El Cristo de las epístolas paulinas
"Pues si de Cristo se predica que ha resucitado de los muertos, ¿Cómo entre vosotros dicen algunos que no hay resurrección de los muertos? Si la resurrección de los muertos no se da, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, vana nuestra fe. Seremos falsos testigos de Dios, porque contra Dios testificamos que ha resucitado a Cristo, a quien no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, ni Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe, aún estáis en vuestros pecados. Y hasta los que murieron en Cristo perecieron. Si sólo mirando a esta vida tenemos la esperanza puesta en Cristo, somos los más miserables de todos los hombres." (I Corintios 15, 12 y ss)
El cometido de nuestro trabajo no es la figura de Pablo, sino la de Jesús. A pesar de ello es imposible pretender no hablar de Pablo, porque este persona, si existió, o el que se hizo pasar por él, fue la que escribió los documentos más antiguos acerca del Cristo, el que luego más tarde se convertiría en Jesús de Nazaret. Pablo no ideó solo la primitiva historia del Cristo (ni siquiera fue obra suya, como sostienen muchos), sino que ésta surgió de reuniones de judíos desilusionados con la religión judía y la tardanza del Mesías prometido. De he hecho, en las epístolas podemos ver que Pablo cita a varios personas que también predicaban, como por ejemplo Apolo o Cefas. Y parece ser que pronto esas reuniones de judíos dieron lugar a dos facciones, la encabezada por Pablo y la encabezada por Santiago, presunto hermano de Jesús. Estas dos facciones tenían objetivos distintos, pues la de Santiago limitaba el evangelio exclusivamente a los judíos o a los gentiles que se sometieran a la ley de Moisés, mientras que la de Pablo pretendía extender el cristianismo por toda la gentilidad. De la facción de Santiago tenemos noticias a través del testimonio de Pablo en sus cartas, especialmente Gálatas. También en los evangelios canónicos quedaron restos de sentencias de la facción de Santiago, que no fueron eliminadas por los monjes copistas en los tiempos del Concílio de Nicea.
Pablo desconoce el Jesús de los evangelios canónicos. Siempre habla de Jesucristo o el Cristo, pero nunca de Jesús de Nazaret. No tiene en mente todo lo que años más tarde narraron los evangelistas referente a la vida de Jesús de Nazaret en Palestina. Tampoco sabía a ciencia cierta cuándo murió Jesús ni cómo. Los datos que conoce del Cristo los extrae de la lectura del Antiguo Testamento. Interpreta las profecías acerca del Mesías, Cristo en griego, y confunde al varón de dolores de Isaías con ese mismo Mesías, llegando a la conclusión de que ese Mesías tuvo que morir. En ningún lugar del libro de Isaías se afirma que el varón de dolores o siervo tenga que resucitar; tampoco en el Antiguo Testamento se dice que tenga que resucitar el Mesías. Pero Pablo tenía a mano las religiones mistéricas, abundantes y comunes en su época, en las que hijos de dioses volvían victoriosos de la muerte. Pablo no tuvo más que combinar estas dos ideas religiosas tan distintas y hasta cierto punto irreconciliables, la de un Mesías prometido y la de un hijo de un dios que muriera y resutara, para dar origen al cristianismo primitivo.
Earl Doherty afirma que el Cristo de Pablo es un Cristo cósmico o mitológico, que realmente no pasó por la tierra, sino que actuó en un universo paralelo sin mezclarse con los hombres. Nosotros no compartimos esta teoría. Por el contrario pensamos que Pablo sí creía que el Cristo había pasado por la tierra, que había sido de carne y hueso, pero que no había hecho nada de lo que cuentan los evangelios. Para Pablo lo único que hizo el Cristo fue morir a manos de alguien desconocido como sacrificio perfecto para limpiar la falta cometida por Adán y heredada por todos los hombres y resucitar de entre los muertos ganando de esta manera el título de Hijo de Dios.
Los defensores de la tradición cristiana, los creyentes en definitiva, afirman que el silencio de Pablo acerca de la vida de Jesús narrada en los evangelios, no responde a un desconocimiento por parte del Apóstol, sino a una falta de interés por relatarla. A lo largo de este trabajo intentaremos rebatir este argumento.
Un personaje llamado Pablo
Vamos a construir una pequeña biografía de Pablo sirviéndonos de lo que nos cuenta él mismo en sus epístolas, las consideradas auténticas por los estudiosos, y los datos que nos da Lucas, datos muy dudosos, en sus Hechos de los Apóstoles. Los datos que aporta Lucas para nosotros no tienen ningún valor histórico. La tradición considera a Lucas, autor de un evangelio canónico y de los Hechos de los apóstoles, como el querido médico de Colosenses 4, 14, carta, por cierto, de autoría incierta. Pero como veremos, el relato de Lucas en sus Hechos de los Apóstoles dista tanto de lo que afirma el propio Pablo en sus cartas, que llegamos a la conclusión de que este Lucas ni siquiera conoció a Pablo. En cambio, pensamos que algo de médico sí que tenía, porque se dedica a amputar, coser, y curar las enfermedades o contradicciones que encontró en las cartas de Pablo y en los evangelios precedentes al suyo. Así que expondremos los datos que contiene la obra de Lucas, pero no les daremos ningún crédito.
Estos son los primeros datos personales que encontramos sobre Pablo en sus epístolas:
"Circuncidado al octavo día, de la raza de Israel, de la tribu de Benajamín, hebreo hijo de hebreos, y según la ley fariseo, y por el celo de ella perseguidor de la Iglesia; según la justicia de la Ley irreprensible." (Filipenses 3, 5 y ss)
Pablo es un judío fariseo que confiesa que en un tiempo pasado fue perseguidor de los cristianos. Es curioso porque en ninguna de sus cartas dedica ni una sola línea a pedir perdón a la comunidad cristiana por sus atrocidades cometidas. Es más, cuando fue a conocer a los Apóstoles, discípulos de Jesús, éstos no le echaron en cara para nada su pasado según el relato que hace el propio Pablo, que no el que da Lucas.
Lucas en Hechos 9, 1 nos da su nombre hebreo: Saulo. Este nombre no aparece para nada en las cartas de Pablo. En 9, 11 así mismo nos cuenta que era de Tarso, ciudad al este de Asia menor.
El mismo Pablo nos cuenta en Gálatas 4, 13 que padeció una enfermedad que podía causar repulsión entre la gente. En II Corintios 12, 7 alude a sus efectos metafóricamente:
"Por lo cual, para que yo no me engría, fueme dado un aguijón de carne, un ángel de Satanás, que me abofetea para que no me engría."
No sabemos a ciencia cierta de qué enfermedad se trata, aunque algunos han sostenido que podría ser una epilepsia. Pero además Pablo confiesa que tiene alucinaciones, lo que nos llevaría a pensar que era un esquizofrénico:
"Sé de un hombre en Cristo (se refiere a sí mismo evidentemente) que hace catorce años -si en el cuerpo, no lo sé; si fuera del cuerpo tampoco lo sé, Dios lo sabe- fue arrebatado hasta el tercer cielo; y sé que este hombre -si en el cuerpo o fuera del cuerpo, no lo sé, Dios lo sabe- fue arrebatado al paraíso y oyó palabras inefables que el hombre no puede decir." (II Corintios 12, 2 y ss)
Es difícil distinguir con seguridad si son alucinaciones o simplemente Pablo habla metafóricamente. Suficientes antecedentes tenía Pablo para utilizar semejantes metáforas. Ya Parménides de Elea, filósofo griego del siglo V a. C. de la Italia meridional, afirmaba en su famoso poema "Sobre la naturaleza" que en un carro tirado por yeguas logró llegar a la divinidad para que ésta le contara acerca del Ser y del no Ser. El discurso de la diosa era en verdad inefable, tanto que de los fragmentos conservados todavía los estudiosos sacan hipótesis sobre lo que quiso decir Parménides. Pero no sólo Parménides y Pablo viajaron al paraíso, sino que otro chamán famoso, Pitágoras, también hizo esto mismo. El chamanismo griego tiene su origen en las estepas rusas. Los chamanes eran curanderos y se caracterizaban por su actitud espiritual frente a la vida. Habían recibido una formación religiosa profunda y controlaban su vida con diversas medidas como el ayuno, la soledad o las técnicas para control del cuerpo. Los chamanes tenían la capacidad de entrar en trance logrando así que su espíritu abandonase su cuerpo y viajara a lugares donde obtenía sabiduría que el común de los mortales no tenía a su alcance. También tenían capacidad profética y curativa. En el mundo griego el chamanismo supuso un fuerte cambio cultural, pues en los poemas arcaicos de Homero, es la divinidad la que acude al hombre en sueños, mientras que los chamanes tienen la capacidad de entrar en el ámbito privado de la divinidad y allí escuchar sus secretos, tal y como nos cuenta Pablo. Los griegos entraron en contacto con el chamanismo cuando colonizaron el Mar Negro en el siglo VII a. C. Es entonces cuando surgen los grandes chamanes griegos, como el citado Pitágoras, del que se decía que escribía poemas sobre la muerte y resurreción del niño Dioniso pero los firmaba con el nombre de Orfeo. Pero hay más chamanes griegos: Abarís tenía la capacidad de vivir sin alimento, según cuenta la leyenda. Era la encarnación del dios Apolo Hiperbóreo y su alma viajaba. Como reformador religioso y purificador fue capaz de aplacar un mal que atormentaba a la ciudad de Atenas. En Esparta fundó un templo en honor de Koré donde se llevaban a cabo procedimientos catárticos de limpieza espiritual. Era lo que los griegos llamaban un hombre divino. Aristeas de Proconeso tenía la facultad de la bilocación, o estar al mismo tiempo en dos lugares distintos. Escribió varios poemas religiosos. Ermotimo de Clazomenas era capaz de liberar su alma para viajar a regiones desconocidas. Cuenta la leyenda que en uno de esos viajes espirituales quedando su cuerpo abandonado, sus enemigos aprovecharon para quemarlo. Su espíritu errante terminó encarnándose en Pitágoras. Epiménides es sin duda el más interesante. Fue un personaje histórico, que existió de verdad. Era un profesional de la catarsis, tanto que limpió a la ciudad de Atenas a causa de la violación del derecho de asilo. Epiménides era un teólogo cretense que tenía fama de milagrero y del cual tenemos noticias de que escribió una cosmogonía órfica, es decir un poema religioso que trataba sobre el origen del mundo desde la perspectiva de la secta griega órfica. Y decimos que Epiménides es interesante porque precisamente en una carta atribuida a Pablo es citado uno de sus versos. Es decir, que en el círculo de Pablo era normal que los textos órficos pasaran de mano en mano. Sobre este asunto hablaremos más extensamente cuando tratemos acerca de la relación entre Pablo y el orfismo. Pablo estaba profundamente impresionado por el chamanismo griego, hasta tal punto que confiesa que creyó tener una experiencia igual a la que Parménides cuenta en su poema.
Pablo se presenta a sí mismo como apóstol en Gálatas 1, 1:
"Pablo, apóstol no de hombres ni por hombres, sino por Jesucristo y por Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos..."
Pablo se autodenomina apóstol, pero como él afirma no gracias a los hombres, sino a Jesucristo y a Dios. La palabra apóstol significa en griego enviado. Pablo cree que su misión es difundir el evangelio del Cristo, o de Dios en muchas otras ocasiones. Veamos lo que nos continúa diciendo en Gálatas 1, 11:
"Porque os hago saber, hermanos, que el evangelio por mí predicado no es de los hombres, pues yo no lo recibí ni aprendí de los hombres, sino por revelación de Jesucristo."
Hay que esclarecer qué entiende Pablo por revelación. En I Corintios 9, 1 nos cuenta lo siguiente:
"¿No soy libre yo? ¿No soy apóstol? ¿No he visto a Jesús nuestro Señor?"
Es decir, que Pablo ha tenido un contacto directo con Jesús, y lo ha visto corporalmente. Sin embargo, Pablo no da datos concretos en sus cartas acerca de su contacto con Jesucristo. Simplemente afirma que se le ha aparecido y que le ha mandado evangelizar a las gentes:
"Antes al contrario, cuando vieron (los jefes de la Iglesia de Jerusalén) que se me había confiado el evangelio de la incircuncisión (es decir, destinado a los gentiles), como a Pedro el de la circuncisión (destinado a los judíos), pues el que obró en Pedro para el apostolado de la circuncisión, obró también en mí para el de los gentiles, Santiago, Cefas y Juan, que pasan por ser las columnas, reconocieron la gracia a mí dada, y nos dieron a mí y a Bernabé la mano en señal de comunión, para que nosotros nos dirigiésemos a los gentiles y ellos a los circuncisos." (Gálatas 2, 7 y ss)
Por Filipenses 1, 7 sabemos que sufrió prisión a causa de predicar el evangelio a los gentiles.
Pablo en I Corintios 15, 5 y ss nos da una pequeña relación de las apariciones de Jesús después de su muerte: primero se apareció a Pedro, luego a los doce. Tras ellos a más de quinientos hermanos de los cuales dice que todavía están muchos vivos. Luego se apareció a Santiago, y después a todos los apóstoles. Finalmente afirma que se le apareció a él. Esta sucesión de apariciones entra en contradicción con las contadas por los cuatro evangelios canónicos. Además, Pablo afirma que después de aparecerse a Pedro se apareció a los doce, aunque el evangelio de Mateo cuente que Judas se ahorcó después de entregar a Jesús quedando sólo once apóstoles. Toda esta información puede ser una interpolación ajena al texto original como veremos más adelante.
Hemos visto que Pablo afirma que Jesucristo se le apareció corporalmente, pues lo vio, le nombró apóstol y le encomendó predicar el evangelio a los gentiles. En cambio, al comienzo de las dos cartas a los corintios, sostiene que es apóstol por la voluntad de Dios y no de Cristo. Hay muchos indicios para sospechar que en la mente de Pablo Dios y Jesucristo no son la misma persona.
Sea como fuere, Pablo no habla del lugar donde se le apareció Jesucristo, ni lo que estaba haciendo en ese momento, ni siquiera alude a alguna de las palabras que le dirigió Jesucristo. Será Lucas en sus Hechos de los apóstoles el que nos dé todos estos datos. Hay que recordar que la epístola a los Gálatas, en la que Pablo nos habla de que Jesucristo le encomendó predicar a los gentiles data aproximadamente del año 56, y que los Hechos de Lucas seguramente fueron escritos después del año 90. Es decir, que hay entre ambos documentos más de treinta años de diferencia. Esto es lo que nos cuenta Lucas:
"Cuando estaba de camino, sucedió que, al acercarse a Damasco, se vio de repente rodeado de una luz del cielo; y al caer a tierra, oyó una voz que decía: Saulo, Saulo, ¿Por qué me persigues? Él contestó: ¿Quién eres, Señor? y Él: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad y se te dirá lo que has de hacer." (Hechos de los apóstoles 9, 3 y ss.)
