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§          Inmigración: algunas preguntas y respuestas

§          Los otros, los bárbaros

 

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EL PAÍS,  9 de marzo de 2002

Inmigración: algunas preguntas y respuestas

MANUEL PIMENTEL

1. ¿Tiene España muchos inmigrantes? Se estima una cifra ligeramente superior al millón de extranjeros; aproximadamente un 30% tiene origen europeo. El porcentaje de población residente extranjera, alrededor del 2,5%, es todavía de las más bajas de Europa. Como ya aconteciera en todos los países occidentales, si mantenemos nuestro alto crecimiento económico continuará incrementándose el porcentaje de inmigración. Y esta tendencia responde a una inexorable ley, reiteradamente contrastada por la experiencia histórica: el crecimiento económico y el desarrollo conllevan un aumento de población procedente de terceros países. Que nadie se engañe; plantear un crecimiento sostenido en España sin recurrir a inmigrantes es sencillamente imposible.

2. ¿Pueden los inmigrantes llegar a España legalmente? Prácticamente, no. Desde 1985, nuestras leyes tan sólo contemplaron la entrada legal mediante unos contingentes aprobados anualmente, en función de los empleos que el Gobierno estimaba que no serían cubiertos por españoles. En paralelo, existía el llamado Régimen General, por el cual se podía otorgar de forma continua los permisos de residencia y trabajo. Otras vías son el reagrupamiento familiar o la llamada regularización por arraigo. Pues bien, el contingente siempre fue muy inferior a la demanda de nuestra sociedad, siendo utilizado, en muchas ocasiones, para legalizar a los que ya se encontraban aquí. Por tanto, apenas servía para su inicial función, regular la entrada de personas. Este insuficiente cupo, unido a la exasperante lentitud del régimen general, ha producido una dolorosa consecuencia: casi el 85% de los inmigrantes entraron por vías alegales, siendo posteriormente regularizados. Sabemos que necesitamos inmigrantes, pero no establecemos ninguna vía legal de entrada. Resultado: los impulsamos de facto hacia las vías ilegales.

3. ¿Cuál es mejor: la política de puertas cerradas o la de puertas abiertas? Ni la una ni la otra. Aunque en un mundo utópico -al que no debemos renunciar a medio plazo- lo más justo y humano sería conseguir un mundo sin fronteras, hoy en día, plantear una política de puertas completamente abiertas acarrearía más problemas que ventajas. Por eso, mientras conseguimos una mejor armonía en los crecimientos mundiales, la prudencia nos aconseja no abrir totalmente las fronteras. Pero también nos aconseja no cerrarlas a cal y canto, tal y como hacemos en la actualidad. En una primera etapa sería suficiente el conseguir algo tan simple como regular los flujos migratorios estimados.

4. ¿Cuántos inmigrantes necesitaremos en el futuro? Tan sólo podemos marcar tendencias. El incremento de población inmigrante será directamente proporcional a nuestro crecimiento económico y al diferencial de renta que mantengamos con los países de nuestro entorno. Nadie puede saber cómo se comportarán estas variables en el futuro, pero el Instituto Nacional de Estadística (INE) presentó sus propias estimaciones: entradas previstas en el año 2002, 227.000 inmigrantes; en 2003, 204.000; en 2004, 181.000, y en 2005, 160.000.

Si damos por buenas estas cifras, ¿no sería lógico que los contingentes anuales se ajustaran a la entrada prevista? Así conseguiríamos no condenar a las vías extraoficiales -gobernadas en muchas ocasiones por redes mafiosas- a aquellas personas que nuestras propias instituciones estiman que llegarán.

5. ¿Es posible otra política inmigratoria? Una política de inmigración alternativa debería basarse en un amplio consenso social, que abarcara varios frentes. En primer lugar, deberíamos adquirir el compromiso -y predicar con el ejemplo- de colaborar en una estrategia internacional de apoyo al desarrollo de las zonas más desfavorecidas. En Europa deberíamos crear una política de libre comercio e inversión, al menos, en la corona de países que nos circundan. Además de colaborar por un mundo más justo, estaríamos disminuyendo los brutales diferenciales de renta. En segundo lugar, deberíamos aspirar a regular los flujos migratorios previstos, incorporando eficazmente los permisos de campaña.

Por último, deberíamos tener en cuenta los derechos básicos que siempre han de acompañar a cualquier persona y apostar por la correcta convivencia de todos, lo que viene llamándose integración social.

6. ¿Qué es la integración social? Algunos consideran que la única integración social posible pasa por la asimilación absoluta de la minoría recién llegada con las costumbres y usos de la población mayoritaria. Prefiero un concepto de integración que pase por el respeto a las costumbres ajenas, siempre que no vulneren ninguna de nuestras leyes. En un Estado de derecho hay que buscar siempre referencias objetivas. Si un inmigrante trabaja, cumple nuestras leyes y paga sus impuestos, a partir de ese momento puede comer, vestir o bailar como le plazca.

