Primera Parte
1. Capital real y capital que rinde intereses
2. La dependencia creciente del capital real en relación al crédito
3. La revolución terciaria
  Notas
Segunda Parte
4. Terciarización capital que rinde intereses y crédito estatal
5. Globalización e industrias fantasmas
6. Desindustrialización del dinero e inflacción estructural
  Notas
Tercera Parte
7. De la expansión fordista a la revolución microelectrónica
8. Las estructuras globales del déficit y el corto veraneo del capitalismo de casino
9. El camino del shock de la desvalorización
  Notas
Primera Parte
1. Capital real y capital que rinde
intereses
La relación contradictoria entre trabajo y dinero es
una de las muchas estructuras esquizoides del mundo moderno. El trabajo, como
gasto abstracto de energía humana en el proceso de la racionalidad empresarial,
y el dinero, como forma fenoménica del "valor" económico así producido (o sea,
de una fantasmagoría fetichista de la conciencia social objetivada) son las dos
caras de la misma moneda. El dinero representa o "es" nada más que "trabajo
muerto", tornado realmente abstracto en la forma de una cosa, en el
fin-en-sí-mismo capitalista, que consiste en una acumulación siempre creciente
de tal medio fetichista. El humano "proceso de metabolismo con la naturaleza"
(Marx) se convirtió en un abstracto y en sí insensato gasto de fuerza de
trabajo, justamente porque el dinero se autonomizó del agente humano, en la
forma fetichista potenciada del capital: no es la necesidad humana la que guía
el gasto de energía; por el contrario, la forma "muerta" de esa energía
autonomizada como cosa, subordinó a sí misma la satisfacción de las necesidades
humanas. La relación con la naturaleza, tal como las relaciones sociales,
llegaron a ser meros procesos de paso para la "valoración del dinero".
Sin embargo, este proceso de valorización, en el que
el medio fetichista se convirtió en un fin en sí mismo, no se desarrolla sin
obstáculos. Como el trabajo y el dinero constituyen fases diferentes del
desarrollo de la valorización como fin en sí mismo, estos dos momentos también
pueden separarse en situaciones de crisis, dejando así de coincidir. Tal falta
de coincidencia se manifiesta como una desvinculación entre el dinero y la
sustancia abstracta del trabajo: la multiplicación del dinero se da entonces más
rápidamente que la acumulación de "trabajo muerto" abstractizado, separándose
así de su propia base. Pero como los dos procesos del trabajo y del dinero se
formaron en un proceso histórico ciego, a espaldas de los sujetos humanos, su
nexo intrínseco escapa a la conciencia, tanto en el "buen sentido" común como en
el pensamiento científico. Trabajo y dinero pueden surgir como opuestos el uno
al otro en las diversas ideologías, así como en la concepción del proceso
económico.
Es verdad que la sociedad moderna es considerada en
general como una "sociedad del trabajo" o una "sociedad del lucro", y es
indiscutible que el trabajo y el rendimiento monetario son, al final de cuentas,
idénticos. Pero este nexo lógico sólo es comprendido en una concepción
sociológica banal o presentado como una especie de postulado moral –por ejemplo,
en las ideologías del "trabajo honesto"–, al mismo tiempo que la necesidad
económica de una coincidencia de estas dos formas fenoménicas del proceso de
valorización no se considera plausible. A través de las formas de mediación
entre trabajo y dinero, nada fáciles de reconocer y cada vez más complejas en el
transcurso de la modernización, nace la ilusión de que el dinero puede
desarrollarse independientemente de su sustancia abstracta, constituida por el
trabajo.
Como se sabe, la teoría económica burguesa ignora la
equivalencia entre trabajo abstracto y dinero, necesaria de acuerdo con la
lógica del capitalismo: de hecho, la economía política burguesa, después de la
teoría marginalista, abandonó completamente el concepto de valor, a diferencia
de los clásicos (Adam Smith y David Ricardo), o lo identificó superficialmente
con los precios realizables, subjetivándolo, en cuanto se consideraba refutada
la existencia de una sustancia objetiva del valor, y la teoría del valor-trabajo
era considerada como un simple fósil. En este punto concuerdan en el plano
teórico las dos doctrinas opuestas de la posguerra, el keynesianismo y el
monetarismo, pero ninguna de ellas puede ignorar completamente el verdadero nexo
entre trabajo y dinero. El keynesianismo no deja de tener en cuenta, al menos
superficialmente, la lógica del trabajo abstracto –aunque negándola en
principio– cuando establece el nexo entre "empleo" y "rendimiento monetario".
También en el monetarismo de Milton Friedman el problema se presenta, intuitiva
pero no conceptualmente, cuando se identifica como un mal fundamental la
desvinculación entre masa monetaria y masa de producción (para el mercado). Pero
ni el concepto keynesiano de "empleo" (factor demanda) , ni el concepto
monetarista de producción (factor oferta) implican ninguna relación intrínseca,
sustancial, entre masa de trabajo y masa monetaria, de modo de superar la
ilusión de que el dinero posee un movimiento autónomo. El problema sólo se
manifiesta indirectamente.
En la práctica del proceso capitalista, esta ilusión
nace de la naturaleza particular del capital monetario concentrado en el sistema
bancario. Para decirlo con precisión, el dinero se transforma en capital cuando
se gasta directamente en la valorización del trabajo abstracto, convirtiéndose
así, "de un valor dado, en un valor que valoriza, que se aumenta a sí mismo" (Das Kapital, T. 3, p. 350): los medios
de producción adquiridos, incluida la fuerza de trabajo humana, se transforman,
según la lógica de racionalidad empresarial, en mercancías para la venta en el
mercado, con el respectivo excedente en la forma abstracta de "dinero". Esta
lógica, resumida por Marx en la fórmula D-M-D’, sólo puede ser mediada por el
trabajo abstracto encarnado en las mercancías. La empresa productora de
mercancías, si el capital monetario propio no basta, puede tomar prestada (total
o parcialmente) la masa inicial "D" de dinero, que actúa como capital. Para este
fin sirven los ahorros de la sociedad, concentrados en el sistema bancario:
dinero que sus propietarios no usan, ni para el consumo ni para inversiones
empresariales, y que ha sido depositado como el hueso que entierra un cachorro
para roer más tarde.
Entretanto, incluso ese dinero es capital –capital en
la forma de crédito: temporalmente, el sistema bancario presta capital
empresarial "actuante". El dinero no sirve aquí para la mediación de mercancías,
ni es directamente capital monetario empresarial, que emplea trabajo abstracto
en su proceso de valorización, sino que se transforma paradójicamente en una
mercancía con cotización en mercados especiales (los mercados financieros) y
cuyo precio son los intereses/1. El dinero, como
mercancía en los mercados financieros, es por tanto capital que rinde intereses,
a diferencia del capital empresarial "real", que organiza la efectiva
valorización sustancial. Desde el punto de vista de este capital que rinde
intereses, la fórmula de valorización se reduce a D-D’; o sea, el dinero, en
apariencia sin intervención de la producción real de "M", obtiene
inmediatamente, como mercancía, la "cualidad oculta" (Marx) de generar
–presuntamente de sí mismo– "más dinero": "El movimiento característico del
capital en general [...], o retorno del capital a su punto de partida, asume, en
el capital que rinde intereses, una figura totalmente separada, distinta del
movimiento real del que es una forma [...] Dar, prestar dinero por cierto tiempo
y recibir de vuelta lo mismo con intereses (valor acrecentado) es la forma
completa del movimiento que cabe al capital que rinde intereses como tal. El
movimiento efectivo del dinero prestado como capital es una operación que se
sitúa más allá de la transacción entre quien da y quien recibe préstamos. En
estas mismas operaciones, esa mediación es cancelada, convertida en invisible,
no directamente comprendida [...] Aquí, el retorno no se expresa, por tanto,
como consecuencia y resultado de una serie determinada de procesos económicos,
sino como consecuencia de una estipulación jurídica particular entre compradores
y vendedores". (Das Kapital, t. 3, p.
360 s.)
Por un lado, no se puede obviamente negar con
seriedad que el dinero sin mercancía (o el dinero por sí solo como mercancía) es
un absurdo social; por otro, según el preconcepto común que ve en el dinero el
capital, la verdadera forma del capital no es tanto el capital empresarial
productor de mercancías, sino antes bien el capital que rinde intereses. La
única fuente efectiva de "dinero que genera dinero" (Marx), el consumo de
trabajo abstracto en la producción real de mercancías, desaparece así en la
"forma sin contenido" (Marx) del propio movimiento. En el capital que rinde
intereses, la producción de "más dinero" no aparece, de hecho, como expresión
social (fetichista) de la producción capitalista de mercancías, sino como una
producción de mercancías entre otras, así como la producción de medias, velas o
viajes de aventura. Sin más, el propio trabajo abstracto del sistema bancario es
equiparado (inclusive en el concepto de "creación de valor", típico de la teoría
económica burguesa) al trabajo desarrollado en las empresas productivas y
terciarias –se habla incluso de una "industria financiera"/2. La duplicación espectral de los productos, en el
sistema de producción de mercancías, en mercancías y dinero es escamoteada a
través de una tosca identificación del dinero con la mercancía.
A primera vista, podría parecer que se trata aquí
sólo de una ilusión subjetiva, esto es, de una simple ideología del capital
monetario que rinde intereses, cuyos agentes no tienen conciencia del efectivo
movimiento sustancial. En la medida en que el proceso real de valorización
funciona sobre sus propias bases, las cosas pueden ocurrir de hecho así. En
efecto, para el propietario del dinero prestado puede ser indiferente de dónde
provienen los intereses, que hacen fructificar su milagroso "dinero que genera
dinero". Sin embargo, el caso se vuelve problemático cuando el dinero prestado
no es realmente empleado para el efectivo consumo empresarial de trabajo
abstracto. Este empleo malogrado, si ocurre en gran escala, hace que el capital
que rinde intereses se separe cada vez más del proceso real de valorización y se
vuelva "capital ficticio" (Marx)
/3.
El caso más simple es naturalmente aquel en que el
capital real empresarial, que tomó el dinero en préstamo, no tiene éxito con sus
mercancías en el mercado y se declara en quiebra. La no-coincidencia entre
trabajo y dinero (el trabajo de la empresa productora de mercancías fue
declarado inválido por el mercado) tiene entonces una repercusión inmediata
sobre el capital que rinde intereses: los créditos concedidos se vuelven "no
recuperables"/4. El mismo efecto se produce
cuando el dinero prestado no se destina de entrada a la producción real de
mercancías, sino al lujo y al prestigio, por ejemplo; fue éste el caso de
innumerables créditos, a partir de los años 70, concedidos por el sistema
financiero internacional a diversos potentados y regímenes asesinos del Tercer
Mundo considerados amigos.
El aparente movimiento directo D-D’ sólo se torna
ficticio en sentido estricto cuando el malogramiento del proceso sustancial de
valorización se maquilla, pagándose créditos que se convirtieron en inseguros
con nuevos créditos. Es lo que sucede hoy en gran escala, no sólo con los
créditos del Tercer Mundo, sino también con una gran masa de créditos a las
empresas y al consumo. De este modo el sistema financiero alimenta una montaña
siempre creciente de dinero crediticio "sin sustancia", tratado "como si" pasase
por un proceso real de valorización, aunque sea apenas simulado por
metacréditos. Así, el nexo entre trabajo abstracto y dinero se alarga, de suerte
que la no-coincidencia de las dos formas fenoménicas no se torna de inmediato
operativa, sino de algún modo "demorada". Con todo, la cadena ficticia de
alargamientos acabará por romperse, puesto que alcanzará sus límites la
meta-remuneración de intereses del movimiento D-D’, desarrollado más allá de su
contenido sustancial/5.
Se alcanza un grado aún más alto de desvinculación
entre trabajo y dinero cuando el dinero crediticio sirve como punto de partida
de un movimiento especulativo, en el cual ya no hay la apariencia siquiera de
una producción real de mercancías. El comercio con los simples títulos de
propiedad de acciones e inmuebles produce así aumentos ficticios de valor, que
no tienen nada que ver ni aun formalmente con los beneficios reales provenientes
del consumo empresarial de trabajo abstracto. Un movimiento especulativo de ese
tipo se pone en marcha siempre que la acumulación empresarial real de capital
alcanza sus límites y los beneficios de los períodos pasados de producción no
pueden ser invertidos, en la medida suficiente, en un aumento de la producción
real de mercancías, sino que tienen que ser aplicados exclusivamente en el
sistema financiero. Así, la presión para un movimiento inmediato D-D’ crece tan
fuertemente que ante el aumento especulativo del valor de las acciones los
dividendos reales son insignificantes; la relación entre cotizaciones y
beneficios sobrepasa todas las medidas. Estas burbujas especulativas, fruto del
aumento ficticio del valor de los títulos de propiedad, y verificadas
innumerables veces en la historia capitalista, siempre terminan inevitablemente
con una gran quiebra financiera.
2. La dependencia creciente del capital real en
relación al crédito
La "condición de posibilidad" de que el dinero se
desligue de su real sustancia de trabajo es tanto más fuerte cuanto mayor se
vuelve en la reproducción general la parte que se refiere al capital que rinde
intereses. En cuanto a esto, de hecho puede constatarse a largo plazo un
desequilibrio a favor del crédito. La extensión gradual de la racionalidad
empresarial a toda la producción, su cientifización y el consecuente aumento, a
escala secular, de la intensidad del capital (o sea, costos previos siempre más
altos para una producción competitiva de mercancías), aparte de la extensión
concomitante del capital accionista anónimo, exige masas siempre mayores de
dinero crediticio, para poder mantener en curso la producción capitalista.