Según Lucas, Pablo iba a Damasco a detener a cristianos y una luz del cielo le hizo caer a tierra. Pablo no vio a nadie, sólo una luz. De hecho sólo oye una voz. En Hechos 9, 7 se afirma que los acompañantes de Pablo oyeron la voz pero no vieron a nadie. Como vimos anteriormente, Pablo en sus epístolas afirma que lo vio corporalmente. Pero más adelante en el relato de Lucas, en Hechos 9, 17, ya se nos cuenta que sí se le había aparecido Jesús corporalmente. La misma afirmación encontramos en 9, 27. Pero es que Pablo, una vez que se levanta se da cuenta que está ciego; y en Damasco permanece tres días sin ver, comer ni beber. En 9, 10 encontramos que Jesús manda a un discípulo llamado Ananías para que le haga recobrar la vista a Pablo. Ananías responde que Pablo es un perseguidor de cristianos, pero entonces Jesús le dice que es su elegido para llevar su nombre a los gentiles. Es decir, que se lo dice a Ananías, y no a Pablo, el cual está en Damasco ciego y sin comer ni beber esperando a que alguien le saque de esa situación. Vimos también que en las cartas paulinas se afirmaba que Jesucristo personalmente le dio a Pablo la orden de predicar a los gentiles. Pero en el relato de Lucas es Ananías el que le transmite la orden de Jesús al que había visto en visión. Pero lo más extraño de todo es que en el evangelio de Mateo Jesús da la orden explícita a los apóstoles de que no se dirijan a los gentiles, sino exclusivamente a los judíos:
"A estos doce los envió Jesús, haciéndoles las siguientes recomendaciones: No vayáis a los gentiles ni penetréis en ciudad de samaritanos; id más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel, y en vuestro camino predicad diciendo: El reino de Dios se acerca." (Mateo 10, 5)
Así que lo que Jesús en vida prohibió a los apóstoles, ahora se lo manda a Pablo, y no directamente, sino a través de Ananías. Recordemos las propias palabras de Pablo en Gálatas 1, 1: Pablo, apóstol no de hombres ni por hombres, sino por Jesucristo y por Dios Padre... Pero acabamos de ver que el que le dio la orden de evangelizar a los gentiles fue Ananías, del que no hay la más mínima sospecha de que sea un hombre. Vemos que el relato de Lucas no se adecúa a las palabras del propio Pablo. También vimos en Gálatas 1, 11 la siguiente afirmación: que el evangelio por mí predicado no es de hombres, pues yo no lo recibí ni aprendí de los hombres, sino por revelación de Jesucristo. Pablo habla de que recibió un evangelio, o buena noticia, y además que lo aprendió directamente de Jesucristo, lo cual implica un tiempo o proceso. En el relato de Lucas esto es imposible porque en 9, 18 vemos que después de que Ananías le comunique a Pablo lo que le dijo recobra la vista automáticamente y se bautiza, y tras pasar unos días con los discípulos de Damasco empezó a predicar por las sinagogas que Jesús era Hijo de Dios. No hay ningún proceso de aprendizaje. Finalmente, añadamos que Pablo nos dice en Filipenses 3, 9 que lo dejó todo por amor a Cristo, pero no porque una luz le cegara en Damasco y una voz le preguntara por qué le perseguía.
Nos cuenta Lucas que como Pablo confundía a los judíos, éstos resolvieron matarle. Pero Pablo escapó de Damasco descolgándose por una ventana mediante una espuerta (Hechos 9, 23 y ss). Pablo referiéndose a este episodio da nombres concretos y no cita a los judíos como colectividad:
"En Damasco, el etnarca del rey Aretas puso guardias en la ciudad de los damascenos para prenderme, y por una ventana, en una espuerta, fui descolgado por el muro y escapé a sus manos." (II Corintios 11, 32)
En ell relato de Lucas observamos antisemitismo, pues acusa a los judíos en general de querer matar a Pablo. El testimonio del Propio Pablo es más mesurado, pues sólo se refiere al rey Aretas como culpable de su huida apresurada de Damasco. Según Lucas, tras huir de esa manera Pablo se dirigió a Jerusalén de la mano de Bernabé y fue presentado a los apóstoles, que aunque al principio temieron por su pasado, terminaron aceptándolo por lo que Bernabé les relató de sus predicaciones en Damasco. Pero las palabras de Pablo acerca de cómo sucedieron los hechos contradicen el testimonio de Lucas:
"...no subí a Jerusalén a los apóstoles que eran antes de mí, sino que partí para la Arabia y de nuevo volví a Damasco. Luego, pasados tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas, a cuyo lado permanecí quince días. A ninguno otro de los apóstoles vi, si no fue a Santiago, el hermano del Señor. En esto que os escribo, os declaro ante Dios que no miento." (Gálatas 1, 17 y ss)
Pablo no fue a Jerusalén después de su estancia en Damasco. Prefirió antes que conocer a los apóstoles irse a Arabia y volverse de nuevo a Damasco, ciudad en la que no dice que tuviera lugar lo de la aparición de Jesús, ni la orden de Ananías ni su ceguera milagrosa. Tuvieron que pasar tres años, los cuales Lucas omite de su relato pues según él tras huir de Damasco se fue a Jerusalén directamente, para que Pablo se decidiera a ir a conocer a Cefas a Jerusalén, sin ser acompañado por Bernabé pues Pablo no lo cita. Además afirma que a ningún otro apóstol vio, sino sólo a Santiago, el hermano de Jesús, mientras que en el relato de Lucas se nos dice que fue aceptado por los apóstoles en general (Hechos 9, 27). El relato del propio Pablo, jurado ante Dios, tiene muchas discrepancias con lo que nos cuenta Lucas en sus Hechos de los apóstoles. Como podemos inferir de lo anteriormente expuesto, Lucas no conoció a Pablo, aunque la tradición cristiana afirme que era discípulo de Pedro y Pablo. No lo pudo conocer porque de la comparación entre los relatos de Lucas y Pablo encontramos grandes contradicciones. Lucas intentó completar las lagunas que estaban presentes en las cartas de Pablo, y para ello echó mano de su propio imaginación sin importarle que contradijera en muchas ocasiones las propias palabras de Pablo.
Pablo en Gálatas 2, 1 afirma que a los catorce años volvió a Jerusalén acompañado esta vez sí de Bernabé y Tito para presentarles a los apóstoles su evangelio dirigido a los gentiles. A Santiago, a Cefas y a Juan, que según Pablo pasaban por ser las columnas (Gálatas 2, 9), les pareció muy bien lo que les presentó Pablo. Pero tras este encuentro amistoso tuvo lugar el conflicto de Antioquía por el que el cristianismo primitivo se mostró como la lucha de dos facciones opuestas e irreconciliabes.
El conflicto de Antioquía o la madeja de Ariadna
Como vimos en la biografía de Pablo, éste nos contaba en Gálatas, contradiciendo a Lucas, que tras su estancia en Damasco no fue directamente a conocer a los Apóstoles, sino que después de tres años marchó a Jerusalén a conocer a Cefas, estando con él quince días. En esta estancia únicamente conoció a Santiago, hermano del Señor, pero a ninguno de los otros Apóstoles tuvo la oportunidad de ver; de sus propias palabras deducimos que tampoco tuvo mucho interés en conocerlos (Gálatas 1, 17). No quiso conocer a Tomás, aquel que dudó y metió sus dedos en los costados de Jesús. No buscó a Mateo, el recaudador de impuestos convertido por Jesús, al cual arrancó de las manos de los pecadores en aquella famosa cena. Se olvidó de Andrés, el hermano de Simón Pedro, del que el evangelista Juan nos cuenta que en un principio era discípulo de Juan el Bautista, el que era la encarnación de Elías. Tampoco preguntó por Juan, el discípulo amado de Jesús, el que cariñosamente reclinó su cabeza en el seno del Señor durante la última cena y acogió a María en su casa después de la muerte de su maestro. De la madre de Jesús tampoco parece que se acordara Pablo en su visita a Jerusalén. Pablo no mostró el más mínimo interés en conocer a estas personalidades, que más tarde serían figuras claves en la narración de los evangelios. Algunos exegetas afirman que también es un misterio el por qué Pablo no nos cuenta que visitara los lugares sagrados como el cenáculo donde tuvo lugar la última cena, el monte de los olivos o el Calvario. Toda esta falta de interés de Pablo en conocer lo anteriormente citado lleva a muchas personas a afirmar que simplemente no conocía ni tenía noticia ni de los hechos llevados a cabo por los Apóstoles y María, ni tenía idea de la existencia de los lugares sagrados de Jerusalén. Muchos afirmarán: Pablo no conoció a Jesús, ni asistió a los hechos de su vida y por eso no conocía todo lo anterior... Pero hay una objeción: ¿no se lo pudo contar Cefas? Porque recordemos que estuvo con él quince días. ¿No le contó que él mismo anduvo sobre el agua con la ayuda de Jesús? ¿Se le olvidó decirle que expulsó demonios por toda Palestina siguiendo las órdenes de su maestro? ¿No le comentó que el propio Jesús le nombró Piedra de la Iglesia y que todo lo que el atara en la tierra quedaría atado en el cielo? Pues parece ser que no, porque después de catorce años fue cuando Pablo visitó de nuevo a los Apóstoles en Jerusalén según sus propias palabras (tiempo más que considerable si pensamos que la piedra de la Iglesia, que era Pedro, estaba con los apóstoles en Jerusalén); pero fue no porque tuviera curiosidad por entablar conversación con el resto de Apóstoles que conocieron a Jesús personalmente a los cuales no vio en su primera y única visita a Cefas hacía catorce años, ni si quiera movido para volver a entablar con Cefas esas supuestas pláticas acerca de los hechos de Jesús y de los Apóstoles... sino para exponerles el evangelio que él predicaba a los gentiles, para que como el mismo Pablo afirma supiera si corría o había corrido en vano (Gálatas 2, 1 y ss)
Una cosa llama la atención de la narración de Pablo sobre las impresiones que tuvo cuando conoció a los Apóstoles en su segundo viaje a Jerusalén, narrado en Gálatas: la hostilidad y la desidia que muestra hacia sus personas.
"De los que parecían ser algo, lo que hayan sido en otro tiempo no me interesa, que Dios no es aceptador de personas, éstos que representaban algo, nada me impusieron de más." (Gálatas 2, 6)
A Pablo no le importa en absoluto el pasado de los apóstoles, el cual no le da ninguna autoridad sobre él. No le importa que fuesen elegidos personalmente por Jesús, ni que Santiago fuera hermano de su Señor. En definitiva, Pablo actúa realmente como si los apóstoles no hubieran conocido personalmente a Jesús, ni el tal Santiago fuera en realidad hermano de Jesús. Los trata como si estuvieran a su mismo nivel con respecto al Cristo. Incluso se deja entrever en estas escenas un espíritu de rivalidad. De Pedro dice lo siguiente:
"...cuando vieron que se me había confiado el evangelio de la incircuncisión, como a Pedro el de la circuncisión, pues el que obró en Pedro para el apostolado de la circuncisión, obró también en mí para el de los gentiles..." (Gálatas 2, 7)
Pablo afirma que Jesús obró en Pedro para el apostolado de la circuncisión igual que obró en él para el apostolado de la incircuncisión. Pone a Pedro al mismo nivel que él, y no da a entender que Jesús en vida le diera tal misión. Es como si a Pedro también se hubiera aparecido Jesucristo, como al mismo Pablo, para encomendarle su tarea. Realmente, una persona que leyera por primera vez esta carta y que no hubiera leído los evangelios, sacaría estas conclusiones; recordemos que esta carta de Gálatas es anterior a cualquier evangelio.
La narración de Pablo ha llevado a muchas personas a sostener que ni Cefas, ni Santiago, ni Juan conocieron a Jesús como nos cuentan los evangelistas. A simple vista, Cefas aparece como un iluminado, igual que Pablo. Era una persona que afirmaba que Jesucristo se le había aparecido y le había encomendado predicar el evangelio a los judíos. De Santiago se sospecha que no era en realidad hermano de Jesús. En los evangelios canónicos se cita a un Santiago como hermano de Jesús, pero no tiene ninguna relevancia ni se cuenta nada de su vida. Es más, Jesús reniega de él, así como de toda su familia en contraposición con sus discípulos:
"Alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablarte. Él, respondiendo, dijo al que le hablaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano sobre sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos." (Mateo 12, 47 y ss)
No es posible que este hermano de Jesús, llamado Santiago, del que los evangelios dan sólo su nombre, pero nunca lo citan junto a Jesús en ningún momento de su vida, y del que Jesús reniega afirmando que no tiene familia porque su familia es la que haga la voluntad de su Padre, sea el mismo Santiago que aparece en Gálatas. Este Santiago de Gálatas es nombrado por Pablo antes que Cefas (Gálatas 2, 9) como el jefe de la Iglesia de Jerusalén. Y en el conflicto de Antioquía veremos que Cefas se plegaba a sus mandatos. Así que misteriosamente Santiago, el hermano de Jesús, de ser un completo desconocido para los evangelistas los cuales no cuentan absolutamente nada de él en los evangelios, e incluso ser tenido en poco por el propio Jesús, años después de la muerte de Jesús pasó a encabezar la Iglesia de Jerusalén según relato Pablo en Gálatas. Esto no tiene sentido. Tenemos que llegar a la conclusión de que el Santiago de Gálatas no es el mismo Santiago que se nombra en los evangelios. Pero en Gálatas Pablo afirma que era hermano del Señor... La única explicación para este sin sentido es que el dato de que Santiago es hermano de Jesús sea una interpolación. Un monje copista añadió a la personalidad del Santiago de Gálatas el dato de que era hermano del Señor, porque se nombra un Santiago como hermano de Jesús en los evangelios. No es comprensible que Pablo sea enemigo de Santiago, siendo éste hermano de Jesús, su Señor.
El conflicto de Antioquía entre Pablo, Pedro y Santiago es contado en Gálatas 2, 11 y ss. Esto es lo que nos cuenta el propio Pablo:
"Pero cuando Cefas fue a Antioquía, en su misma cara le resistí, porque se había hecho reprensible. Pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con los gentiles; pero en cuanto aquéllos llegaron, se retraía y apartaba, por miedo a los de la circuncisión. Y consintieron con él en la misma simulación los otros judíos; tanto que hasta Bernabé se dejó arrastrar a su simulación. Pero, cuando yo vi que no caminaban rectamente según la verdad del Evangelio, dije a Cefas delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a judaizar?" (Gálatas 2, 11 y ss)
En esta escena observamos varias cosas llamativas. Cefas se muestra como un hipócrita, pero no menos hipócrita que Santiago y Juan los cuales no pusieron ningún reparo al evangelio a los gentiles cuando Pablo se lo presentó (Gálatas 2, 7). También Cefas se muestra sumiso a Santiago. Recordemos que Pablo en Gálatas 2, 9 lo nombra después de Santiago. Esto no concuerda con las palabras de Jesús:
"Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos." (Mateo 16, 18)
Cefas no es piedra de ninguna iglesia según el relato de Pablo, porque se somete a los dictados y órdenes de Santiago. Incluso Pablo parece tener más autoridad que él. Del relato de Pablo podemos deducir que Jesús no le dio en vida a Cefas ninguna prerrogativa especial sobre los demás apóstoles. El texto evangélico en el que Jesús dice que es Piedra de la iglesia es una interpolación sólo presente en Mateo para justificar el poder del papado de la Iglesia Católica. Es más, como hemos dicho, hay pruebas de que Cefas no conoció a Jesús en vida, como ninguno de los apóstoles.
