Posdatas
«Apuntes virtuales
sobre el mundo real»
|
|
|
IR AL BLOG EN:
|
Publicado en EL PAÍS, 27 de octubre
de 2001 Frustración y
narcisismo LUIS GOYTISOLO Las consecuencias más
nefastas de la corrección política, de las estrictas reglas de lo
políticamente correcto, no se refieren a los rigores terminológicos
imperantes en algunas universidades norteamericanas, sino a la imagen del
mundo que va calando en la sociedad a través de los medios de comunicación y
de los programas de los partidos políticos. Un mundo -ésa es la buena nueva
que se difunde- en el que la corrección política se impone por sí sola desde
el momento en que los desafueros pertenecen al pasado y, más allá de
atentados cuya propia brutalidad convierte en excepcionales, ya no hay lugar
en el mundo para ninguna clase de injusticia. Como si los horrores de ayer no
estuvieran todavía calientes y las atrocidades de cada día tuviesen la misma
entidad real que los muertos vivientes de las películas de terror. En
consecuencia, el problema no reside tanto en el hecho de que en determinados
países el adulterio y la homosexualidad, por ejemplo, estén penados con la
muerte, con una muerte ejemplarmente cruel, cuanto en que, como yo hago
ahora, este hecho sea evocado. Se me ocurren dos
ejemplos recientes en los que despunta ese tipo de mentalidad. El primero de
ellos concierne a las reacciones suscitadas por La sociedad multiétnica,
de Giovani Sartori, un libro que despliega una serie de cuestiones relativas
a la inmigración, de enorme actualidad en todo el mundo. La obra analiza los
casos -es éste uno de sus temas centrales- en que el respeto a la cultura del
inmigrante entra en confllicto no ya con las costumbres del país que le
acoge, sino también con las leyes, con los derechos fundamentales de la
persona y con la dignidad humana. Ante esta clase de hechos se puede optar
por soluciones muy diversas: castigar al inmigrante, eximirle del respeto a
la Ley, cambiar la Ley, cambiar la noción de derechos humanos y de dignidad
de la persona, la que se prefiera. Pero lo primero es plantear la cuestión y
debatirla. Sin embargo, la gente sólo suele pronunciarse cuando el inmigrante
comete algún delito que en su país de origen sería duramente penado y aquí
queda impune. Es entonces cuando se oye eso de 'yo no soy racista, pero...'.
Eso sí: a quien así se expresa, el mero hecho de que se hable de estas cosas
le resulta perturbador y, a fin de ahorrarse quebraderos de cabeza, se
descarta el libro de Sartori por anticipado. 'Yo no leo esa clase de libros'.
Y punto. Distinta, pero referida
al mismo tipo de mentalidad, es la observación de Fernando Savater relativa
al rechazo, que de forma creciente cunde en el alumnado, hacia toda
argumentación llevada a sus últimas consecuencias. Esto es: a todo debate
entre dos o más partes en el que una de ellas, con sus razonamientos, termine
convenciendo a la otra o a las otras de que estaban equivocadas. Ese ejercicio
dialéctico, esencia misma del espíritu socrático, es entendido por más de un
alumno como una intolerable intromisión o, mejor, como una humillación. El
convencido es visto como vencido. 'Tú tienes tus ideas y yo las mías,
¿vale?'. Como si todas las ideas fuesen igualmente válidas o los
interlocutores fuesen hinchas de distintos colores deportivos. Rebatir es
arrebatar, un atentado contra la propia singularidad, del mismo modo que la
simple mención de existencia de problemas es considerada como una insufrible
ofensa cometida contra un mundo en el que las injusticias pertenecen al
pasado. Las reglas de urbanidad
se crearon hace poco más de dos siglos para facilitar las relaciones entre
los miembros de las clases altas y, sobre todo, para marcar distancias respecto
a los miembros de otras clases, cuyas condiciones de vida, por otra parte,
hubieran hecho de esas reglas un absurdo. Cuenta Michelet que los campesinos
franceses, en los años que precedieron a la Revolución, cuando iban a
cruzarse en el camino de algún aristócrata solían esconderse como alimañas,
no tanto por miedo cuanto por no saber cómo comportarse. La corrección
política intenta hoy cumplir una función semejante a las reglas de urbanidad,
sólo que ampliando su ámbito al conjunto de la población mundial: todas las
peculiaridades son igualmente dignas de respeto. Sucede, sin embargo, que
mientras las reglas de urbanidad funcionan a modo de engranaje de acciones
recíprocas, la corrección política carece de proyección en el terreno de la
práctica. Se trata, en realidad, de una fórmula de consolación social cuyo
objetivo es el de ceder en las formas para que en el fondo nada cambie;
satisfacer la autoestima del individuo procurando al mismo tiempo que olvide
otros problemas, especialmente los que no tienen solución; que ni piense en
ellos. La corrección política opera como una gran mancha de aceite que, al
extenderse, apacigua las aguas: en el interior de cada sociedad permite
ahorrar el esfuerzo -tal vez inútil- de hacer del otro un igual en lo que a desarrollo
de capacidades de la persona se refiere. En el ámbito internacional supone la
inhibición respecto a regímenes a los que sería políticamente incorrecto
calificar de políticamente incorrectos. Y en cuanto al
destinatario último de esa consolación social, el individuo, ese
reconocimiento, referido no tanto a lo que él es cuanto a lo que le gustaría
ser, le sitúa en el centro de todas las solicitudes, a semejanza del niño que
llega a sentirse auténticamente el rey de la casa. Y lo cierto es que todo contribuye
a que se lo crea no bien acaba el trabajo: todo como en la tele, el coche, el
hogar, las compras en el centro comercial, la fruta convertida en zumo, el
pescado sin espinas, la carne picada, las bolsas de chucherías, las
vacaciones como de concurso, los viajes como de parque temático. En
consecuencia, al contemplarse en el espejo, se ve a sí mismo nimbado por un
mundo variado, tolerante y fácil. Lo normal es que ese sujeto pasivo de la
consolación social desconozca lo que pasa en el mundo y no haga nada por
conocerlo. Pero cuando se dice que las cosas son más complicadas de lo que
parece, que las soluciones -si las hay- no tienen por qué ser gratas y que en
ningún caso se alcanzan con un mero acto de voluntad, lo toma como una
injusticia que le subleva, contrariado como un niño que esgrime un juguete
roto. Ahí están los límites
de esa especie de indemnización llamada corrección política: la propia
realidad, al poner en evidencia que el mundo no gira en torno al individuo ni
es el lugar prometido donde los desafueros de otras épocas están fuera de
lugar. Lo inalcanzable genera frustración y las frustraciones originadas por
la corrección política terminan por sumarse a las muchas otras que prodiga la
vida, no ser más guapo, no ser más rico, no ser más inteligente, y, sobre
todo, no ser inmortal. El ser humano ha
conocido tiempos más sombríos; tan bobos, posiblemente no. Decididamente el
mundo está más necesitado que nunca de un pensamiento estoico adecuado al
presente, de un neoestoicismo. O de un nuevo epicureísmo. De cualquiera de
los dos. O mejor: de los dos. Luis Goytisolo es
escritor |