Para el capital privado del siglo XIX, arcaico desde
el punto de vista de hoy, con sus propietarios personales patriarcales y sus
respectivos clanes familiares/6, regían todavía
los principios de la respetabilidad y de la "solvencia", a la luz de los cuales
el recurso creciente al crédito parecía casi obsceno, casi el "principio del
fin"; la literatura ligera de la época está llena de historias en que "grandes
casas" caen por tierra debido a su dependencia del crédito, y Thomas Mann, en
algunos pasajes de Los Buddenbrook,
hace de éste un tema laureado con el Premio Nobel. Naturalmente, el capital que
rinde intereses era desde el principio indispensable como tal al sistema que se
formaba, pero no ostentaba aún una parcela decisiva en el conjunto de la
reproducción capitalista; y sobre todo los negocios de capital ficticio eran
considerados, por así decir, típicos del ambiente de impostura de cuenteros y
"gente deshonesta", al margen del capitalismo auténtico (pero al que ya entonces
se unía la honorable burguesía en tiempos de oleadas especulativas). Hasta Henry
Ford se negó durante mucho tiempo a recurrir al crédito bancario para su
empresa, pretendiendo financiar sus inversiones sólo con capital propio.
El concepto patriarcal de solvencia se disipó por
completo a lo largo del siglo XX, simplemente porque ya no era posible
mantenerlo en vigor, ni siquiera en la vida capitalista normal. Las teorías
marxistas sobre el nuevo poder del "capital financiero" (Hilferding, Lenin y
otros) en el inicio del siglo ya eran el reflejo de un proceso que veía al
capital empresarial real comenzar a separarse estructuralmente de su propia
base, esto es, del trabajo abstracto; con todo, los marxistas del antiguo
movimiento obrero no dieron gran importancia al auténtico contenido económico
(es decir, al surgimiento de los límites de la propia economía basada en el
valor), sino sólo a los cambios en la superficie del capitalismo y en las
relaciones sociológicas de poder.
Esta separación del sistema crediticio puede ser
descrita como una creciente desproporción estructural entre el capital fijo
cientifizado y la masa de trabajo que todavía es posible utilizar rentablemente;
el aumento a gran escala de la intensidad del capital (que en Marx aparece como
"incremento de la composición orgánica" del capital) exige un empleo cada vez
mayor de capital monetario, que sin embargo puede movilizar cada vez menos
trabajo por cada unidad de capital. Este hecho se expresa también en el plano
monetario: se trata de la creciente importancia ya descrita del capital que
rinde intereses. En otras palabras: el capital empresarial real "actuante", que
utiliza trabajo abstracto en la producción efectiva de mercancías, debe recurrir
cada vez más al capital monetario, tomado en préstamo del capital bancario, para
poder continuar valorizando el valor. De esta forma, la llamada cuota del
capital social cayó drásticamente a largo plazo; hoy, con algunas excepciones,
ésta es siempre inferior al 50% /7. Ello
significa simplemente que el capital empresarial real, para poder seguir
produciendo en la situación actual, tiene que hipotecar anticipadamente
cantidades cada vez mayores de trabajo a utilizar en el futuro (o sea, futuros
beneficios).
El capital realmente productor de mercancías chupa
por así decir de su propio futuro (ficticio), prolongando así en un metanivel su
vida, más allá del límite interno ya visible. Este mecanismo sólo funciona en
cuanto el modo de producción continúa expandiéndose (como fue el caso hasta el
último tercio del siglo XX) y sólo en la medida en que la masa de valor futuro
anticipada de manera ficticia se realice efectivamente, al menos en la escala
suficiente para pagar los intereses de los créditos. El hecho de que las
inversiones de capital, en continuo aumento, ya no puedan ser financiadas
íntegramente con los propios medios, esto es, a través de la masa real de
beneficios –por lo menos como norma y en la mayor parte de los casos–, es un
claro indicio del carácter cada vez más precario de todo el proceso. Este
aplazamiento estructural en beneficio del capital que rinde intereses no es aún
lo mismo que pagar directamente los intereses con otros créditos; pero el
movimiento real de acumulación acaba por depender indirectamente de los ahorros
concentrados de la sociedad.
A fin de atraer esos dineros para la financiación
anticipada del proceso de acumulación, es preciso ofrecer un incentivo a sus
propietarios, o sea, la tasa de interés tiene que subir, no sólo aguda y
cíclicamente en el caso de escasez pasajera de capital monetario (como
consecuencia de la disimulación, a través de créditos, de una crisis en la
producción real de mercancías), sino también estructuralmente y a nivel secular,
lo que al menos después de la Segunda Guerra Mundial es posible observar
efectivamente como tendencia a largo plazo, más allá de las fuertes oscilaciones
cíclicas. Este aumento secular sólo es contrabalanceado por medio de una
desenfrenada creación de liquidez por parte de los bancos centrales, lo que
acelera, a su vez, el proceso de desvinculación del dinero respecto a la base
productiva del capital, en tanto que el nivel de los intereses sólo baja
temporalmente. En este punto ya se hace evidente, por tanto, que el proceso
cíclico es poco a poco estrangulado por un agotamiento estructural/8. El límite estructural del proceso de valorización
como un todo fue aplazado, pero tarde o temprano ha de manifestarse nuevamente
en el plano del capital monetario, trabando la producción real a través del
encarecimiento (y, por fin, de la crisis) del dinero. Al mismo tiempo, los
capitales de la producción real de mercancías se resienten enormemente de las
fluctuaciones de los mercados monetarios; gracias a la creciente importancia
social del capital que rinde intereses, mejoran las condiciones para los
movimientos especulativos que superan todos los antecedentes históricos. En una
palabra: debido a su crecimiento interno, el capitalismo industrial se vuelve
cada más "poco serio" según sus propios criterios.
3. La revolución
terciaria
La argumentación desarrollada hasta ahora se refiere
exclusivamente al desarrollo del capital industrial o a la relación entre
producción industrial real de mercancías y capital monetario que rinde
intereses. Sin embargo, sobre esa estructura básica se irguió en el siglo XX (y
con mayor velocidad después de la Segunda Guerra Mundial) el "sector terciario"
de los llamados servicios en continua expansión. Algunos economistas y
sociólogos dedujeron de ahí la formación gradual de un capitalismo
"postindustrial" de los servicios (Jean Fourastié, Daniel Bell y otros). Del
mismo modo que el sector primario de la agricultura perdió su importancia en
beneficio del "sector secundario" de la industria, así también la industria
pasaría ahora el testigo de los sectores reproductivos al "sector terciario" de
los servicios.
Sin embargo, esta consideración superficial ignora
completamente el hecho de que el primero de esos cambios en la estructura
reproductiva no constituyó, de ningún modo, un desarrollo interno del
capitalismo, sino que coincidió con la propia historia de la formación y ascenso
del capitalismo. No sólo la técnica y el contenido material de la producción se
modificaron, sino que también las formas elementales de las relaciones sociales
fueron sacudidas por una transformación larga, dolorosa y turbulenta. La
sociedad agraria preindustrial, es cierto, conocía como forma marginal el
capital comercial y el que rinde intereses, pero no la valorización productiva
del capital; había mercados, pero no una economía de mercado; existía el dinero,
pero no la economía monetaria. El nexo entre mercancías y dinero, como sistema
cerrado de reproducción, sólo nació con la transformación de los medios de
producción y de la fuerza de trabajo humana en capital industrial.
Si ahora fuese inminente una transición histórica
semejante, de la sociedad industrial hacia los servicios, es de suponer que la
misma no se limitará a un mero reagrupamiento sectorial interno de las formas
existentes de relaciones sociales, legadas por la economía de mercado y por el
dinero. En otras palabras: la pérdida de importancia social de los "sectores"
industriales podrá ser idéntica a una crisis y a una pérdida de importancia del
mercado y del dinero, en la forma capitalista en cuanto forma general de
reproducción: del mismo modo que en su tiempo la reducción del "sector" agrario
fue idéntica a una crisis y a una atrofia de la economía de subsistencia
no-capitalista y de las relaciones feudales. Desde este punto de vista, que va
al centro del cambio estructural, el modo de producción capitalista aparece como
idéntico al ascenso del sistema industrial; y la "revolución terciaria" aparece
en consecuencia como el derrocamiento y el fin del propio capitalismo, que es
tan poco eterno como lo era la vieja sociedad agraria.
Semejante tesis sólo puede ser ilustrada a través del
carácter histórico diverso de las actividades en cuestión en los diferentes
sectores. Lo decisivo para la reproducción capitalista es el concepto de
"trabajo productivo", que implica lógicamente su contrario, o sea el "trabajo
improductivo". Observando el pasado, en el mundo feudal y en la economía de
subsistencia, todo trabajo es "improductivo" desde el punto de vista
capitalista, pues (todavía) no sirve para la valorización del capital; en rigor,
no se trata de "trabajo", ya que esa abstracción de la actividad reproductiva
nace sólo con el moderno sistema productor de mercancías/9. Ahora bien, en el interior de este sistema toda
actividad realizada a cambio de dinero o que esté en un contexto de valorización
del dinero es formalmente un trabajo abstracto. Pero esto no significa que lo
sea también en un sentido sustancial. En un sentido sustancial, trabajo
abstracto, esto es, trabajo cuyo gasto de energía impulsa realmente la
reproducción capitalista, es sólo aquel trabajo "productivo" (productivo de
capital), que crea efectivamente plusvalía/10.
A primera vista, parece difícil imaginar cómo esta
distinción puede ser mantenida de modo analíticamente claro, sin caer en
suposiciones arbitrarias. A este respecto, la teoría de Marx no tiene a
disposición instrumentos capaces de una afirmación unívoca; de manera que el
debate marxista sobre el "trabajo productivo e improductivo", escaso en su
conjunto, tampoco llegó a una conclusión/11. Es
preciso, pues, indicar los criterios que hacen posible distinguir entre el gasto
de fuerza de trabajo humana formal y sustancial, en el sistema productor de
mercancías. Conviene primero distinguir entre trabajo productivo e improductivo
en un sentido absoluto y en un sentido relativo.
Improductivo en sentido absoluto es el trabajo en el
sistema productor de mercancías cuando, aunque realizado a cambio de
remuneración monetaria y en el contexto de la reproducción centrada en el
dinero, no produce por sí mismo mercancías (o sea, no entra, como tal, en la
producción de mercancías), o cuando los cuasi-productos creados por él asumen un
carácter de mercancía sólo formal y no sustancial. Sería una seudosolución, con
apego exagerado al empirismo, querer individualizar el carácter sustancial de la
mercancía en la tangibilidad "material" del producto, declarando "productivo"
por ejemplo el trabajo para la producción de máquinas para lavar automóviles e
"improductivo" el trabajo del peluquero, del funcionario de correos o del
policía, porque los productos "corte de pelo", "expedición de cartas" o
"seguridad" no son materiales en sentido estricto. Semejante definición teórica
–cuyo telón de fondo todavía es, de forma bastante clara, el materialismo vulgar
productivista del antiguo movimiento obrero (industrial), con su falso orgullo
por el producto industrial– constituye cuando mucho una primera y vaga
aproximación al problema.
De hecho, es imposible aclarar la cuestión con una
definición positivista del caso singular e inmediato. Por el contrario, el
carácter del trabajo "en sí" improductivo sólo puede ser deducido del proceso de
reproducción del capital, en el que el trabajo abstracto pasa por diversas
formas de transformación y de representación. No es preciso que el carácter
improductivo de ciertos trabajos sea determinado externamente por definiciones
arbitrarias; antes bien, debe aparecer en el propio cálculo como "costo". Las
masas de trabajo improductivo y su pago aparecen en la perspectiva capitalista
como "faux-frais" (Marx), como costos falsos. Sin embargo, debe distinguirse el
nivel de capital singular y el de capital conjunto. En el plano del capital
singular, esto es, de la empresa, el trabajo improductivo más necesario puede
fácilmente ser indicado en la forma de "gastos generales", por ejemplo, gastos
como los de la gestión de personal, la contabilidad, la limpieza, etc. Estas
actividades son indispensables, en un sentido técnico-organizativo, para el
funcionamiento general de la empresa; pero no entran en su efectiva producción
de mercancías (la producción de automóviles o de escobas, por ejemplo), aunque
deban naturalmente ser remuneradas, tal como el trabajo de la propia producción
empresarial de mercancías.
En el plano del capital singular, el carácter
improductivo de estos trabajos no se manifiesta absolutamente ("en sí"), sino
sólo relativamente, en la medida en que los "gastos generales" de una empresa
pueden aparecer como producción sustancial de mercancías o servicios de parte de
una segunda empresa, que se especializó en suministrarlos a las otras (por
ejemplo, una firma que emplea personal de limpieza y ofrece este "producto
limpieza" a otras firmas). Desde el punto de vista de la economía empresarial,
el trabajo de limpieza, improductivo en una empresa automovilística, constituye
a su vez el trabajo productivo de la empresa de servicios, e ingresa por tanto
en su producción sustancial de mercancías, al tiempo que el trabajo de los
contables de la empresa de limpieza forma parte de sus "gastos generales"
improductivos. Es posible, sin embargo, que una tercera firma efectúe la
contabilidad para cada tipo de empresa, siendo ésta la especial
mercancía-servicio que ofrece: en tal caso, para los proveedores de estos
servicios especiales, incluso la propia contabilidad se vuelve un trabajo
productivo en sentido empresarial. Se puede imaginar toda una cadena de este
género y, en efecto, la externalización de trabajos considerados como "gastos
generales" hacia empresas de servicios constituye una de las grandes tendencias
de la tercerización: gracias a su especialización, los proveedores de servicios
pueden racionalizar los procedimientos operativos y, así, hacer ofertas tales
que la organización de estos trabajos en el interior de la empresa se vuelve
antieconómica/12.