Del conflicto de Antioquía podemos observar claramente la guerra abierta entre las facciones de Pablo y Santiago: cristianismo universal o exclusivo del mundo judío. Ciertamente Pablo tenía mayores expectativas, y sabía que si el cristianismo no se expandía moriría rápidamente. Pablo no narra ninguna reconciliación con Pedro y Santiago sino que de manera abrupta termina su relato del conflicto de Antioquía. Las dos posturas en vida de Pablo fueron irreconciliables.
Todo se limitaba a si los gentiles debían someterse a la ley de Moisés para ser cristianos. La facción de Santiago, de origen judío, pensaba que sí se debían someter los gentiles a todos los preceptos de Moisés. Conocían muy bien el Antiguo Testamento y sabían lo que allí decía Yavé, el dios de Israel, y por ello querían cumplir todos los preceptos de la Ley:
"Ahora, pues, Israel, guarda las leyes y mandamientos que yo te inculco, y ponlas por obra, para que vivas y entréis y os posesionéis de la tierra que os da Yavé, Dios de vuestros padres. No añadáis nada a lo que yo os prescribo, ni nada quitéis, sino guardad los mandamientos de Yavé, vuestro Dios, que yo os prescribo. [...] Cuida, pues, con gran cuidado no olvidarte de cuanto con tus ojos has visto y no dejarlo escapar de tu corazón por todos los días de tu vida; antes bien, enséñaselo a tus hijos y a los hijos de tus hijos." (Deuteronomio 4, 1 y ss; 4, 6 y ss)
Yavé, que según muchas sectas cristianas es el mismo Jesús, en el Antiguo Testamento manda a Israel que observe y guarde sus leyes sin cambiar nada de ellas y transmitiéndolas a su descendencia para siempre. Recordemos aquí que Pablo antes de convertirse al cristianismo era un fariseo perseguidor de cristianos (Filipenses 3, 5). El fariseísmo era una secta judía que se caracterizaba por el rigor y la exigencia en el cumplimiento de la Ley de Moisés. Querían cumplir la Ley letra por letra. Pablo en Filipenses 3, 6 dice de sí mismo que era según la justicia de la Ley irreprensible. Con todos estos datos a la vista, son incomprensibles ciertas palabras de Pablo acerca de la Ley de Moisés y su aplicación. Pablo, a pesar de que era en su pasado un fariseo acérrimo e irreprensible en cuanto a la Ley como él mismo informa, y a pesar de que era un excepcional hermeneuta de los textos del Antiguo Testamento en sus escritos afirma cosas como las que siguen:
"Más yo por la misma Ley he muerto a la Ley, por vivir para Dios." (Gálatas 2, 19)
Pablo niega las palabras de Yavé, el que para muchas sectas cristianas es también Jesús, las cuales palabras vimos anteriormente y que para su tiempo estaban totalmente vigentes. El argumento para negar los mandatos de Yavé es incoherente. Dice que ha muerto a la Ley por la Ley misma, y además lo hace para vivir en Dios. Es decir, que según Pablo cuando una persona cree en un dios lo que tiene que hacer para estar en total sintonía con él es hacer lo contrario de lo que diga ese mismo dios.
Un ex fariseo, que dice de sí mismo que es irreprensible en cuanto a la justicia de la Ley nos cuenta ahora que para él la Ley ha muerto. Sin embargo, de los más de seiscientos mandamientos de la Ley de Moisés, sólo uno, la circuncisión obligatoria como pacto entre Yavé e Israel, es atacada por Pablo de esta manera:
"Que ni la circuncisión es nada ni el prepucio, sino la nueva criatura." (Gálatas 6, 15)
Esto entra en total contradicción con lo que dejó dicho Yavé, Padre de Jesús, y para algunas sectas cristianas Jesús mismo:
"Éste es mi pacto, que guardaréis entre mí y vosotros y entre la descendencia después de tí: circuncidad todo varón, circuncidad la carne de vuestro prepucio, y ésa será la señal de mi pacto entre mí y vosotros. A los ocho días de nacido, todo varón será circuncidado en vuestra descendencia, ya sea el nacido en casa o comprado por plata a algún extranjero, que no es de tu estirpe. Todos, tanto los criados en casa como los comprados, se circuncidarán, y llevaréis en vuestra carne la señal de mi pacto por siempre; y el incircunciso que no circuncidaré la carne de su prepucio será borrado de su pueblo; rompió mi pacto." (Génesis 17, 10)
Si atendemos a las palabras de Yavé en el Nuevo Testamento, Pablo está animando a los gentiles a que sean borrados del pueblo de Dios rompiendo el pacto sagrado. Además afirma lo siguiente de Cristo:
"Pues en Cristo Jesús ni vale la circuncisión ni vale el prepucio, sino la fe que actúa por la caridad." (Gálatas 5, 6)
El mismo Jesús fue circuncidado al octavo día de su nacimiento como había mandado su padre Yavé (Lucas 2, 21). María junto con su esposo José, no dudaron un momento en acatar el mandamiento de circuncidar al niño divino cayendo, como diría Pablo, en las terribles garras de la maldición de la Ley.
Tras todo lo expuesto, vamos a exponer una teoría, la cual da cierta luz al asunto: imagínense en el año cuarenta y tantos de nuestra era. Usted es un gentil (griego, romano o asiático), y un día conoce a una persona que le habla de un Dios salvador, el cual le va a limpiar de sus pecados porque ha muerto por usted. Ante esta idea le da vueltas a su situación: un trabajo duro de agricultor, una esposa insoportable, muchos hijos y deudas por todas las partes. Algo ha tenido que hacer mal en su vida, algún pecado habrá cometido para tener semejante vida. Éste dios le puede salvar y purificarle, darle sentido a su vida.Usted se apunta a la nueva religión que le muestra esa persona. Pero ésta le dice que hay un pequeño problema: es necesario para ser aceptado en esa comunidad y ser salvado que usted se deje cortar la piel que rodea el glande del pene, porque así lo manda Yavé que es el padre de ese dios salvador. Usted le dice: "¿un cuchillo me va a rebanar parte de un órgano tan sensible? ¿Sin anestesia, la cual todavía no se ha inventado, y con unas condiciones higiénicas paupérrimas?" La persona en cuestión le contesta: "todos los judíos lo sufren a los ocho días de haber nacido". Y usted a su vez replica: "¡Pero yo tengo cuarenta y nueve años! ¡Eso va a doler mucho! Mejor me quedo con mi querido Mitra, que también me limpia y no me pide que me corte nada. Gracias por todo". Esta situación que a muchos le parecerá grotesca seguramente sucedió muchas veces a lo largo de todo el Mediterráneo ya que los partidarios de Santiago y Cefas exigían la circuncisión de los gentiles. Por eso Pablo atacaba tanto la circuncisión, pues era un problema bastante serio a la hora de ganar prosélitos para la causa del Cristianismo.
En la figura de Pablo hay datos que él mismo nos da que no encajan bien. No se entiende que un fariseo irreprensible en cuanto a la justicia de la Ley antes de convertirse al cristianismo diga cosas tan contrarias a la Ley. De ser cierto lo que afirma Pablo, el cambio fue brutal. Por tanto desconfiamos que Pablo fuera un judío como él mismo afirma. Más lígoco es que Pablo fuera un gentil más, que hechizado por el Cristo, comprendió que era necesario abolir la Ley, en concreto la circuncisión, para que los gentiles adoptaran tal creencia judía. Era imposible que un gentil se hiciera prosélito de tal religión si le exigían que se cortara una parte de su pene. Así se entiende la aversión que sentía Pablo ante la idea de que los gentiles se circuncidasen obligatoriamente como mandaba Yavé. Contra ningún otro precepto de la Ley mosaica Pablo lanza su acerada crítica: no le importa, por ejemplo, que esté escrito en el Antiguo Testamento que a la mujer adúltera haya que apedrearla, a pesar de que los evangelios cuenten que Jesús salvó a una de esta pena y condenó tal ley. Tampoco le importa a Pablo la obligada observancia del descanso en sábado, ley que Jesús en los evangelios viola continuamente.
Seguramente el cristianismo judío, el que supuestamente iniciaron Cefas y Santiago, sería de corte mesiánico. Una parte de los judíos adelantaron la venida del Mesías. Cuando estos judíos heterodoxos empezaron a abandonar Palestina y a instalarse en Asia menor a causa de la destrucción de Jerusalén en la guerra entre los judíos y los romanos acaecida entre los años 66-70 d. C. entraron en contacto con los gentiles, los cuales ya tenían sus propios dioses salvadores como Dioniso, Mitra, Osiris, Adonis, Atis... Intercambiaron ideas y de la confusión se creó el Cristo de Pablo, mezcla de Mesías con dios salvador mistérico que moría y resucitaba. Pero el problema era la circuncisión, yugo demasiado pesado como para soportarlo los gentiles, así que los primeros cristianos se escindieron en dos bandos, el gentil y el judío. El cristianismo judío, debido a que negó la entrada a los gentiles que no se circuncidaran, terminó desapareciendo. El gentil persistió expandiéndose por todo el Mediterráneo como el fuego y terminó triunfando en el Concíleo de Nicea.
Lucas seguramente leyó con desagrado la epístola a los Gálatas, donde era patente la hostilidad entre Pablo y los Ápóstoles de Jerusalén a causa de los gentiles, los cuales eran aborrecidos por los judíos. Como vimos, Pablo no dice para nada que Cefas y Santiago terminaran aceptando a los gentiles. Es más, en Filipenses 3, 2 dice Pablo lo siguiente:
"Ojo a los perros, guardaos de los malos obreros, cuidado con la mutilación."
Aquí Pablo utiliza la ironía, porque precisamente el apelativo de perros era utilizado por los judíos para referirse a los gentiles. Pablo les devuelve irónicamente el insulto. Los malos obreros son los que forman la Iglesia de Jerusalén, con Santiago y Pedro a la cabeza (A éste último Pablo le preguntó que por qué quería judaizar a los gentiles). Como hemos dicho, en los evangelios canónicos encontramos pasajes, sentencias o frases puestas en boca de Jesús que defienden la posición idiológica de lOS Apóstoles de Jerusalén. Veamos un pasaje muy interesante:
"Saliendo de allí Jesús, se retiró a los términos de Tiro y Sidón. Una mujer cananea (es decir, gentil o no judía) de aquellos contornos comenzó a gritar, diciendo: Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David; mi hija es malamente atormentada por el demonio. Pero Él no le contestaba palabra. Los discípulos se le acercaron y le rogaron, diciendo: Despídela, pues viene gritando detrás de nosotros. Él respondió y dijo: No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel. Más ella, acercándose, se postró ante Él, diciendo: ¡Señor, socórrome! Contestó Él y dijo: No es bueno tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perrillos. Más ella dijo: Cierto, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores. Entonces Jesús le dijo: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres. Y desde aquella hora quedó curada su hija." (Mateo 15, 21 y ss)
En este pasaje una mujer cananea, es decir, gentil o no judía, suplica a Jesús que cure a su hija, y lo único que recibe de Él es silencio. No le hace caso. Esto implica un desprecio considerable. Los apóstoles quieren echarla, porque les molesta sus gritos, y Jesús le parece bien esto porque le dice a la mujer que sólo ha sido enviado a las ovejas perdidas de Israel. No piensa curar a los gentiles, ni predicarles el evangelio. Aquí Jesús se muestra como un racista. Y lo que está haciendo ni más ni menos es exponer las ideas de la facción de Santiago y Pedro. Pero es que además le dice a la mujer cananea que no es bueno tomar el pan de los hijos y echarlo a los perrillos. Evidentemente los hijos son los israelitas. Jesús en este pasaje sólo considera sus hijos a los judíos. Los perrillos son los gentiles. Pero sospechamos que el texto original que salió de manos del Pseudo Mateo no contenía esta palabra tan cariñosa, sino simplemente perros. Quizás un monje copista manipulara el texto original porque le parecía demasiado fuerte que Jesús utilizara este insulto. Ahora comparemos esto con el versículo de Filipenses 3, 2 donde Pablo llama a los que dicen que los no judíos se tienen que circuncidar perros. Todo cobra sentido: Los judíos llamaban a los gentiles perros, como el mismo Jesús afirma en el pasaje anterior. Y Pablo irónicamente les devuelve el insulto en Filipenses 3, 2. Esta epístola fue escrita entre los años 56 y 57. Así que la guerra entre la facción de Santiago y la de Pablo aún estaba vigente en esos años.
Lo más llamativo del pasaje citado es que la mujer termina convenciendo a Jesús de que cure a su hija, porque según dice ella los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores. Y entonces Jesús exclama: ¡Oh mujer, grande es tu fe! Precisamente era la fe la que Pablo afirmaba como base de la salvación en contraposición a las obras de la Ley. La parte final del pasaje es un añadido de la facción de Pablo. En menos de cuatro frases vemos a Jesús cambiar de opinión a una velocidad de vértigo. Evidentemente debido a la manipulación que ha sufrido el texto original, se nos muestra a un Jesús vacilante, que cambia fácilmente de opinión.
