Suicida Moriré de suicidio aunque ningún veneno me destroce las venas. Moriré de suicidio porque he de morir, porque la vida pesa cuando no hay horizontes donde colgar el alma, cuando todas las tierras están muertas. Yo quisiera tener un beso en cada labio, un amor en el hueso, una dulce caricia en cada célula, y ofrecer un abrazo a cada enfermo, un sueño a cada triste, un milagro a cada hombre sin remedio. Sucede que el amor no alcanza para nada. Se me hace delgadito como hoja de oro y a veces, sin querelo, se me convierte en lágrima. ¿De dónde saco amor si el mío no me alcanza y el de Dios es un cuenco que no se llena nunca? ¿Cómo voy a sembrarlo, si cuando doy un vaso me marcan con angustia? Por eso esta jornada seré una cosa absurda como una calavera en una fiesta y muy pronto, en la noche, moriré de suicidio, aunque el médico diga que morí de dispepsia. La muerte mía la llevo, como una tumba, adentro. Un día la sacaré y me acostaré en ella.