El orfismo
"Muchos son los portadores de vara, pero pocos los Bacos"(Platón, Fedón 69c) / "Porque son muchos los llamados y pocos los escogidos" (Mateo 20,16)
"Dijo uno de ellos, su propio profeta: Los cretenses, siempre embusteros, malas bestias, panzas holgazanas." (Pablo, Epístola a Tito 1, 12: Pablo cita en uno de sus supuestos escritos a Epiménides de Creta del siglo VI a. C., autor de una cosmogonía órfica. Es innegable su simpatía por los autores órficos)
Antes de entrar en el orfismo, bueno será hacer una pequeña consideración acerca de la religión tradicional griega del siglo V a. C. Los dioses griegos tradicionales de todos son conocidos, y sería una pérdida de tiempo hablar aquí de ellos. Pero para el que sea desconocido lo más básico de la religión griega, le recomendaríamos que le echara un vistazo a cualquier manual de mitología clásica. El más adecuado es la "Mitología clásica" del profesor Antonio Ruíz de Elvira, publicada en Gredos, por ser el mejor y más completo que existe.
El Antiguo Testamento homérico. La Ilíada era, por decirlo de alguna manera, la Biblia de los griegos. Es un poema épico que trata sobre el asedio de Troya por parte de éstos. Fue escrito en el siglo VIII a. C. por varios compiladores o poetas ambulantes que reunieron en un texto escrito unitario varios poemas que se cantaban en toda Grecia. La guerra entre griegos y troyanos fue un hecho histórico que tuvo lugar apróximadamente en el siglo XII a. C. En la Ilíada este hecho histórico se disfraza de ropaje mitológico, pero qué duda cabe que los griegos creían a pies juntillas que todos los helenos habían declarado la guerra a una pequeña ciudad asíática por los escarceos amorosos de una sola mujer. El verdadero motivo de esta guerra parace que fue económico y comercial como muestran las excavaciones en Asia Menor.
Grecia sufrió la invasión doria. Los dorios eran un pueblo nómada que vivía del pastoreo principalmente y su cultura estaba basada en la guerra y la conquista territorial. Los dioses que adoraban eran celestes y belicosos. Los dorios impusieron su supremacía sobre los autóctonos griegos con el caballo. El caballo era un símbolo de economía y poder. De hecho, el gran dios de este pueblo invasor era Pose o el caballo. En cambio, los autóctonos tenían como divinidad principal a una diosa agrícola que se llamaba Das; y es que los griegos autóctonos basaban su economía en la agricultura. De la unión del dios de los dorios y de la diosa de los griegos autóctonos surge Poseidón (Pose-i-Das), dios del mar de todos conocido.
Los dorios eran los caballeros o señores. Ellos con su actitud determinaban lo que era moralmente bueno en la sociedad, puesto que la dominaban. El ideal de vida de los caballeros era la guerra, y para ella se entrenaban durante toda su vida. Eran los aristócratas de la sociedad (aristos significa el mejor y kratos poder; la aristocracia es el poder o gobierno de los mejores). Además su poder se legitimaba también religiosamente en tanto que se hacían descender genealógicamente de sus grandes divinidades: Agamenón y Menelao descienden de Zeus, y Ulises de Afrodita. Estas divinidades presidían el hogar del señor dando una aureola de respeto y reverencia a esta persona, ya que el mismísimo dios estaba presente en la casa del señor.
El héroe homérico acepta alegre los desafíos que la vida le impone, porque éste es el designio de los dioses. No huye de los dolores, aflicciones y trabajos, sino que los enfrenta animoso considerándolos parte de la verdadera vida. Es más, la verdadera vida para ellos es la que acaece en la tierra, y no la que tiene lugar en el Hades. El Hades es el lugar donde van las almas de los héroes, y sólo las de ellos, cuando su último soplo de vida se les escapa por la boca o las heridas. Precisamente el término Psique significa soplo, y es una palabra onomatopéyica ya que intenta imitar el sonido que se produce cuando el aire sale por la boca. En el Hades reinan Hades y Perséfone, de los cuales nos ocuparemos cuando tratemos los misterios de Eleusis.
Como decíamos, la verdadera vida para el hombre homérico es la que tiene lugar en el mundo real. Y es que para Homero el alma no es tan importante como el cuerpo real y físico, sino más bien un trasunto de éste. El alma homérica es inconsciente y está privada de las actividades cognoscitivas como querer, pensar o sentir. Sería algo así como la imagen de una persona reflejada en un trozo de latón que deforma todo lo que proyecta. En muchas ocasiones el alma parte hacia el Hades de mala gana, y sabiendo que ese lugar no es el mejor que existe. Las almas se amontonan sin pena ni gloria en el reino de Hades, donde no hay ninguna actividad. Para Homero el otro mundo sería algo así como la negación de este mundo real.