Hemos comprobado con nuestros propios ojos que según Pablo, y quién mejor que él pues presenció estos hechos, había una confrontación abierta entre los Apóstoles de Jerusalén y Pablo, y también hemos visto que esta hostilidad duró mínimo hasta el año 56 o 57, pues en Filipenses Pablo se refiere a los de la facción de Jerusalén como perros que obligan a la circuncisión a los gentiles y en Gálatas 5, 12 les desea incluso la mutilación. Pero Lucas nos cuenta otra cosa distinta. En el capítulo 11 de los Hechos de los Apóstoles, poco después de la conversión de Saulo nos cuenta esto:
"Oyeron los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea que también los gentiles habían recibido la palabra de Dios. Por eso, cuando Pedro subió a Jerusalén, discutían con él los que eran de la circuncisión, diciendo: -¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos y has comido con ellos? Entonces comenzó Pedro a contarles de forma ordenada lo sucedido, diciendo: -Estaba yo en la ciudad de Jope orando, y tuve en éxtasis una visión: algo semejante a un gran lienzo suspendido por las cuatro puntas, que bajaba del cielo y llegaba hasta mí. Cuando fijé los ojos en él, consideré y vi cuadrúpedos terrestres, fieras, reptiles y aves del cielo. Y oí una voz que me decía: Levántate, Pedro, mata y come. Yo dije: Señor, no; porque ninguna cosa común o impura entró jamás en mi boca. Entonces la voz me respondió del cielo por segunda vez: Lo que Dios limpió, no lo llames tú común. Esto se repitió tres veces, y volvió todo a ser llevado arriba al cielo. En aquel instante llegaron tres hombres a la casa donde yo estaba, enviados a mí desde Cesárea. Y el Espíritu me dijo que fuera con ellos sin dudar. Fueron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa de un hombre, quien nos contó cómo había visto en su casa un ángel que, puesto en pie, le dijo: Envía hombres a Jope y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro; él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú y toda tu casa. Cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos, como también sobre nosotros al principio. Entonces me acordé de lo dicho por el Señor, cuando dijo: Juan ciertamente bautizó en agua, pero vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. Si Dios, pues, les concedió también el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo que pudiera estorbar a Dios? Entonces, oídas estas cosas, callaron y glorificaron a Dios, diciendo: -¡De manera que también a los gentiles ha dado Dios arrepentimiento para vida!" (Hechos de los Apóstoles 11, 1 y ss)
El hombre a cuya casa entra Pedro era el centurión Cornelio del cual se habla en el capítulo anterior, es decir el diez. Así que era un gentil que al escuchar predicar a Pedro recibió el Espíritu Santo así como toda su familia. Lucas nos cuenta que es aquí cuando Pedro comprendió que Jesús quería salvar también a los judíos. Pero esto que cuenta Lucas es falso. Esta historia en la narración lucana tiene lugar antes de que Pablo y Bernabé fueran a Antioquía. Bernabé, según Lucas, se desplaza de Antioquía a Tarso, donde estaba Pablo, y de allí se lo lleva a Antioquía donde permanecen un año:
"Bernabé partió a Tarso en busca de Saulo, y hallándole, le condujo a Antioquía, donde por espacio de un año estuvieron juntos en la iglesia e instruyeron a una muchedumbre numerosa, tanto que en Antioquía comenzaron los discípulos a llamarse cristianos." (Hechos de los Apóstoles 11, 25)
Así que si hacemos caso a Lucas, para cuando Pablo y Bernabé llegaron a Antioquía, Pedro ya había tenido esa visión celestial del mantel con toda clase de alimentos, y también había visto el Espíritu Santo descender sobre el cinturión Cornelio. Pero entonces, ¿Por qué ocurrió esto que nos cuenta Pablo en Gálatas 2, 11 que ya hemos visto pero que volvemos a citar para mayor claridad?:
"Pero cuando Cefas fue a Antioquía, en su misma cara le resistí, porque se había hecho reprensible. Pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con los gentiles; pero en cuanto aquéllos llegaron, se retraía y apartaba, por miedo a los de la circuncisión."
Lucas miente según las palabras de Pablo. Pedro no vio ningún Espíritu Santo bajar sobre las cabezas de los gentiles; en Antioquía Pedro seguía siendo un racista judío fundamentalista, amante de la ley de Moisés. Pero este hecho desagradaba a Lucas, y por ello inventó la historia de Pedro y el centurión Cornelio para hacernos creer que en Jerusalén terminaron por aceptar a los gentiles.
En Hechos 15, 5 vemos que de nuevo surgen problemas a causa de algunos alborotadores que exigen que se circunciden los gentiles. Lo peculiar es que los cabecillas de esos alborotadores eran Santiago, del que se decía que era hermano de Jesús, y Cefas, como afirma Pablo:
"Pero se levantaron algunos de la secta de los fariseos que habían creído, los cuales decían: Es preciso que se circunciden (los gentiles) y mandarles guardar la Ley de Moisés."
Lucas afirma que eran fariseos convertidos al cristianismo los que querían que los gentiles cumplieran la ley de Moisés. Se podría deducir que Cefas, Santiago y Juan eran fariseos. Pablo en Gálatas no se refiere a los fariseos en absoluto, pero se autodenomina exfariseo. Pablo culpa directamente a Santiago y a Pedro, el cual se dejó influir totalmente por el primero, pero no dice que eran fariseos: Pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con los gentiles; pero en cuanto aquéllos llegaron, se retraía por miedo a los de la circuncisión (Gálatas 2, 12). Pero hemos dicho que hay argumentos de sobra para pensar que el tal Pablo no era un judío, sino un gentil: el que firmó las cartas que se consideran auténticas de Pablo era un gentil. ¿Por qué un gentil firmó esas cartas con el nombre de Pablo, afirmando que era un antiguo fariseo perseguidor antaño de cristianos pero convertido por amor al Cristo en apóstol de los gentiles? Podría ser para demostrarles a esos fariseos reales que habían creído en el Mesías o Cristo, separándose así del judaísmo, que existía un tal Pablo que había sido de su secta antes y que había pensado como ellos pero que comprendió por revelación divina que los gentiles debían formar parte de la salvación. En verdad que de ser así las cosas, el efecto propagandístico era fabuloso: un exfariseo, no de aquellos fariseos convertidos al cristianismo de los cuales nos habla Lucas, sino un fariseo de los más intransigentes, de los que perseguían cristianos y los mataban se había convertido en el pdefensor de los gentiles y afirmaba que la circuncisión nada valía ya. Quizás si alguien con el pasado atribuido a ese Pablo defendiera las posturas y derechos de los gentiles, sobre todo el derecho a no ser circuncidados obligatoriamente, los cristianos judíos, los que habían inventado la religión y los que en un principio imponían las reglas, terminarían aceptando las demandas de los gentiles.
Lucas nos cuenta que los ápóstoles y presbíteros se reunieron para examinar el asunto de la circuncisión y que Pedro dio un pequeño discurso en el que dijo estas cosas:
"Hermanos, vosotros sabéis cómo ha mucho tiempo determinó Dios aquí entre vosotros que por mi boca oyesen los gentiles la palabra del evangelio y creyesen. Dios, que conoce los corazones, ha testificado en su favor, dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros y no haciendo diferencia alguna entre nostros y ellos, purificando con la fe sus corazones. Ahora, pues, ¿por qué tentáis a Dios, queriendo imponer sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros fuimos capaces de soportar? Pero por la gracia del Señor Jesucristo creemos ser salvos nosotros, lo mismo que ellos." (Hechos de los apóstoles 15, 7 y ss)
Lucas omite totalmente el problema que tuvo Pablo y Pedro en Antioquía y ahora nos presenta a Pedro defendiendo las teorías paulinas. Primero hace decir a Pedro que Dios le encomendó predicar a los gentiles, cuando en Mateo 10, 5 Jesús mandó a los apóstoles todo lo contrario, además de que Pablo afirmó que a Pedro lo que se le encomendó fue el evangelio de la circuncisión, es decir el destinado sólo a los judíos (Gálatas 2, 7). Y después Lucas hace decir a Pedro que algunos tientan a Dios al querer que los gentiles guarden la ley de Moisés, yugo que ni sus padres ni ellos fueron capaces de soportar, cuando el propio Pablo en Gálatas 2, 14 le hace la siguiente pregunta a Cefas: ¿Por qué obligas a los gentiles a judaizar?. Y finalmente la afirmación con la que terminó su discurso Pedro según Lucas tiene muy poca verosimilitud: Por la gracia del Señor Jesucristo cremos ser salvos nosotros, lo mismo que ellos. De creer a Pablo, testigo directo de los hechos ocurridos en Antioquía, Cefas ni de lejos pensaba que los gentiles se iban a salvar.
Y tras Pedro nos cuenta Lucas que tomó la palabra Santiago (Hechos 15, 14), el cual asintió a lo que había dicho Pedro y además añadió lo siguiente:
"Por lo cual es mi parecer que no se inquiete a los que de los gentiles se conviertan a Dios..." (Hechos 15, 19)
Nos presenta Lucas a Santiago como conforme en que los gentiles sean cristianos sin someterse a las leyes de Moisés, especialmente la circuncisión. Pero nada más lejos de la realidad, porque en la carta que algún cristiano de la facción de Santiago escribió bajo el nombre de éste defendiendo su postura leemos esto:
"Porque quien observe la Ley, pero quebrante un solo precepto, viene a ser reo de todos." (Santiago 2, 10)
El presunto Santiago, hermano del Señor, no puede ser más claro al respecto: el que quebrante un solo precepto de la ley quebranta todos, y la circunción es la alianza entre Yavé e Israel. Así que es imposible que Santiago pronunciara las palabras que le hace decir Lucas el cual intenta ocultar a toda costa que el cristianismo nació escindido: la facción encabezada por Santiago pensaba que el cristianismo sólo se debía predicar a los judíos, y que los gentiles que quisieran convertirse tenían que someterse a la Ley de Moisés. Santiago sostenía también que la salvación era por obras, es decir, que según el ser humano actuara conforme a la antigua Ley de Moisés así sería salvo. Presumiblemente el Cristo de Santiago y Cefas sería más judío que pagano. Tendría más de Mesías que vendría a llevar a cabo la obra de Yavé, que de Jesús, sacrificio perfecto que salvaría a la humanidad. En cambio Pablo y su grupo pensaban que el cristianismo moriría pronto si no se expandía por todo el mundo entre los gentiles. Y para lograr que el cristianismo fuera universal evidentemente Pablo tenía que destruir toda la Ley de Moisés, obstáculo para que las puertas del Cristo quedaran abiertas a las gentes. Y es que Pablo se sentía muy identificado con las creencias de esas gentes, como por ejemplo la muerte y resurreción de Dioniso o los grados de iniciación mitraístas. Es más, pensaba que esos gentiles tenían participación en la verdad del Cristo, pues en sus dioses mistéricos se acertaba a ver resplandores de la verdad revelada en el Antiguo Testamento. Así que era de justicia que los gentiles, cuyas religiones mistéricas ya habían vislumbrado la verdad divina, tuvieran conocimiento del Cristo y pudieran convertirse a Él. Y en contraposición a las obras de la facción de Santiago necesarias para ser gratos a Dios y salvarse, Pablo se inventó la justificación por la fe, es decir la salvación por el mero hecho de creer que el Cristo resucitó de los muertos, sin necesidad de circuncidarse. Pablo simplemente no era judío: defendía demasiado los derechos de los gentiles gratuitamente. Era un gentil, bastante inteligente por cierto. Seguro que era romano, centro mundial de ebullición de las religiones mistéricas de oriente en aquellos tiempos, pues Pablo viene del latín Paulus, que significa pequeño. Recordemos que en las cartas atribuidas a Pablo no se dice que antes se llamara Saulo, nombre judío. Esto fue otro invento de Lucas.
A Lucas le desagradaba leer las cartas de Pablo y ver que la iglesia primitiva estaba tan dividida. Así que optó por pasar página y difundir otra historia más bonita: el nacimiento de una Iglesia unida. Pero la verdad, siempre obstinada, nos recuerda que la historia no siempre es bella. El cristianismo desde su origen fue un germen de discordia y disputa.
Citemos palabras del propio Jesús defiendiendo la postura de la facción de Santiago y Pedro, aquellos fariseos convertidos al cristianismo según Lucas, por estar desesperados ante la tardanza del Mesías:
"No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas; no he venido a abrogarla, sino a consumarla. Porque en verdad os digo que mientras no pasen el cielo y la tierra, ni una jota, ni una tilde pasará desapercibida de la Ley hasta que todo se cumpla. Si pues, alguno descuidase uno de esos preceptos menores y enseñare así a los hombres, será tenido por el menor en el reino de los cielos; pero el que practicare y enseñare, éste será tenido por grande en el reino de los cielos." (Mateo 5, 17 y ss)
Jesús es utilizado por los partidarios de Santiago para difundir las ideas de esos fariseos cristianos de Lucas. Y es que Jesús habla como un auténtico fariseo: ni una jota, ni una tilde pasará desapercibida de la Ley... Y además parece que ese alguno que nombra, el cual se pueda dedicar a violar un solo precepto de la Ley (por ejemplo, la circuncisión), y encima lo enseñe a los demás y como pago sea el menor en el reino de los cielos, tiene un nombre: Pablo.
El Jesús que conocía Pablo
Ahora vamos a comprobar que Pablo conocía un Cristo distinto al de los evangelios. Cualquiera afirmaría que tras su estancia en Jerusalén, fugaz por otra parte, con Pedro, éste le habría puesto al día de todos los hechos que presenció. Y si fue fugaz su primera estancia en Jerusalén, tampoco tuvo mucho interés en volver repetidas veces y quedarse más tiempo allí, pues Pablo volvió a Jerusalén a los catorce años. Es decir, que en dos ocasiones visitó a Pedro en Jerusalén, y sabemos que en Antioquía también estuvo con él, aunque peleados. Si aceptamos las teorías de los creyentes ortodoxos, Pablo en su cabeza contendría los evangelios que más tarde escribirían Marcos, Mateo, Lucas y Juan ya que en sus dos estancias en Jerusalén Cefás le contaría todo lo que vivió junto a Jesúcristo. Sin embargo, es extraño que Pablo no se animara a escribir un evangelio de la vida de su Señor Jesucristo. En lugar de poner por escrito sistemáticamente todos los hechos que le debieron relatarar los apóstoles de viva voz, se dedicó a escribir cartas a diversas iglesias de Asia y Europa, en las que en vez de hablar de episodios concretos de la vida de Jesús, de sus milagros, de sus enseñanzas, como el sermón en la montaña por ejemplo, de su Madre y Padre y de las injusticias que padeció, prefiere dedicarse a tratar cuestiones doctrinales y de moral, así como consejos varios a las diferentes iglesias. Su silencio sobre la vida de Jesús, relatada en los evangelios más tarde, fue sepulcral. Sólo se limita a afirmar que Jesucristo o el Cristo murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos. Nada más. No hacía ni veinte años que Jesús había sido azotado casi hasta la muerte, escarnecido sin piedad, y clavado en una cruz en la que murió desamparado y humillado, y Pablo sólo dice que murió por nuestros pecados y resucitó de entre los muertos... Su concisión de palabras es simplemente inexplicable. Y más si pensamos que esas cartas que escribía estaban dirigidas gentiles, los cuales estaban lejos de Jerusalén y que ciertamente con dificultad recibirían noticias de lo acontencido a su Señor al que adoraban con tanta profusión. Pues Pablo tampoco sentía necesidad de darles noticias de lo ocurrido, ni siquiera se dignaba a glosar sus comentarios doctrinales haciendo alusión a algún hecho ejemplar llevado a cabo por Jesús o sus apóstoles. Este silencio paulino es explicado por los creyentes afirmando que Pablo no estaba interesado en contar la vida de Jesús pero que sí la conocía. Este argumento es absurdo. No es razonable que una persona que constantamente en sus cartas habla a gentiles sobre la resurrección del Cristo diciéndoles que tengan esperanza en él y se mantengan firmes en sus convicciones frente a los embates demoniacos, se abstenga de contarles sucesos de la vida de ese Cristo, que sin duda lo que harían sería reafirmar la fe de esas gentes. Los estudiosos más críticos con el cristianismo afirman que simplemente no lo hizo porque Pablo desconocía la vida en la Tierra de Jesús. No se la contó Pedro, el cual tampoco conoció a Jesús. Por eso Pablo habla con tanto desdén de los apóstoles, porque éstos no habían convivido con Jesús. No tendría sentido que Pablo afirmara que no le importaba el pasado de los apóstoles (Gálatas 2, 6) si éstos en verdad hubieran conocido a Jesús en la Tierra.