La terciarización en el sentido referido hasta aquí
transforma, por tanto, al parecer, trabajo improductivo en trabajo productivo, a
través de la simple autonomización formal en empresa propia/13. Pero las cosas son diferentes en el plano del
capital conjunto, que como es obvio no aparece inmediatamente en el cálculo de
los llamados sujetos económicos, pero que puede ser sin embargo reconstruido
teórica y analíticamente. En primer lugar, es preciso decir que los "gastos
generales" improductivos reaparecen en el plano del capital conjunto, o sea, las
externalizaciones operadas por las empresas singulares y los reagrupamientos en
el interior de la producción conjunta reaparecen en los cálculos. Los "gastos
generales" improductivos pueden ser reducidos, por los motivos indicados,
externalizándolos en empresas autónomas, pero, en el plano del conjunto de la
sociedad, éstos son siempre una sustracción de plusvalía conjunta. La
representación de los "costos" (de la empresa que crea plusvalía) como
"beneficios" (de la empresa que provee servicios) desaparece en el plano del
capital conjunto. Marx demostró esto ejemplarmente para los costos de las
transacciones puramente comerciales (compra y venta, intermediación monetaria,
etc.): una gran parte del trabajo en el comercio minorista y todo el trabajo en
el sistema de los bancos, de los créditos y de los seguros, así como el de la
"superestructura jurídica", es "en sí" improductivo, porque no hace más que
"mediar" las relaciones mercancía-dinero, sin ser él mismo una producción
sustancial de mercancías. Es verdad que los asalariados de estos sectores crean
un beneficio empresarial, pero su actividad, efectivamente, se limita a mediar
la redistribución entre los capitales singulares de la plusvalía generada
exclusivamente en los sectores productivos: por medio de este trabajo
improductivo de mediación, el capital comercial se apropia de una parte de la
plusvalía conjunta (explicación detallada en los volúmenes 2 y 3 de El
Capital).
¿Cuál es entonces el criterio económico decisivo que
permite determinar conceptualmente en el plano del capital conjunto (esto es,
después de eliminar la distorsión típica del capital singular) si un trabajo es
productivo o no? La distinción entre la "verdadera" creación de valor y la
actividad de "simple mediación" (en el sentido comercial, monetario o jurídico)
no es suficiente, pues todavía se adhiere a la definición inmediata de cada
gasto de trabajo. Esta definición sólo puede indicar el motivo exterior por el
cual una actividad es considerada un trabajo improductivo, pero no llega a
aclarar el concepto económico subyacente. Una definición del trabajo productivo,
referida al proceso de mediación de la reproducción capitalista en su conjunto,
sólo puede ser adelantada en última instancia en términos de teoría de la
circulación. Es decir: en términos de la teoría de la circulación, sólo es
productivo de capital aquel trabajo cuyos productos (y también cuyos costos de
reproducción) refluyen en el proceso de acumulación del capital; o sea, aquel
cuyo consumo es recuperado de nuevo en la reproducción ampliada. Únicamente este
consumo es un "consumo productivo", no sólo inmediatamente, sino también en
referencia a la reproducción/14. Esto ocurre
cuando los bienes de consumo son consumidos por trabajadores que son a su vez
productores de capital, cuyo consumo no se agota en sí, sino que retorna en la
forma de energía productiva de capital, en un nuevo ciclo de producción de
plusvalía. Inversamente, ninguno de los bienes de consumo que son consumidos por
trabajadores improductivos o por no trabajadores (niños, presos, enfermos)
retornan, como energía renovada, en la creación de plusvalía: en el plano del
conjunto de la sociedad, se trata sólo de un consumo que desaparece sin dejar
rastros o sin impulsar la reproducción capitalista. Lo mismo vale también para
la producción de bienes de inversión: en términos de teoría de la circulación,
este trabajo sólo es productivo si el consumo de sus productos se da en el
contexto de la creación de plusvalía, esto es, si retorna al ciclo de producción
de plusvalía. Por el contrario, todos los bienes de inversión cuyo consumo
ocurre fuera de la producción de plusvalía, integran, en el plano del conjunto
de la sociedad, el mero consumo que "cae fuera" de la reproducción del capital
global y de su movimiento de acumulación.
Concebir el trabajo productivo en términos de teoría
de la circulación puede parecer extraño al pensamiento definidor, infestado de
positivismo, pero es un abordaje que permite resolver el problema más allá de la
tosca "materialidad" de la mercancía producida. En esta perspectiva, el trabajo
del funcionario público o del policía es rigurosamente improductivo, pues el
consumo de sus "productos" (no importa si organizados por el Estado o
comercialmente) desde el inicio no entra, de modo alguno, en el "consumo
productivo". Pero también la producción de carros de combate es improductiva,
aunque se trate de una mercancía más que tangible; de hecho, el consumo de
carros de combate (de la energía de "nervios, músculos, cerebro" gastada hasta
tal punto) no puede, ni con la mejor buena
voluntad del mundo, reaparecer en el ciclo de creación de plusvalía, sino que
"cae fuera" de él. Improductiva es también la construcción de carreteras, puesto
que el consumo de carreteras no es "consumo productivo" ni creación de plusvalía
y rigurosamente también "cae fuera" de ella. Productivo sería el trabajo del
peluquero, en el caso de cortar el pelo a trabajadores productivos (lo que entra
en los costos para renovar su energía productiva de capital); el mismo servicio
sería entonces improductivo si se prestase a trabajadores improductivos. Incluso
la producción de automóviles, frigoríficos y lavadoras es improductiva en todos
los casos en que tales productos son consumidos por trabajadores improductivos;
la energía gastada con tal intensidad nuevamente
"cae fuera" del proceso reproductivo del capital conjunto.
En otras palabras: el capitalismo es sólo
sustancialmente posible si una parte suficientemente creciente (y que aumenta
con la acumulación de capital) del "empleo" es capaz de producir, en el contexto
de las relaciones mercancía-dinero, una identidad en sí mediata de "consumo
productivo", en la cual la producción y el consumo del valor interactúan, de
modo de hacer coincidir en amplitud suficiente forma-fetiche y
sustancia-fetiche. Rosa Luxemburgo planteó esta temática, pero no pudo
desarrollarla, pues su argumentación se restringía al plano superficial de la
"realización" (circulativa) de la plusvalía, en vez de analizar el problema a
partir del ciclo interno de reproducción del propio capital (que en el plano del
mercado sólo "aparece" indirectamente), o sea, a partir de las categorías de
trabajo productivo e improductivo. En tanto, su tesis de una dependencia
creciente de la acumulación del capital en relación a la renta monetaria de
"terceros" (que se hallan fuera de la verdadera reproducción productiva del
capital) se acerca al nudo del problema. Ciertamente Rosa Luxemburgo, hija de su
tiempo, todavía veía a estos "terceros" en el contexto de una producción de
mercancías precapitalista o no-capitalista (campesinos, artesanos, colonias),
cuyo poder de compra debía alimentar el mercado capitalista que se volvía
demasiado reducido debido al "subconsumo" estructural del proletariado
industrial. Así, el capitalismo parece depender, en el plano de la realización
del mercado, de los sectores no-capitalistas de la producción y de las zonas
no-capitalistas de la Tierra; en consecuencia, debería alcanzar su límite
absoluto a medida que absorbiese y asimilase estas zonas y sectores. Es verdad
que Rosa Luxemburgo menciona de pasada, entre los "terceros", a los propios
funcionarios públicos; pero aún no se le pasa por la cabeza que, exactamente al
contrario de su argumentación, el límite estructural del capital podría
consistir en el propio hecho de que su dinámica creara un número creciente de
sectores improductivos y de "terceros", cuyos réditos y cuyo consumo se
convirtiesen en una carga creciente, por fin insoportable para la reproducción
del capital/15. En efecto, el problema que Rosa Luxemburgo reconoció,
aunque al revés por así decir, se presenta justamente de esta forma: la parte de
gasto de fuerza de trabajo que no retorna a la circulación ampliada del capital
crece estructuralmente, hasta superar por fin el umbral crítico. Irónicamente,
se podría decir que los "costos empresariales" o los "gastos generales" de la
maravillosa economía de mercado crecen tan desproporcionadamente, que al fin
ella misma se vuelve no rentable, según sus propios criterios. La mayor parte
del trabajo terciario, estructuralmente en continuo crecimiento, no puede
retornar a la producción de plusvalía como "consumo productivo", y eso por
diversos motivos; en parte residen en la naturaleza o en el carácter de estos
mismos trabajos, en parte se trata de limitaciones externas.
En el caso de los trabajos de transacción puramente
comercial, jurídica o monetaria, lo que les impide entrar o retornar a la
producción sustancial de plusvalía es el carácter de simple mediación evocado
por Marx (aunque los "productos" que suministran aparezcan en el mercado); otros
productos no pueden asumir de partida siquiera la forma de mercancía, toda vez
que su consumo no es privatizable (por ejemplo, las medidas necesarias para el
mantenimiento de la calidad del aire); con todo, en una economía total del
dinero, también estos trabajos deben ser remunerados y aparecer en el mercado de
trabajo. Con otros productos (carreteras, canalizaciones, escuelas, hospitales,
etc.) es posible, en principio, una privatización del consumo (de modo más o
menos penoso); pero sería preciso reservar este consumo a una minoría capaz de
pagar, lo que entraría en contradicción con el carácter ubicuo de una
infraestructura social. La mayor parte de la infraestructura no puede ser, por
tanto, organizada como producción empresarial para el mercado (en ese caso, el
volumen de las rentas masivas debería ser el doble o el triple de lo alcanzable
en la economía de mercado). Diferente es sin embargo el caso de sectores
comerciales como el turismo: se podría discutir si se trata de un consumo
improductivo de lujo de unos pocos países ricos, mediado sólo por la singular
potencia en la apropiación y la redistribución de la plusvalía mundial (tres
cuartas partes de la humanidad no hacen turismo), o si ese consumo entra
parcialmente (en la medida en que es disfrutado por trabajadores productivos) en
los gastos productivos de reproducción, regresando nuevamente a la producción de
plusvalía/16.
El problema que surge aquí es sin embargo mucho más
complicado de lo que parece en los diversos discursos sobre la "Justicia", los
cuales muchas veces suponen que a los países pobres les es sustraída una parte
de "su" producción de valor, a través tal vez de presiones políticas, etc. En
verdad, es la propia "igualdad" del parámetro de valor lo que hace que los
países capitalistas con poco capital puedan apropiarse de una masa relativamente
menor en relación a países con mucho capital. El sistema de coordenadas no está
constituido por procesos autónomos "nacionales" de creación de valor, sino por
la creación de valor por parte del capital conjunto global, cuyo parámetro es el
nivel de productividad válido en el mercado mundial. Del mismo modo que un
capital singular empresarial obtiene en el mercado, no un valor "individual" de
acuerdo con la medida de su tiempo de trabajo efectivamente gastado, sino, a
través del precio realizable en el mercado, sólo una parte de la creación
conjunta del valor, según el nivel de productividad socialmente válido, así
también una economía nacional no puede obtener en el mercado mundial una masa de
valor correspondiente a su gasto nacional de trabajo, sino sólo a una parte de
la producción global de valor que corresponde a su productividad; y ésta es, de
hecho, relativamente más baja en los países con poco capital. Tanto en la
relación entre capital singular y capital conjunto, como en la relación entre
economía nacional y mercado mundial, la paradoja está en el hecho de que
aquellas empresas o aquellos países que, gracias a su productividad
relativamente más alta, crean menos valor (menos "trabajo coagulado" ficticio)
–siendo suficiente menos trabajo por cada producto, o sea, por cada empleo de
capital–, puedan apropiarse, en la competencia del mercado, de la mayor porción
de valor real (válido) producido por el capital conjunto mundial. Sin embargo,
en su estadio terminal, de una globalización inmediata del capital, esta
competencia demuestra el absurdo de la producción de valor y de plusvalía como
tal, como se verá más adelante.
Sea como fuere, es cierto que la industria del
turismo, por lo menos la del turismo de masas, constituye en el contexto de la
apropiación global de la plusvalía una zona gris en la distinción entre trabajo
productivo e improductivo. Aunque seguramente existan aún otros casos-límite,
otras zonas grises y formas "mixtas" de actividad, lo cierto es que, en
conjunto, aumenta incesantemente la parcela de los trabajadores improductivos
que (desde el punto de vista de la producción de plusvalía) representan nada más
que consumo social, o sea, "gastos generales". Las causas últimas son, por un
lado, el proceso de cientifización promovido por la competencia y, por otro, los
crecientes "costos de reparación" del hombre y de la naturaleza, provocados por
"daños sistémicos". Por medio de la externalización empresarial y de la conexa
racionalización de los "gastos generales" empresariales, se puede lograr
disminuir los costos del trabajo improductivo, pero esta disminución es
sobrecompensada por la expansión estructural de estos sectores, que son
"técnicamente" necesarios, a pesar de que no creen en sustancia plusvalía. Los
costos de las transacciones comerciales, monetarias o jurídicas, los costos
secundarios del consumo improductivo de lujo, los costos administrativos, los
costos de las infraestructuras y de los daños socio-ecológicos, los costos de
las condiciones generales y de la logística de la producción real de plusvalía
crecen de tal manera que esta última comienza a
asfixiarse.
______________
NOTAS
1..
Los intermediarios del dinero como mercancía son los
bancos, que dividen los intereses con los ahorristas. Pero es una exageración
decir "dividir", ya que por lo menos los ahorristas privados (no
institucionales) y sobre todo los llamados "pequeños ahorristas", como los
principales idiotas del dinero, generalmente deben contentarse con las migajas;
una fuente permanente de resentimiento filisteo de "pequeños" sujetos monetarios
y trabajadores compulsivos tensos. La fuerza del sistema bancario reside en su
poder concentrado de mediación en relación al dinero como mercancía. De ahí el
dicho: "El banco siempre gana".
2.
Esta expresión absurda surgió, al menos en Alemania,
sólo en los años 80, cuando el capital monetario internacional, bajo la presión
especulativa, indujo a los bancos y demás servicios financieros a inventar
siempre nuevas formas derivadas del movimiento monetario, que a semejanza de los
procesos industriales son designadas como "innovaciones de productos"
financieros por parte de una "producción
financiera".