Para conseguir una mínima dignidad, los inmigrantes tienen que poder acceder a viviendas dignas, a educación, a sanidad, a seguridad, toda vez que sus cotizaciones y retenciones ya suponen importantes ingresos para las arcas públicas. Sin ellas, la integración se hará mucho más compleja, ya que vivirán en malas condiciones, generando un mayor rechazo de la población.

7. ¿Deben cumplir los inmigrantes nuestras leyes? ¿Pueden mantener sus costumbres? España es un Estado de derecho y todos estamos sujetos a sus leyes. Los inmigrantes, como cualquier otra persona, están obligados a cumplir todas nuestras leyes, respetando sus obligaciones, pero también disfrutando de sus derechos. Los inmigrantes pueden conservar y desarrollar, no obstante, todas aquellas costumbres que no sean contrarias a nuestras leyes o principios constitucionales. En caso de la comisión de un delito, todo el peso de la ley debe caer sobre el culpable. Pero nunca debemos olvidar que los delincuentes son personas concretas, y no culturas, razas o religiones.

8. ¿Es bueno o malo el multiculturalismo? La experiencia nos demuestra que el complejo concepto de multiculturalismo significa cosas distintas para personas distintas. Si por multiculturalismo entendemos que bajo una misma frontera convivan culturas distintas gobernadas por leyes propias y diferentes, no cabe duda que estaríamos ante un fenómeno negativo y disgregador, que ocasionaría graves desequilibrios en el futuro. Es mejor el principio del Estado de Derecho: un país, una ley. Si por multiculturalismo se entiende que cada persona pueda expresar su cultura, dentro del imperio de la ley del país receptor, estaríamos ante un hermoso ejercicio de libertad.

9. ¿Estamos creando alarma social en nuestro país? Las continuas referencias de responsables públicos asociando siempre inmigración a problema, así como el tratamiento informativo que recibe el fenómeno, ha conseguido que cada vez un mayor porcentaje de la población perciba a los inmigrantes como una segura fuente de conflictos. En vez de emitir mensajes de respeto y convivencia, incitamos, de alguna u otra forma, el rechazo social a los inmigrantes. Quien siembra vientos recoge tempestades; desgraciadamente, veremos brotes racistas. Que nadie se extrañe, de alguna forma los habremos jaleado.

 

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EL PAÍS, 2 de septiembre de 2002

Los otros, los bárbaros

MANUEL PIMENTEL

En El choque de las civilizaciones, Huntington anticipaba que las guerras del futuro vendrían motivadas por conflictos entre civilizaciones, y no por cuestiones ideológicas o económicas. El gravísimo atentado contra las Torres Gemelas del 11-S popularizó ese temor, disparando las susceptibilidades occidentales contra los países musulmanes. Con la amenaza comunista enterrada, el nuevo Satán sería el islam, que, según muchos, quiere destruir nuestra civilización. Cada día surgen fogosos defensores de nuestros valores, supuestamente amenazados; Occidente significaría democracia, avance tecnológico, derechos de las mujeres y cultura, mientras que el islam sólo implicaría atraso medieval, desprecio para las mujeres, crueldad y fanatismo. Cualquier musulmán sería un potencial terrorista internacional. Destacados pensadores europeos y norteamericanos insisten en la idea de que la comunidad musulmana es inadaptable e incompatible con las libertades, el Estado laico y la libertad.

Estaríamos ante un nuevo episodio de la eterna confrontación de los otros, los bárbaros, frente a nosotros, los civilizados. Como siempre, enfrentaríamos sus maldades contra nuestras bondades. ¡Esos bárbaros, que no se dejan civilizar!

La Europa del siglo XIX, con un fuerte crecimiento demográfico y su superioridad tecnológica, conquistó militarmente vastos imperios coloniales. Sus ciudadanos no tuvieron sentimientos de culpa por el dolor y la muerte causados a los pueblos colonizados; por el contrario, creían que extendían así la civilización. Los intelectuales insistían en que la raza y la civilización europeas eran superiores al resto. Las ideas darwinianas -sólo los mejor dotados pueden sobrevivir en el proceso de selección natural- sirvieron de excusa científica para justificar las terribles matanzas perpetradas contra las poblaciones indígenas, razas inferiores y salvajes, desahuciadas por la selección natural. Su desaparición sería necesaria para el avance de la civilización.