Llegados a este punto y tras hacer una afirmación tan grave, que Pablo no conocía la vida terrenal de Jesús contada por los evangelios años más tarde, muchos creyentes no creerán esta hipótesis, puesto que en las cartas de Pablo hay alusiones a ciertos episodios de la vida de Jesús. Ante esta objeción se pueden hacer dos apreciaciones. En primer lugar que muchos exegetas, los más serios, y los creyentes más progresistas consideran que no todas las cartas son de Pablo. Sólo son consideradas de Pablo las siguientes: I Tesalonicenses, Gálatas, Romanos, I y II Corintios, Filipenses y Filemón. Hay que decir que la más reciente es Filemón, la cual se estima que data del año 63 aproximadamente. El primer evangelio que conservamos es el de Marcos, escrito con toda seguridad no antes del año 70. Así que era natural que Pablo desconociera la vida terrenal de Jesús, puesto que todavía no había sido inventada. El resto de Cartas no escritas por Pablo, posiblemente fueron escritas en el ambiente que Pablo había frecuentado, pues el autor o autores mantienen sus mismas ideas y utilizan sus mismas frases prácticamente, pero repiten los mismos contenidos que las epístolas paulinas auténticas. En las cartas que son realmente de Pablo hemos detectado sólo cuatro alusiones a hechos narrados en los evangelios. En Colosenses y Efesios, cartas escritas entre los años 63 y 64 no hallamos alusiones concretas. Quizás en Efesios tenemos algo extraño, que comentaremos. Estas dos cartas, aunque no son de Pablo, también fueron escritas antes del evangelio de Marcos. Luego también tenemos la carta II Tesalonicenses, ejemplo perfecto de la manipulación que puede sufrir un texto en la antigüedad, pues en ella el autor que no es Pablo, afirma que la carta I Tesalonicenses no es de Pablo, sino de un impostor, cuando en realidad el impostor es él mismo (II Tesalonicenses 2, 1 y 2). En esta carta no hay alusiones al Jesús de los evangelios. El resto de cartas sí que contienen alusiones frecuentes a los evangelios, pero son tardías; incluso se sospechan que fueron escritas después del cuarto evangelio. Por eso contienen tantas alusiones, porque ya eran conocidos esos evangelios por los cristianos. En segundo lugar hay que decir que en la antigüedad una obra no se consideraba totalmente acabada una vez que había salido de las manos del autor. Esto nos parece extraño e incluso deshonesto, pero nuestras mentes occidentales del siglo XXI no son las de los monjes copistas de los primeros siglos del cristianismo. Las obras literarias se conservaban gracias al trabajo de los monjes en los monasterios, los cuales una vez que el material de escritura empezaba a estropearse, volvían a copiar el texto para salvarlo de la destrucción del tiempo. El problema es que el proceso de copia no era fiel al texto original. Los monjes añadían de su propia cosecha palabras, frases o párrafos que consideraban que al autor se le había olvidado incluir en la obra. Así pensaban que lo que hacían era mejorarla. Estos textos añadidos son los que se llaman interpolaciones. Para los estudiosos de los textos es muy importante descubrir cuáles son esas interpolaciones. De hecho, de todas las las obras de la antigüedad clásica, así como de las obras cristianas, los filólogos editan ediciones críticas, en las que se muestran a pie de página todas las variantes de los manuscritos conservados, y se indican los pasajes que son considerados como añadidos posteriores. En el Nuevo Testamento ocurre igual, de modo que sólo podemos proponer textos más acertados que otros tras considerar todas las variantes de los manuscritos. Así que huelga decir que es evidente que el texto del Nuevo Testamento que manejemos, sea cual sea la traducción, nunca será el texto original que salió de la mano de los autores neotestamentarios, puesto que ese texto que manejamos es simplemente una propuesta hecha por estudiosos a la vista de las diferentes lecturas o variantes que hay en los manuscritos. Desde luego que la elección entre las diferentes variantes en los manuscritos no es arbitraria sino que responde a criterios lógicos, como por ejemplo que el manuscrito más antiguo contendrá la versión más cercana al original, puesto que el número de manos que copiaron ese texto fue menor. Pero los estudiosos se enfrentan a un gran problema, pues los manuscritos más antiguos no van más allá del año 325 época del Concíleo de Nicea. En esta época convulsa se fijó la primacía de la secta Católica en contraposición con otras sectas como el arrianismo. Fueron tiempos sin duda de grandes purgas, en las que los que opinaban en contra de la Iglesia católica se veían condenados al exilio o a la muerte. Así que hay razones de peso para pensar que los textos fueron manipulados por el poder de aquel momento. De hecho, en los textos que han llegado hasta nosotros aún se adivinan esas luchas de ideas.
Interpolaciones: hablemos en primer lugar de los pasajes de las auténticas cartas de Pablo que tratan sobre hechos narrados en los evangelios, y que por tanto contradicen la teoría de que ni Pablo, ni Pedro ni ninguno de los demás apóstoles conoció a Jesús en vida. Nosotros sostenemos que estos pasajes son interpolaciones de los monjes copistas, los cuales aprovecharon un contexto para insertar datos que ellos ya conocían por la lectura de los evangelios. Seguramente echaron de menos palabras de Pablo acerca de la última cena. El texto en negrita es el que consideramos falso:
"Por lo cual, amados míos, huid de la idolatría. Os hablo como a discretos. Sed vosotros jueces de lo que os digo: El cáliz de Bendición que bendecimos, ¿no es la comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Porque el pan es uno, somos muchos un solo cuerpo, pues todos participamos de ese único pan. Mirad al Israel carnal. ¿No participan del altar de los que comen de las víctimas? ¿Qué digo, pues? ¿Que las carnes sacrificadas a los ídolos son algo o que los ídolos son algo? Antes bien, digo que lo que sacrifican los gentiles, a los demonios y no a Dios lo sacrifican. Y no quiero yo que vosotros tengáis parte con los demonios. No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios. No podéis tener parte en la mesa del Señor y en la mesa de los demonios. ¿O queremos provocar la ira del Señor? ¿Somos acaso más fuertes que Él?"(I Corintios 10, 14 y ss)
Les proponemos ahora que hagan un pequeño experimento: vuelvan a leer el texto, pero esta vez sólo atendiendo al texto que no está en negrita. ¿Tiene sentido lo que se dice en ese texto que no está en negrita? Ciertamente sí: Pablo está hablando de la idolatría de los gentiles y la compara con la idolatría que practican los judíos, pues ambas culturas hacen sacrificios. El cristianismo tenía como principal objetivo, como la mayoría de las religiones mistéricas, el abolir el sacrificio tradicional e implantar otro método para relacionarse con Dios, pues aquél lo consideraban obsoleto.
En la misma carta I Corintios, un poco más adelante encontramos a nuestro juicio otra interpolación sobre el mismo tema:
"Al anunciaros esto que sigue, no os alabo, porque no os congregáis para lo mejor, sino para lo peor. En primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo. Es preciso que entre vosotros haya divisiones, para que se pongan de manifiesto entre vosotros los que son aprobados. Cuando, pues, os reunís vosotros, eso no es comer la cena del Señor. Al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y mientras uno tiene hambre, otro se embriaga. Pues qué, ¿no tenéis casas en que comáis y bebáis? ¿O menospreciáis la iglesia de Dios, y avergonzáis a los que no tienen nada? ¿Qué os diré? ¿Os alabaré? En esto no os alabo. Yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: «Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí». Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: «Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebáis, en memoria de mí». Así pues, todas las veces que comáis este pan y bebáis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. De manera que cualquiera que coma este pan o beba esta copa del Señor indignamente, será culpado del cuerpo y de la sangre del Señor. Por tanto, pruébese cada uno a sí mismo, y coma así del pan y beba de la copa. El que come y bebe indignamente, sin discernir el cuerpo del Señor, juicio come y bebe para sí. Por lo cual hay muchos enfermos y debilitados entre vosotros, y muchos han muerto. Si, pues, nos examináramos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; pero siendo juzgados, somos castigados por el Señor para que no seamos condenados con el mundo. Así que, hermanos míos, cuando os reunáis a comer, esperaos unos a otros. Si alguno tiene hambre, que coma en su casa, para que no os reunáis para condenación. Las demás cosas las pondré en orden cuando vaya." (I Corintios 11, 17 y ss)
Si volvemos a hacer el pequeño experimento propuesto anteriormente, es decir, leer lo que no está en negrita, lo que leemos es que en primer lugar Pablo recrimina a los corintios por tener disensiones entre ellos y por no esperarse a comer. Parece ser que los corintios, en lugar de comer en comunidad eran bastante independientes, y cada uno hacía su vida sin pensar en los demás. Pablo consideraba esto poco cristiano. Dudamos mucho que Pablo hablara aquí de ninguna cena del Señor. Pablo utiliza el infinitivo aoristo del verbo edo que es fagein, el cual significa comer. En el versículo 20 lo utiliza con un complemento directo que es kuriakon deipnon que en español significa la cena del señor. Nosotros sospechamos que este complemento directo no era originalmente el que aparece sino otra palabra que vendría a significar banquete (por ejemplo agape). Y ello lo pensamos porque el contexto invita a pensar más en una comida entre cristianos que en la conmemoración de la muerte de Jesús, que según los evangelios canónicos Jesús instituyó en la última cena. Veamos por ejemplo este pasaje en Mateo:
"Mientras comían, Jesús tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a los discípulos, dijo: Tomad y comed, este es mi cuerpo. Y tomando un cáliz y dando gracias, se lo dio, diciendo. Bebed de él todos, que ésta es mi sangre de la alianza, que será derramada por muchos para remisión de los pecados. Yo os digo que no beberé más de este fruto de la vid hasta el día en que lo beba con vosotros de nuevo en el reino de mi Padre." (Mateo 26, 26 y ss)
Con este texto comprobamos que lo que se comió en la última cena no era simplemente pan y vino, como parece que el monje copista entendió y quiso hacernos creer que hacían los corintios, los cuales afirma que se reunían exclusivamente a comer pan y a beber vino. Lo que se comió en la última cena fue cordero pascual, y luego Jesús instituyó la Eucaristía. Por otra parte, como afirma el monje copista, sería lógico que pasaran hambre, porque con un simple trozo de pan el estómago no se llena. Pero por otro lado dudamos que se embriagaran con un sólo vaso de vino, a no ser que las conmemoraciones de la muerte de Jesús fueran orgías báquicas en Corinto. Luego, el monje copista hace un excurso acerca del cuerpo y la sangre de Cristo, que dudamos mucho que Pablo pudiera tener en mente en el momento que escribió la carta. Pero es que en el versículo 33, verso sin duda paulino, Pablo ruega a los corintios que se esperen unos a otros para comer... ¿Esta es la solución que Pablo daría a todos los versículos anteriores en la que se nos cuenta desmanes tales como borracheras y consumiciones blasfemas de la sangre y el cuerpo de Cristo? Evidentemente no, puesto que Pablo no está escribiendo teniendo en cuenta esos versículos interpolados. Pablo sólo se refiere al problema de que los corintios no se preocupen en comer todos juntos cristianamente y cada uno consuma lo suyo (to idion que no to idion deipnon, añadido del monje copista). Así que ciertamente aquí Pablo no se refiere a ninguna cena del Señor, sino que fue un monje copista el que interpoló esta información.
Podemos decir algo más de estas dos interpolaciones. Y no es algo que nosotros sostengamos, sino que es Pablo quien lo afirma:
"No destruyas por amor de la comida la obra de Dios. Todas las cosas son puras, pero es malo para el hombre comer escandalizando. Bueno es no comer carne, ni beber vino, ni hacer nada en que tu hermano tropiece o se escandalice, o flaquee." (Romanos 14, 20 y ss)
Pablo aconseja en Romanos, carta anterior a I Corintios, que si nuestros hábitos alimentarios sirven de escándalo a uno de nuestros hermanos, abstengámonos de ellos. Y pone por ejemplo la carne y el vino. Se supone que el pan en la eucaristía representa la Carne de Cristo y el vino la sangre. ¿Cómo es posible que Pablo aconseje no tomar vino, que es la sangre de Cristo, si esto escandaliza a alguien? ¿Podría cometer Pablo semejante sacrilegio si tuviera en mente que Cristo instituyó una eucaristía que se basaba en la consumición de pan, como si fuera carne, y vino, como si fuera sangre? Evidentemente no.
De las ocho cartas de Pablo, las auténticas, algunas de las cuales son considerablemente extensas como Romanos o Corintios, sólo aparecen estas dos breves alusiones a la institución de la última cena, episodio histórico de la vida de Jesús narrado en los evangelios. Además, las dos interpolaciones se dan en capítulos consecutivos de la misma epístola a los Corintios. Estas dos interpolaciones tratan, casualmente, sobre un hecho narrado en los evangelios, la institución de la eucaristía, que en la Iglesia Católica se practicaba como seña de identidad. Por no decir que los monjes pudieron interpolar este pasaje estaban a sueldo de la Iglesia Católica. Además, y para terminar con este tema, la institución de la Eucaristía se narra en los evangelios canónicos, pero no en el evangelio díscolo de Juan.
De nuevo en I Corintios encontramos otra pequeña alusión a algo que nos cuentan a los evangelios:
"Cuanto a los casados, precepto es no mío, sino del Señor, que la mujer no se separe del marido, y de separarse, que no vuelva a casarse o se reconcilie con el marido y que el marido no repudie a su mujer." (I Corintios 7, 10 y ss)
Antes de estos versículos Pablo en I Corintios 7, 1 y ss aconseja a los no casados que no se casen. Y añade que si tienen ganas de tener relaciones sexuales que se casen, para evitar la fornicación. ¿Dónde está aquí el deseo de Pablo de formar familias cristianas y darle continuidad a la creación de Dios? En ninguna parte, porque Pablo creía que el fin del mundo era inminente; así que ¿para qué traer más hijos al mundo? Recordemos aquí esa frase famosa de Pablo: Bueno es al hombre no tocar mujer (I Corintios 7, 1). Esta frase está en contraposición con lo que exclamó Yavé al crear al hombre: No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda proporcionada a él (Génesis 2, 18). La actitud ante la vida ha cambiado: de un deseo de creación de vida y de que ésta se expanda sobre la faz de la tierra en el judaísmo, se ha pasado a una falta de interés total por el futuro del ser humano en la tierra en la secta paulina. Pues en este contexto es donde aparece la interpolación citada que recuerda evidentemente a Mateo 5, 23:
"Pero yo os digo que quien repudia a su mujer, excepto el caso de fornicación, la expone al adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio."