Éste es pues a grandes rasgos el mundo de representaciones que nos muestra la Ilíada, que como ya dijimos era la Biblia griega. El mundo micénico se regía sin ninguna duda por estos valores que están reflejados en la Ilíada.
La revolución hesiódica. Hesíodo escribió dos obras principales que son la "Teogonía" y "Los trabajos y los días". En la primera obra habla sobre el origen de los dioses griegos y de cómo es el orden entre ellos. En la segunda trata de dar un calendario de actividades y ritos para el hombre griego.
En la Teogonía Hesíodo intenta remodelar el sistema de representaciones griego. Para él, la moral de los señores es totalmente inmoral. Homero contó en la "Ilíada" una realidad verdadera, pero llena de valores falsos. En realidad, Homero puso en boca de la Musa palabras que quizás ella nunca habría dicho. Hesíodo en la Teogonía nos cuenta que mientras estaba con sus ovejas al pie del monte Helicón se le aparecieron las Musas y le dijeron lo siguiente:
"¡Pastores del campo, triste oprobio, vientres tan sólo! Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades; y sabemos, cuando queremos, proclamar la verdad." (Teogonía, 26-29)
En estos versos las Musas hacen referencia a la Ilíada cuando dicen aquello de mentiras con apariencia de verdades. Realmente Hesíodo tenía que luchar contra el mundo de representaciones de Homero que estaba firmemente arraigado en la sociedad griega, así que se inventa aquello de las Musas que se desdicen a sí mismas, como diosas caprichosas que mienten o dicen la verdad cuando ellas quieren. La auténtica verdad que las Musas van a proclamar es la Teogonía que, junto con "Los trabajos y los días", defiende una moral campesina contrapuesta a la moral heroica de los señores. Por decirlo de alguna manera, Homero cantaba para los nobles y Hesíodo para los pobres. Lo moralmente bueno y bello ya no será el matar a cuantos enemigos a uno se le pongan por delante, ni hacer cuanto a uno se le antoje, sino el trabajo diario y el sudor de la frente que llevan a la auténtica virtud:
"...de la maldad puedes coger fácilmente cuanto quieras; llano es su camino y vive muy cerca. De la virtud, en cambio, el sudor pusieron delante los dioses inmortales; largo y empinado es el sendero hacia ella y áspero al comienzo; pero cuando se llega a la cima, entonces resulta fácil por duro que sea." (Trabajos y días,286-293)
Confróntense estos versos de Hesíodo con estos otros de San Mateo:
"Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y espaciosa la senda que lleva a la perdición, y son muchos los que por ella entran. ¡Qué estrecha es la puerta y qué angosta la senda que lleva a la vida, y cuán pocos los que dan con ella!" (San Mateo, 7, 13-14)
No son nuevas las supuestas palabras de Jesús. Ya las dijo Hesíodo siete siglos antes que él. Como veremos, el contenido de los evangelios si bien es novedoso en algunos pocos aspectos, todo su armazón que lo sostiene depende de la tradición anterior. Pero sigamos con la religión griega.
El sistema religioso tradicional griego se basaba en el ritual del sacrificio instaurado por Prometeo. Este episodio mítico lo narra Hesiodo en Teogonía, 535-565. Los hombres habitaban junto a los dioses en Meconea, en un lugar idílico donde se sentaban a la mesa con ellos disfrutando así de su presencia. Pero el astuto Prometeo a la hora de repartir las carnes de un buey lo hizo de tal manera que Zeus saliera perdiendo en el festín:
"Por una parte puso, en la piel, la carne y las entrañas ricas en grasa, ocultándolas en el estómago del buey; por otro lado, colocando bien los blancos huesos del buey con engañoso arte, se los presentó, después de haberlos cubierto con blanca grasa."
Pero a Zeus no se le podía engañar, pues era conocedor de todos los designios. Zeus se irritó y castigó a los hombres privándoles del fuego; es decir, de ahora en adelante ya no dejaría caer rayos en los árboles para que los hombres obtuvieran el fuego civilizador. Esto significaba ni más ni menos "la expulsión del paraíso", porque sin fuego el hombre se quedaba totalmente desamparado. Sin embargo, Prometeo se apiadó de la raza humana y robó de las mansiones celestiales el fuego para entregárselo a los hombres. Cuando Zeus vio que los hombres tenían fuego, se irritó muchísimo más y envió contra los hombres el peor de los males imaginables: la mujer.
"...el altisonante Zeus como desgracia para los hombres mortales hizo las mujeres, dedicadas a malvadas acciones." (teogonía, 599-601).
