“POEMAS EN EL VIENTO”

 

presenta  a:

 

 

"VICENTE MARTIN "

(CÉLEBRE POETA ESPAÑOL)

 

 

 

 

SU OBRA:

 

 

 

INDICE

1.- ¿Y si un día subieran los arroyos…
2.- Te podría contar desde esta muerte
3.- Hubo un tiempo en que el tiempo no contaba
4.- Porque no se sonrojen tus mejillas
5.- ¿Qué olvidado rubor es el que puso…
6.- A ti, que llevas nieve de mil años
7.- Imaginarte a ti, saberte a ti
8.- Edifiqué mi casa junto al río
9.- Yo no he nacido aquí, aquí he llegado
10.- Hoy me dio por soñar… y es que quería
11.- Es hora que maduren los manzanos
12.- Aprenderán los años a ser islas
13.- Voy a contar la historia de tu vida
14.- Cuando tenga una noche el valor
15.- Te escribo desde aquí, desde esta orilla
16.- Le pregunté a mi madre: ¿qué es mas grande…
17.- Está desierto el claustro
18.- Porque aullaban los lobos
19.- Algún día tendremos que llamar
20.- Aquí acaba tu luz, aquí comienza
21.- Tú llegabas de azul
22.- Tengo el sol en las manos y cigüeñas
23.- Hay días del revés, como torcaces
24.- He bajado a las simas del abismo
25.- Cuando ocupen las sombras las aceras
26.- No madrugues, amigo, ¿tienes prisa? 

 

                             

 

 

 

 



¿Y si un día subieran los arroyos
del valle a la montaña y se llevaran
consigo las estrellas que reflejan?
¿Y si el búho
navegara su sombra en las mareas
del sol en los maizales,
si los dioses dejaran de ser dioses y los muertos
dejaran de ser muertos y anunciaran
la edad de los océanos? ¿Qué sería
si tu alma tuviera voz de piedra,
soledades de piedra y las arterias
transportaran metástasis de piedra?
¿Y si el viento inundara de palabras
los abismos de todos los silencios
y se abrieran en cifras los arcanos
de la vida y la muerte,
de la fe y del misterio?
Y si tú descubrieras que eras hombre,
sólo hombre,
ceremonia de niebla,
ritual
de quebrada existencia en el azogue
banal de los espejos,
si elevaras los ojos y escondieras
el libro de las horas...,
tal vez, por un momento, percibieras
que la noche no es noche,
que falla el algoritmo del absurdo,
que detrás del crepúsculo
se asoma cabalgando la mañana.



             







 

 

 

 






2

Te podría contar desde esta muerte
la gloria que diviso, te podría 
copiar el paraíso,
si no fuera
porque es el mismo cielo de tus ojos.
Te podría leer en los almendros,
escucharte en el mar y ser la alondra
que canta en la ensenada de tus pechos.
Podría ser tu voz si el sol dejara
de ser la adormidera que adormece
mis labios y mis dedos.
Pero puedo escribirte ríos, 
lagos,
manantiales que esperan ser arroyos,
almazaras que sueñan olivares.
Puedo ser el lucero de tus noches
y arcoiris perpetuo en tus almenas,
puedo ser aguacero de tu vientre,
puedo ser pentagrama de tus venas
y el cincel con que esculpas cada sueño.
Puedo ser lo que quieras, 
podría ser
todo cuanto quisieras,
pero soy forastero y nada tengo,
sólo a ti, 
y estas manos,
y esta inmensa ribera de mis besos.

             

 

 

 













3

Hubo un tiempo en que el tiempo no contaba,
un tiempo en que el cerezo florecía
en las ramas oblicuas del invierno.
Hubo un tiempo en que no se conocía
el verbo forastero,
un tiempo en el que aullaban
los lobos por la noche en el otero
y la nieve era azul, como tú mismo,
como el mar, como el único paisaje
que surcaban los ríos de tus ojos.
Hubo un tiempo sin tiempo,
sin linderos,
sin atrios polvorientos,
sin dioses entronados.
La llama del hogar iluminaba
verdades absolutas y los vientos
bramaban siempre afuera, hasta la lluvia
dejaba sinfonías en los charcos.
Hubo un tiempo sin tiempo en que el llanto era palabra,
un tiempo en que aprendiste a decir madre
y aprendiste también a decir Dios,
un tiempo sin ira en que las noches
bajaban de la torre a la hora exacta
y el aire en los relojes
se paraba. 