3.
Las implicaciones para una teoría de la crisis que
pueden derivarse de este concepto del tercer volumen de El Capital fueron parcamente debatidas
en el marxismo, cuando no vistas con malos ojos. Este hecho revela en qué medida
los marxismos tradicionales adhieren todavía a una supuesta "seriedad" y
estabilidad capitalistas; una postura que evidentemente guarda vínculos
subterráneos con la idolatría del trabajo abstracto. En un texto reciente, Kurt
Hübner, de Prokla [revista berlinesa
cuyo título es el acrónimo de "Probleme des Klassenkampfs", Problemas de las
Luchas de Clases, T.], deja entrever que prefiere tratar el problema del
"capital ficticio" bajo el título de "formas del dinero y del crédito que
aumentan la elasticidad", en vez de tomar en consideración algo tan poco digno
de crédito como "un proceso ficticio de acumulación global" (Kurt Hübner, "Für
die Eröffnung der Debatte", en Konkret
7/95).
4.
En un sistema bancario desarrollado, el propietario
singular privado o institucional del dinero normalmente no se da cuenta de esto,
porque el perjuicio es cubierto con el fondo de garantías de los bancos.
Solamente cuando la no-coincidencia entre trabajo y dinero alcanza una dimensión
social mayor, la crisis se extiende de la producción de mercancías al sistema
financiero como tal y se manifiesta como crisis del sistema
bancario.
5.
Un aspecto de esta cuestión es que los mercados
financieros están sujetos a la habitual ley mercantil de la oferta y la demanda:
pagar los intereses de los créditos por medio de nuevos créditos aumenta la
demanda de capital financiero, lo que empuja hacia arriba el interés como precio
del dinero. El resultado, cuando las dimensiones de estos procesos son
suficientemente grandes, es la escasez de capital financiero, que al fin conduce
a un límite insuperable, a pesar de todos los trucos para obtener liquidez.
6.
En casi todas las grandes empresas que se
convirtieron al capital por acciones, no sólo el management empresarial "no activo" se
encuentra separado de los simples poseedores de los títulos de propiedad
jurídica, quienes ya no poseen casi ninguna influencia sobre las decisiones
reales de la empresa, sino que además, entre los propietarios jurídicos, las
"familias fundadoras" (como los Siemens, los Krupp, etc.) pasan poco a poco a
segundo plano en relación a los bancos, y se convierten en un insignificante
apéndice de lujo en la historia del capital; aun cuando como "soporte del
nombre" retengan todavía una aventajada cartera de acciones. El mismo proceso,
sólo que más acelerado, les tocó a los patriarcas de la segunda posguerra
alemana (Grundig, Nixdorf, etc.).
7.
Algunos ejemplos, tomados al azar: sobre la base de
los balances (que en general están "arreglados" o maquillados), en la primavera
de 1995 la cuota de capital propio de la Daimler-Benz aún era de casi el 55%, de
la AEG del 17%, de Viag del 20%, de Baiersdorf-AG del 35%, de Krupp-Hoesch del
15% y de la Klockner-Deutz de tan sólo el 8%.
8.
Como resultado del aumento estructural de las tasas
de interés, a pesar de todas las medidas contrarias (un proceso filtrado por la
mediación del mercado mundial, de manera que en países aislados es posible
intentar desarrollos de signo opuesto), no sólo crecen los costos previos para
una producción real rentable, sino que esta última, en lo que respecta al lucro,
tiene que enfrentar también la competencia de las rentas de las meras
inversiones financieras.
9.
En la medida en que podemos reconstruirlos, en los
primeros niveles de desarrollo y en muchas culturas no existe de hecho un
concepto abstracto de trabajo, sino solamente diversos conceptos concretos y
contextuales de actividad. Es cierto que en las culturas agrarias más
evolucionadas surgió un concepto evolucionado de trabajo, aunque no (como Marx
parece suponer) como un concepto lógico superior de actividad social, como
(supuesta) "abstracción racional" del pensamiento, sino más bien como una
designación de la actividad de los esclavos o de los menores ("lo que hace aquel
que es socialmente dependiente", aquel que no puede "pedir satisfacción"). Se
trataba, por tanto, de una abstracción social (negativa, peyorativa) y no de una
abstracción lógica del tipo "casa", "árbol", "fruta", etc. Sólo en el moderno
sistema productor de mercancías y en su contexto lógico e histórico surge la
categoría fetichista abstracta del trabajo, como concepto de universalidad
social de la actividad bajo la forma-mercancía.
10.
Ni siquiera tal determinación superficial y puramente
definidora de "trabajo productivo", que no permite ninguna delimitación
analítica, es respetada por los economistas de origen marxista. El ya citado
Kurt Hübner, al comentar las operaciones de "hedging" que ofrecen protección de
los riesgos típicos de las fluctuaciones de cambio en las exportaciones, afirma:
"Estas actividades concretas, aunque no creen plusvalía, deben ser comprendidas
en el sentido del trabajo distributivo y productivo de Marx, como parte
integrante del proceso laboral que genera plusvalía, o sea, como trabajos
productivos" (Hübner, op. cit.). Esta
definición no tiene el menor sentido, pues en ese caso todos los trabajos serían
trabajos productivos, en la medida en que el capitalismo no desperdicia trabajo
y en su esfera sólo ocurren las actividades "necesarias" para la reproducción
del capital. Tal necesidad puede subsistir también en un sentido externo,
técnico-organizativo, y por tanto sólo formal, sin ser esencialmente creadora de
plusvalía ni productora de capital (por ejemplo, en lo que se refiere a las
condiciones infraestructurales de la producción mercantil). En el plano lógico,
la actividad que crea plusvalía y el trabajo productivo son idénticos, aunque
existan actividades que sólo ingresan indirectamente en la producción de
plusvalía (por ejemplo, transportes y bienes de construcción). El "obrero
productivo integral" del que habla Marx cubre la totalidad de las actividades
que crean plusvalía y que entran en la producción real de mercancías; es preciso
distinguirlo conceptualmente de todos los trabajos, sean parciales o no (un
obrero puede también realizar en parte trabajo productivo, en parte trabajo
improductivo) que no entran en modo alguno (y por tanto ni indirectamente) en la
producción de mercancías que crea plusvalía. Al separar el concepto de trabajo
creador de plusvalía del concepto de trabajo productivo, Hübner anula toda
diferencia entre trabajo productivo y trabajo improductivo, puesto que así ya no
existe ningún criterio de distinción. Esta es naturalmente la solución más banal
del problema, que por lo demás coincide perfectamente con el concepto de
"creación de valor" típico de la economía política burguesa, que ignora
igualmente la distinción conceptual aquí discutida.
11.
Este debate, o se limitó a afirmar el productivismo
industrial normativo frente a la "inconfiabilidad" sociopolítica de criados aún
semifeudales (empleadas domésticas, etc.), que además perdían importancia a
medida que su número disminuía (así aún en Karl Kautsky); o entonces sólo se
centraba en la incipiente terciarización en el terreno del propio desarrollo
capitalista (bautizada parcialmente como "nuevas clases medias"), discutiéndola
desde un punto de vista puramente sociológico y estratégico, con la atención
puesta en las "alianzas" del "verdadero" movimiento obrero industrial. Por el
contrario, descuidó sistemáticamente las consecuencias para la reproducción
capitalista, y por tanto la importancia del problema para la teoría de la
crisis.
12.
Lo que en el plano empresarial significa una
disminución de costos corresponde siempre, tal como en otras formas de
racionalización, a una carga para el trabajador, toda vez que en las
microempresas especializadas el trabajo terciario es intensificado, al tiempo
que el salario es en general más bajo en comparación con el recibido por quien
trabajaba en el interior de las antiguas empresas (lo que resulta en parte de
las condiciones contractuales diferentes fuera de los sectores industriales bien
organizados sindicalmente). Incluso la precaria seudoautonomía forzada bajo la
forma de flotas externalizadas (sistemas de subcontratación en los servicios de
transporte) forma parte del carácter demoníaco de este tipo de terciarización.
Por norma, las empresas de servicios autónomos y externalizados son locales
terribles y bajo condiciones de trabajo brutales, en las manos de individuos
arribistas con aire de yuppies: un
producto típico del neoliberalismo.
13.
En muchos pasajes, Marx trata el problema de este
modo, por ejemplo en las "Teorías sobre la plusvalía" y en los "Resultados del
proceso productivo inmediato", sin que quede claro si se limita a adoptar el
punto de vista de la lógica del capital aislado, o si cree, de hecho, reconocer
aquí un cambio sustancial. Sea como fuere, es cierto que Marx no argumenta
siempre de este modo, sino que utiliza también el concepto de un trabajo
absolutamente ("en sí"), o sea en todos los casos, improductivo, refiriéndose en
especial a los sectores puramente comerciales que se ocupan de meras
transacciones de dinero.
14.
Esta argumentación desde el punto de vista de la
circulación fue elaborada hace ya seis años por Ernst Lohoff, en el número 6 de
nuestra revista [Krisis], en un
ensayo titulado "Consumo estatal y quiebra estatal", aunque se limitase a la
actividad estatal en sentido estricto, ya que su temática era una crítica al
keynesianismo. Además, en este ensayo, la determinación en términos de teoría de
la circulación todavía se encuentra disociada del concepto de trabajo
productivo, de manera que la fuerza del argumento tal vez haya pasado
inadvertida. Así podemos leer en el ensayo en cuestión: "Todos los productos que
[...] son gastados de manera improductiva, es decir, que no reaparecen en los
ciclos siguientes de la producción como elementos de un capital, se transforman
para el capital social conjunto en faux
frais, aunque el propio trabajo gastado en su producción deba clasificarse
claramente como trabajo que genera valor". Aquí se opera todavía con un concepto
abstracto y "definidor" del trabajo productivo, que parece independiente de la
teoría de la circulación, de manera que, paradójicamente, un trabajo
"claramente" productivo y creador de valor (implícitamente situado en el plano
del capital aislado) se presenta de forma súbita como faux frais en el plano del capital
conjunto y es gastado "de manera improductiva". El "trabajo improductivo" y el
"consumo improductivo" se separan conceptualmente. Además, el "consumo
productivo" depende sólo de que los productos aparezcan en el ciclo productivo
siguiente como elementos de "un capital", esto es, no como consumo estatal. Así,
aún no se ve que incluso "un capital" (o sea, un capital comercial aislado)
puede por sí ser tan improductivo como el consumo estatal. Sin embargo, ambas
incongruencias aparecen si –como establecimos arriba– el concepto de trabajo
productivo y creador de valor fuera deducido como tal exclusivamente en términos
de la teoría de la circulación, describiendo el problema en un plano de
abstracción más elevado que en la mera distinción entre producción capitalista
privada y consumo estatal. Si el concepto de trabajo productivo se liga, en
términos de la teoría de la circulación, al proceso del "consumo productivo",
todas las actividades y todos los productos que no se agotan en él se vuelven
automáticamente un consumo social improductivo, más allá de si en su forma
exterior son mediados por el Estado o por el capital privado. Sólo de este modo
se obtiene una definición del trabajo productivo transversal a los sectores de
reproducción, por medio de la cual puede descifrarse el propio carácter
ocultamente improductivo de aquella parte de la producción "material" e
industrial, cuyos productos son consumidos de modo improductivo.
15.
Así, la crisis estructural como límite absoluto del
capital se agrava desde el principio no en la esfera de los mercados de
mercancías, sino en la de los mercados financieros. Sin embargo, Rosa Luxemburgo
no incluyó sistemáticamente, en su teoría de la crisis, la cuestión del crédito
y la creciente relevancia del capital que rinde intereses, del mismo modo que
ignoró la cuestión conexa de la "revolución terciaria" (entonces sólo en sus
comienzos). Probablemente habría considerado ambas como sospechosas, por así
decir, ya que se veía forzada, tal como sus adversarios, a asumir
ideológicamente el punto de vista del proletariado industrial. Para ella, era
impensable que el capitalismo pudiera hundirse no por el aumento sino por la
disminución del proletariado industrial y por la simultánea expansión del sector
terciario y del "capital ficticio". Por eso en su teoría de la crisis se llega a
una consideración invertida de una problemática correcta; la crisis no consiste
en la desaparición de cierto tipo de "tercera persona" (los restos de los modos
de producción precapitalista), sino en el hecho de que un nuevo tipo de "tercera
persona" (resultado del proceso de tercerización) se vuelve estructuralmente muy
numeroso. Los enemigos de Rosa Luxemburgo, además, intentaron siempre refutarla
con argumentos que presuponían la expansión del capital industrial a largo
plazo.
16.
Estamos aquí ante un problema que Marx llamó "factor
moral" en los costos de reproducción de los trabajadores. En efecto, la fuerza
de trabajo humana no es una mercancía como cualquier otra –no sólo por su
potencia productiva de crear valor (que una lavadora posee tan poco como un
taladro, pues se trata sólo de cosas y no de seres con relaciones sociales),
sino también porque los "costos de producción" y los costos de reproducción de
la mercancía "fuerza de trabajo" no pueden ser objetivados del mismo modo que se
hace con las mercancías, que son cosas muertas. Incluso en las sociedades más
primitivas, los costos de reproducción de un ser humano no se agotan en la mera
capacidad física de sobrevivir –y mucho menos en las sociedades modernas
evolucionadas. Lo que entra en la reproducción de la fuerza de trabajo como
satisfacción necesaria de las necesidades está, por tanto, sujeto a cambios
históricos. Sin embargo, no se trata de una valoración "moral" en el sentido más
estricto, aunque incluso ésta sea posible en cierto sentido. Los niveles de
satisfacción de las necesidades se vuelven ahora extremos –aun en los países
industriales occidentales– en el interior de la fuerza de trabajo conjunta: los
procesos de empobrecimiento debidos a la reducción de los salarios por debajo
del nivel de reproducción, aun cuando las necesidades sean elementales,
contrastan con un consumo fetichista destructivo, que prevalece en otros
segmentos de la fuerza de trabajo (consumo irracional de los recursos y del
paisaje, consumo directo de la destrucción, etc.). Sin embargo, en el plano
económico no cuenta la valoración cualitativa del nivel de reproducción, sino la
cuestión de qué factores de la satisfacción de las necesidades tienen vigencia
cuantitativamente en un momento histórico dado, y cuáles no. En el ámbito del
"capital en general", la teoría de Marx, como es sabido, abstrae la mediación
del mercado mundial, lo que sin embargo puede generar distorsiones también bajo
este aspecto. Esto vale sobre todo cuando ciertos factores en el nivel de la
reproducción de la fuerza de trabajo conjunta de una economía nacional se basan
en el hecho de que, a través de la posición más fuerte en el mercado mundial, es
apropiada y redistribuida una parte superdimensionada de la plusvalía real
mundial. Esta redistribución, a título de mero consumo suplementario de lujo, va
más allá de los costos de reproducción de la fuerza de trabajo y es tan
improductiva como el consumo estatal, pagado con cantidades de valor excedentes.