El hombre desde entonces quema a los dioses en los altares la parte que aparentemente es incomestible, pero que en realidad representa una vida exenta de dolor y desdicha porque encierra el engaño. Este género de vida es sólo propio de los dioses y por esto a ellos les corresponde esta parte; en cambio la parte que aparentemente es comestible es en realidad la peor, la que proporciona una vida efímera y fatigosa. Los que coman de esta parte nunca saciarán su hambre y sólo obtendrán desdicha sobre la Tierra. Mediante el humo de la ofrenda el hombre se une con los dioses, rememorando aquel episidio de su pasado. El humo, por decirlo de alguna manera, es como una escalera que conecta la tierra con el cielo.
No hay que olvidar que para los griegos este episodio era histórico, y no un mito como lo es para nosotros. Es decir, los griegos creían en verdad que Prometeo había robado el fuego para ellos, y que por eso había sido encadenado en el Caucaso para que un águila le devorara las entrañas todas las noches. Al igual que para muchos cristianos es algo histórico el mito de Adán y Eva, y no aceptan la teoría de la evolución, los griegos también se tomaban muy en serio sus historias religiosas. Es un error muy extendido el pensar que los pueblos antiguos no tenían el mismo sentido religioso que puede haber en la actualidad, y que sus mitos no eran tomados en serio. Que le pregunten a Homero si mentía cuando dijo aquello de:
"La cólera canta, oh Musa, del Pelida Aquiles"
Desde luego que Homero creía fírmemente que era la Musa la que cantaba la Iliada y no él mismo, tanto como los evangelios fueron inspirados por el Espíritua Santo.
La buena nueva órfica La tradición mítica atribuye a Orfeo la fundación de los ritos órficos, en los cuales se adoraba a Dioniso resucitado como hijo de Zeus. Orfeo sería algo así como el profeta de Dioniso. En la antigüedad las noticias de Orfeo son muy numerosas, por lo cual podemos deducir que no se queda corto aquel verso del poeta lírico del siglo VI a. C. Íbico que dice así: Orfeo de nombre famoso. Sobre su existencia real no sabemos nada. Todo son conjeturas acerca de si fue un músico famoso, un chamán, un poeta, un mago, un héroe, un sacerdote o como ya hemos dicho el introductor en Grecia de los rituales en honor de Dioniso resucitado. En el caso de que históricamente hubiera existido una persona que respondiose a tal nombre, seguramente su personalidad se habría adornado con todos estos epítetos con el discurrir de los tiempos, de tal forma que en la Grecia clásica Orfeo era una combinación de todos ellos.
En cuanto a su mito lo resumiremos brevemente aquí, para tener una panorámica general, aunque si el lector quiere obtener más datos le recomiendo que acuda al manual de mitología del profesor Ruíz Elvira.
Orfeo era un cantor tracio que era capaz con su lira de arrastrar tras de sí a los árboles, y de calmar a las fieras y a los hombres. Su voz acompañada de su lira tenía evidentes efectos mágicos sobre los seres que estaban presentes. Orfeo participó en el viaje de los argonautas y logró que sus compañeros no escuchasen el canto de las sirenas tocando la lira. Sin embargo el episodio más famoso en la vida de Orfeo es aquél en el que baja al reino de los muertos en busca de su esposa Eurídice, la cual había fallecido a causa de la mordida de una serpiente. Cuando Orfeo entra en el Hades el Cancerbero se amansa al escuchar su música, y el pobre Sísifo deja su penoso trabajo así como Tántalo y las Danaides. Ante la presencia de Perséfone le pide que le devuelva a su mujer, y ésta se conmueve hasta tal punto que accede a su petición. La diosa sólo pide una condición: que Orfeo marche delante de su esposa y que no la mire hasta salir de las mansiones subterráneas. Orfeo se cree capaz de superar tal condición, pero en el último instante, temiendo que la diosa le engañase y que su mujer no le siguiese, mira hacia atrás y ve cómo la sombra de su mujer se pierde en la oscuridad. Orfeo vagó triste sin querer tener contacto con ninguna mujer. Antes buscó relaciones con hombres e incluso niños. Las mujeres tracias, despreciadas, descuartizaron vivo a Orfeo y arrojaron su cabeza al río Hebro, la cual llegó cantando hasta la isla de Lesbos que fue consgrada a la lírica. Se dice también que las mujeres actuaron así porque Dioniso las incitó irritado ya que Orfeo había adorado a Apolo.

Muerte de Orfeo a manos de las mujeres tracias. Vaso de figuras rojas.
