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Miguel Aguado Miguel |
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CUANDO AMANECE
Cuando amanece al sol bendigo, adiós le digo cuando anochece.
Durante el día el sol me alumbra, y me acostumbra con su alegría.
Llega la noche fue el día largo entro en letargo tras el derroche
La noche oscura luna risueña mi mente sueña nueva aventura
EL CAMPO
Por el llano camino bajo un sol asfixiante. Por una sombra aspiro, me esconda al sol brillante. Del cielo cae fuego, la natura en letargo, soy único ser vivo que pasea de largo. Un álamo diviso, su sombra pronto alcanzo; del todo sudoroso a su frescor me lanzo. Un círculo verdoso a su tronco rodea, me da la bienvenida, me acuesto en su azotea. Calor mi cuerpo mana, sudor mi frente expulsa, tumbarme a reposar el cansancio me impulsa. El sol lento camina, las áureas sestean, la chicharra no calla, sus chirridos marean, el calor llega a golpes provocando sofocos; contra el calor dispongo de remedios muy pocos. El sopor cruzar osa un ligero murmullo, música celestial, suena lleno de orgullo. Venciendo mi galbana en su búsqueda salgo, cercano a mi lugar, casi a salto de galgo, una cenefa verde, tupida y agostada, una garganta oculta que vocea enfadada. Un arroyo descubro con aguas encubiertas, que saltando guijarros pregona sus reyertas. Arroyo arriba presto el manantial encuentro: de un peñasco muy duro, con agujero al centro, un chorro de agua brinda a quien viene sediento, y su voz suave invita a catarla con tiento. En cálido verano ¿quién su trago desprecia? Tal caño generoso, ¿quién, dime, no lo aprecia? Con moderación bebo, repito con cautela, mientras bebo procuro mojar mi ropa y tela. Refrescado mi cuerpo mi espíritu verdece, con mi mente más fresca mi ser rejuvenece, y mis propios valores la vida solemnizan, alegran mi existencia, mi vivir tranquilizan.
CUANDO UN AMIGO SE VA
Es un edificio enorme, con cuartos iluminados, por el sol acompañados, un ambiente aeriforme. Todos llevan uniforme: de blanco las enfermeras, las monjas más altaneras portan hábitos furtivos; verde, los facultativos, asiladas cabelleras.
En un bonito salón con una cama y dos sillas alguien sufre pesadillas; tiene el día dormilón tras sufrir el achuchón. La gente paciente espera, irrumpe y se evade afuera; viene por curiosidad presumiendo caridad, no se aleja de su vera.
El ser que en la cama yace, se encuentra en coma certera; cuanto dicen él se entera: ni le disgusta ni place; en la idiotez se complace. Se despide, ¡adiós!, del mundo con su voz de moribundo; ha cumplido con su vida, sólo espera la salida: regresa al país oriundo.
Asentada en una silla, cabeza sobre la cama, queda descansa la dama de su marido a la orilla. Una idea la acribilla: su marido tan cercano lo descubre tan lejano... en salud o enfermedad, en vida fidelidad..., mi esposo no es un anciano.
El tiempo transcurre lento, ¡Cuánto se estira un minuto! ¡duro resulta el tributo!, ¡qué pesado abatimiento precede al fallecimiento! Presiente su esposo muere, rechazarlo ella prefiere. Su marido no respira, apaciblemente expira. Ánimo el alma requiere.
Esa ligera esperanza que aún el alma mantenía, vana esperanza sabía, se va presto; sin tardanza se trueca en desesperanza. Para siempre ya se ha ido, para siempre sin marido, para siempre solitaria cuidará la luminaria del compañero querido.
La mujer se siente sola, confundida más que un niño, ausentóse su cariño, el dolor la descontrola; en la pena se acrisola. El intenso amor vivido para siempre se ha perdido, el calor de la fogata la distancia desbarata; ascuas quedan al olvido.
Al amor consume el fuego. Altas llamas bajo un toldo generan vivo rescoldo que el calor mantiene lego y retiene para luego. La mujer enamorada que estuvo una vez casada, bajo las llamas de amor bulle el calor anterior: ascua en ceniza anegada.
DESCONOCIDA
No importa rubia o morena, pero sí, muchacha buena. - “Es bonito tu cabello.” - “Sé que es negro oscuro y bello.” - “¿Me autorizas ver tu cara?” - “No soy una especie rara.” - “¿Permites mirar tus ojos?” - “¿Qué hacer si tienes antojos?” - “¿Puedo tus labios besar?” - “¿Te empiezas a enamorar? - “Palpita tu corazón.” - “Perdiendo estás la razón.” Con ya mis sesos perdidos acompaso los latidos, aúno nuestra emoción de la mutua devoción. Las miradas se atraviesan, mucho los labios se besan, - “Preciosos son tus luceros” - “Por verte son los primeros.” - “Tienes de ángel la figura.” - “Rayando estás la locura.” - “El sol envidia tu pelo. - “Jamás me pongo capelo.” Con nuestros ojos hablamos, con los labios intimamos, los corazones palpitan, nuestras almas se acreditan.
© Miguel Aguado Miguel
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Miguel Aguado Miguel. Nacido en Estépar, provincia de Burgos, (España) el 19 de mayo de 1934. Estudió en las escuelas primarias de varios pueblos, luego en La Salle. Trabajó en la industria, y terminó como funcionario docente. Ahora está jubilado. Hace versos, quizás más mecánica que poéticamente. En Letralia ha publicado algún poema en varios números, así como en Remolinos,. Se ha presentado a varios concursos, le otorgaron un accésit y este año le concedieron la Espiga de Romanillos. |
Revista Literaria Remolinos