Sólo en un plano superficial esta situación hace recordar el teorema de Lenin
sobre la "aristocracia obrera", ya que en éste sólo se trata de hecho de un
juicio político moral ("corrupción"), pero no del verdadero nivel económico del
sistema: ni en sueños habría pensado Lenin en debatir explícitamente esta
cuestión desde el punto de vista de la crisis, en el contexto de la diferencia
entre trabajo productivo e improductivo. Cuál es en todo esto el papel del
turismo y de su "industria" debería ser objeto de una investigación
específica.
Segunda Parte
4. Terciarización, capital que rinde intereses y
crédito estatal
Para evitar esta asfixia es necesaria una nueva
intervención del crédito, o sea del capital que rinde intereses, cuya parte en
la reproducción aumenta una vez más de manera vertiginosa. A los costos del
crédito para la producción industrial de plusvalía, que aumentan en gran escala
a causa de la creciente parcela del capital constante, se suman ahora los costos
del crédito, también en aumento, para las condiciones generales y de
infraestructura del mercado total. De este modo, no obstante, el problema se
agrava enormemente. De hecho, si en el primer caso los créditos siempre
crecientes todavía son por lo menos utilizados en la efectiva producción de
plusvalía (aunque poco a poco surja el riesgo de una desproporción entre los
costos del crédito y la plusvalía de él resultante), en el segundo caso el
crédito tiene que ser completamente pulverizado en un consumo improductivo. En
cuanto se trata de sectores comerciales improductivos, éstos presionan
indirectamente sobre la tasa de intereses del conjunto social; cuando se trata
de sectores de infraestructura mediados por el Estado, por los costos
socioecológicos, etc., el resultado es una presión tributaria directa sobre los
salarios y beneficios, o entonces el propio Estado tiene que recurrir al
crédito, no bastándole ya sus ingresos reales/17. La parcela creciente de trabajo improductivo se
verifica todavía en una forma modificada en el cálculo de los sujetos económicos
como costos crecientes (de la parte de los "gastos generales" sociales mediados
por el Estado, por ejemplo bajo la forma de "encargos salariales"), que no sólo
son pretexto para jeremíadas según el lema empresarial "aprende a gemir sin
sufrir", sino que también se vuelven, de hecho, un problema para la reproducción
social.
Además, es preciso considerar otro fenómeno, poco
observado por la teoría. En la misma medida en que aumenta la parcela de los
sectores improductivos en la reproducción conjunta, otra parte creciente de la
misma producción industrial se convierte en estructuralmente improductiva. Ese
simple hecho resulta –como demostramos– de una consideración en términos de
teoría de la circulación. La masa de trabajadores improductivos –que aumenta
inexorablemente y que es pagada sólo con dinero crediticio, renovado siempre con
créditos nuevos– tiene, naturalmente, que comer, beber y habitar, aparte de
conducir coches, consumir televisores, frigoríficos, etc. Como sin embargo este
consumo no es productivo y no retorna, por tanto, a la producción de plusvalía,
eso significa solamente que, de forma indirecta, una parte creciente de la
producción industrial depende, paradójicamente, de sectores improductivos
financiados con créditos.
La paradoja está en el hecho de que, por un lado, los
sectores improductivos deben ser alimentados en última instancia (no importa
cuáles sean las mediaciones) por la producción real de plusvalía, al tiempo que,
por otro lado, la producción industrial, como agente principal de la creación de
plusvalía, se vuelve ella misma, debido al creciente consumo de trabajadores
improductivos, cada vez menos (o, hoy en día, sólo aparentemente) una producción
real de plusvalía, siendo alimentada por las rentas improductivas. La distinción
decisiva entre trabajo productivo e improductivo no coincide con las relaciones
absolutas de grandeza entre la producción industrial nominal y el "sector
terciario", sino que –considerada en términos de teoría de la circulación– es
transversal a ellas. En verdad, la producción industrial de base depende del
crédito no sólo a la primera potencia, esto es, debido al financiamiento del
propio capital fijo, sino también a la segunda potencia, porque depende de
mercados de bienes de consumo financiados con créditos/18. Si el consumo estatal y el crédito estatal,
compactados como en una avalancha, desempeñan aquí un papel central, esto
también depende, está claro, del hecho de que el Estado (a diferencia de una
entidad privada que toma créditos) es considerado como un "deudor infalible": lo
que significa, sin embargo, que, en caso de una gran crisis monetaria y
crediticia, el Estado no se declarará en quiebra, sino que simplemente
expropiará a sus ciudadanos-acreedores/19.
5. Globalización e industrias
fantasmas
Hasta ahora, sólo se trató del concepto de trabajo
improductivo en sentido absoluto ("en sí"), en el plano del capital conjunto, de
la manera como puede ser analizado, en su aspecto multifacético, en términos de
la teoría de la circulación. Pero no menos relevante es el ascenso dentro del
sistema industrial de la parcela de trabajo que sólo es improductivo en un
sentido relativo. Como se sabe, una actividad productora de mercancías es
improductiva en sentido relativo, independientemente de sus demás
características, cuando su productividad (la relación entre trabajo gastado y
resultado de la producción) cae por debajo del nivel social dado, esto es, por
debajo de la productividad media social. Obviamente, es decisivo el campo de
acción de ese nivel, es decir, la cuestión de si ese campo es una región, una
economía nacional o un mercado mundial. Habitualmente, una producción de
mercancías limitada regionalmente aún no se organiza del todo según la
racionalidad empresarial y sólo se vincula indirectamente a la valorización del
capital (la llamada pequeña producción de mercancías, artesanado, talleres de
reparación, etc.). En este plano, la presión de un patrón social siempre más
elevado no actúa todavía, o sólo lo hace en pequeña medida. Únicamente en el
plano de las economías nacionales cohesionadas en el curso de la historia se
afirma también, a la par de la "tasa media de ganancia", una productividad
social media en los diversos sectores, que se vuelve un diktat para las empresas.
Distinto, a su vez, es el caso del mercado mundial.
Aquí no hay algo como una media mundial, sino que prevalece el nivel de
productividad de los países más desarrollados. La causa es simple: una media
social sólo puede desarrollarse en la base de una contemporaneidad histórica, o
sea, en el ámbito de economías nacionales históricamente maduras, cuyos sectores
productivos se originaron en un nivel común y pueden, así, en el proceso
constante de cientifización, aumento de intensidad de capital, etc., elaborar un
parámetro común de productividad. La situación es diferente cuando sistemas
industriales con diversos niveles históricos de desarrollo entran en contacto
sin filtros. En vez de la formación de un nuevo nivel medio (como supone
erróneamente Paul Mattick), lo que bajaría rápidamente el nivel de las economías
nacionales más desarrolladas (desarrolladas en cuanto las primeras en "ingresar"
en la industrialización y en la capitalización), lo que ocurre es la
aniquilación y la liquidación de la producción no contemporánea y poco
productiva/20.
De nuevo es el Estado el que debe intervenir, tanto
para buena parte de los "gastos generales" internos del sistema productor de
mercancías, como en lo que se refiere a las presiones externas de la
competencia. El medio más simple con que se filtra la desigualdad –o no
contemporaneidad– es uno puramente administrativo: erigir barreras aduaneras.
Sin embargo, tal medio sólo funciona cuando la integración en el mercado mundial
es relativamente baja, con el consiguiente aislamiento en relación a los
progresos tecnológicos alcanzados en el mundo y con el rápido estancamiento de
la productividad. Después que la mediación con el mercado mundial alcanza un
grado más elevado, se vuelve súbitamente claro que el aislamiento aduanero
comporta costos notables, ya que todo lo que no se puede dejar de importar debe
ser adquirido a los precios de mercado mundial, y por lo tanto es necesario
primero obtener divisas con las propias exportaciones. Con las barreras
aduaneras, se puede proteger la propia industria subproductiva de la competencia
extranjera más competitiva, pero cuando es preciso exportar los propios
productos para obtener divisas, éstos sólo pueden ser vendidos a precios del
mercado mundial., o sea, de acuerdo con el nivel de productividad de los países
más desarrollados que dominan el mercado mundial. En consecuencia, se delinea
rápidamente una dicotomía en los terms of
trade [términos de intercambio], esto es, cantidades siempre mayores del
propio trabajo deben ser intercambiadas por cantidades siempre menores de
trabajo ajeno/21. Tal circunstancia suscitó la
temática ilusoria del comercio "justo" o "injusto".
La situación se agrava por el hecho de que los
impuestos elevados sobre la importación provocan como contrapartida impuestos
igualmente altos para las propias mercancías exportadas a otros países,
convirtiendo el problema de las divisas en aún más grave. Al fin de cuentas, al
Estado no le queda más remedio que subvencionar las propias industrias, sea para
salvarlas en el mercado interno, incluso en el caso de una reducción de las
tarifas aduaneras, sea para volverlas artificialmente competitivas en los
mercados de exportación (subvenciones a las exportaciones). Ahora bien, esas
subvenciones devoran tanto más créditos cuanto mayores son las partes de la
industria atrasadas en lo que se refiere al nivel global de productividad,
definido por los primeros en la clasificación. En el caso de industrias aisladas
(minería, siderurgia, industria naval, textil y calzado, muebles, etc.), esto
también se aplica a los propios líderes del mercado
mundial.
La tan evocada globalización de los mercados
financieros y de productos, la descomposición internacional de los procesos
productivos y la competencia global para ofrecer las más convenientes
localizaciones para la producción, comienzan hoy a desintegrar la propia
cohesión de las economías nacionales. En el fondo, unos pocos centros de
producción altamente productivos, distribuidos por el globo según el criterio de
los costos más bajos (el "factor oferta" de los monetaristas), podrían inundar
de mercancías el mundo entero, aniquilando la mayor parte de las industrias
existentes. El resultado sería naturalmente el derrumbe del ya precario poder de
compra global; el sistema productor de mercancías demostraría con eso su propio
absurdo, no solamente en términos estucturales y de economía interna, sino
también en el plano del mercado mundial. Una vez más, por tanto, el crédito
estatal tiene que ser dilatado hasta el infinito, y los gastos junto a las
subvenciones superan todos los límites conocidos hasta ahora. Para muchos
países, este factor ya constituye la parte más importante de todo el crédito. La
alternativa sería el colapso total de estas economías nacionales; la
reproducción capitalista se volvería entonces extraordinariamente minoritaria,
restringida a unas pocas "islas de productividad" para el mercado mundial,
mercado este que, al generalizarse tal estado de cosas, dejaría de existir.
Actualmente, a pesar de las declaraciones ideológicas en sentido contrario, los
costos del crédito para las subvenciones continúan creciendo necesariamente a
escala mundial. En verdad, crece la parte del sistema industrial global que ya
depende directamente (o sea, no sólo a través del consumo de los crecientes
sectores improductivos) de la simulación crediticia; desde el punto de vista de
la lógica del sistema, se trata de meras industrias-fantasmas, generadas y
mantenidas en vida artificialmente/22. Después
de los crecientes costos crediticios para la producción verdadera y propia de
plusvalía, y de la creciente parcela de trabajo estructuralmente improductivo y
financiado a través de créditos, nos encontramos aquí frente a la tercera figura
de la dependencia del conjunto de la sociedad en relación al
crédito.
6. Desustancialización del dinero e inflación
estructural
Sumando las tres figuras de la dependencia
estructural del crédito, queda claro que la distancia inexorablemente creciente
entre dinero crediticio y sustancia abstracta del trabajo del sistema debe
conducir al colapso. Esto significa que, durante un período de incubación, que
duró varias décadas, las cadenas crediticias se prolongaron cada vez más,
adelantando un futuro siempre más distante. Las instituciones financieras
crecieron entonces a escala secular/23,
acompañadas por la explosión del crédito estatal. La nueva etapa de desarrollo
del capitalismo, que anuncia no sólo su apogeo, sino también su límite absoluto,
fue alcanzada con la Primera Guerra Mundial. Teóricos del movimiento obrero tan
distintos como Lenin o Rosa Luxemburgo (como vimos, esta última llegó a insinuar
el problema, en un nivel de reflexión mucho más alto que el del "politicista"
Lenin) intuyeron algo cierto cuando hablaban de la "etapa última y suprema"
(Lenin) y hasta de "colapso" (Luxemburgo); sólo que esta "etapa" no terminaría
su recorrido sino al final de este siglo, y que el límite histórico efectivo ya
no puede ser aprehendido adecuadamente con los conceptos de entonces, puesto que
ello supera el propio horizonte histórico del antiguo movimiento obrero como
tal.
