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Norma Etcheverry |
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La ojera de las vanidades
Junto mis huesitos en la hoguera de las vanidades porque según la abuela Jana nadie teje con agua del propio río. Nadie cruza él mismo a nado el fuego. Nadie nada sabe de las cosas que realmente pasan en el mundo. Tengo un esqueleto que brilla en la noche y me alumbra. Voy tras él veré de reunirme con mi espalda. Huesito quemado y ceniza seré carbón tizne tinta hilo sin hilar haré crochet con las memorias de mi origen.
Fotos de Familia
Me caso para divorciarme y qué, les dijo mientras María se confundía con las cenizas del Ave y la guitarra de Pablo Milanés No ama quien quiere sino quien puede elegir/se con libertad Más tarde diría Spinetta que buscar se parece a nada pero buscar siempre es mejor que morir de sed. Me gusta lavar, planchar y cocinar y también ir a abordar lo marginal, correr el peligro de saber quién soy. Me caso y qué, les dijo y los hizo testigos de que todo Futuro es imperfecto.
Mandatos
Aprendió a ser hombre. Alguien tenía que emular al Padre ser el emergente decir puedo. Alguno debía arremangarse los pantalones para llevarlos bien puestos. Rescatar la sangre del recato y tirarla por la borda. Alguien debía ponerse el nombre al hombro y dejar para más tarde la compostura el maquillaje la cara boba del rebaño. Habrá tiempo luego para parir pensó para ponerse labios de rouge y ojos de ternura degollada.
La caída en el tiempo
Unos días de campo harían ceder la fiebre. Las mañanas serían más claras. Se escucharía el ruido redondo del molino una vez y otra luego también el mugido de las vacas. Iaia vendría con tazones humeantes, chacinados, galleta. Sus pasos serían más leves que las alas de los ángeles. Habría olor a eucaliptos en toda la casa, vapores emanando del agua que hierve sobre la cocina a leña. Luego estaría mejor y le pediría a los peones la yegua blanca. Andaría entre los pequeños gritos de los teros cabalgando sobre mi propia sombra. Amenazada por la fascinación del mediodía.
Tal vez me vieras frenar de golpe y caer de mi soberbia altura.
Te asustaría imaginar de lejos que algo grave pudiera suceder.
Luego sabrás que no. Nada más pasó la vida.
Cedería la fiebre. Volvería -como se vuelve atrás una película muda- la imagen de nosotros antes de la caída en el tiempo.
El camino a Puno
Viajabas por caminos de Yunguyo a Puno. El polvo y el frío se parecían demasiado a los bordes filosos de un papiro (todo lo que habla se le parece).
Silke llevó pan hasta la orilla del Río Tunai, y conversamos acerca del curso del agua y de las coordenadas que rigen el vuelo de las mariposas. También de las ciudades del mundo y las costumbres diferentes de los países. Confesaste cierto pudor cuando hablamos de los olores y los colores que brotan de las pieles y las tierras del Altiplano, y de toda la historia de este lado del mundo recorrida y vejada por las manos de hombres ajenos. Viste a las cholas con sus formas de mujer deformadas por el viento de escarpadas laderas y las caderas envueltas en colores y las cabezas cubiertas por sombreros negros. Nunca volviste a viajar así entre montañas y nada junto a seres de puños silenciosos y ojos oscuros. El camino se abría largamente entre las nubes y la pequeña camioneta avanzaba en el camino de Yunguyo a Puno.
Era un breve reparo contra el viento cada hombro de esos hombres desconocidos y hermanados por el cielo vulnerable. No olvidarás esos rostros curtidos por el azote del aire y el tuerto implacable de la Puna. Nunca más perder el rastro en el desierto que rodea toda conquista y aprender que india es la lágrima del esqueleto de la historia.
Tener los ojos abiertos de tanto mirar lo que antes solo pudiste entrever en el sueño y oír la nota que apenas murmuraba el agua en la partitura de lo que sería el viaje.
Después, cada vez que te fuiste de la ciudad volviste otro.
Silke llevó pan a la orilla del Río Tunai y hablamos de los países del mundo, y las distintas lenguas que hablan los hombres, y de la brevedad del vuelo de las mariposas.
© Norma Etcheverry
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Norma Etcheverry. Nació en la provincia de Buenos Aires, Argentina, y reside en la ciudad de La Plata desde 1981, donde se recibió de Periodista y cursó estudios de literatura en la Facultad de Humanidades. Ha publicado, en poesía, "Máscaras del Tiempo" (1998) y "Aspaldiko" (2002). Colabora en "El espiniyo", revista de poesía de La Plata y publicaciones del interior. Produce "Diagonal Converso", www.diagonalconverso.blogspot.com, revistual breve de poesía. |
Revista Literaria Remolinos