             

















Porque no se sonrojen tus mejillas
voy a hurtarle a estos versos tu nombre:
Tu historia es una página
escrita en una línea de puntos suspensivos,
un pentagrama, sólo un pentagrama
impreso de silencios
para que no turbar el órgano y el arpa.
Tú vas contracorriente de los días
por caminos sin árboles de gloria,
por veredas huidizas de lisonjas, 
sumida en esa sombra que amalgama
los flujos de absoluta lozanía.
Aprendido de tus labios
que no vale comerciar una sonrisa
cautiva de dobleces,
que no sirve adulterar una palabra
de embustero agasajo,
he visto la alegría que desborda
el pantano de tus ojos,
he sentido la energía que transmite
tu grácil silueta, 
la entereza que siembra tu cautela
y he palpado, eso sí, con cuánta envidia,
la escondida libertad con que disfrutas
tu exilio voluntario.
Eres, mujer sin nombre,
la antítesis auténtica del triunfo
labrado con cinceles de codicia,
metáfora sencilla que sugiere
que ser nada es simplemente
la antesala del triunfo postrimero.
Eres, mujer sin nombre,
el concepto perfecto de una vida
que va a ser estrenada a cada instante.




             



 

 

 

 

 


5

¿Qué olvidado rubor es el que pone
luminarias de sangre en el hayedo,
qué intangible dolor es el que deja
melodías de azufre sobre el agua?
La luz, como si fuera 
un guerrero de mimbre que ha perdido
su enésima batalla,
se embriaga de color,
color de ascua,
de llama, de esperanza dulcemente
asesinada. Claman los arroyos
sus cauces renovados y amenazan
fundar su claridad en otros lares.
Ya no intentan las hojas más regates
al aire, porque el aire 
perdió su transparencia y se hizo viento,
ya no huye el tejón
y la abubilla
está soñando vértigos de nieve.
Es la hora del ángelus, de un ángelus
sin clamor de campanas, sin plegarias,
la hora en que la vida es solamente
una fábrica antigua de recuerdos...,
es la hora en que el mar 
no tiene orillas, 
la hora en que a la muerte se le gana
naciendo nuevamente cada día.

             





 

 

 

 

 

 

 



6

A ti, que llevas nieve de mil años
oculta en el albero de tu alma,
a ti en quien no se agotan las mañanas
ni enero siembra vientos
te pregunto:
¿Por qué riegas las flores, si las flores
son la lluvia que llueve de tus ojos,
por qué buscas la voz de un silogismo
que penetre en la niebla donde habitan
los grillos de tu ayer, si eres la voz
que fraguaron los yunques del silencio?
No existen geografías que no tengan
periferias de ti, 
ya no queda paraje en mi memoria 
que no lleve las letras de tu nombre
-tu nombre, bien lo sabes,
tiene música azul de cascabeles-.
Tú fundaste las noches en mi almohada
y el temblor de los sauces en mi piel,
tú ganaste las últimas batallas
de una guerra baldía, 
de una lucha perdida en las trincheras
con banderas de anónimos ocasos.
Dime tú:
¿Dónde vuelan las grullas y las tórtolas,
dónde el cauce comienza a ser arroyo,
dónde se halla en camino que me acerque
hasta el valle infinito de tu vientre?
Más allá de la vida,
más allá
de esta jungla de acíbar que sucede,
nace le aire, 
el aire que respiras,
más allá de la muerte está tu valle
y el río y los cerezos que plantamos.


             


 

 

 

 

 

 

 








...para mi hija, para todas las hijas.

Imaginarte a ti, saberte a ti
es saber que el camino no termina
después de cada paso, es tener
certeza de que existe una canción
que aún no tengo escrita,
saberte a ti, mi niña, es inventarme
el curso imaginado de los ríos,
saber que existe el mar porque sus olas
me abrazan desde el fondo de tus ojos.
Saberte a ti y en ti, sentirme fuego
que muere incandescente, llamarada,
no ser sino ser tú, ni voz, ni agua.
Y sé que estás ahí cuando los túneles
me cierran las salidas, cuando llueven
crepúsculos de niebla sobre el alma,
y hay noches que recorro las montañas
disfrazado de ti, que sobrevuelo
por encima de todas las murallas
como águila sin dueño
porque tenerte a ti es encontrarme
bañándose en olivos la mañana
y a un sol recién nacido hecho jirones 
de luz en las encinas.
Saber que tú me ríes si me miras,
saber que yo no vivo si tú lloras
hará que te reinvente, si es preciso,
mil veces mil otoños 
que te hablen de madroños y manzanos,
mil veces, si hace falta, mil viñedos
con uvas que maduren en tus labios.
Imaginarte a ti, saberte a ti
me dice que ya he escrito con mis besos
el prólogo del mundo que me has dado,
...buscaba mi canción
y esa eres tú.