Es bastante dudoso que Pablo que afirma que lo mejor es no casarse, y que ve el matrimonio únicamente como un medio de evitar la fornicación, y no como unidad de la sociedad, ahora se preocupe de que las personas se separen o no. Y más cuando en las supuestas palabras de Jesús leemos que la excepción a la regla es la fornicación. En I Corintios 7, 12 Pablo nos dice incluso que si uno de los dos cónyuges es infiel, que el fiel no quiera separse. Aquí las manos de un monje han jugado un gran papel. A Pablo no le preocuparía mucho la suerte de los matrimonios cuando el Cristo iba a venir de un día para otro. Estas preocupaciones surgieron con el tiempo, cuando los monjes comprendieron que la venida del Señor no era tan inminente. Entonces se hizo necesario opinar sobre el matrimonio. Pero antes, no.
Para finalizar con la carta I Corintios encontramos finalmente otra interpolación clara:
"Pues a la verdad os he transmitido en primer lugar, lo que yo mismo he recibido, que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, que resucitó al tercer día, según las Escrituras, y que se apareció a Cefas y a los doce." (I Corintios 15, 3 y ss)
Esta interpolación comienza casi con las mismas palabras que la interpolación que vimos en I Corintios 11, 23. Primero vemos que Pablo nos cuenta que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras. Este dato lo repite Pablo continuamente en sus escritos, y realmente lo ha sacado de las Escrituras, concretamente de Isaías 53, 4 donde leemos:
"Pero fue él ciertamente quien soportó nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, mientras que nosotros le tuvimos por castigado, herido por Dios y abatido. Fue traspasado por nuestras iniquidades y molido por nuestros pecados. Todos nosotros andábamos errantes como ovejas, siguiendo cado uno su camino, y Yavé cargó sobre él la iniquidad de todos nosotros."
Los primeros cristianos, quizás sólo los de la facción de Pablo, es decir los gentiles, vieron en estos versículos de Isaías el retrato de los padecimientos del Cristo, el Mesías, y como pensaban que Jesús era el Cristo también dedujeron que había pasado por todo eso que cuenta Isaías. Es de resaltar que aquí no se habla de ningún Mesías ya que antes en Isaías 53, 3 se le llama varón de dolores:
"Despreciado y abandonado de los hombres, varón de dolores..."
También se le llama siervo en Isaías 53, 11:
"El justo, mi Siervo, justificará a muchos y cargará con las iniquidades de ellos."
Como hemos dicho, los cristianos de la facción de Pablo, veían en este varón de dolores o siervo a Jesucristo, a pesar de que en el libro de Isaías no se le identifique con el Mesías. Muchos podrían decir que bien podría tratarse de Jesús, puesto que lo que nos cuenta Isaías concuerda fielmente con lo que nos cuentan los evangelios. Pero ahí está el error: son los evangelios los que construyeron la vida de Jesús a partir de estos relatos de Isaías. Además, Yavé mismo en el libro de Isaías dice claramente quién es su siervo:
"Pero tú, Israel, eres mi siervo." (Isaías 41, 8)
Así que por tanto el varón de dolores, el siervo de Yavé, no es el Mesías sino Israel. Israel será la que cargue con la iniquidad. Cuando Isaías habla de muerte del siervo, es ciertamente una metáfora, pues Israel, como pueblo, no puede morir, pero sí sufrir. La primera parte del texto presentado no es una interpolación, porque Pablo estaba en condiciones de saber estas cosas, ya que tenía a mano el libro de Isaías. Continúa diciendo Pablo que el Cristo fue sepultado, y este dato también lo pudo sacar de Isaías pues en 53, 9 leemos: "Se dispuso con los impíos su sepultura, más con los ricos fue en su muerte." Pero este versículo debe entenderse metafóricamente y no al pie de la letra, pues Israel no puede ser sepultada; y vimos que se trataba de Israel y no de ningún Mesías. A continuación nos dice Pablo que el Cristo resucitó. Este dato no está contenido en el libro de Isaías. Isaías no afirma que el varón de dolores, el siervo de Yavé, resucitara de ningún modo, ni siquiera metafóricamente. Pablo obtuvo este dato de las religiones mistéricas, en las que hijos de dioses parecidos a Yavé, morían a manos de sus enemigos y resucitaban gloriosamente. Pablo nos dice que resucitó el Cristo, y que lo hizo además al tercer día, y afirma aquello de según las Escrituras. En ninguna parte del Antiguo Testamento se dice que el Mesías tuviera que morir, menos que resucitar y todavía menos que lo hiciera al tercer día. Aquí tenemos la interpolación del monje, que según las Escrituras, pero no las del Antiguo Testamento, sino las del Nuevo testamento, añade estos versículos para completar la información de todos conocida por aquel entonces cuando copiaba el texto, pero que a Pablo se le había olvidado escribir. Finalmente el monje copista comete un craso error, pues nos dice que el Cristo se apareció a Cefas y luego a los doce. Como todos sabemos esto es imposible, porque según Mateo, Judas se ahorcó, y según Lucas, se rompió la cabeza mientras paseaba por el campo que adquirió con las monedas que le dieron por entregar a Jesús. Otros estudiosos, en tono distendido, afirman que este versículo prueba que Judas vivió tranquilamente después de entregar a Jesús y sin ningún tipo de remordimiento que le hiciera ahocarse, ya que Pablo cita doce apóstoles.
Éstas son las únicas veces que Pablo tuvo hizo alusión a algo que contaron los evangelios más tarde. De las ocho cartas consideradas auténticas de Pablo sólo hay cuatro alusiones a la historia de Jesús, y además en la misma carta. Estas cuatro alusiones, de alguna u otra manera son sospechosas de ser interpolaciones, y ha quedado demostrado que esta posibilidad es algo más que una teoría. En las demás cartas, silencio profundo y el ruido del mar de Galilea de fondo; esta región, por cierto, no se nombra ni una sola vez por Pablo.
Nos tenemos que enfrentar a un último problema si queremos admitir la teoría de que ni Pablo, ni Cefas, ni Santiago conocían la historia de Jesús narrada en los evangelios. Queda en los escritos de Pablo una última alusión, esta vez diseminada en los textos, a la historia de Jesús: la cruz. De vez en cuando leemos en las cartas de Pablo que el Cristo murió en la cruz. La alusión más antigua que conservamos de Pablo acerca de la muerte de Jesús es ésta:
"Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios por Jesús tomará consigo a los que se durmieron en Él." (I Tesalonicenses 4, 14)
Aquí Pablo no habla de ninguna cruz. Dice escuetamente que murió y resucitó. No dice cómo ni dónde. En la carta más antigua que conservamos de Pablo no hay una sola alusión a la cruz en la que murió el Cristo según los evangelios. En cambio, en las siguientes cartas sí que encontramos alusiones ocasionales y sin apenas detalles a la cruz. Hemos contabilizado diez alusiones a la cruz en las cartas de Gálatas, Romanos, I y II Corintios y Filipenses. En la última carta, Filemón, al igual que en la primera, no hay ninguna alusión a la cruz. De las diez alusiones, cuatro están en I Corintios. En esta epístola, como vimos, estaban todas las interpolaciones que hablaban de los episodios de la vida de Jesús contados en los evangelios. Casi la mitad de las alusiones a la cruz están en esta carta, que ha sido puesta en entredicho por ser sospechosa de contener varias interpolaciones. Veamos ahora las alusiones a la cruz que hace Pablo en sus escritos:
"¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, ante cuyos ojos fue presentado Jesucristo como muerto en la cruz?" (Gálatas 3, 1)
Esta interpolación no tiene más comentario que lo que ella misma nos muestra. La pregunta de Pablo seguramente terminaría en Jesucristo y lo de que fue muerto en la cruz fue un añadido posterior. Como demostraremos y veremos más adelante, Pablo desconocía el tiempo exacto en el que murió Jesús, así como quién lo mató... No nos extrañaría por tanto que desconociera también cómo murió.
"Cristo nos redimió de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición, pues escrito está: Maldito todo el que es colgado del madero"..." (Gálatas 3, 13)
Esta interpolación resulta curiosa y llamativa. En verdad sería muy chocante y contradictorio para los monjes copistas, los cuales conocían bien el Antiguo Testamento, leer Deuteronomio 21, 22: "Cuando uno que cometió un crimen digno de muerte sea muerto colgado de un madero, su cadáver no quedará en el madero durante la noche, no dejarás de enterrarle el día mismo, porque el ahorcado es maldición de Dios, y no has de manchar la tierra que Yavé, tu Dios, te da en Heredad. Es incomprensible que Yavé promulgara una ley que convertiría a su Hijo amado en maldito, a pesar de que, como afirman algunas sectas, todo estaba predestinado desde el principio de los tiempos. También es incomprensible que judíos como Pedro, Santiago o Juan, amantes de la Ley de Moisés, adoraran a una persona maldita a los ojos de Yavé. Y todavía más incomprensible era que Pablo predicara un Cristo caído en maldición a los ojos de su Padre. Pues a pesar de todas estas contradicciones, los monjes copistas no dudaron en añadir este pasaje, que en lugar de explicar e intentar solventar el problema, lo que provocó fue que el asunto quedó aún más oscuro e incomprensible. Así que los monjes copistas en lugar de mejorar el texto, como era su intención, lo empeoraron, pues llegaron a la conclusión de que sobre Cristo había caído la maldición de su Padre Yavé.
"Pues sabemos que nuestro hombre viejo ha sido crucificado para que fuera destruido el cuerpo del pecado y ya no sirvamos al pecado." (Romanos 6, 6)
Aquí la cruz tiene un significado simbólico de limpieza del pecado. Los romanos destinaban el tormento de la cruz a los peores criminales. Nosotros pensamos que si el Cristo hubiera muerto en la cruz, ésta no se exaltaría por Pablo como un símbolo positivo en una época tan temprana, cuando no habían pasado más de veinte años. La cruz en los tiempos de Pablo tenía una connotación demasiado negativa como para ser presentada en sus predicaciones a los gentiles, los cuales estaban familiarizados con los horrores de la cruz, como símbolo de victoria sobre el pecado. Un Cristo presentado de esta manera ahuyentaría a los gentiles más que atraerlos, puesto que el que moría en la cruz algo terrible había hecho. Posiblemente en esta interpolación fue cambiado el verbo original que sería parecido a ha sido matado o destruido por ha sido crucificado.
"¿Está dividido Cristo? ¿O ha sido Pablo crucificado por vosotros o habéis sido bautizados en su nombre? (I Corintios 1, 13)
De nuevo se ha sustituido un verbo por otro.
"Que no me envió Cristo a bautizar, sino a evangelizar, y no con sabia dialéctica, para que no se desvirtúe la cruz del Cristo; porque la doctrina de la cruz de Cristo es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan." (I Conrintios 1, 17)
Aquí el monje copista reconoce lo que hemos afirmado antes: que no era fácil predicar a Cristo crucificado, porque la cruz tenía connotaciones muy negativas. Incluso en los tiempos del monje copista, la cruz seguía manteniendo esa negatividad que era locura para los que se pierden.
"Porque los judíos piden señales, los griegos buscan sabiduría, mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos, locura para los gentiles, más poder y sabiduría de Dios para los llamados, ya judíos, ya griegos." (I Corintiios 1, 23 y ss)
El monje copista vuelve a hacer hincapié en la misma idea: la predicación de un Cristo ajusticiado como un vil criminal hubiera sido rechazada tanto por judíos como por gentiles.
"...que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado." (I Corintios 2, 2)
Si nos fijamos en las cuatro alusiones a la cruz de I Corintios y las comparamos con las alusiones a episodios de los evangelios que vimos en la misma carta anteriormente, nos daremos cuenta que ocurre los mismo que con aquéllas: el monje copista interpoló frases de un modo consecutivo, es decir, las alusiones a la cruz están recogidas sólo en los dos primeros capítulos de la carta, y ya después no se vuelve a hablar de la cruz.
"Porque aunque fue crucificado en su debilidad, vive por el poder de Dios." (II Corintios 13, 4)
"...se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz..." (Filipenses 2, 8)
Compárese ésta interpolación con I Corintios 2, 2. El método que utiliza el monje copista es igual: simplemente añade información.
"...porque son muchos los que andan, de quienes frecuentemente os dije, y ahora con lágrimas os lo digo, que son enemigos de la cruz de Cristo." (Filipenses 3, 18)
Imposible que para la época de Pablo la cruz hubiera adquirido un simbolismo tan profundo de victoria ante la muerte. Este simbolismo surgió más tarde, en época de Constantino.
Hasta aquí hemos visto todas las alusiones a la vida de Jesús contadas en los evangelios. Lo más histórico que hemos encontrado ha sido alusiones a la última cena, y aún así se ha demostrado que tienen toda la apariencia de ser interpolaciones. También hemos visto la utilización de la cruz que supuestamente hizo Pablo, pero hemos llegado a la conclusión de que Pablo seguramente no tenía en mente la cruz como símbolo de salvación, limpieza del pecado y victoria sobre la muerte, pues en sus tiempos era uno de los peores tormentos que existían. En las auténticas cartas de Pablo, las reconocidas como suyas por los eruditos más importantes, no se hace mención alguna de la virgen María por ejemplo, ni de José, su padre. Se menciona a Cefas y a Juan, pero en ningún momento se nos cuenta nada de lo que los evangelios le adjudicarían más tarde. Es más, Cefas, luego convertido en Simón (y no al revés) aparece en las cartas de Pablo como por debajo de un tal Santiago, a pesar de que en el evangelio de Mateo leamos que Jesús lo puso a la cabeza de la Iglesia. Y además se nos cuenta que ese Santiago, enemigo acérrimo de Pablo, era hermano del Señor Jesús. ¿Pablo podría llevarse tan mal con el hermano carnal de Jesús? Parece ser que Pablo no respetaba ni la familia de Jesús, y así lo expresa en Gálatas, pues dice que el pasado de los apóstoles de Jerusalén no le importa en absoluto... De Judas, el que entregó a Jesús a la muerte, ni una palabra. De la Magdalena, la que vio primeramente a Jesús resucitado, silencio. De Pilato, ni le sonaba a Pablo el nombre. Barrabás quedó en el olvido. De Juan el Bautista, el mismísimo Elías bajado de nuevo a la tierra en su carro de fuego para que se cumpliera la profecía de que debía ser degollado ni una sola noticia. De los Magos de Oriente, de los pastorcillos, de la estrella celeste, del sanguinario Herodes asesino de infantes nada en absoluto... Y lo más extraordinario es que ni el propio Cefas informó de todas estas cosas a Pablo en sus estancias en Jerusalén. Y como Pedro no le contaba cosas tan interesantes como las anteriores, Pablo se aburría en su compañía y por eso mostró tanta desidia y desgana en volver a Jerusalén, pues lo hizo a los catorce años. Ni siquiera Santiago, el hermano del Señor fue suficiente atractivo como para que Pablo en catorce años sintiera la necesidad de ir a Jerusalén. Evidentemente, todo este gran agujero negro en la obra de Pablo nos lleva a pensar que Pablo no conocía la historia de Jesús contada en los evangelios más tarde. Y ha llegado el momento de saber cuál era el Jesús que conocía realmente Pablo.