En la personalidad de Orfeo tiene lugar un sincretismo bastante peculiar. Orfeo fue devoto de Apolo y de Dioniso al mismo tiempo, y el mito cuenta que esto le atrajo la ira del dios de Nisa. Los órficos con gran habilidad supieron hacer una síntesis de ambos dioses, y de tal síntesis surgió el orfismo.
Veamos, pues, cuáles eran las características de los cultos a Apolo y a Dioniso para conocer qué es lo que lo órficos tomaron de cada uno de ellos. La religión apolínea se caracterizaba por la serenidad y la prudencia.
Famosas son las sentencias esculpidas a la entrada del oráculo de Delfos: "Conócete a ti mismo"; "Nada en demasía". Los fieles de Apolo acudían a su oráculo para obtener noticias de su futuro. Allí la sacerdotisa de Apolo, la pitonisa, tras ingerir alucinógenos entraba en trance y vaticinaba para los que les preguntaban. Pero los oráculos eran tan enrevesados y sin sentido que se podían interpretar de mil formas distintas, por lo cual lo normal era que se cumplieran a los ojos de los fieles. Otra importante característica del culto a Apolo era la purificación y la Katharsis o limpieza interior. Por supuesto, eran incompatibles la prudencia y serenidad con la mancha o pecado. Hay que decir que Apolo es un dios venido de Oriente, y pertenece a las divinidades de tipo solar y celeste. Es más, en la mitología griega Apolo era el encargado de conducir el carro del sol a lo largo del firmamento cada día. Así que Apolo no es en su origen un dios griego sino extranjero el cual fue absorbido por los griegos como tal al entrar en contacto con Oriente gracias al comercio.
Apolo del Pireo (500 a. C.)
En relación al culto de Dioniso se puede afirmar sin lugar a dudas que es de origen griego. Durante mucho tiempo se creyó que era un dios extranjero venido de Tracia, pero las tablillas de barro cocido encontradas en los palacios micénicos contienen ya el nombre de este dios en micénico, alfabeto silábico que más tarde evolucinaria al griego antiguo. Así que hoy se le ha dado la vuelta a la tortilla, pues el dios extranjero es Apolo y no Dioniso, como muchos estudiosos creían a pies juntillas.
Dionisos, desde su nacimiento, es un dios misterioso y sugerente, pues nació dos veces (y para los órficos resucitó una). En sus epifanías se manifestaba repentinamente para desaparecer al punto. Esta característica lo sitúa entre los dioses de la vegetación. Su personalidad es la conjugación de la vida y la muerte, de la unidad que existe entre estos dos polos opuestos. Es Eurípides el que en su Tragedía Bacantes nos muestra en qué consistía el culto dionisiaco: en la oscuridad de la noche ocultas en los bosques de las montañas, las bacantes descuartizaban una víctima (sparagmos) y comían su carne cruda (omophagya). Los animales sacrificados eran epifanías del dios Dionisos. De esta manera, ingiriendo a la víctima entraban en comunión con el dios y de ellas se apoderaba la manía, extasis o liberación total del yugo que imponía la sociedad. De ahí que estos ritos fueran practicados por estratos marginados de la sociedad: las mujeres. Al entrar en éxtasis, las bacantes representaban la pasión de su dios que tiene como característica más relevante el huir presa de la locura tal y como lo cuenta el propio Homero. El ritual de las bacantes se basa en infringir todas la leyes básicas del culto oficial y más en concreto del sacrificio modélico. La carne de la víctima se desgarra sin ningún tipo de orden ni distribución entre los comensales. Lo más importante es que la carne se consume cruda. El dionisismo proclama un deseo de querer borrar las barreras entre el mundo civilizado del hombre griego y el mundo salvaje, enarbolar el instinto sangriento e irracional, e identificarse plenamente con la divinidad. El mejor método para ello es devorar al dios.
Dioniso en un ánfora del siglo V a. C.
Los órficos se sintieron atraídos por la manera de entrar en comunión con el dios Dioniso, pero por supuesto no aceptaron la manía por considerarla negativa a sus intereses. Ésta fue sustitúida por la katharsis apolínea, que en lugar de liberar el cuerpo liberaba el alma que era inmortal según ellos mismos.
Los órficos eran comunidades de culto cerradas que practicaban unos ritos peculiares y que organizaban su vida con normas estrictas de ascetismo y purificación. Despreciaban fundamentalmente todo lo terrenal y perecedero y su vida estaba totalmente desconectada de la realidad. Como secta que eran, se oponían a la religión oficial griega y se mostraban como una nueva alternativa o superación de ésta. Su doctrina estaba recogida en textos, los conocidos como hieroi logoi o "libros sagrados", que se consideraban inspirados por la divinidad y escritos por el propio Orfeo, fundador del movimiento. Muchos de los poemas órficos eran teogonías que explicaban el Universo y el actual orden del mundo, y que variaban en algunos aspectos concidiendo en lo fundamental. Al final del proceso cosmogónico órfico, se desembocaba en una unidad divina y espiritual.
