Llega la Navidad otro año más, con ese tufo a desinfectante mezclado con cera de los grandes almacenes. Una nueva temporada de veda termina, cada año un poco antes, cuando comienzan a aparecer luces de colores y musiquillas de siempre en los comercios de nuestra ciudad.
No convertimos en conejillos de barracón de ferias para publicistas, escaparatistas, vendedores y demás seres de la farándula de la recaudación por ventas.
La masa informe comienza a dejarse llevar por un espíritu que oscila entre la melancolía y la envidia, mal sana, al contemplar las compras que realiza el prójimo, nada próximo por cierto, y que el envidioso no puede saborear.
Llegan los tele-maratones que son bulas espirituales para empresas y paisanos varios.
Las empresas que tienen a trabajadores currando por 600€, 10 horas diarias, llamarán y expiarán sus culpas recibiendo los aplausos de un público manso, que agradece y obedece por un bocata y unos euros, que aplaudirá porque tal o cual gran empresa dona miles de euros. Una forma de juguetear con el fisco y de ensalzar su imagen, al tiempo que lavar sus conciencias para tomar el pavo con algo más de tranquilidad.
Los particulares realizarán una donación generosa, a cambio de la corbata de tal o cual famoso. Un inmenso sentido navideño les embarga y les hace dar 25€ por la corbata del futbolista de moda que inmediatamente revenderán en Ebay por 350€
La ciudad en estos días se me antoja un inmenso hormiguero, todo un ejército bien aleccionado que se mueve bajo la única orden de consumir porque lo hace el otro.
Si eres sensible de estómago, procura no comer delante del televisor en horas punta porque desfilarán miserias miles, a cual más cruda, intentando que tu mano como un ente, independiente y autónomo, se deslice en tu cartera y juguetee con un billete de 20 o 50 euros que se marchará para no volver, como el calvo de la lotería de Navidad.
¡¡Jope el calvo!!, con la suerte que me daba y resulta que no era ‘de verdad’, como tampoco lo son los Reyes Magos o Papá Noel.
La pescadilla se muerde la cola y nos damos cuenta de que los publicistas, escaparatistas, vendedores… los hicieron surgir para nosotros, como seres reales pero que son simplemente parte de una matrix que nos mantiene atontados durante un par de meses.
Mientras tanto huiremos de la anorexia y el tercer mundo a golpe de polvorón, marisco de importación y ultra-congelados de preparación en 10 minutos. Las burbujas son burbujas, aunque las bebamos de Möet o de champán de garrafón, según el presupuesto. Por lo demás, los más costumbristas seguiremos con el Gaitero que para eso es eterno, porque sigue en su etiqueta tan joven como el primer año que le vi, aunque cada vez tenga menos manzana y más agua con gas.
Apuntaremos hacía un nuevo día, a partir del próximo 31, ya avanzada la mañana mientras las cuadrillas de limpieza se llevan, entre toneladas de basura, los restos de una nueva Navidad.
Entre chocolate y churros, entre resacas y salcedol… si te detienes un momento podrás ver a jóvenes que se apagan como muñecos rotos, ahítos de alcohol, en cualquier acera, portal...
Si te paras en cualquier playa verás como, mientras el camello de Baltasar sigue hacia oriente, su dueño se muda de ropas, se acaba el sueño de príncipe y se transforma en mendigo, y a las horas llega en una patera pidiendo un bocata y una botella de agua.
Es tiempo de Paz, de Amor… es ¡¡Navidad!!, canturrea un televisor, de plasma, en el escaparate de un gran almacén en el que una feliz familiar abre regalos en torno a un árbol, casi como el Empire State Building de grande, y su compañero, un televisor de los de toda la vida, muestra los últimos atentados en Irak, además es 350€ más baratos, cuál crees que comprarán….
¡¡Es Navidad y solo cabe felicidad!!
Pedro Romero-Auyanet