             

 


 

 

 

 






8

Edifiqué mi casa junto al río,
mi casa era tu casa, 
era el refugio
de las primeras nieves que dejaban
estigmas de azucenas en la mirada, de las uvas
que estrenaban su voz en los majuelos…,
mas vino la riada y la arrasó.

Planté el árbol. Llegaron a su sombra
los gorjeos de todas las diásporas, 
-eran días de trigos y arrozales,
eran días de lluvias en abril,
palmadas de guirlache,
sonrisas de almidón-
pero al primer disparo de escopeta
volaron, se volaron las palabras 
goteando melaza de charol.

Por fin puse mi tienda a cielo abierto,
crecieron los abrojos
y los cardos,
se poblaron las lomas de atochales,
las noches de silencio
sin luz,
sin decibelios,
y en medio del silencio, 
pisando los abrojos y herido de los cardos, 
pedí que se paraban las agujas
siniestras del reloj.

             

 

 

 

 

 

 

 



9

Yo no he nacido aquí, aquí he llegado
al clamor de las luces de neón
y la ropa que llevo es alquilada,
y aunque anude corbata cada día
y me zambulla en la rutina más gris de la mañana,
aunque lleve en la solapa la insignia de esta guerra,
no es ésta mi batalla, ni estos muertos son mis muertos.
Ya dije que yo no habito aquí, 
aquí sólo discurro entre los bosques
disfrazado de árbol,
le escribo un verso al mar, le silbo al viento
sin ser ninfa ni nube, 
o digo buenos días, cómo estás, lo siento, gracias
para no herir a la niebla, 
por no ser aguijón 
de hielo en las almenas.
Aquí vivo prestado,
prestado tengo el sol, el fuego, el agua,
Prestado tengo el tiempo y la esperanza
y tengo por aval
la fe en hallar la estela imaginada.

             

 

 

 

 

 

 

 



10

Hoy me dio por soñar…y es que quería
encontrar la manera de escribirle
un himno sin liturgias a la vida,
quería pregonar que es un milagro
vivir, amanecer, llorar, reír,
ver la cara de un niño,
tomarse una cerveza bien hablada
y decir hasta luego porque piensas
que volverás más tarde, o simplemente
porque esperas la próxima jornada.
Hoy me dio por soñar, pero tenía 
los ojos bien abiertos. Hasta ayer
había estado ciego,
y por ello
quiero estrenar mis ojos, estrenarlos
con la primera luz de madrugada,
saber cómo es la aurora
cuando rompen en gritos los balcones
con el primer color de lo geranios,
quiro estrenar el sol,
la nieve, el río…,
estrenar la alegría de una hogaza
de pan entre las manos de los pobres.
Quiero estrenar la piel, la superficie
de un mundo, de mi mundo, que llevaba
ya más de medio siglo anestesiada
y sentir la frescura de la hierba,
el roce de la ortiga,
el olvidado tacto de la higuera.
Y en este sueño, amigo, al que te invito,
despiertos, muy despiertos, además
quiero estrenar mis manos, nuestras manos,
las tuyas y las mías,
y recorrer las calles, esas mismas
que cruzamos ayer como individuos 
completamente anónimos
y fundirlas con todos,
con las manos de todos, negras, blancas,
de la anciana que apenas se sostiene,
del vendedor de globos, del pasota,
del tendero que grita, del poeta
que nadie leerá, de la señora
de agradecido escote, del abuelo,
de los novios que estudian la distancia
que hay entre dos besos, 
muy fuerte, que no quede ni un milímetro
donde nazca el recelo, ni un rescoldo
donde prenda una llama de rencor.
Estrenad cada hora y cada día
el júbilo de ser, el alborozo
de toda la ignorancia atesorada
en silencios de fe,
estrenad vuestra fe los que creéis,
estrenadla conmigo, imaginemos
los trigales que crecen con el agua
que riega la otra orilla.
Y no penséis que sueño o que es un truco
porque tengo los ojos bien abiertos, 
y os regalo mi nombre, no lo quiero,
que me dejen tan sólo el apellido
y el nombre, si alguien quiere, que lo rifen,
-quizás le venga bien a un sin papeles-<
los servicios sociales de mi pueblo.
Porque yo, lo prometo,
voy empezar de cero y bautizarme
con el agua de todos, con el agua
que beben sin sospecha los vencejos.