Antes de la Primera Guerra Mundial, el capitalismo
era apenas un segmento (aunque en continua expansión) de la reproducción social,
y aún no había invadido todos los sectores productivos; el Estado no había
asumido todavía una función determinante en el proceso de reproducción y se
financiaba principalmente por medio de impuestos (un presupuesto cercano al
equilibrio entre gastos e ingresos se consideraba la condición fundamental de
una política seria); dinero en sentido estricto era el metal precioso (sobre
todo el oro), lo que equivale a decir que el papel-moneda en circulación era
siempre convertible en oro. Estos tres elementos se disolvieron con la Primera
Guerra Mundial que, como la Segunda apenas dos décadas más tarde, se revelaría
un gigantesco acelerador del desarrollo capitalista. La guerra industrializada
no sólo abrió de par en par las puertas para la subsiguiente victoria de las
industrias fordistas y para una penetración capilar del capital en la sociedad
como un todo, sino que también obligó al Estado a asumir la responsabilidad
(obviamente preparada hacía mucho tiempo) de la logística y los "gastos
generales" de este proceso.
Los contemporáneos no se dieron cuenta de ello; desde
el principio la mayor parte veía en el nuevo curso sólo una interrupción de la
supuesta normalidad por la guerra. Pero luego se hizo evidente que no podía
haber un retorno a las estructuras de preguerra. La "crisis financiera del
Estado tributario" se convierte en el gran tema que, hasta después de mediados
del siglo, dio origen a innumerables y ardientes polémicas (Rudolph Goldscheid y
Joseph Schumpeter en 1917/18, James O´Connor en 1973, Klaus-Martin Groth en
1978, etc.). Desde 1914/15 hasta hoy, esto es, a lo largo de 80 años, fueron
sacudidas todas las bases de la economía estatal, de la teoría monetaria, de la
política económica y financiera. Durante todo este tiempo, el crédito estatal
creció casi ininterrumpidamente, y la teoría no hizo sino reaccionar a este
proceso desconcertante; primero asombrada, después cada vez más intrépida y
relajada. Si la peligrosa expansión de las finanzas estatales más allá de todos
los ingresos reales todavía era considerada, al final de la Primera Guerra
Mundial, como un fenómeno pasajero, una crisis a ser superada, Keynes y el
keynesianismo tuvieron que elevar de prisa los nuevos fenómenos a la categoría
de una nueva normalidad que, como Schumpeter había observado precozmente , no
implicaba un colapso global inmediato. Poco a poco, se concluyó que nunca se
daría el colapso estructural, inducido por la expansión del sistema
crediticio.
Casi los mismos temores y casi el mismo alivio por la
conclusión de la alarma se repitieron hacia el final de los años 70, cuando
nuevamente se impusieron a la atención los límites del endeudamiento no sólo de
los Estados Unidos con su consumo de potencia mundial, sino del "Estado
tributario" en general (en Alemania, el apogeo de la crisis estuvo marcado por
el conflictivo fin de la coalición entre liberales y socialdemócratas). Al no
verificarse tampoco entonces el big
bang, todos se tranquilizaron de nuevo y se desplegó un estado de espíritu
de desenvoltura sin igual desde el comienzo de la desproporción estructural
entre trabajo (productor de capital) y dinero. Cuanto más se autonomizaba el
sistema de crédito, más las noticias temibles y las crisis de otrora se
transformaban en "contradicciones secundarias" inocuas y en principio fáciles de
resolver/24. Un argumento interesado e
históricamente ciego, que aparece muchas veces en ese contexto, es la afirmación
de que el problema no sería propiamente nuevo; en todos los siglos a partir del
Renacimiento, e incluso en la famosa Roma antigua, habría existido un alto
endeudamiento estatal, sin que ello condujera al colapso.
Quien así argumenta no sabe de qué habla. No es
posible, de hecho, ni en sentido absoluto ni relativo, comparar los ejemplos del
pasado con el desarrollo registrado después de la Primera Guerra Mundial. El
endeudamiento excesivo de los Estados o dinastías no era estructural en el
sentido del siglo XX; o estaba vinculado a la financiación (temporal) de
guerras, o (en caso de que fuese más duradero) a los gastos de la Corte, etc.,
pero nunca se extendió a la reproducción social como tal, convirtiéndose en su
alma. La "ley de la cuota creciente del Estado" (sobre el producto interno), ya
enunciada en 1863 por Adolph Wagner, economista y "socialista de cátedra"
alemán, y enteramente confirmada en pleno desarrollo real, apunta a la nueva
cualidad del endeudamiento estatal, bajo las condiciones de reproducción
totalmente capitalistas y cientifizadas/25. Se
creó así una situación completamente nueva: el problema de las finanzas
estatales, y por tanto del capital ficticio en la forma del crédito estatal, ya
no se refiere sólo al aparato estatal, sino que de él depende la propia vida
social organizada según la forma mercancía.
En un nivel elevado de cientifización y de
intensificación del capital, los gastos generales y las condiciones
infraestructurales del proceso de creación de valor empiezan a ahogar la propia
creación de valor, lo que se hace evidente en una paradójica inversión de la
relación entre Estado y sociedad: ya no es la sociedad la que nutre al Estado,
para que éste se encargue de los "asuntos generales", sino que por el contrario
es el Estado el que debe alimentar a la sociedad con el "capital ficticio", para
que ésta pueda mantenerse en su forma vuelta obsoleta de sistema productor de
mercancías. El proceso por el cual masas cada vez mayores de trabajo futuro son
hipotecadas y "capitalizadas", el nutrirse vampíricamente del futuro, abarca
ahora tanto a la reproducción del capital como a la reproducción del Estado, y
las dos formas de dependencia del crédito se entrelazan. Pero así la búsqueda
monetaria de crédito estatal entra en competencia con la búsqueda monetaria de
crédito empresarial, elevando definitivamente a las alturas las tasas de
interés, independientemente de los movimientos cíclicos. De tal modo, el Estado,
después de haberlo asumido, pierde el control de la política económica y
financiera, toda vez que su búsqueda insaciable en los mercados de crédito
impide una política coherente, en el sentido de la disminución de las tasas de
interés/26.
Naturalmente, la necesidad desenfrenada de crédito no
podía permitir que el dinero conservase la forma que mantuviera hasta entonces.
Tenía que caer por tierra la convertibilidad en otro y, por tanto, la real
sustancia-valor de los sistemas monetarios. Ya la fase inicial del conflicto
mundial había demostrado que no era más posible financiar una guerra
industrializada con dinero basado en oro; el desarrollo ulterior mostró que la
movilización y la capitalización totales fordistas, desencadenadas por la guerra
mundial, tornaban irreversible incluso en los sectores civiles el aumento del
consumo estatal financiado con créditos. Aunque Keynes viese aún el consumo
estatal como una medida temporal de emergencia para "poner en movimiento" la
coyuntura, y por tanto como una intervención sobre todo externa, se trataba en
verdad –como se hizo evidente después de la Segunda Guerra Mundial– de un cambio
estructural duradero, fruto de las necesidades internas del sistema. El programa
keynesiano supuesto para hacer frente a las crisis (deficit spending) ["gasto deficitario",
o política consistente en gastar fondos obtenidos en préstamo] se transformó en
un horno siempre caliente para quemar el futuro hipotecado. Por supuesto, así se
volvió del todo imposible un regreso al gold standard [patrón oro], pues las
masas de dinero crediticio ahora necesarias no podían de ninguna manera ser
relacionadas con una auténtica sustancia-valor del dinero/27.
Dicho de otro modo: la desustancialización del propio
dinero se hizo realidad. Para el punto de vista superficial de la teoría
económica burguesa –que nunca consiguió comprender las supuestas implicaciones
"filosóficas" del concepto económico de valor y que ya hace mucho se limitó, en
el plano práctico, a producir manipulaciones de técnica financiera o a formular,
en el plano teórico, platónicos modelos matematizados–, eso no era naturalmente
una catástrofe. Así, a partir de Keynes todos se esforzaron por asegurar que el
oro era solamente un "metal bárbaro", sin ningún significado monetario ya. Está
claro que nadie se preguntó si la mediación social monetaria y el automovimiento
fetichista del "valor" no serían ellos mismos un primitivismo bárbaro, que al
fin de cuentas no le iban a la zaga al "bárbaro metal". La desustancialización
del dinero significa nada menos que su desvalorización efectiva, y por tanto la
pérdida de una función monetaria esencial: la de medio de conservación del
valor.
En otras palabras: la conservación del valor a través
del dinero reposa, después de la pérdida de la convertibilidad en oro, sólo
sobre la convención y la aceptación subjetiva, pero ya no más sobre un
fundamento objetivo. Esto significa que la conservación del valor por parte del
dinero se halla indisolublemente ligada a los tiempos de bonanza económica, pero
que no superaría una crisis más profunda de la reproducción. Así, el sistema
desactivó su propio dispositivo interno de seguridad. Se vislumbra ya aquí la
cuarta figura de la desvinculación entre "trabajo" y "dinero", sin la cual en
verdad las otras no habrían podido desarrollarse: ésta se sitúa en el plano y en
la forma del propio dinero. La consecuencia lógica de esta desustancialización
estructural del dinero es necesariamente la inflación estructural.
Todavía en esta perspectiva, son muy precipitadas las
declaraciones tranquilizadoras de los economistas keynesianos (y también de gran
parte de los marxistas). No constituye ni media verdad siquiera la afirmación
según la cual la acelerada y alta inflación de los precios, con ocasión de la
disminución explícita o velada del contenido en metales preciosos a través del
rebajamiento de la moneda en la Baja Edad Media, o con ocasión de la supresión
de la convertibilidad de los papeles moneda en oro o plata (por ejemplo, el
famoso papel moneda de ley en la época del absolutismo en Francia, las órdenes
de pago del gobierno revolucionario francés o el dólar-papel en la guerra civil
norteamericana) sería sólo una consecuencia de la falta de hábito o de técnica
financiera. De hecho, la desvalorización temporal de la moneda en el pasado no
fue superada a través del uso habitual del dinero desustancializado, sino por el
contrario a través de la imposición generalizada del gold standard. Además, las economías de
guerra de ambos conflictos mundiales fueron seguidas por una drástica
desvalorización monetaria, que comenzó obviamente con la Alemania vencida: en
1923 como hiperinflación y en 1945-48 como shock deflacionario (invalidación de
los depósitos y papeles-moneda).
Es también en la época de la expansión keynesiana del
crédito (sobre todo del crédito estatal), después de la Segunda Guerra Mundial,
cuando la inflación se volvió omnipresente; y justamente en ese período cuando
pasó de oscilación temporaria a condición estructural estable. En esta inflación
estructural estable –que puede ser ocasionalmente reducida con intervenciones de
política monetaria de los bancos emisores y de los legisladores, pero nunca
enteramente eliminada–, la masa oculta del trabajo improductivo surge a la
superficie monetaria y en el cálculo de los sujetos económicos, así como en el
creciente aumento de los costos salariales y del pago de intereses sobre los
créditos de las empresas, del Estado y de los consumidores. Si esta inflación
estructural se mueve en un plano relativamente bajo, por lo menos en los países
de la OCDE, ello se debe por un lado a la coyuntura que todavía "avanza" (aunque
ya se perciben profundos fenómenos recesivos), y por otro también a la parcial
externalización del problema hacia las regiones perdedoras del mercado
mundial/28.
Gracias a su ventaja en la productividad y en la
intensidad de capital, las metrópolis industriales pudieron durante mucho tiempo
absorber la mayor parte de la plusvalía global y mantener su acceso al crédito
internacional, más allá de los mercados financieros nacionales; al tiempo que la
periferia y los atrasados históricos, para mantener un mínimo de reproducción,
tuvieron que recurrir cada vez más a la creación estatal de dinero sin
sustancia, o sea, a la inflación del papel moneda. Con todo, en virtud del
proceso de globalización a partir de los años 80, también los viejos centros
capitalistas se hallan cada más próximos a esta situación. La financiación
temporal a través de emisiones de papel-moneda, típica de la economía de guerra
durante los conflictos mundiales, no sólo se repite hoy en gran parte del mundo,
sino que se ha vuelto ya la condición duradera de la reproducción social como
tal. Este fenómeno debería ser considerado como la quinta figura de la
desvinculación entre "trabajo" y dinero, pues aquí el dinero desustancializado
ya no pasa siquiera por los mercados financieros regulares; antes bien, la
reproducción social bajo la forma mercancía es alimentada directamente con
volúmenes de moneda creados de la nada, con base en la simple decisión
estatal.
En América Latina, en África, en muchas áreas de Asia
y en el propio este europeo, estamos ante un fenómeno totalmente nuevo de los
ciclos hiperinflacionarios, esto es, de un movimiento de la economía que no
sigue más el ciclo "regular" de la acumulación de capital, sino el ritmo de la
emisión de papel-moneda, en una cadena ininterrumpida de desvalorización y
recomposición de la moneda. En realidad, no es exagerado hablar hoy del colapso
global de la economía monetaria (y por tanto de la moderna "sociedad del
trabajo" y del respectivo sistema de mercado). Sólo el viejo eurocentrismo –que
a este respecto curiosamente es bien poco criticado– impide una valoración
adecuada de la real evolución mundial. Mientras Occidente se encuentra por ahora
en la fase de inflación estructural de bajos índices de la posguerra, la
abrumadora mayoría de la humanidad tiene que convivir ya con una inflación de
dos o tres dígitos, o con la hiperinflación a tasas entre mil y un millón por
ciento. La tasa global de inflación per
capita ya debe haber alcanzado entre tanto los tres dígitos. Este hecho
demuestra que el trabajo improductivo global superó un umbral histórico crítico,
tanto en sentido absoluto como relativo, y que la sociedad mundial cientifizada
ha crecido demasiado para caber en las formas del sistema productor de
mercancías.
______________
NOTAS
17.