En primer lugar hemos de preguntarnos de dónde sacaba la información sobre la vida de Jesús Pablo, puesto que hemos llegado a la conclusión de que Cefas no se la contó, ya que éste tampoco la conocía. Pablo en sus epístolas en varias ocasiones dice de dónde extrae las noticias que tiene acerca de la vida de Jesús en la tierra:
"Al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo -según la revelación del misterio, tenido en secreto en los tiempos eternos, pero manifestado ahora mediante los escritos proféticos, conforme a la disposición de Dios eterno, que se dio a conocer a las gentes para que obedezcan a la fe-, al Dios solo, sea por Jesucristo la gloria por los siglos de los siglos. Amen." (Romanos 16, 25 y ss)
Pablo, en un lenguaje realmente propio de los misterios iniciáticos orientales, confiesa la fuente para sus conocimientos de Jesucristo, los cuales está predicando a las gentes: los escritos proféticos. Además afirma que este conocimiento de Jesucristo, este misterio como él mismo lo llama delatándose a sí mismo como gurú iniciático y los ambientes que frecuentaba, fue ocultado durante los tiempos eternos, pero manifestado en sus días. Claramente Pablo nos cuenta que lo que él conoce del Cristo, y lo que seguramente también conocían Cefas, Santiago y Juan, de los escritos proféticos lo habían sacado. Y que además, este conocimiento estuvo velado durante mucho tiempo: esa interpretación novedosa de que el Mesías debía morir y resucitar había tardado mucho en ser desvelada por los propios escritos proféticos. Muchos debates estos nuevos reformadores religiosos tuvieron que entablar con los escritos proféticos en la mesa para llegar a tales conclusiones. Ahora es necesario preguntarse: ¿Qué necesidad tenía Pablo de esgrimir como fuente de sus conocimientos los escritos proféticos, cuando no hacía más de veinte años que Jesús había predicado Él mismo el evangelio por las calles de Palestina? Si Pablo no citó como fuente suya al propio Jesús, que tan recientemente había pasado por la tierra, era porque simplemente no conocía estos datos, y tampoco se los había contado Cefas, el cual tenía la misma ignorancia que él sobre estos hechos.
"Hablamos, sin embargo, entre los perfectos, una sabiduría que no es de este siglo ni de los príncipes de este siglo, abocados a la destrucción, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria; que no conoció ninguno de los príncipes de este siglo; pues si la hubieran conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria. Pero, según escrito está, ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman." (I Corintios 2, 6 y ss)
Pablo nos dice que el evangelio no es de este siglo, ni de los príncipes de este siglo. ¿Acaso no predicó Jesús ese mismo evangelio en persona en el mismo siglo que Pablo? También afirma Pablo que no conoció el evangelio ninguno de los príncipes de este siglo, y el monje copista le interpola la frase de que por eso fue crucificado Jesús. Quizás en la mente del monje copista estuviera la idea de que uno de esos príncipes que nombraba Pablo era Poncio Pilato, y como Poncio Pilato no conoció el evangelio por eso crucificó a Jesús. Pero Pilato no era ningún príncipe, sino un procurador romano de la provincia de Judea. Finalmente Pablo vuelve a confesar de dónde saca lo que afirma, de los escritos del Antiguo Testamento, concretamente de Isaías 64, 3. Pablo está negando lo que cuentan los evangelios, según los cuales Jesús predicó por Palestina hacía no más de veinte años. Jesús en muchas ocasiones dijo aquello de los que tengan oidos que oigan... ¿Por qué afirma Pablo que nadie tuvo noticia del evangelio, que nadie lo oyó ni lo vio?
En la mente de Pablo, en efecto, Jesucristo o el Cristo no dedicó su vida a predicar el evangelio, puesto que como veremos, el evangelio real del Cristo fue su muerte por los pecados del hombre, y no podía predicar algo que todavía no había hecho por estar en vida. Pablo pensaba que el cometido de predicar el evangelio sólo estaba en manos de los apóstoles y que el Cristo no predicó nada. El Cristo ya hizo bastante con morir por nuestros pecados y resucitar gloriosamente. Veamos unos versículos que demuestran esto que afirmamos. Sobrentiéndase que Pablo está hablando de los judíos:
"Pero ¿Cómo invocarán a aquél en quien no han creído? Y ¿cómo creerán sin haber oído de Él? Y ¿Cómo oirán si nadie les predica? Y ¿Cómo predicarán si no son enviados?" (Romanos 10, 14)
Téngase en cuenta que la epístola a los romanos fue escrita cerca del año 54, y que Jesús entre los años 30 y 33 predicó por Palestina. Así que hacía poco más de veinte años que Jesús había estado en la tierra predicando, lo que nos lleva a pensar que muchos de la generación que tuvo la oportunidad de escuchar en persona a Jesús podían todavía vivir para el año 54. Sin embargo, Pablo dice que los judíos no creen en el Cristo porque no han oído de Él. Leamos ahora lo que Juan en su evangelio cuenta que Jesús respondió ante las preguntas de Caifás:
"Yo públicamente he hablado al mundo; siempre enseñé en las sinagogas y en el templo, adonde concurren todos los judíos; nada hablé en secreto." (Juan 18, 20)
¿Cómo es posible que nos diga Pablo que los judíos no han oído de Jesús? El mismo Jesús se dirigió a ellos no hacía muchos años. ¿Por qué Pablo delega todo el peso de la evangelización en los apóstoles? ¿Acaso desconocía Pablo que el Cristo en vida había predicado el evangelio? De las palabras de Pablo se deduce precisamente eso, que el Cristo vivió en un tiempo indeterminado una vida oscura, como la de cualquier hombre, pero que fue entregado por Dios a la muerte, y que lo resucitó de entre los muertos dándole el título de Hijo de Dios, como igualmente se lo había dado a David o a Saúl. Y todo esto, Pablo lo sabía por las Escrituras, no porque Cefas ni Santiago se lo hubieran contado:
"Pues todo cuanto está escrito, para nuestra enseñanza fue escrito, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras estemos firmes en la esperanza." (Romanos 15, 4)
Bastante descorazonador debía ser para el Cristo la actitud de Pablo de ser verdad el hecho de que este personaje, como dicen los creyentes, conociera la vida de Jesús contada en los evangelios más tarde. Veinte años hacía que Jesús había predicado por varios lugares de Israel, haciendo milagros portentosos y nunca vistos; y veinte años hacía que había muerto a manos de los gentiles azuzados por los judíos. Pero Pablo, en lugar de recomendar a los fieles romanos que preguntaran a Cefas que lo vivió todo en persona, les dice que en las Escrituras, las del Antiguo Testamento, es donde tienen que buscar consolación para mantener la esperanza del Cristo. Ni una sola vez cita Pablo a Cefas, el que luego sería Simón Pedro, como depositario de los secretos más íntimos del Cristo. Ni una vez dice que fuera testigo de nada de lo que le aconteció al Cristo en los evangelios. Y mucho menos reconoce a Pedro como la piedra de la Iglesia, pues en Antioquía se peleó abiertamente con él, y lo acusó de ser un hipócrita y falso. Pablo tenía en Cefas un ejemplo de piedad y arrepentimiento ante el pecado, pues éste negó tres veces a Cristo ante los que le acusaban y luego se echó a llorar al recordar que Jesús le profetizó eso mismo; pero nunca Pablo hizo referencia alguna a esta historia como modelo ejemplar ante sus fieles. Pablo, si conocía esa historia tan tremenda, en absoluto le inspiró en su ánimo ni el más mínimo respeto para Cefas, que tan de cerca había conocido al Cristo y había sufrido tanto con Él. A pesar de toda la sabiduría que debía contener Cefas, a pesar de ser el primer apóstol y a pesar incluso de que el propio Jesús le nombrara piedra de la Iglesia, Pablo no dudó un momento en pelearse con él en Antioquía, acusarlo de seguir las órdenes de Santiago y llamar a los dos perros, pues no le importaba a Pablo en absoluto el pasado de estas personas, uno el primer Papa de la historia de la Iglesia, otro el hermano carnal de Jesús.
Pablo en sus escritos habla del Cristo o también de Jesucristo. Cristo es el término griego traducción de Mesías, que significa persona ungida por Dios. En muy contadas ocasiones, hace alusión a Jesús simplemente. En los originales de las cartas de Pablo sólo aparecería el término Cristo en un principio. Si como hemos visto Pablo sacaba lo que sabía del Cristo del Antiguo Testamento, en ninguna parte de libro sagrado de los judíos se dice que el Mesías se llamara Jesús. Así que muy posiblemente Pablo sólo se referiría en sus cartas al Cristo a secas, y todas las demás denominaciones serían añadidos posteriores de los monjes, que extrañados de que no apareciera el nombre propio del Salvador, lo añadieron aquí y allá para mejorar el texto paulino. Pablo ni una sola vez llama al Cristo con el nombre que más aparece en los evangelios: Jesús de Nazaret. Nazaret, ciudad de crianza del Mesías según Lucas, tan importante en los evangelios, no es nombrada ni una sola vez en las cartas auténticas de Pablo. Tampoco es nombrada ni una sola vez Belén, el lugar de nacimiento del Cristo. Algunos estudiosos afirman que este Cristo es mitológico o cósmico. Dicen que en la mente de Pablo este Cristo no habría pasado por la tierra realmente, sino que habría realizado su autosacrificio en una especie de universo paralelo. Esta idea en lugar de aclarar las cosas complica aún más la situación. Los judíos esperaban un Mesías de carne y hueso que vendría a la tierra, y eso es lo que realmente entendió Pablo, Cefas, Santiago y Juan entre otros.
El Cristo de Pablo no pudo ser mitológico ni cósmico, pues tenía un pasado. Pablo nos cuenta que nació de mujer:
"Mas al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiésemos la adopción." (Gálatas 4, 4)
Pablo nos dice escuetamente que el Hijo de Dios nació de mujer. ¿Cómo es posible que Pablo pase por alto su concepción virginal? ¿Se atreve a concentrar toda la majestad que tiene María en una simple palabra como mujer? Pues sí. Pablo no se preocupaba mucho de María, la cual nos cuenta Lucas que presidió la primera reunión de los apóstoles después de la muerte de Jesús. En los tiempos de Pablo el mito de María, basado en las grandes diosas madres que lloraban a su paredro muerto, todavía no se había formado. Fijémonos también en la imprecisión temporal que nos da Pablo: al llegar la plenitud de los tiempos.... Pablo no sabe cuándo nació el Cristo, y menos dónde. Lo que sí parece que sabe es que nació bajo la Ley, es decir que desde Moisés (siglo XIII a. C) hasta los tiempos de Pablo es la orquilla temporal que debemos manejar para el nacimiento del Cristo.
"Porque cuando todavía éramos débiles, Cristo, a su tiempo, murió por los impíos." (Romanos 5, 6)
Para Pablo no es ningún problema no decir ni una sola referencia temporal para la muerte del Cristo. Esta escasez de datos no le angustiaba, y lo raro es que tampoco angustiaba a los que tenían noticias de sus cartas en aquel entonces. Estos agujeros negros en la obra de Pablo dejaban demasiado en el aire a este Cristo del que nadie sabía apenas nada, sólo que murió y resucitó. Se hacía necesario encuadrar la vida de este Cristo en unas coordenadas espacio temporales precisas, y eso es lo que hicieron los evangelistas. Comparemos los datos del nacimiento y muerte que nos da Pablo y los datos que nos dan los evangelistas:
"Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá, en los días del rey Herodes..." (Mateo 2, 1)
"Decidió, pues, Pilato acceder a su petición. Soltó al que por motín y homicidio había sido puesto en la cárcel, según le pedían, y entregó a Jesús a la voluntad de ellos." (Lucas 23, 24)
Pablo perfectamente pudo contar estos datos, pues tuvo la oportunidad de que Pedro se lo dijera, o que incluso el mismísimo Mateo, del Pablo no dice una sola palabra, le pusiera al día de todo lo acontecido. Nada de esto contó Pablo en sus cartas. Y lo que en Pablo se justifica como falta de interés por hablar de la vida de Jesús, en los evangelistas se vuelve obsesión por presentar a Jesús siempre en un punto concreto y en un tiempo preciso. Si alguien predicara por primera vez al Cristo ante los gentiles, lo normal sería que les enseñara dando un torrente de datos sobre su vida. Esto es lo que racionalmente debería haber hecho Pablo; y una vez que esto hubiera estado hecho, los evangelistas ya no se tendrían que haber dedicado a ser tan detallistas en la narración de sus evangelios. Pero fue al revés: primero se predicó a un Cristo del que se dieron escasos datos de su vida, y luego con el correr de los años otros escritores fueron sacando a la luz esos datos que a Pablo nada le interesaban según la teoría de los creyentes.
"...acerca de su Hijo, nacido de la descendencia de David según la carne, constituido Hijo de Dios, poderoso según el Espíritu de Santidad a partir de la resurrección de entre los muertos..." (Romanos 1, 3)
Pablo también nos cuenta que el Cristo, el Hijo de Dios, era descendiente del rey David. Esto lo pudo saber perfectamente Pablo, y no tiene por qué ser una interpolación como algunos estudiosos afirman. En Isaías 11, 1 leemos que de Isaí, padre de David, descenderá un varón sobre el que reposará el espíritu de Yavé. Por tanto este dato lo podía conocer Pablo ya que Isaías lo había recogido en su libro. También Pablo nos dice que el Cristo fue constituido Hijo de Dios a partir de la resurreción de entre los muertos... Una persona no puede ser constituida hijo de nadie a no ser que realmente sea ese alguien su padre. Es decir, el ser hijo de una persona no es un mero título que se adquiere. Aquí Pablo nos dice que el Cristo era Hijo de Dios no porque fuera su padre carnal, sino porque esta condición filial la ganó como título a partir de la resurreción de los muertos. Recordemos que el Cristo de Pablo no fue el único ungido Hijo de Dios. Antes que Él, lo fue el rey David, el cual también obtuvo el título de Mesías e Hijo de Dios.
Por otra parte, Pablo da algunos datos que podrían contradecir el nacimiento del Cristo de una mujer:
"...Dios, enviando a su propio Hijo en carne semejante a la del pecado y por el pecado, condenó al pecado en la carne..."
Aquí Pablo afirma que el Cristo fue enviado. El ser enviado y nacer son cosas distintas. Pero se podría argumentar que ese ser enviado es una figura poética que en realidad viene a significar nacer. De todas formas, veamos otro pasaje.
"Tened los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús; quien a pesar de tener la forma de Dios, no reputó como botín codiciable el ser igual a Dios, antes se anonadó, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y así, por el aspecto, siendo reconocido como hombre, se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz." (Filipenses 2, 6 y ss)
Pablo interpretó que el Cristo era el siervo del que habla Isaías en 53, 11, siervo que era en realidad Israel según el propio Yavé. En este pasaje nos dice Pablo que el Cristo tomó forma de siervo y que se hizo semejante a los hombres. Es más difícil en este pasaje pensar que el tomar forma de siervo y el hacerse semejante a los hombres sean sendas figuras poéticas que signifiquen nacer. Sería retorcer el texto a partir de nuestros prejuicios. Además, el que un hijo de un dios tomara forma de hombre no era nada extraño para la época de Pablo. Véase las Bacantes de Eurípides, trágico griego del siglo V antes de Cristo.