             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



11 

Es hora que maduren los manzanos,
está listo el lagar y los graneros
rebosan trigo nuevo, pan en flor,
que llama al molinero.
Es el tiempo.
Te nombro sin nombrarte,
puedes venir,
no tengo
maleta de recuerdos que llevarme.
Te espero porque en ti
renacerán los días de los bosques,
la voz de las leyendas junto al fuego,
el aire ensimismado en los cristales
y el sabor a doncella de la nieve.
Te espero con el alma encallecida
de roturar eriales, de sembrar
protocolos de limbo en los bancales,
con los ojos cubiertos de cellisca
y la noche apostada en los juncales.
Llegarás,
tú llegarás
en la infancia difunta
de los cuerpos prestados a otros cuerpos,
llegarás 
con la vida ignorada
que se esconde en el fondo de los lagos.
Y aquí me encontrarás mientras me bebo
las tardes a la sombra del acebo,
mientras cuento las tórtolas que pasan
despistadas en la última mañana.
Tú llegarás, 
e iré contigo
allí donde las olas aprendieron a ser olas,
donde tiene su cuna el horizonte
y el rocío es un sueño de almidón. 




             












12

Aprenderán los años a ser islas
y los días arenas de sus playas,
se vestirá de abril la luna nueva.
Pero yo no estaré.

Cabalgarán las voces del olvido
al mismísimo umbral de la memoria,
alumbrará la madre que no engendra.
Pero yo no estaré.

Y estarán los maizales esperando
el vuelo rectilíneo de la tórtola, 
se escuchará, quizás, acompasado,
el salmo de la lluvia resonando
en los vastos cruceros del silencio,
encontraréis los ecos de mis ecos
y es posible que os lleven,
temblorosos,
mis versos.
Pero yo no estaré.

Ni yo,
ni el viento. 

Aprenderán los años a ser islas
y los días arenas de sus playas,
se vestirá de abril la luna nueva.
Pero yo no estaré.

Cabalgarán las voces del olvido
al mismísimo umbral de la memoria,
alumbrará la madre que no engendra.
Pero yo no estaré.

Y estarán los maizales esperando
el vuelo rectilíneo de la tórtola, 
se escuchará, quizás, acompasado,
el salmo de la lluvia resonando
en los vastos cruceros del silencio,
encontraréis los ecos de mis ecos
y es posible que os lleven,
temblorosos,
mis versos.
Pero yo no estaré.

Ni yo,
ni el viento.


             

 

 

 

 

 










13

"El que de vosotros esté libre de culpa, arrójele la primera piedra . E inclinándose de nuevo, escribía en tierra". (Jn 8,7-8)


