz de la riqueza de tu amor hacia otros
para curarlos, liberarlos y bendecirlos. Si hay amor en tu vida, compártelo
espiritualmente con los que se ven arrojados al borde mismo de la vida. La
tradición celta sostiene que si proyectas la bondad que hay en ti o si
compartes lo que hay en ti de bueno o feliz, te será devuelto multiplicado por
diez mil. En el reino del amor no existe la competencia; no hay posesividad ni
control. Cuanto más amor entregas, más tendrás. Aquí se recuerda la idea de
Dante, de que el ritmo secreto del universo es el ritmo del amor que mueve las
estrellas y los planetas.
Ojalá tengas buenos amigos.
Que aprendas a ser buen amigo de ti mismo.
Que puedas llegar a ese lugar de tu alma donde
residen un gran amor, calor, afecto y perdón.
Que esto te cambie.
Que transfigure todo lo que hay de negativo,
distante o frío en ti.
Que te transporte a la verdadera pasión, familia y
afinidad de la comunión.
Que atesores a tus amigos.
Que seas bueno con ellos y estés allí cuando te
necesiten; que te den todas las bendiciones, estímulos, verdad y luz que necesites
para el viaje.
Que nunca estés solo.
Que estés siempre en el nido amable de la comunión con tu anam
cara.
2
HACIA UNA ESPIRITUALIDAD DE LOS SENTIDOS

La cara es el icono de la creación
El paisaje es
el primogénito de la creación. Existía cientos de millones de años antes de que
aparecieran las flores, los animales o el ser humano. Estaba aquí por su
cuenta. Es la presencia más antigua en el mundo, aunque necesita una presencia
humana que lo reconozca. Cabe imaginar que los océanos enmudecieron y los
vientos se sosegaron cuando apareció el primer rostro humano sobre la Tierra;
es lo más asombroso de la creación. En el rostro humano el universo anónimo
adquiere intimidad. El sueño de los vientos y los océanos, el silencio de las
estrellas y las montañas alcanzaron una presencia materna en la cara. Aquí se
expresa el calor secreto, oculto de la creación. La cara es el icono de la
creación. En la mente humana, el universo entra en resonancia consigo mismo. La
cara es el espejo de la mente. En el ser humano, la creación encuentra la
respuesta a su muda súplica de intimidad. En el espejo de la mente la difusa e
interminable naturaleza puede contemplarse.
La cara humana es un milagro artístico. En esa superficie pequeña
se puede expresar una variedad e intensidad increíble de presencia. No existen
dos rostros idénticos. En cada uno hay una variación particular de presencia.
Cuando amas a otro, durante una separación prolongada es hermoso recibir una
carta, una llamada telefónica o intuir la presencia de la persona amada. Pero
es más profunda la emoción del regreso, porque ver el rostro amado es entonces
una fiesta. En ese rostro ves la intensidad y la profundidad de la presencia
amorosa que te contempla y viene a tu encuentro. Es hermoso volver a verte. En
África ciertos saludos significan «te veo». En Conamara, la expresión empleada
para decirle a alguien que es admirado o popular es: Tá agaidh an phobail ort,
es decir, «el rostro del pueblo se vuelve hacia ti».
Cuando vives en el silencio y la soledad del campo, las ciudades te
sobresaltan. Hay muchas caras en ellas: rostros extraños que pasan rápida e
intensamente. Cuando los miras, ves la imagen de la intimidad particular de su
vida. En cierto sentido, la cara es el icono del cuerpo, el lugar donde se
manifiesta el mundo interior de la persona. El rostro humano es la
autobiografía sutil pero visual de cada persona. Por más que ocultes la
historia recóndita de tu vida, jamás podrás esconder tu cara. Ésta revela el
alma; es el lugar donde la divinidad de la vida interior encuentra su eco e
imagen. Cuando contemplas un rostro, miras en lo profundo de una vida.
En Sudamérica, un periodista amigo mío conoció a un viejo jefe
indígena a quien quería entrevistar. El jefe accedió con la condición de que previamente
pasaran algún tiempo juntos. El periodista dio por sentado que tendrían una
conversación normal. Pero el jefe se apartó con él y lo miró a los ojos,
largamente y en silencio. Al principio, mi amigo sintió terror: le parecía que
su vida estaba totalmente expuesta a la mirada y el silencio de un extraño.
Después, el periodista empezó a profundizar su propia mirada. Así se
contemplaron durante más de dos horas. Al cabo de ese tiempo, era como si se
hubieran conocido toda la vida. La entrevista era innecesaria. En cierto
sentido, mirar la cara de otro es penetrar a lo más profundo de su vida.
Con mucha ligereza damos por sentado que compartimos un solo mundo con los demás. Es verdad que en el nivel subjetivo habitamos el mismo espacio físico que los demás seres humanos; después de todo, el cielo es la única constante visual de nuestra percepción. Pero este mundo exterior no permite el acceso al mundo interior del individuo. En un nivel más profundo, cada uno es custodio de un mundo privado, individual. A veces nuestras creencias, opiniones y pensamientos son un medio para consolarnos con la idea de que no sobrellevamos el peso de un mundo interior singular. Nos complace fingir que pert