"Dioniso.- Aquí a esta tierra tebana, he venido yo en calidad de hijo de Zeus, Dioniso, a quien antaño Alumbró Sémele, en un parto asistido por la llama relampagueante. Y tras mudar de dios a esta figura mortal aquí presente me hallo cabe la fuente de Dirce y las aguas del Ismeno."
El paralelismo que se puede hacer entre los versos de Eurípides y el texto de Pablo es claro. Dioniso es hijo de Zeus, el cual se unió a Sémele, una mortal, como la virgen María, mediante una llama relampagueante. Y Dioniso ha mudado su figura de dios en hombre. Sobran las palabras al respecto. Seguramente el evangelista Juan era de la opinión de que Jesúcristo no nació en la tierra de una mujer pues en su evangelio se puede leer: "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (1, 14). También puso en boca de Jesús las siguientes palabras: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo" (6, 51)
Llegados hay que hablar sobre la divinidad del Cristo según Pablo. Mucha polémica levanta esta controversia, pues Pablo si consideraba al Cristo un dios, este diosios no era el mismo que el Padre. Todas las cartas de Pablo auténticas, comienzan con una presentación o salutación en la que se suele nombrar a Dios y al Cristo deseando paz a los miembros de las distintas iglesias:
"Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de Tesalónica, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo, gracia a vosotros y paz." (I Tesalonicenses 1, 1)
"Pablo, apóstol no de hombres ni por hombres, sino por Jesucristo y por Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos, y todos los hermanos que conmigo están, a las iglesias de Galacia: la gracia y la paz sean con vosotros de parte de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo, que se entregó por nuestros pecados para librarnos de este siglo malo, según la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén." (Gálatas 1, 1 y ss)
"Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado al apostolado, elegido para predicar el evangelio de Dios, que por sus profetas había prometido en las Santas Escrituras, acerca de su Hijo, nacido de la descendencia de David según la carne, constituido Hijo de Dios, poderoso según el Espíritu de Santidad a partir de la resurrección de entre los muertos, Jesucristo nuestro Señor, por el cual hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe, para gloria de su nombre en todas las naciones, entre las cuales os contáis también vosotros, los llamados de Jesucristo; a todos los amados de Dios, llamados santos, que estáis en Roma, la gracia y la paz con vosotros de parte de Dios nuestro Padre, y del Señor Jesucristo." (Romanos 1, 1 y ss)
"Pablo, por la voluntad de Dios llamado a ser apóstol de Cristo Jesús, y Sóstenes, hermano, a la iglesia de en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con todos los que invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo en todo lugar, suyo y nuestro: la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo." (I Corintios 1, 1 y ss)
"Pablo, por la voluntad de Dios apóstol de Jesucristo, y el hermano Timoteo, a la iglesia de Dios en Corinto, con todos los santos de toda la Acaya: sea con vosotros la gracia y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo." (II Corintios 1, 1 y ss)
"Pablo y Timoteo, siervos de Jesucristo, a todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos con los obispos y diáconos: la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo sea con vosotros." (Filipenses 1, 1)
"Pablo, preso de Cristo Jesús, y el hermano Timoteo, a Filemón, nuestro amado y colaborador; a la hermana Apia, a Arquipo, nuestro camarada, y a la iglesia de su casa: con vosotros sea la gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo." (Filemón 1, 1)
En todas estas salutaciones hay un denominador común: a Dios se le llama siempre Padre (Pater en griego) y a Jescristo siempre Señor (Kurios). Estos apelativos no son intercambiables. Pablo nunca llama a Dios Padre Yavé a pesar de que el mismo Dios dijo que ese era su nombre, el cual significa algo así como "yo soy el que soy". Dios es Padre de Jesucristo, y éste es a su vez Señor de los hombres. Lo normal es que Pablo siempre nombre antes a Dios que a Cristo, y muy contadas veces ocurre al revés. En la salutación de Romanos se nombra el Espíritu de Santidad, que sería el Espíritu Santo. Pero es curioso que a este Espíritu Santo, nunca se le nombre junto con el Padre y el Señor en las salutaciones: la gracia y la paz nunca vienen dadas a los hombres de parte del Espíritu Santo, sólo de parte del Padre y del Señor.
Si tuviéramos que dar una primera impresión de la comparación de todas las salutaciones, diríamos que Pablo no creía que Dios y el Cristo fueran la misma divinidad, y menos que el Espíritu Santo formara con ellos una triada. A Dios y a Cristo les llama de forma distinta, y el Espíritu Santo nunca aparece relacionado con ellos en las salutaciones. Pablo nunca dice explicitamente que Dios, Cristo y el Espíritu Santo sean tres personas que conformen un único Dios. Semejante misterio cristiano parece que nunca le importó a Pablo tratarlo; nunca surgieron en su mente los problemas que más tarde aparecerían entre los creyentes, parte de los cuales con el tiempo crearían un dogma acerca de este problema.
Esta es la afirmación más rotunda y esclarecedora de Pablo acerca de esta cuestión:
"Pues bien: acerca de comer las carnes sacrificadas a los ídolos, sabemos que el ídolo no es nada en el mundo y que no hay más Dios que uno solo. Porque algunos sean llamados dioses, ya en el cielo, ya en la tierra, de manera que haya muchos dioses y muchos señores, para nosotros no hay más Dios que un Dios Padre, de quien todo procede y para quien somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y nosotros también." (I Corintios 8, 4 y ss)
Pablo insiste en la misma idea expresada en las salutaciones, y además la desarrolla: el único Dios es el Padre, pues Jesús es Señor. Pablo siempre hace esta distinción, y además aquí atribuye funciones distintas a los dos: Dios es el inicio de todas las cosas y el Cristo es el sentido de todas esas cosas. Así que con este testimonio deducimos que Cristo no es la misma divinidad que el Padre. También deducimos que no es otro dios, puesto que el único Dios que hay es el Padre.
Pablo también describe vagamente la relación que hay entre el Dios Padre y el Señor Jesucristo: esta relación es de subordinación del Cristo al Dios Padre. De esto ya nos dimos cuenta en las salutaciones, pues Pablo casi siempre nombraba al Dios Padre antes que al Cristo:
"Nadie, pues, se gloríe en los hombres, que todo es vuestro; ya Pablo, ya Apolo, ya Cefas; ya el mundo, ya la vida, ya la muerte; ya lo presente, ya lo venidero, todo es vuestro; y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios" (I Corintios 3, 21 y ss)
Cristo pertenece a Dios, es suyo. No podemos pensar que sean la misma persona. Cristo es posesión de Dios, y para que esto suceda lógicamente tienen que ser dos seres distintos, pues nadie se puede poseer materialmente a sí mismo.
"Pues bien: quiero que sepáis que la cabeza de todo varón es Cristo, y la cabeza de la mujer, el varón, y la cabeza del Cristo, Dios." (I Corintios 11, 3)
Es claro que para Pablo el Cristo estaba subordinado al Dios Padre.
"...la gloria del Cristo, que es imagen de Dios" (II Corintios 4, 4)
El Cristo es imagen (eikon en el griego original) de Dios. La imagen que reproduce un espejo no es en realidad el objeto reflejado.
"Porque Dios, que dijo: Brille la luz del seno de las tinieblas, es el que ha hecho brillar la luz en nuestros corazones para hacer resplandecer la ciencia de la gloria de Dios en el rostro del Cristo." (II Corintios 4, 6 y ss)
Así que en el rostro de Cristo resplandece la gloria de Dios, pero eso no quiere decir que sea Dios mismo. Es una imagen, un eikon, pero no es Dios.
Sin embargo, a pesar de todo lo expuesto anteriormente, encontramos el siguiente versículo en la obra de Pablo.
"cuyos son los patriarcas y de quienes según la carne procede Cristo, que está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén." (Romanos Romanos 9, 5)
Este final de frase chirría en nuestra mente, después de haber visto los versículos anteriores, que claramente diferenciaban entre Dios, el Padre, y el Cristo, el Señor. Es, evidentemente, una interpolación de un monje copista. En toda la obra de Pablo éste es el único versículo que diga semejante cosa, que Cristo es Dios. Y si repasamos las interpolaciones vistas hasta ahora, nos daremos cuenta que la mayoría de las veces eran añadidos a la frase original de Pablo, casi siempre al final. Lo más fácil es añadir, que quitar y reelaborar el texto. Y tengamos presente que los monjes creían que a Pablo se le había olvidado incluir frases tan importantes como ésta, y por eso ellos las añadían.
Contrapongamos al versículo anterior éste, el cual no comentaremos por ser realmente clarificador del asunto:
"Dios es uno solo." (Gálatas 3, 20)
En conclusión, nosotros pensamos que para Pablo no era un gran problema delimitar la naturaleza de Cristo: para él era el Mesías prometido en las Sagradas Escrituras. Seguramente, lo consideraba un hombre ungido por Dios, como por ejemplo el rey David. Ciertamente, antecedentes había de sobra. No lo consideraba un dios, aunque en las religiones paganas los hijos de dioses o eran dioses o héroes (semidioses mortales), porque esto atentaba contra el monoteísmo hebreo, y si lo hubiera hecho así habría dado un gran paso hacia atrás. Por eso, como vimos, fue declarado Hijo de Dios a partir de la resurreción de los muertos. No nació como Hijo de Dios, sino que este título lo logró después de morir y resucitar.
Pablo sólo da datos de la vida del Cristo acerca de su pasión, y es en ella en la que se explaya dando más noticias. Su Cristo no predicó ni hizo milagros ni tuvo ninguna clase de enfrentamiento con las autoridades judías religiosas. No sabemos quién pudo matar al Cristo de Pablo, puesto que Pablo no dice nada en absoluto de esa persona o personas. Hay en la carta I Tesalonicenses un dato que parece contradecir esta última afirmación:
"...pues habéis padecido de vuestros conciudadanos, lo mismo que ellos de los judíos, de aquéllos que dieron muerte al Señor Jesús y a los profetas, y a nosotros nos persiguen, y que no agradan a Dios y están contra todos los hombres; que impiden que se hable a los gentiles y se procure su salvación." (I Tesalonicenses 2, 15 y ss)
Lo subrayado es otra interpolación. Pablo saca los datos que conoce de la existencia de Jesús del Antiguo Testamento, pero en ninguna parte de este libro se dice que el Cristo fuera a morir a manos de los propios judíos. Esta interpolación recuerda lo que varias veces dice Jesús en los evangelios acusando a los escribas judíos, que sus antepasados mataron a los profetas. Pablo nos contaba que Jesús nació llegada la plenitud de los tiempos bajo la Ley y que murió a su tiempo. Con estos datos tan vagos e imprecisos y con la alusión a la Ley, que fue impuesta por Moisés trece siglos antes de Cristo (en esta orquilla temporal nació Cristo según Pablo), no nos encaja el dato tan directo y preciso, y tan parejo a los datos de los evangelios. Por tanto es un añadido posterior.
La pasión del Cristo de Pablo comienza con su entrega:
"...nuestro Señor Jesús, que fue entregado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación." (Romanos 4, 24)
¿Quién entregó al Cristo? La inmensa mayoría de la gente contestaría: Judas Isacariote, uno de sus doce discípulos. Lo traicionó por treinta monedas de plata que le dieron los sacerdotes judíos, y luego se ahorcó o se rompió la crisma. Esto es lo que cuentan los evangelios y los Hechos de los apóstoles, pero Pablo no dice nada de esto en sus cartas. No nombra ni una sola vez Judas, prototipo de la traición por excelencia. No lo menciona ni cuando anima a los miembros de la Iglesia a que permanezcan fieles al Cristo; podría haber dicho Pablo a éstos que no actuaran como lo hizo Judas, y el ejemplo habría venido perfecto. Pero no lo hizo. Judas brilla por su ausencia en las cartas de Pablo.
"Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos ha de dar con Él todas las cosas?" (Romanos 8, 32)
Fue Dios Padre el que entregó al Cristo a la muerte, no Judas. Y además no lo perdonó, como si el Cristo hubiera cometido alguna falta. Judas fue un invento de los evangelios, pues Pablo ni lo tiene en mente. Fue el Dios Padre, terrible e implacable el que sin perdonar a su propio Hijo, lo entregó a la muerte como sacrificio expiatorio. Lo que en el relato de Génesis mandó hacer Yavé a Abraham con su propio hijo, pero en el momento final evitó, lo hace ahora con su propio Hijo el Cristo.
Pablo no dice nada acerca de cómo fue su muerte, en qué lugar, en qué preciso instante. Las alusiones a la cruz, tienen toda la pinta de ser interpolaciones, pues Pablo utiliza como símbolo de victoria un instrumento que en aquella época era de tortura. Esto no podía caber en la cabeza de Pablo. Tampoco dice el nombre del que mató al Cristo, ni se refiere siquiera a gentiles o a judíos. Hay que tener en cuenta que los documentos cristianos más antiguos son precisamente las cartas de Pablo, y por eso es incomprensible que si en verdad hubiera conocido Pablo la vida del Cristo en todos sus detalles, no hubiera hecho alusión a ninguno de estos datos tan importantes. Con el tiempo surgieron los evangelios, cuyos autores se encargaron de rellenar todos los huecos que Pablo había dejado al descubierto, porque éste simplemente hablaba del Cristo teniendo principalmente en su mente el libro de Isaías: allí se hablaba de un siervo de Yavé que torturado servía de chivo expiatorio por el pecado de todo Israel. Pablo y todos los primeros cristianos confundieron a este siervo de Yavé con el Mesías, cuando en realidad este siervo era la parte de la población judía que fue deportada a Babilonia, la cual en verdad sufrió muchas penalidades. El libro de Isaías en ningún momento dice que el siervo de Yavé muera y resucite. Fue la mente de Pablo y de esos reformadores religiosos los que sobreentendieron que el Mesías tenía que haber muerto y resucitado, de igual modo que lo hacían infinidad de divinidades de la fertilidad que en aquellos tiempos eran conocidísimas. El resultado fue el escueto Cristo de Pablo, el cual más tarde los evangelios se encargaron de vestir de los ropajes mitológicos más de moda en aquella época.
Pablo nos dice que el Cristo no se agradó a sí mismo en el momento de su muerte, y reconoce que este dato lo tiene en mente porque lo ha leído en el libro de los Salmos al cual cita:
"Cada uno cuide de complacer al prójimo para su bien, para su edificación, según está escrito: Sobre mí cayeron los ultrajes de quienes me ultrajaban." (Romanos 15, 3; Salmos 69, 10)
Perfectamente Pablo podría haber dicho que este hecho lo conocía porque Cefas se lo había contado, y no porque estuviera escrito en ningún libro. Pero no lo dijo en ese momento ni en ningún otro. Los versículos que los salmistas hicieron creer que habían salido de la pluma del rey David, también fueron malinterpretados por los primeros cristianos, los cuales vieron en ellos las penurias del Cristo. Es de notar que la historia de los evangelios cuidadosamente fue tejida por l