Voy a escribir la historia de tu vida
esta noche de abril. Está lloviendo:
Es un lunes de de abril, un lunes santo
de damas de mantilla y nazarenos
con el rostro tapado mirando a todas partes,
de ilustres penitentes arrastrando
una pesada cruz -¿dije pesada?-.
No es un día propicio, desde luego,
para mentarte a ti, pero he llegado
con la rabia en los dientes,
con la ira en la manos porque allí,
entre tanta mujer bien parecida,
entre tanto barniz y tanta máscara
al ritmo enloquecido de tambores
sé que no estabas tú o que si estabas
llevabas un disfraz para que nadie
notara tu presencia.
Voy a poner tu nombre en la portada,
tu nombre de batalla, no te asustes,
y debajo también, con letra clara,
tu profesión de anónima ramera.
No te voy a ensalzar, faltaba más,
ni pretendo elevarte a los altares,
lo que quiero y pretendo es que camines
al nivel que pisamos esta calle.
Haré un pequeño prólogo y el resto
serán más de cien páginas en blanco,
-que sí, que he dicho en blanco-
e invitaré en el prólogo a que escriban
con tinta de sus tintas,
con letra de sus letras, los que nunca
hicieron de su voz un cementerio,
los que no asesinaron ni un poquito,
los que nunca talaron con su ira
los abetos tempranos de la risa.
Y que escriban y firmen con su nombre
los que afean
la marca que tú llevas, se supone, 
en tu pálida frente y que no tengan
ellos mismos impresa
en el hondo más gris de sus conciencias.
Que busquen las palabras, que repasen 
todo su abecedario a ver si encuentran
un verbo que lanzarte y no rebote
sobre su propia cerne.
Que levante la mano el inocente,
el limpio, el que aún se piensa
que el mar cabe en el mar y se desborda
cuando llegan riadas malsonantes,
palabras como puta o prostituta, 
que te acuse
quien tenga de barbecho la mirada
y abra con sus ojos surcos rectos,
que te arroje la piedra
quien come de su pan como lo comen
los hijos de los pobres.
Y verás…,
verás cómo se queda
tan blanco como el lienzo nuestro libro.
Después, cuando esto ocurra,
que va a ocurrir, -seguro-
podrás abrir los párpados,
creer en el milagro y proclamar
que todos nos ganamos la vida de limosna,
podrás abrir los ojos y captar
sin escrúpulo alguno
la instantánea redonda de la vida.
¿Llegó a decirte alguien que el amor,
como el trigo, no se amasa
si las manos no están encallecidas?
Tú cogiste la senda inadecuada para hacer
a plena luz del día
lo que hace tanta gente bien mirada
de noche, entre visillos, o a escondidas,
tú compraste la fruta a los fruteros
y luego la vendiste, caducada,
a precio de reventa y a ellos mismos.
No sé por qué te escribo todo esto,
me repito,
esta noche de abril, semana santa,
será que como llueve y no hay estrellas
se me están ocurriendo cosas raras,
tan raras, que, mira, hasta he pensado
regalarte unas tizas de colores
para que pintes el cielo de tu infancia,
para que puedas ver
que aún es el mismo Dios el que te mira,
el mismo Dios de entonces,
aquel a quien tampoco le invitaban
los "justos" a sus mesas.
Y a mí,
por haberte escrito esto,
me llamarán de todo, me apuntarán
en la copiosa lista de non gratos 
y sobre todo
se olvidarán muy pronto
que alguien escribió con tanto mimo
como escribe la brisa de la tarde
sobre la piel del agua
estos versos.


             





 

 







14


Cuando tenga una noche el valor
de dejarte leer estos versos,
tal vez sin quererlo,
un frío de agujas
recorra tu cuerpo.
Nunca tuve el coraje
de herir la soledad de tus jazmines,
nunca supe llegar hasta la cumbre
y el verbo titubea,
debería callar
y que hablasen mi piel y las arterias
rendidas de mi carne,
debería dejar que mi silencio
escribiese en el tuyo tulipanes
y mieles de romero sobre el aire.

incrustaste en mí todas tus maderas,
tú fiaste tus tiempos a mis tiempos,
tú aceptaste a mi Dios,
y yo,
yo te debo las alas y este viento
que nadie ha profanado
y este anhelo de vuelo que estreno a cada paso.
Hemos ido forjando un calendario
de lunas y de eclipses,
hemos ido dejando en la cuneta
los zapatos que ya no nos sirvieron,
hubo días de ajenjo, jornadas de domingos
y sábados de gloria que ahuyentaron
la niebla que ocultaba el campanario.
Porque tú sabes bien cuánto de mí
se ha llevado el paisaje del camino:
te encontrabas de pronto 
los restos de un naufragio
y un velero sin lonas aturdido,
se te hacían heridas en las manos 
de curarme y gritos de orfandad, 
se escapaban por mí de tu garganta.
Por eso hoy escribo,
por eso hoy te digo
que quiero ser tu amante,
tu voz, 
tu compañero,
tu risa y tu delirio.
Porque quiero
amasar nuestro pan con nuestras manos
y saciar nuestra sed con nuestros labios
y tejer entre los dos nuestro sudario
y si fuera preciso
regar nuestro jardín con nuestro llanto.