Una gran innovación aportada por los poemas órficos al panorama religioso de la Atenas del siglo VI es la concepción de un dios supremo que necesariamente ha de ser creador del Universo. Zeus, tras establecerse como soberano, engulle el pene de Cielo y queda así embarazado de toda los seres y cosas que tras el parto llegarán a ser de nuevo. Esta recreación es inteligente y ordenada. Que Zeus llegó a ser de esta manera la causa primera lo vemos en el Papiro de Derveni, columna XVI 1.
Esta idea era realmente revolucionaria, pero se hacía necesario encontrar el modo más apropiado de exponerla a la mente griega para que no se produjera un trauma en el pensamiento religioso. Como hemos visto, ya existía todo una estructura mítica que había consolidado Homero y Hesíodo y que iba a ser muy difícil de borrar del mundo de representaciones griego. Lo mejor es aliarse con el enemigo si no puedes vencerlo, y eso es lo que hicieron los reformadores religiosos griegos. Se respetó toda la tradición y en ella se asentó la nueva religión. Así, como si de una prolongación se tratara, se proclamó a Zeus creador de Universo y a su hijo Dionisos su heredero.
La secta órfica expresó su mayor oposición a la religión oficial rechazando la carne como alimento y los sacrificos cruentos. Así daban a entender su desacuerdo con el método de relacionarse con los dioses, que como ya sabemos fue instaurado por Prometeo.
Según Pausanias (VIII, 37, 5), fue Onomácrito, personaje histórico del siglo VI antes de Cristo, quien hizo a los titanes homéricos los causantes de los sufrimientos del niño Dionisos en su obra Teletai. Tomemos este nombre como el símbolo que representa toda esa corriente de reformadores religiosos que escriben obras de contenido místico y que sin ningún tipo de pudor las firman con el nombre de Orfeo.
Hay que tener en cuenta que este Dioniso órfico no es exactamente el mismo Dioniso que se adoraba en Grecia. Por supuesto tenía muchas características de él, pero éste era especial porque moría y resucitaba.
Dioniso para los órficos era hijo de Zeus y Perséfone, a la que se unió en forma de serpiente. El todopoderoso Zeus, siendo todavía muy pequeño su hijo, le dio gran poder sobre el universo, y esto hizo que los titanes sintieran envidia y buscaran el modo de perderlo, aunque en otras versiones es Hera la que les incita a matarlo.
En las diferentes versiones que nos han llegado, el niño Dioniso es distraído por los titanes con varios objetos: un trompo, muñecos, manzanas doradas, sonajeros, un juego de tabas, una pelota y un espejo. El más importante es sin duda el espejo, que despertó incluso interpretaciones neoplatónicas. El niño se queda perplejo ante su imagen reflejada y eso es lo que facilita el trabajo de los titanes que le asestan el golpe de gracia. En las Dionisiacas de Nonno de Panópolis, los titanes se valen de un cuchillo para degollarlo. Por otra parte, en algunas versiones hay más violencia: el niño tras ser atrapado intenta zafarse de sus enemigos tomando diversas formas hasta que bajo la apariencia de un toro es dominado. Aquí es cuando los titanes aprovechan para degollarlo. Estas versiones están racionalizadas porque queda patente el papel de víctima sacrifical que interpreta el dios.
El cuerpo del niño fue cortado en siete trozos que los titanes arrojaron a una olla que estaba sobre un trípode. Cuando la carne se coció, los trozos fueron sacados de la olla y clavados en un espetón donde se asaron. Tras esta ceremonia, los titanes comienzan a devorar los trozos de carne del pequeño dios; pero no pudieron terminar el banquete, ya que Zeus, atraído por el olor del festín, descubrió la impiedad y fulminó con su rayo a los culpables encolerizado. Los órficos contaban que de las cenizas de los titanes surgió el hombre, el cual participa de la naturaleza titánica y dionisiaca porque aquéllos comieron la carne del niño. Así que el hombre debe purificarse para vencer su parte titánica que es el origen del mal, y dejar aflorar su parte dionisiaca, buena y misericordiosa.
Dioniso, pese a todo, no es un dios derrotado por las fuerzas del mal, sino que resucita a partir de su corazón que es rescatado por su hermanastra Atenea. Zeus, sin encontrar consuelo, hizo que resucitara pidiendo a Deméter que lo reconstruyera, o bien, en otras versiones, rogando a Semele que se tragara el corazón para que diera a luz a un segundo Dioniso.