Naturalmente, los intereses del crédito estatal
tienen que ser pagados, como los del crédito comercial. Sin embargo, el supuesto
lógico del crédito es que sólo en el caso de un uso capitalista real, con
producción real de plusvalía, es posible "obtener" los intereses necesarios para
pagar. En el crédito estatal, las cosas son distintas desde el comienzo, porque
éste desaparece por entero en el mero consumo social. Ahora bien, las rentas
provenientes del pago de los intereses por parte del Estado son tratadas "como
si" fuesen consecuencia de una producción real de plusvalía. Por eso, entre los
agregados del "capital ficticio", Marx señala el crédito estatal, la
especulación comercial con simples títulos de propiedad y el volumen "podrido"
de metacréditos que cubren créditos ya perdidos.
18.
Recuérdese que también el consumo privado, tanto de
los trabajadores productivos como de los improductivos, es estirado con créditos
al consumo. Así, los trabajadores hipotecan anticipadamente sus salarios
futuros, del mismo modo que los capitales hipotecan anticipadamente sus
ganancias futuras. Esta dimensión suplementaria del sistema crediticio efectúa
una ruptura aún más profunda entre el dinero y su sustancia real.
19.
Nuevamente, el ya citado Kurt Hübner demuestra cuán
poco se comprende esta circunstancia estructural. Afirma que "no se puede tomar
en serio la afirmación de que el 40% al 60% de los asalariados son directa o
indirectamente funcionarios públicos". ¿Pero qué significa que la llamada cuota
estatal llegue justamente al 40% o 60% del producto interno? Significa
exactamente que ahora el Estado no es sólo el más importante "empleador", sino
que también una parte de las ocupaciones no estatales tienen que depender
directamente del Estado, a través de diversos niveles de mediación. Está claro
que no todo empleo que depende del Estado llega a ser financiado con el crédito,
sino sólo una parte (creciente); de lo contrario, el sistema ya estaría en
ruinas hace mucho tiempo. El hecho de que Hübner se niegue a ver el problema tal
vez se deba a la filiación de aquella izquierda "politicista" que ve como
decisiva la "intervención política" en el sistema productor de mercancías
insuperado (porque en su cabeza es insuperable). Se quiera o no, esta izquierda
depende de la expansión de la capacidad financiera estatal y, así, del alcance
del crédito estatal.
20.
Marx demostró esta hipótesis basándose en el ejemplo
de la producción textil india del siglo XIX, que fue aplastada por la producción
industrial inglesa –un proceso que podría repetirse hoy entre la India y
Occidente, o entre la India y el sudeste asiático, en el caso de una apertura de
los mercados indios por imposición de la reforma neoliberal. El mismo principio,
además, fue la causa del súbito colapso de la industria de Alemania Oriental
después de su integración sin amortiguadores en Alemania Occidental. La letanía
hoy ya moribunda de la vieja izquierda antiimperialista sobre el "intercambio
desigual" abordaba el problema no con categorías económicas, sino con
inadecuadas categorías morales; en el fondo, siempre se trataba de la simple
reivindicación de un patrón mundial medio de productividad, económicamente
absurdo para los niveles productivos no-simultáneos –reivindicación no menos
ilusoria que la del "Estado mundial". Esto demuestra que la izquierda
tradicional sólo lograba pensar con los conceptos burgueses de una producción de
mercancías insuperada y con las categorías de la economía nacional
fantasmagóricamente extrapoladas a la sociedad
mundial.
21.
En rigor, incluso la medida puramente administrativa
de las barreras aduaneras no está exenta de costos; de hecho, es necesario
emplear personal, surge el problema de la vigilancia, del contrabando, etc. Como
se sabe, hasta el prototipo de una medida semejante en gran estilo, el "bloqueo
continental" de Napoleón contra Inglaterra, fracasó estruendosamente.
22.
Con increíble ingenuidad económica, lo que quedó del
antiguo radicalismo politicístico de izquierda, en su adoración negativa de las
glorias del capitalismo, simplemente estima el número de empleos en China,
India, etc., sin ninguna conciencia del problema tratado aquí. Rainer Trampert y
Thomas Ebermann, los ex campeones de la izquierda radical del Partido Verde
alemán, creen poder refutar el pronóstico de una gran crisis, "demostrando" que
al capitalismo no le falta trabajo y que globalmente la producción de plusvalía
se encuentra de hecho en ascenso. Sin embargo, estos empleos suplementarios, o
son directamente "sin sustancia", esto es, simulados por medio del crédito
estatal; o son empleos creados por la industrialización volcada a la exportación
en el marco de la reforma neoliberal, que implican una apertura forzada al
mercado mundial y por tanto una liquidación colosal de empleos, hasta ahora
"protegidos" (simulados) en las industrias organizadas o subvencionadas por el
Estado y poco rentables desde el punto de vista del mercado mundial. Por cada
nuevo empleo en la industrialización "abierta" volcada a la exportación, se
calcula en el país correspondiente la pérdida de 10 a 100 empleos en la
industria interna (y en la agricultura) antes simulados a través de créditos.
Tal balance negativo no fue ratificado con coherencia en ninguna parte, pero la
ruptura entre subvención interna y apertura al mercado mundial se vuelve
necesariamente un todo-o-nada: las dos cosas no pueden marchar juntas. Tanto en
relación a los empleos y a la cantidad de trabajo, como en relación a la
creación de plusvalía a escala mundial, se trata de un balance en última
instancia negativo, que tendrá inevitablemente que ver la luz.
23.
En los años años 70 y 80 ocurrió un nuevo salto, que
hizo que el sistema financiero se convirtiese en uno de los pilares más
importantes del crecimiento, tanto en lo que respecta al empleo como al producto
interno; un indicio de cuán obsoletas estaban las categorías de la economía
política y de hasta qué punto se agravaba la crisis
estructural.
24.
Esto vale tanto para la teoría económica burguesa,
si es que todavía existe, como para el debate marxista y su apéndice en la nueva
izquierda, hoy casi atrofiado. Ya Rosa Luxemburgo se apresuró a asegurar que
obviamente el colapso no sucedería en realidad, pues antes el proletariado
"tomaría el poder"; en respuesta a sus críticos, llegó a oponer a su teoría de
la crisis la teoría de un fin del capitalismo a través de la caída de la tasa de
ganancia, que a su juicio podría prolongarse "hasta el día en que el sol se
apague". El repudio instintivo de un límite "objetivo" y absoluto del
capitalismo barrido por la crisis llevó al marxismo a reconocer tal límite
interno sólo en un sentido puramente lógico y no en un sentido históricamente
determinable. En los epígonos y en los restos del marxismo, esta relación se
invierte con una ironía sin igual: en la medida en que el "límite interno" se
vuelve de hecho históricamente tangible, se lo considera como inexistente
también en su sentido lógico. La restante izquierda y ex izquierda participa con
ahínco cada vez mayor en la simulación a todos los niveles del sistema productor
de mercancías.
25.
Obviamente, no se puede derivar de aquí un
socialismo vulgar de Estado, como en su tiempo suponía Wagner, sino tan sólo los
límites de la reproducción del sistema productor de
mercancías.
26.
Esta circunstancia es uno de los motivos por los
cuales los llamados intereses básicos (tasas de descuento y de redescuento),
fijados por los bancos centrales, perdieron en buena parte su función
reguladora; en los hechos, el peso de la demanda estatal en los mercados
financieros no es modificado por la tasa oficial de descuento. A diferencia de
la demanda privada, el "deudor infalible" Estado no es trabado ni estimulado por
la tasa oficial de descuento, guiado como está por presiones y consideraciones
completamente diferentes, situadas más allá del cálculo monetario
privado.
27.
El cordón umbilical del patrón oro duró más tiempo
con el dólar, rompiéndose sólo en 1973 y preservando hasta ahora por lo menos un
lazo indirecto entre forma-valor y sustancia-valor, a través del dólar como
moneda mundial. Pero esta posición particular del dólar se debió exclusivamente
a la supremacía económica de los Estados Unidos al final de la Segunda Guerra
Mundial y sólo puede mantenerse durante un cuarto de
siglo.
28.
Decisivo, también, es el hecho de que una parte
considerable del dinero desustancializado en los países capitalistas más
importantes no aparece ahora como demanda real, sino que permanece más bien
"estacionado" bajo la forma de deuda pública o de especulación comercial en los
mercados financieros, donde sigue proliferando. Es éste precisamente el motivo
de que la inflación se encuentre hoy más baja que en los años 70, aunque la masa
de "capital ficticio" haya crecido mucho. El prerrequisito de esta constelación
tan particular como pasajera continúa, no obstante, desangrado a la mayoría
inflacionada de la población mundial. Pero en cuanto la exportación de la
inflación deje de surtir efecto y/o se rompan en Occidente los diques de la
superestructura financiera, tanto estatal como especulativa, el dinero también
se desvalorizará aquí, de un modo u otro.
Tercera Parte
7. De la expansión fordista a la revolución
microelectrónica
En el período que va del fin de la Primera Guerra
Mundial a finales de los años 70, la crisis estructural de los "gastos
generales" sistémicos a través del trabajo improductivo, las finanzas estatales
y la inflación se presentaba solamente como un problema colateral, o sea que se
limitaba a crisis temporales o de niveles estructuralmente bajos. La causa de
esta aparente superación del problema, que hace de esa época apenas el período
de incubación del verdadero y absoluto desastre sistémico, debe ser buscada en
las características de la expansión fordista. La expansión de las nuevas
industrias, con la producción automovilística en posición destacada –ella misma
un resultado de la Primera Guerra Mundial– encubrió durante más de medio siglo
la crisis estructural nacida de la expansión contemporánea del trabajo
improductivo.
Mejor dicho, estamos aquí ante un cruce paradójico,
ya que hubo una expansión simultánea del trabajo productivo e improductivo. Por
un lado, el fordismo movilizó nuevas masas de trabajo productivo en dimensiones
hasta entonces inconcebibles; por otro, este mismo desarrollo sólo fue posible
con la repentina extensión de la logística social, de las condiciones
infraestructurales, y así de seguido; o sea, con el incremento del trabajo
improductivo. La desproporción en la expansión de los dos factores opuestos puso
varias veces en el orden del día el problema de la crisis estructural (sobre
todo en el plano de las finanzas estatales); pero al fin de cuentas la expansión
del trabajo improductivo aún podía ser "alimentada" a largo plazo con la
expansión simultánea del trabajo productivo en las industrias fordistas, o sea
que el crecimiento absoluto de la sustancia real de valor compensaba el aumento
absoluto y relativo de los sectores improductivos.
En términos fenomenológicos, la expansión fordista
del trabajo productivo y de la sustancia real del valor puede ser descrita en
diversos planos que se sobreponen. La extensión interna y externa de la
valorización del capital, y por tanto de la racionalidad empresarial, abrió
nuevos campos de la producción real de plusvalía. En cuanto al exterior, tal
extensión se tradujo en la continua inserción en la forma capitalista de
reproducción –ya referida en el Manifiesto Comunista– de regiones de la
Tierra hasta entonces no-capitalistas, así como en la conexa exportación de
capitales (un elemento importante en la teoría de Lenin, aunque concebido de
forma reductora); internamente, el mismo efecto se obtuvo con la transformación
de las formas de reproducción hasta entonces no-capitalistas (campesinos,
artesanos y economía de subsistencia) en sectores de valorización del capital,
hecha posible por los nuevos métodos fordistas. Al contrario de lo que creía
Rosa Luxemburgo, la transformación de ex "terceras personas" en asalariados
capitalistas aumentó inicialmente la creación de plusvalía en el plano de la
producción, en vez de representar un límite en el plano del mercado y por tanto
de la realización. De hecho, junto con la expansión de la creación real de
valor, se generaban más rentas monetarias capitalistas reales.
Pero la verdadera expansión se debía a la combinación
de nuevas industrias y de nuevas necesidades de masas. La mera expansión en
sectores productivos ya existentes jamás hubiera posibilitado el universal boom fordista, sobre todo después de la
Segunda Guerra Mundial. En la base energética, los combustibles fósiles, el paso
de las máquinas de vapor alimentadas por carbón a los motores de combustión
alimentados por petróleo hizo posible, junto con la racionalización fordista
("organización científica del trabajo", cadena de montaje), un salto en el
desarrollo social, que hizo entrar en el consumo de masas productos reservados
hasta la Primera Guerra Mundial a las capas superiores de la sociedad. Nacieron
nuevos productos como la radio y la televisión, que desde el principio
existieron bajo la forma de producción en masa para el consumo de las masas. Los
productos de masa fordistas, todos creados directa o indirectamente sobre la
base del petróleo, llevaron al capitalismo fordista, con su consumo energético
monstruoso y expandido hasta el desvarío, y más tarde después de la Segunda
Guerra Mundial, a la democracia basada en el consumo energético, que, no
obstante su carácter históricamente efímero, aún hoy es vista como la normalidad
en los países centrales de la OCDE (y entre las clases medias de todo el
mundo).
Decisiva para la reproducción bajo la forma mercancía
es, sin embargo, la expansión de la sustancia real del valor y la de sus formas
sociales de mediación, ocultas detrás de la fenomenología del fordismo. Aquí
obviamente tiene su importancia el problema de la famosa "caída tendencial de la
tasa de ganancia" que el debate marxista, hoy ya casi olvidado, rumió en vano.
La "composición orgánica del capital" (Marx), que históricamente aumenta con la
creciente cientifización y que, en el cálculo capitalista, aparece como aumento
de la intensidad de capital, esto es, como aumento de los capitales necesarios
para cada empleo, apunta hacia un movimiento en sentido contrario en el interior
del proceso de creación de valor (y, por tanto, de producción de
plusvalía).
El rápido aumento de la cientifización, tecnicización
y racionalización se convirtió en necesario sólo después de que la expansión de
la "plusvalía absoluta" a través de la ampliación ilimitada de la jornada de
trabajo y del ilimitado desgaste de la fuerza de trabajo hubiera encontrado en
el curso del siglo XIX sus límites naturales y sociales (movimiento obrero,
intervenciones estatales). En vez de "plusvalía absoluta" como principal medio
de acumulación, surgió la "plusvalía relativa", o sea, la reducción de los
costos de reproducción de la fuerza de trabajo –reducción esta que volvía más
económicos los medios de subsistencia, lo que, a su vez, era posibilitado por
las ciencias naturales aplicadas; sólo el fordismo aceleró y generalizó esta
tendencia/29.