             









15

Te escribo desde aquí, desde esta orilla
que dejaste sin lunas y esta arena
que no volvió a ser playa,
te escribo porque sepas que la casa
los chopos,
el rosal
y las acacias
me preguntan por ti cada mañana,
porque sepas que la tarde abraza tardes
que llegan asombradas,
que el viento se hace arrope entre los árboles
y puñal en las horas de antesala,
te escribo porque sepas
que todo, casi todo, sigue igual,
que la encina rezuma soledades
como ayer
y sueñan cascabeles de guirlache
el pino y el ciprés.
Pero cómo decirte, dime cómo,
lo que ha sido de mí, cómo contarte
lo que pesa tu ausencia, lo que hiere 
la mirada que mira en otros ojos,
esas manos que aprietan otras manos,
una luz que se apaga y no se enciende.
Sigo siendo el de ayer pero sin labios,
sigo siendo un jardín sin humedad,
un árbol sin gorriones,
un arpa sin tocar,
sigo siendo la historia que dejaste
a medias de narrar.
Ya ves,
nada ha cambiado
desde la última vez que te escribí.



             

















16

Le pregunté a mi madre: ¿qué es más grande,
una estrella o el mar.
-Mi niño, 
una estrella es tan enorme
que no cabe en cien mares.
-Dime, 
¿con cuántos cubos de agua
haríamos un mar?
-Hijo mío, con tantos que no hay númeross
para poder contar.
-Y Dios, que hizo el mar, que puso el ciielo
acolchado de estrellas, ¿cómo es?,
dímelo.
-Hijo mío, 
Dios es mucho más grande que mil mares,
más inmenso que todas las estrellas 
que pudieran juntarse.
Y, además, 
tan pequeño, mi niño,
como tú, tan cercano,
tan pendiente de ti como estoy yo.


             

 

 


 







17

Está desierto el claustro. Se ha quedado
dormido en las paredes el silencio
y la noria del tiempo silba agujas
de lirio en el ciprés.
Se arrodilla la tarde y los nenúfares
-contrita vanidad de luna y miel-
encienden las almenas de su fe.
Gira el viento. Sueña el agua
campanillas de nube en las cascadas.
La luz deja en los sauces
su penúltimo aliento del ayer.
La voz de la campana puebla el valle
del incienso coral de una oración. 



             

 

 

 








18

Porque aullaban los lobos,
porque estaba arreciando la cellisca
y la noche acechaba en las cañadas
sellé todas mis puertas y ventanas.
Por eso Tú,
el huésped que esperaba,
no viste luz alguna en mi cancela,
no supiste si estaba o imaginaste
que si estaba no estaba para nadie.
Y pasaste de largo. 
Te alejaste,
no sé con cuanta pena, no sé
si miraste hacia atrás, pero la huella
de tus pasos quedó sobre la arena.
Mañana será abril,
quitaré los cerrojos de mi casa, 
correré las persianas de mi alma
y esperaré vestido,
con sandalias ligeras, porque sé
que no existen tachones en tu agenda
ni escribiste
que fue la última vez.

            

 

 

 

 

 

 

 

 

 




19

Algún día tendremos que llamar
piedra a la piedra,
alguna vez 
se sentirán desnudos
los olvidos que fingimos,
los días no leídos,
y vendrán las hormigas, imágenes de un cuerpo
que lleva el mundo entero a sus espaldas,
a devorar las horas que nos quedan.
Al fin y al cabo, el tiempo
ya puso sus anillos de dolor en las almenas
tras el último vuelo de cigüeña,
y cada noche 
que anide en las palabras nunca dichas
será sangre de arroyos que no fueron
gorjeo de zorzales
ni aviso de frescura de alameda.
¿Por qué pisar entonces las hojas del otoño
si el viento las anima?
Esperaré en la niebla
al alba de la muerte que hicieron nuestros labios
a escondidas del mar, en la ensenada
urdida de los sueños.
Te esperaré desnudo,
sin la voz,
con el vestido
que le robé a la infancia
cuando el agua era espejo que nunca reflejaba
los aleros hirientes del olvido.
Y tú vendrás,
seguro que vendrás, novia del alba,
llegarás con la risa que no abrió
su cauce a las estrellas, llegarás
de malva engalanada, dibujando
violines imposibles
y arroyos de zorzales embriagados.
   


             

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


20

…a un manchego que conocí en Madrid

Aquí acaba la luz, aquí comienza
el paisaje aprendido en el instante
de tener que estrenar zapatos nuevos.
Aquí acabó tu luz, "hermano lobo",
aquí llegó tu afán, aquí tus manos
-esas manos inmensas como mares,  esos dedos nerviosos como océanos-
labraron ya las últimas llanuras
de mieses y racimos cenitales.
Mintió Machado, sí, porque el camino
no se elige al andar,
ni al escribir,
son los pasos que sabes que no diste
y sueñas que algún día vas a dar.
Y al final, como ayer, como mañana,
como en ti,
es la estela que deja el caminante
al tiempo de partir.
Aquí está tu clarín, amigo Eladio
-tuvo que ser en julio y te quedaste
> tan quieto como un mosto sin cantares-,
aquí llegó por fin -fuera esos lentes-
la claridad que el sol te había negado.