Este mito es un ataque feroz contra la religión oficial griega como inteligentemente descifró Marcel Detienne . De hecho, ya una mente tan preclara como la de Aristóteles sintió que algún transfondo tenía que tener esta historia tan peculiar (Problemas, 3, 43). A los ojos del griego tradicíonal era muy curioso cómo los titanes prepararon el banquete y las consecuencias que éste tuvo.
Para tener conciencia de lo que queremos decir es necesario exponer cómo cocinaban los alimentos los griegos y en qué consistía concretamente el sacrificio dirigido a los dioses. Ambos aspectos están relacionados porque el modo de cocinar dependía de cómo se sacrificaba a los dioses. El sacrificio consistía en asar las vísceras del animal pinchadas en un espetón y cocer por ebullición el resto de la carne en un caldero. Éste era el orden seguido y no se podía cambiar ya que tenía un significado profundo. Las vísceras, al ser la parte más vital del animal era lo más importante para el hombre ateniense y por eso las consumía en primer lugar después de asarlas. La carne exterior se cocía para ablandarla y no era necesario comerla en el momento del sacrificio. A esto se suma que culturalmente el cocido de alimentos era un estadio más avanzado que el asado. El cocido implica un cierto refinamiento en los platos y puede decirse que es el origen de la verdadera cocina, cuando el hombre degusta infinidad de sabores y aromas. El cocido es el símbolo de la civilización y urbanidad frente al asado, procedimiento culinario simple que acompañó al hombre en su época primitiva.
Si meditamos sobre el mito, nos daremos cuenta que los titanes actúan a la manera de un verdadero oficiante de un sacrificio cuya víctima es el niño Dioniso. Es más, como hemos visto, el niño llega a convertirse en un toro en una de las versiones, animal que se solía sacrificar con frecuencia. El hecho de que los titanes intenten distraer al niño Dioniso con juguetes también recuerda a los prolegómenos del sacrificio ofial griego, en el que el oficiante intentaba obenter el consentimiento de la víctima rociándola con vino o echándole granos de trigo en la cabeza.
La singularidad del sacrificio de los titanes es que no respeta el orden tradicional: asar primero y cocer después. Hay una inversión deliberada que llama la atención vivamente del hombre religioso tradicional griego. Con esta inversión se pretende condenar el sacrificio tradicional, el legado de la religión y la historia misma. Recordemos además que el primer oficiante que hubo en la historia fue Prometeo y que éste era un titán. Parece más que una coincidencia que sean los titanes, esos seres cubiertos de yeso, y no otros que ofrecía la tradición, los encargados de cumplir el ritual transgresor y criminal.
Este sacrificio del niño Dioniso es como una caricatura del sacrificio tradicional, un esperpento en el que se da a entender a los ciegos de corazón que a Zeus no le agradan tales prácticas y menos aún si la víctima es su amado hijo.
El mensaje final órfico es que el ser humano tiene un pecado original que debe expiar durante toda su estancia en la tierra. El ser humano es heredero de los seres que mataron a dios mediante el procedimiento que utiliza la ciudad para relacionarse con los dioses. A pesar de ello, gran parte de la ciudad se obstina en seguir cometiendo el mismo crimen, dejando que en ellos aflore la parte titánica y creyendo que con su comportamiento impío agradan a los dioses. El órfico ante tal panorama opta por apartarse de la vida de la ciudad e incluso de la misma vida, porque tiene la esperanza de que su alma inmortal, la cual está atrapada en el cuerpo debido a las reencarnaciones sucesivas que sufre, algún día saldrá del ciclo de reencarnaciones gracias a haber logrado que la parte titánica quede totalmente oculta y la parte dionisiaca sea patente a todos. Así por fin el alma ira a habitar al reino de los bienaventurados, asilo de las almas liberadas durante toda la eternidad.
El mito de la muerte de Dioniso y su posterior resurrección nos ha llegado en gran parte a través de los apologistas cristianos, los cuales comentaban el mito en sus obras conscientes de su parecido con la historia de Cristo. Pero evidentemente sus comentarios no eran neutrales, sino que intentaban ridiculizar las creencias paganas para quitar hierro al asunto de que se parecieran tanto las historias. Otras fuentes del mito son las obras de los escritores neoplatónicos, entre ellos principalmente Proclo. La ventaja de estas fuentes es que no ridiculizan el mito, sino que lo transmiten más verazmente porque Platón era un gran admirador de la doctrina órfica como se deja entrever en en muchas de sus obras de madurez. Como se puede observar, cualquiera podría argumentar que el mito de la muerte de Dioniso es posterior a Jesús, ya que las fuentes que lo transmiten directamente son tardías. Los críticos, sin embargo, han puesto sobre la mesa algunos pasajes que demuestran que la historia de la muerte y resurrección de Dioniso era el menos conocida en época clásica. Pausanías afirma en su descripción de Grecia lo siguiente:
"Y Onomácrito, tras haber tomado de Homero el nombre de Titanes, fundó los ritos de Dioniso y presentó a los Titanes como autores de los sufrimientos del dios"(8, 37, 5)
Pausanias es una fuente muy fiable. Según él, Onomácrito, un cortesano de la corte de Pisístrato, fue el que inventó el mito, y posiblemente dijo que era Orfeo el que revelaba semejante historia para darle mayor crédito.