Sin embargo, la producción de plusvalía relativa
conduce a una contradicción lógica. Ella aumenta la parcela de plusvalía por
cada fuerza de trabajo, pero al mismo tiempo, a causa de los efectos de la
racionalización producidos por el mismo desarrollo, se puede emplear cada vez
menos fuerza de trabajo para cada suma de capital (lo que hace aumentar, como
vimos, los costos preliminares para cada empleo, o sea, la intensidad de capital
o la parcela de capital fijo en la "composición orgánica"). Este segundo efecto
de tendencia contraria compensa el primer efecto a largo plazo. Esto significa
que el aumento de la tasa conjunta de plusvalía relativa para cada fuerza de
trabajo es obtenido al precio de una caída concomitante de la tasa de ganancia
para cada suma de capital invertido. Tal efecto sólo puede ser compensado si
crece la masa absoluta de fuerza de trabajo (¡productiva!) utilizada, y por
tanto si junto con la masa absoluta de plusvalía crece la masa absoluta de
ganancia; pero esto sólo es posible con una extensión del modo de producción
como tal. Tal extensión fue efectivamente conseguida en cierta medida en el modo
de expansión fordista.
Pero ya en la dinámica de la expansión fordista de la
masa absoluta de plusvalía/beneficio/30 hay un
serio problema: tal expansión sólo era posible a través de la concomitante
expansión de las condiciones infraestructurales improductivas en términos
capitalistas. Una parte cada vez mayor de los productos industriales fordistas
suplementarios eran consumidos por trabajadores improductivos, lo que presupone
una alteración fundamental del régimen de acumulación. Justamente por ese
motivo, desde el inicio el deficit
spending keynesiano no fue una simple medida de preparación o de transición,
sino más bien la condición estructural de existencia y el instrumento político
de regulación de la expansión fordista, que sólo comenzó a escala global después
de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, eso significa que la expansión
fordista, con su "milagro económico", ya no era en principio un gran avance
secular de la acumulación autónoma de capital; antes bien debía ser alimentada
con la hipoteca de masas futuras de valor. Lo verdaderamente "autónomo" en la
era fordista y en su "modelo de acumulación" era sólo el pago regular de los
intereses de la masa crediticia cada vez mayor, a través de una efectiva
ampliación de la masa absoluta de ganancia. No obstante, tal extensión de masa
absoluta de ganancia era ya menor que la concomitante e inevitable ampliación de
los "gastos generales" improductivos del sistema de mercado en vías de
totalización.
De esto se sigue que la expansión fordista, desde el
inicio, no podía ser más que un proceso histórico circunscrito. Más aún: como el
capitalismo y su racionalidad empresarial constituían a fines de la Primera
Guerra Mundial sólo un segmento de la reproducción social, ha de considerarse la
era de la acumulación fordista como una etapa irrepetible de transición en la
historia interna del capitalismo, en vez de presentársela como una "condición
estructural" abstracta. El capitalismo es un proceso histórico de generalización
de los propios criterios, que debe proseguir en niveles cada vez más elevados,
sin poder volver jamás atrás. Por eso es erróneo concebir su historia como una
simple sucesión de estructuras, sin tener en cuenta la dinámica autodestructiva
del proceso en su conjunto. Se podría decir también: en la medida en que el
capitalismo "triunfa", volviéndose la forma omnipresente de reproducción social
(y por fin de la sociedad mundial) –fenómeno este inaugurado sólo por el
fordismo–, demuestra también su propia imposibilidad lógica. Su victoria
absoluta debe por tanto coincidir históricamente con su límite absoluto, a pesar
de que la propia izquierda marxista no quiera oír hablar de ello, pues ella
jamás analizó a fondo el problema de los sectores de la reproducción (ni, en
consecuencia, el problema de la "revolución terciaria"), autoconvenciéndose cada
vez más de la capacidad inmanente del modo de producción capitalista para
autoperpetuarse/31.
La expansión del modo de producción capitalista, como
presupuesto de la expansión fordista de la masa de ganancia y por tanto de la
compensación de la disminución de la tasa de ganancia, implica la necesidad de
ampliar permanentemente la producción y consecuentemente los mercados. Pero esto
sólo funciona en cuanto las inversiones para el desarrollo de nuevos productos y
para la ampliación superan en medida suficiente las inversiones destinadas al
desarrollo de nuevos procedimientos y a la racionalización: de hecho, sólo de
este modo se empleó una masa creciente en términos absolutos de fuerza de
trabajo industrial, y fueron creadas crecientes rentas monetarias "basadas en la
producción", a pesar de la racionalización. Sólo en la medida en que esta
relación fue mantenida por lo menos hasta cierto punto, fue posible mantener
viva la expansión fordista "en bola de nieve", a pesar de la presencia de una
parcela desproporcional de sectores improductivos, y pagar con una masa real de
valor los intereses de la montaña de créditos que crecía simultáneamente.
Esta decisiva distinción está ausente de la mayoría
de los discursos, tanto burgueses como marxistas, relativos a la "teoría del
crecimiento": casi siempre, el "aumento de la productividad" o el crecimiento de
la productividad son identificados directamente con el crecimiento de los
mercados, con la creación de valor y luego con la acumulación de capital/32. Sin embargo, eso sólo es válido en condiciones
bien determinadas y bastante precarias, a saber: que el aumento de la
productividad sea menor que la ampliación de los mercados internos y externos
por ella posibilitada. El salto de productividad en la industria automovilística
organizado por Henry Ford hizo que para cada automóvil se emplease mucho menos
fuerza de trabajo; pero la consecuente transformación del automóvil en un
producto de consumo de masas desarrolló la producción automovilística de tal
forma que, en conjunto, a pesar de la racionalización y del aumento de
productividad, mucha más fuerza de trabajo pudiese ser empleada productivamente
en la industria automovilística, aumentando así la propia producción real de
valor. Es evidente, sin embargo, que esta condición no existe automáticamente y
que no puede durar ad infinitum. Es
inevitable llegar a un punto en que la relación se invierte: frente a mercados
relativamente saturados, nuevos saltos en el crecimiento de la productividad
tienen el efecto inverso, esto es, superan la ampliación de los mercados de
trabajo y de mercancías por ellos proporcionada.
Todo este mecanismo de compensación dejaba de
funcionar a medida que la fuerza de la expansión fordista decrecía. En lo que
respecta a la expansión externa, ese punto crítico ya fue alcanzado después de
la Segunda Guerra Mundial; la balanza de las exportaciones de capitales indicaba
un saldo no positivo, cuando no negativo; se trataba siempre menos del aumento
de la producción y siempre más de la simple deslocalización de la producción por
motivos de costos. Hoy, gracias a la globalización de la producción, este
proceso entra en su fase madura (lo que ya era posible comprender hace tiempo,
por el hecho de que el comercio mundial crecía más rápidamente que la producción
mundial). En este sentido, la teoría de la crisis de Rosa Luxemburgo demostraba
(y demuestra) un acierto sustancial, ya que la cualidad compensatoria de la
expansión externa disminuye y se vuelve visible una vez más su inmediata
cualidad de crisis como límite del modo de
producción.
Esencial fue mientras tanto el colapso del mecanismo
de compensación en el plano de la expansión interna, que alcanzó la fase crítica
con la revolución microelectrónica. A finales de los años 60, la expansión
fordista se agotó en el propio interior de los países más desarrollados. La
agricultura, la pequeña distribución y producción de mercancías, etc., estaban
ahora completamente integradas en la racionalidad empresarial e industrializadas
fordísticamente; además, las innovaciones fordistas de productos, así como los
mercados de consumo de masas, ya no tan nuevos, estaban al borde de la
saturación. De ahí en adelante, las innovaciones (por ejemplo, la sustitución
del disco de vinilo por el CD y productos nuevos por el estilo) ya no podían
suscitar avances significativos en el plano de la creación real de valor; para
los antiguos productos fordistas (automóviles, electrodomésticos, aparatos
audiovisuales, etc.) sólo existían las sustituciones (aceleradas por la "usura
artificial", es decir, por el rápido desgaste del material conscientemente
planeado y por tanto por la degradación de la calidad), y ya no nuevos y vastos
mercados de consumidores.
El estancamiento del fordismo plenamente evolucionado
aún podía ser prolongado durante cierto tiempo mediante la expansión de la
industria de bienes de inversión. Internamente, sin embargo, estas inversiones
eran ya cada vez más inversiones de racionalización, que empezaban a minar el
potencial real conjunto de la creación de valor. Externamente, eran los
retrasados fordistas en la periferia capitalista y en el Tercer Mundo los que
ofrecían algún potencial suplementario para la exportación. Pero luego se
comprobó que la expansión fordista no era universalizable, sino que más bien
quedaría circunscrita a unos pocos países. Tanto los costos previos de capital
como los costos de la infraestructura social necesaria subieron a partir de la
Segunda Guerra Mundial a niveles tan astronómicos que se volvían prohibitivos
para la abrumadora mayoría de los países ya a principios de los años 70. Por lo
tanto, en muchos casos la expansión fordista se interrumpió al inicio o a mitad
de camino. Las exportaciones de bienes de inversión empresariales o
infraestructurales debían ser financiadas anticipadamente por créditos y los
procesos productivos desarrollados no lograban siquiera pagar los intereses de
estos créditos. El resultado fue la famosa crisis de las deudas del Tercer
Mundo, que persiste hasta hoy y que alcanza ahora un volumen de 1,8 mil millones
de dólares. En muchos casos se trataba de proyectos de partida totalmente
insensatos (represas, centrales nucleares, etc.), fruto exclusivo de la
colaboración entre políticos corruptos y empresas internacionales (como por
ejemplo la Siemens) para obtener ganancias fáciles/33.
El estancamiento, en general catastrófico, de la
expansión fordista en la periferia capitalista anunció también la crisis final
en los países centrales. Ya la crisis petrolera, a mediados de los año 70,
demostró que la estancada creación real de valor de las industrias fordistas
soportaba mal ahora los costos adicionales. Comenzó entonces un movimiento en
sentido contrario, cuyo fenómeno más visible es el desempleo estructural de
masas en todos los sectores fordistas; un desempleo que crece de ciclo en ciclo.
A partir del inicio de los años 80, el motor central de este proceso fue la
revolución microelectrónica, que hizo derretir como nieve al sol el núcleo de
empleos en la industria. El empleo industrial disminuyó en varios millones sólo
en Alemania Occidental, en olas sucesivas desde 1980 hasta 1995. Lo mismo vale
para los demás países industrializados. Esta disminución no fue compensada, ni
mucho menos sobrecompensada, por la expansión fordista en Asia y en otros
países, como cree cierto discurso de origen marxista, totalmente ingenuo en el
campo de la teoría de la acumulación/34. El
conjunto de cifras, a primera vista impresionantes, sobre la expansión
industrial en India, China o en los "pequeños tigres" del sudeste asiático
ignora sin embargo dos cosas. En primer lugar, en el caso de los grandes Estados
como China, se trata en gran parte del antiguo modelo de industrias-fantasmas
(desde el punto de vista del mercado mundial) subvencionadas por el Estado, un
modelo que se vuelve más precario año tras año y que no será posible preservar
en el caso de una apertura creciente al mercado mundial, impuesta por la nueva
industrialización volcada a la exportación. Hechas las cuentas, en los sectores
industriales orientales volcados hacia la exportación se crean muchos menos
empleos adicionales que los que se pierden a medio plazo en ese mismo proceso en
las viejas industrias estatales.
En segundo lugar, más empleos industriales en algunos
(relativamente pocos) países fordísticamente atrasados no significa de ninguna
manera una mayor creación real de valor, cuyo patrón, con la creciente
globalización, es dictado por el nivel productivo del mercado mundial, esto es,
por los sistemas industriales más desarrollados. Como tales patrones
empresariales e infraestructurales son inaccesibles en gran escala hasta para
los newcomers asiáticos, estos
últimos procuran compensar la propia desventaja sobre todo con salarios bajos,
pésimas condiciones de trabajo y destrucción desenfrenada del medio ambiente. A
largo plazo, esto es insostenible incluso en el plano empresarial, a pesar de
que a corto plazo pueda compensar parcialmente la superioridad que tienen los
países industriales en el plano de la disponibilidad de capital. En las
condiciones de la globalización, son siempre las mismas empresas occidentales
las que lucran con el desnivel de los salarios y las leyes, a través de
inversiones flexibilizadas por todo el mundo. Pero todo esto ocurre solamente en
el ámbito empresarial y en la superficie del mercado. La real creación de valor
por parte del capital mundial no es en modo alguno ampliada. Medido con base en
el patrón global de productividad, es muy posible que cien o mil obreros con
salarios bajos y con relativamente poco capital fijo produzcan menos valor que
un solo obrero dotado de alta tecnología y elevado capital fijo en el mismo
sector. Lo que se presenta como ventajoso para el cálculo particular del capital
singular –que por su propia naturaleza debe ser ciego en relación al proceso
conjunto de la valorización– no tiene nada que ver con la creación sustancial de
valor en el plano de la sociedad (hoy de la sociedad mundial)/35. Obviamente, el problema de la sustancia real del
valor acabará por hacerse notar en la superficie del mercado, con limitaciones
aparentemente externas (e inesperadas) para el cálculo
empresarial.
En suma, se puede decir que con la revolución
microelectrónica, cuyo potencial está lejos del agotamiento, desde principios de
los años 80, junto a la expansión fordista se estancó también la ampliación del
trabajo productivo y, por tanto, la creación real de valor; así, a partir de
ahora el trabajo productivo retrocede a escala global. Esto significa que hoy ya
no exist