Torturado Sucede que en la noche, cuando sólo se oye, áspero y asustado, el jadeo del mundo y el golpe amargo y duro del corazón de Dios, me sobresalta el grito de alguien que padece, de alguno que parece morir estrangulado en medio de dos puertas, o morir degollado escuchando la muerte temporal de las olas a la orilla del mar. Y sucede que entonces amanezco dolidamente amargo y ninguno comprende esa seca amargura sin motivo, y me ven, extrañados, caminar como a saltos, sin mirar las paredes, ni los charcos, ni el cielo. Yo quisiera explicar que me hallo triste porque alguno murió anoche de pie sobre la patria o en nombre de la esposa perdida para siempre, pero sería inútil porque yo no poseo ningún manchón de sangre, ni una fotografía que atestigüe que alguno fue muerto de verdad a orillas de la sombra. Y tengo que guardarme el cadáver adentro, para mí sólo, adentro, para sufrirlo, adentro, como si mi alma fuera, en esta parte del mundo, la única pariente del hombre asesinado.