Pero sin duda, para demostrar la antigüedad del mito, el pasaje definitivo es el que está en las Leyes de Platón:
"A continuación de esta libertad, podría venir la de no querer someterse a las autoridades y, como consecuencia de ésta, sustraerse a la servidumbre y a las admoniciones de un padre, de una madre y de personas de más edad, y ya cerca del final, pretender no estar sometidos a las leyes y en el final mismo, despreocuparse por los juramentos, las fidelidades y, en general, de los dioses, manifestando e imitando la llamada antigua naturaleza titánica, llegados de nuevo a aquella misma condición y pasando una vida penosa sin librarse munca de las desgracias." (Leyes, 3, 701b)
Evidentemente, cuando Platón habla de la antigua naturaleza titánica se refiere al mito de la muerte de Dioniso a manos de los titanes. Platón en sus obras nunca hace referencia directa a los órficos, sino que con circunloquios deja entrever la influencia que en él hizo la secta órfico pitagórica. Pero esto se verá en otro apartado dedicado a Platón.
El parecido entre el mito de Dioniso y el mito de Jesús es bastante grande. Los dos mueren a manos de sus enemigos y los dos resucitan. Ciertamente Dioniso resucita de un modo más infantil, pero hay que tener en cuenta que este mito es al menos cuatro siglos más antiguo que el de Jesús. Si nos fijamos, tanto Dioniso como Jesús tienen una infancia, y esto no algo arbitrario sino que tiene un significado profundo. El símbolo del niño que nace significa que se aproxima una nueva era para la humanidad: para los órficos la era de la expiación del pecado y de la purificación, y para los cristianos la era de la misericordia y concordia entre los hombres.
Tanto órficos como cristianos deseaban acabar con la religión dominante, y las dos sectas actuaron de la misma manera: se sirvieron de los mitos y dioses ya establecidos en la sociedad pero les dieron un nuevo significado agregando al panorama mítico nuevas historias sagradas. Los órficos transmitieron el mensaje a la sociedad griega de que a Zeus no le agradaban los sacrificos cruentos, sino que era mejor purificarse interiormente para ser gratos a los dioses. Jesús dijo expresamente aquello de:
"Misericordia quiero y no sacrificio" (Mateo, 9, 13)
El cristianismo cambió el sacrificio como método para relacionarse con Yavé por la misericordia entre los hombres. Los reformadores judíos tomaron muy buena nota de cómo reaccionó el orfismo ante la religión tradicional griega, y pusieron en práctica el mismo método. El orfismo deja fuera de juego a la religión tradicional griega con su mito principal, en el que los titanes, personajes tradicionales de la religión griega, matan al hijo de Zeus mediante el procedimiento que tiene la ciudad para relacionarse con los dioses: el sacrificio. Los judíos precristianos, es decir los reformadores judíos que sentían la necesidad de encaminar la religión judía hacia otros derroteros, adaptan la esencia del mito de la muerte de Dioniso a sus necesidades: si para los griegos el sacrificio era sagrado, para los judíos tradicionales era sagrado la llegada del Mesías prometido por Isaías. Qué mejor manera de asestar un golpe de gracia a la religión judía que mostrar a la gente que los propios judíos dieron muerte al salvador que tanto esperaban. Así que se mataban dos pájaros de un tiro: por una parte daba la sensación de que la tradición religiosa judía se respetaba porque en definitiva el dios Yavéh judío todavía seguía vivo, pero por otra parte se introducía una reforma de gran importancia: el amor al prójimo y a Dios sobre todo lo demás, es decir, la misericordia cristiana. Resulta curioso que llegados a este punto se nos vengan a la mente aquellas célebres palabras de Jesús a sus discípulos:
"Ni nadie echa el vino nuevo en cueros viejos; de otro modo se romperían los cueros, el vino se derramaría y los cueros se perderían" (Mateo, 9, 17)
Aquí le encontramos una mentirijilla más al evangelista, porque los reformadores cristianos hicieron precisamente eso: echar el vino nuevo (el cristianismo) en cueros viejos (el judaísmo) al igual que hicieron los órficos siglos antes.