             

 

 

 

 



 

 



21

Tú llegabas de azul
con la pureza
de una página en blanco,
tú venías de azul porque traías
el cielo y las estrellas en las manos.
¿Recuerdas?
Se inundaban tus ojos de trigales
y la aurora de pan recién cocido, 
cada tren que llegaba a tus andenes,
cada barco que anclaba en nuestra playa
dejaban ruiseñores en la tarde.
Pero ahora es el día en que la niebla
se adentra hasta las vísceras, los días
en que habla el torbellino de las sombras
y el viento de Dios calla. 
Crecieron las ciudades y los pueblos
al amparo de dioses pasajeros,
se hundieron las montañas, se anegaron 
los cauces y las fuentes, se erigieron
en dueños del azar falsos profetas
que hablaron de crepúsculos inciertos.
Pero no,
mira el vuelo otoñal de esa cigüeña
reinventando el misterio de la sangre,
oye el salmo que cantan los majuelos
camino del lagar, 
cómo acunan los sauces ese llanto
que el niño no ha estrenado,
cómo ríe el manzano en los bancales
esperando la voz del escanciano.
Tú no vas a abdicar de tus banderas
como el aire no abdica de ser aire,
tú sabes que la bruma sólo es bruma,
que más pronto o más tarde
el sol se bañará en todos los mares,
tú sabes que por mucho que el dolor
se esconda en el recodo de una lágrima
el fuego será encina nuevamente
y la nubes serán de nuevo agua, 
que tú y yo
seguiremos de azul porque llevamos
intacta la ilusión, viva la fe,
y presto el manantial de la esperanza.
Nos iremos de azul, mano con mano,
de azul,
como el ajuar de luz con que llegamos.


             


 

 

 

 

 

 

 






22

Tengo el sol en las manos y cigüeñas
describiendo su ocaso en la mirada,
mana sangre mi voz, atenazada
de ortigas y atochales porque el tiempo
dejó de ser mi aliado.
¡Escúchame, oh, Dios,
estoy clamando
como un grito asomándose a la noche, 
como un llanto estrenado entre los llantos
que fingen otro mar en otros mares!
Mira mis pies calzados con las prisas
de esconderse de Ti, precipitados
al fondo de un pasado sin encuentro,
mira también sus huellas
hechas gruta de ausencia en el asfalto,
mira, por fin, mis labios
que plantaron tu nombre en los trigales
que el ascua del verano iba secando,
helos aquí,
nocturno tacto
de un beso de juncal y adormidera,
que te invocan, Señor, que te reclaman
desde este algar de sombra que ha cubierto
las páginas del libro que me diste.
Sé que puedes borrar cuanto no escribo,
que puedes escribir cuanto no digo,
sé que escuchas palabras sin idioma,
sé que atiendes llamadas que no llegan.
Mira, Señor, Tu sabes
que aun queda en los balcones mucha ropa
tendida, poco viento 
que seque la humedad en esta tarde,
no encontré mi ciudad en las ciudades,
no hallé en los miradores más que niños
mordiéndose las uñas y mujeres
masticando altramuces,
ensayando visajes y bostezos,
se quedaron sin agua los estanques,
sin dueño los andenes y ha perdido
aquel guiño de cómplice el farol 
del guardagujas.
Ya no puede la noria desaguar
más densidad vacía, ya no llegan
al fondo del dolor los cangilones
que muestran el reverso de la herida,
hoy te escribo mi nombre con minúsculas
como escribí
de niño
margaritas,
como Te hablaba a Ti cuando en las noches
se posaban 
zuritas en mi almohada.


