(Arimao)
Lluvia, polvo y
desconsuelo
en la antigua
avenida del reclamo.
La iniciación,
líquida,
disuelta en la
humedad del párpado
para alimentar las
gotas al diluvio del olvido.
Fuente que abarca
la grave edad
de aquellos que
ahorcaron su fórmula, su desierto.
Ahora la lluvia es
ácida, caritativa
y elocuente sobre
cualquier espalda.
Meridiano que desliza
cada grano
disponiendo que la
siembra es posible
siempre que el
surco reverdezca en vientres.
Disposición de la
postura que explota en su elocuencia.
Polvo divorciado
de la lluvia,
gestación de
infieles que claudican
y aseguran su
ataúd como una merienda.
Desconsuelo sobre
el polvo
cuando la lluvia
despide sus últimas estaciones.
Fin del camino
donde la fatiga emerge
y pesan las
cucharadas en la garganta.
Se derrumban los
escalones,
la mala pisada
donde se construye la nada,
el vacío donde
vemos que se agrupa nuestra fiebre.
Caen y en la caída
se alzan las nieblas,
las posibles
frecuencias del corazón,
las pedradas de
algodones a la Luna.
Se derrumba el
pedestal
y con él las
manías del escultor,
la paleta y el
prisma, el iris...
Sentada la vida se
acelera,
vaga en el mismo
paso
para engordar la
huella del cansancio.
Vestida estás,
lirios que no ves y te ambicionan,
torrentes que
añoran tu desierto,
el tiempo de tus
piernas cruzadas
y el devenir de
tus futuras contracciones.