He querido marcharme. Lo confieso. He querido marcharme. Lo confieso. Dejar esta tristeza sin quejidos y buscar un dolor sin retroceso que me peine el cabello con gemidos. He querido arrancarme este gran peso de tener los dos brazos encogidos y no saber si voy o si regreso, porque tengo los ojos entumidos. Sin embargo, lo digo, me da miedo. Hay llantos que me apuntan con el dedo desde todos los sitios de tristeza. Por eso aquí me tienes, recostado, con el dolor pequeño y arrugado mordiéndole la punta a la pereza.