Es una
tarde de otoño. Está lloviendo. En las sombras del anochecer lo de ayer, ya
lejano, se aclarece de las nieblas, regresa. Aparecen entonces el mar y las
arenas empapadas de agua, las bahías y Agustín y José Ignacio, y la madre tras
los vidrios de los colores. Por entre los chorreos de la lluvia y del recuerdo,
vuelven a sentarse junto las cosas de ayer, lejanas, sin vida aún vivas, sin
muerte aún muertas.
Hay
algo de angustia enfermiza en las lluvias de otoño que deja al alma enmudecida,
aislada en la lejanía de lo pasado. Y cuando ese alma es alma de poeta exilado,
hay algo de agobio en los adentros que vuelve con cada otoño, casi matando la
alegría de un presente invadido de retornos que chorrean con la lluvia:
“Algo
me queda siempre cuando estoy solo, cuando
emprendiendo
el camino del corazón, subiendo
las
empinadas cuestas de la memoria, elijo
de
un prado lateral borroso, de una triste
sauceda,
una vertiente perdida, un separado
río
de solitarios rumores o una playa,
elijo
lo que más me revive llamándome.”
(Retornos de un museo deshabitado)
Desfilan
por un instante los contornos fugaces de los días colegiales, desvanecidos los familiares,
el amor joven, un poeta, un amigo, fragmentos de tierra natal.
De
vez en cuando, la voz del poeta vence el silencio de la soledad:
“Me
encontrará la noche llorando en esta umbría,
ya
que desde tan lejos me trajo aquí el otoño,
llorando,
sí, llorando,
porque
llegó el momento de gritar que lo estoy
sobre
tantas preciosas ruinas sin remedio.”
(Retornos de una mañana de otoño)
No
hay nada de melancólico recuerdo en los “Retornos” de Rafael Alberti, sino de
lúcida amargura frente al imposible regreso a su patria, a esa patria que lleva
consigo en las imágenes de un pasado vivido allá, entre bahías, por las orillas
llenas de castillos
“..........................................hoy
a tanta distancia
las
playas de aquel día, de aquel largo poniente.”
(Retornos de una tarde de lluvia)
No es una lejanía temporal la de los
“Retornos”, pues los colores son vivos, luminosos, los contornos no apagados
sino claros; es más bien una lejanía espacial de lo que aún vivo se da casi
intangible, inalcanzable, pero que revuelve morganático. La relación temporal
pasado/presente corresponde en los “Retornos” a una relación espacial el mundo de
allí /el mundo de allá. El mundo de allí es el del exilio, el de allá es
España:
“Desde
allí te veía como ahora
lejano
mar, te miro
desde
esta tarde de otro continente”
(Retornos de Vicente Aleixandre)
El
mundo de allá es un mundo de cosas que revuelve en olas:
“Reclino
la cabeza,
llevo
el oído al hoyo de la mano
para
pasar mejor lo que de lejos
con
las olas de allí, con las de allá
chorreando
me viene.”
(Retornos de una
tarde de lluvia)
A
veces las olas sugieren la misma transcurrencia del tiempo:
“Llegad,
alegres olas de mis años.”
(Retornos de una isla dichosa)
Alberti
es ante todo un gran amante de la pintura, su primera vocación. Eso no quiere
decir que se entrega a pintar sus “Retornos”. La presencia de los colores no
viene a llenar contornos, formas, perfiles, pues que las líneas son
discontinuas, parecen tronchar lo material, hundirlo en el agua del mar,
enterrarlo en las dunas.
Chorrear
de la lluvia en los cristales. Chorreo del tiempo. Despiadado chorreo que borre
lo existente. El olvido que mata, que destroza.
No
es, no puede ser en Alberti olvido del pasado.
Entonces
¿por qué hay a cada paso en los “Retornos” “bañadas ruinas y escaleras con los
pies destrozados en el agua”,”rota arquitectura”, “rotos puros y antiguos arcos
blanquísimos” ? Se trata de un destrozo real, palpable, provocado por el
desastre militar de segunda guerra mundial. Un mundo mutilado que revuelve en
las imágenes de Bertolt Brecht en el
Berlín aún humeante.
Ya
es hora de retornarse las sombras. Las sombras, sí, porque no puede ser más que
una sombra en la noche la visita de un poeta asesinado, de el que será siempre
don Federico, Federico García Lorca.
Todavía
lo puro, grácil y aéreo está vivo en el corazón del poeta. Claras y verdaderas
las cosas de ayer, vividas, refrescan de verde y de azul, de blanco y de añil.
Alberti se lanza esperanzado en busca de los colores, quiere salvarlos de las
sombras del olvido, de esa noche que los amenaza. Es Alberti pintor y poeta y
es, igualmente, Alberti hijo de Andalucía, quien grita por la luz, la luz de
esta Andalucía que ella misma es luz y color, es el blanco del cal, el añil del
cielo, el azul del mar, el verde de los pinares.
Siempre
la tierra natal vuelve en epifanías como en “Retornos de una isla dichosa”:
“Isla
de amor, escucháme, antes de qie te vayas,
antes,
ya que has venido, de que escapes de nuevo”
El
poeta vive una perpetua espera, espera devolver algún día dentro de:
“...tan
larguísimos años de espera, súplicas,
antesalas
de falsas promesas, corredores,
banquillos
ante pálidos de preguntas torcidas,
iban
perennemente a dar al mismo sitio,
al mismo estado inmóvil que te veja y te
cansa?”
(Retornos de una dura obsesión)
A
veces la imposibilidad del retorno se carga de tonos desesperados:
¿Qué
sería de ti si al cabo no volvieras?
Tus
amigos, tu niña, tu mujer, todos esos
que
parecen quererte de verdad,¿qué dirían?
(Nuevos retornos del otoño)
Hay
en los “Retornos” de Rafael Alberti la poética del desasosiego, de la tristeza
que hace a uno volver los ojos hacia adentro para mirar en lo profundo de su
alma:
“Nos
dicen: Sed alegres,
Que
no escuchen los hombres rodar en vuestros cantos
Ni
el más leve ruido de una lágrima.
Está
bien. Yo quisiera, diariamente lo quiero,
mas
hay horas, hay días, hasta meses y años
en
que se carga el alma de una justa tristeza
y
por tantos motivos que luchan silenciosos
rompe
a llorar, abiertas las llaves de los ríos.
(Nuevos retornos del
otoño)
Es
la tristeza de la lluvia que desalenta al más optimista, una tristeza pasajera,
fugaz que no dura más que la lluvia de una tarde de otoño.
“Perdónadme
que hoy sienta pena y la diga.
No
me culpéis. Ha sido
la
vuelta del otoño.”
(Nuevos retornos del otoño)
©Elena Malec, Bucarest 1977.Todos derechos reservados.
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