Pero hay más parecidos aún entre el orfismo y el cristianismo. Del orfismo y del platonismo heredó el cristianismo el gusto por los terrores de ultratumba, los castigos póstumos. Tanto el judaísmo como la religión de los griegos tradicionales proponían un modo de castigar a los malhechores un tanto peculiar: el castigo se heredaba de padres a hijos. Ciertamente, es bastante injusto a nuestros ojos cristianos que los hijos inocentes paguen las culpas de sus padres. Pero hubo un tiempo que esto fue así. Los órficos innovaron proponiendo que nadie se fuera de rositas de esta vida, sino que pagara con terribles tormentos tras la muerte, ya que el alma inmortal era juzgada inexorablemente. A los cristianos les gustó esta idea y la asimilaron. Durante muchos siglos, las grandes mentes cristianas imaginaron diversas formas de tormento para las almas afirmando que el demonio, Belcebú, satanás, o como quieran llamarle, en sus ratos libres se dedicaba a atormentar a los que en esta vida fueron malvados y no cumplieron los preceptos cristianos. Una muestra de todo ello es un fragmento de un poema que se supone órfico, aunque la cuestión es discutida. El poema está contenido en el conocido como Papiro de Bolonia, cuya datación ronda los siglos II y III d. C. Aunque es tardío, es heredero de la tradición que recogió Platón en los pasajes que cuentan el juicio de las almas, los cuales tienen influjo órfico pitagórico:
"Y el que a su propio hermano procuró la muerte para quedarse solo con la casa del padre y llevarse toda su hacienda. Y el que entregó a su querida esposa a un adúltero a cambio de dádivas. Y otro afrentó a su hijo, casi un niño, por dinero y disfrutó de su perversidad. Y alguno hay también que de noche y de día acumulando oro en su morada aborrece la comida y la bebida, y mezclado con el oro está bebiendo un veneno. Y el que a un amigo puso en manos de su funesta perdición por obtener dinero y pisoteó la amistad..."
Todos ellos serían contemplados presumiblemente por el propio Orfeo, y por ello el poema trataría sobre el descenso de Orfeo a los infiernos para rescatar a su esposa Eurídice.
Por otra parte, en algunas catacumbas cristianas aparece Orfeo rodeado de animales, que suelen ser ovejas. La iconografía órfica entró también en los ambientes cristianos por los parecidos entre los mitos, y aquellos primeros cristianos para representar a su nuevo salvador se sirvieron de ella. Es más fácil tomar una imagen ya hecha, que inventársela. Lo único que le cambiaron fue el nombre: si antes era Orfeo, ahora era Jesucristo o quizás el rey David, que lira en mano encantaba a su auditorio animal. Poco a poco esa imagen se fue cambiando por la del buen pastor, que es la representación de Cristo con una oveja a los hombros, si bien esta famosísima imagen tiene también un origen pagano como vemos en las siguientes fotografías:
La primera estatua que data del 570 a. C. representa a un muchacho portando a hombros a un becerro. Quizás sea el propio dios Apolo. Las representaciones de Jesús en esta pose como vemos en la segunda fotografía son infinitas, pero su origen es pagano. Los primeros cristianos, deslumbrados por la cultura griega que les precedía, copiaron su iconografía al estar carentes de ella para sus nuevos mitos.
Si bien hemos visto que era normal encontrar a Jesús representado según patrones paganos, también se dio este fenómeno pero a la inversa: es decir, un dios pagano representado al modo cristiano. En un amuleto o sello conservado en Berlín del siglo III o IV d. C. encontramos a Orfeo crucificado y sobre él siete estrellas y una media luna, como la que suelen tener las vírgenes a sus pies con las puntas mirando hacia arriba. También hay una leyenda en la que se puede leer "Orfeo hijo de Baco". La teoría más generalizada es que fue obra de una secta gnóstica con sincretismo de ideas órficas y cristianas. Más difícil de creer es pensar que hubiera una historia antigua en la que se contara la crucifixión de Orfeo desconocida para nosotros.

Bibliografía
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Detienne, Marcel y Vernant, Jean Paul, Las artimañas de la inteligencia. La metis en la Grecia antigua, Taurus ediciones.
Dodds, E. R., Los griegos y lo irracional, Alianza Universidad.
Eliade, Mircea, Historia de las creencias y de las ideas religiosas I y II, Ediciones Cristiandad.
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Rohde, Erwin, Psique.(El culto de las almas y la creencia en la inmortalidad entre los griegos), Hybris.
VV.AA, Mitología universal, Diccionario Espasa.