             

 

 

 

 

 

 

 

 

 


23

Hay días del revés, como torcaces
de niebla que se escapan del océano,
hay noches como ésta en que los grillos
se acuestan en las bóvedas del sueño,
inevitablemente negros,
negros,
negros.
No sé a quien recurrir, ya no me quedan
respuestas en los libros
ni labios sin un beso que reciten
plegarias acolchadas de almidón.
¡Oh, Dios!,
se suceden los días como ocasos
y el ocaso no sueña con el alba.
Dime: ¿por qué pusiste
todo el llanto del hombre en mis entrañas?
No me llegan
hoy las voces del aire a mi ventana,
no me explican
la sintaxis que oculta tus palabras.
He querido inventar el algoritmo
que mostrara los hilos invisibles
de todo lo visible, 
he bajado
los cielos a la tierra hasta esculpir
en las playas el sexo de los ángeles
y hasta puse en mis puntos cardinales
las cigüeñas que habitan el misterio.
Pero no sé…,
ayer las bicicletas 
rodaban de la mano de la brisa
y ondeaban las banderas en la meta.
Hoy, Señor,
se me funden los pies con el asfalto
y vuelan las cigüeñas…,
sé que vuelan
por encima de mí, sobre mí mismo, 
describiendo un tal vez, un por si acaso,
y se alejan, se van
sin dejarme su nido en mis almenas.
No tengo más certezas que esta opaca
certeza que se nutre del absurdo.

¡Oh, Dios! ¿Qué puedo hacer?
¿Cerrar tal vez los ojos y esperar
que el ángel de la muerte me rescate?



             









24

He bajado a las simas del abismo
a imaginar tu voz,
he querido saber cómo tiritan
las ramas del olivo al escucharte,
he querido vivir Getsemaní
en la noche más noche de tu carne.
Porque Tú,
que pensabas cargar a tus espaldas
el peso de los hombres,
tenías que conocer la magnitud de sus miserias,
tenías que saber de soledad, de desamparos,
de silencios de Dios 
y del grito insobornable de la sangre,
deberías saber de buena mano
el color de unas viles deserciones
y el amargo sabor de las traiciones.
¡Oh, Señor, cómo arrecia ese viento
que empujan las espuelas de la tarde!
Sólo tienes la noche 
y ese cáliz
que contiene el dolor del mundo entero.
Ya no es tiempo de labios,
-se acercan las antorchas bañadas en ajeenjo-
dio la hora, Señor,
la hora en que comiences a hablarnos con tu cuerpo.


             

 

 

 

 

 

 

 

 

 




25

Cuando ocupen las sombras las aceras
y se vuelva la tarde viento frío,
cuando ondee un adiós en los andenes
de los trenes de largo recorrido...
yo lloraré contigo.
Cuando lleguen borrachos a tu puerta
esos días enfermos de vacío,
cuando se hagan espesos los segundos
y la fiebre resbale por el musgo...
yo enfermaré contigo.
Cuando no haya un poeta que te escriba
unos versos de amor, cuando no quede
un pincel que dibuje los temblores
de tu piel en mi piel, cuando anochezca...
yo soñaré contigo.
Cuando todas las ventanas de tu sangre estén abiertas
y se esconda en cicatrices el olvido,
cuando el mar de los silencio sea un océano
y la lluvia se haga llanto colectivo...
yo moriré contigo.
Y ese día no escrito, cuando el tiempo
se duerma en la rutina de un otoño
sin sol, sin mariposas, ese día
cuando yo me haya ido, no me llores...
yo estaré aquí contigo.

             

 

 

 






26

No madrugues, amigo, ¿tienes prisa?,
date un tiempo a que cante la abubilla
detrás de los cerezos,
que gire el girasol hacia el naciente
y despierte el enebro de su sueño,
date un tiempo a que llegue palpitando
la aurora sobre el vuelo de las tórtolas.
No madrugues, permítele que llene el pregonero
de lirios las ventanas luminosas,
no aceleres,
no corras,
que siempre encontrarás un tren que llegue
aunque no quede un alma en los andenes.
No amontones la hierba que segaron
debajo de tus pies, verás que el tiempo
guillotina esas lenguas que blandieron
el fuego de su acero contra ti.
Nunca pises la nieve
que otra huella pisó,
hallarás en la cima otra bandera,
otra luz,
otra letra, otra canción.
No anticipes la noche, no dibujes
estrellas a destiempo, deja al día
terminar su trabajo hasta que el sol
enferme de crepúsculo y se entregue
como un ángel mesiánico al ocaso.
No aligeres el ritmo de tu vida,
no silencies la voz de tus silencios,
ni le pongas paraguas a la lluvia:
hay un tiempo de siembra y de alegría,
hay un tiempo de siega y de dolor,
hay un tiempo también
para el amor.
Si quieres ser feliz, no tengas prisa,
lo serás cuando aprendas a sufrir.

 

             

 

 

 

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