Sven Lindqvist, en su obra Exterminad a todos los brutos, frase pronunciada por el protagonista de la novela de Conrad El corazón de las tinieblas, recoge multitud de testimonios de pensadores europeos de la época. Por ejemplo, el filósofo Herbert Spencer alababa en Social statics (1850) la tarea del imperialismo al eliminar razas inferiores de la Tierra: 'Las fuerzas que trabajan por el resultado feliz del gran proyecto no deben considerar los sufrimientos de menor importancia. Deben exterminar a esos sectores de la humanidad que estorban en su camino... Seres humanos o brutos, los obstáculos deben eliminarse'. El filósofo alemán Eduard von Hartmann escribió en el segundo tomo de su obra Philosophy of the unconscious (1884): 'Cuando hay que cortar la cola de un perro no se le hace ningún favor cortándosela trozo a trozo. Es igulamente poco humano tratar de prolongar su agonía mediante medios artificiosos a pueblos salvajes que están al borde de su desaparición'. Al parecer, el buen amigo de la humanidad no podía hacer otra cosa que acelerar la desaparición de los pueblos salvajes, inadaptables a la civilización.

En la Europa del XIX no se dudaba ni de la superioridad de la raza europea ni de nuestra civilización. Darwin escribía a Lyell en 1859: 'Las razas de inferior intelecto están condenadas al exterminio'. En El origen del hombre (1871) afirmaba que los gorilas y los hombres salvajes eran las especies intermedias entre los monos y los hombres blancos. Después apostillaba: 'En un futuro, las razas civilizadas... van a exterminar y reemplazar a las razas salvajes'. El antropólogo J. C. Prichard creía que las razas salvajes no podrían ser salvadas, como tributo a cobrar por la civilización.

El racismo se oficializa con la obra de Robert Knox The races of man. A fragment (1850). Ante la evidencia histórica de la superioridad intelectual de los blancos frente a los negros, siempre esclavos de los primeros, Knox se preguntaba: '¿Pueden ser civilizadas las razas oscuras? ¡Absolutamente no!', se respondía. En 1863, los discípulos de Knox crearon The Anthropological Society. Una de sus personalidades más destacadas, Richard Lee, afirmaba: 'A causa de su superioridad moral e intelectual, la raza anglosajona va barriendo del mapa a las poblaciones inferiores. Es la luz que devora a la oscuridad'.

La Europa del siglo XXI tiene miedo y comienza, de nuevo, a hablar de civilización. Ya no quiere colonizar otras tierras, ni es tampoco la región más poblada. Por el contrario, su baja natalidad la ha convertido en un continente envejecido y de crecimiento negativo que precisa de la llegada de inmigrantes. Ahora está rodeada de países pobres densamente poblados. En nuestro imaginario colectivo se está fraguando el temor a ser invadidos. Nuestra civilización estaría en peligro frente a los otros, los bárbaros, el islam. Nuestros sabios nos lo repiten hasta la saciedad: nuestra civilización es superior. De hecho, afirman, es la única civilización realmente civilizada.

La periodista Oriana Fallaci ha editado, tras los atentados del 11-S, el libro La rabia y el orgullo, donde desprecia la cultura musulmana en su conjunto: 'Me molesta incluso hablar de las dos culturas -nos dice-. Porque detrás de nuestra civilización está Homero..., etc.: detrás de la otra cultura, la de los barbudos con sotana, ¿qué hay?'. Fallaci considera a los inmigrantes de los países musulmanes en Europa como una avanzadilla preparatoria de la invasión, lo que llama la Cruzada al revés. Serían la cabeza de puente para destruir Europa, sus valores y monumentos. 'Razonar con ellos, impensable. Tratarlos con indulgencia o tolerancia o esperanza, un suicidio. Y cualquiera que piense lo contrario es un pobre tonto'.

El propio Huntington consideraba la democracia como un producto de la civilización occidental, muy difícil de trasplantar a otras culturas. Giovanni Sartori, en su libro La sociedad multiétnica, tras una acertada crítica del concepto de multiculturalismo, critica a continuación al mundo musulmán arropándolo con los tópicos habituales. Según Sartori, el conjunto de la sociedad musulmana está regida por el Corán, no tiene voluntad de modificar, y anhela la lucha contra Occidente, reiterando la superioridad de nuestra civilización frente a la islámica. Curiosamente, también llama bobos a los que no quieren darse cuenta de esa amenaza.

El sociólogo norteamericano Fitcher nos dice en su ya clásica Sociología: 'El etnocentrismo es una tendencia, generalmente de superioridad, por la que juzgamos a los extranjeros según las normas, valores y estándares con los que hemos sido socializados. Éste es uno de los mayores obstáculos para la objetividad científica, y es fuente de pautas de prejuicio, intolerancia, discriminación y reducción a estereotipos. En lo que hay que insistir es en que una persona no necesita ser etnocéntrica para ser patriota. Se pueden apreciar los valores sociales en otra cultura sin renunciar a los propios; por lo menos se puede tratar de comprender estos tipos extranjeros de comportamiento sin juzgar a todos los miembros del grupo exterior como estúpidos y faltos de inteligencia'.

Los sabios vuelven a decirnos que nuestra civilización es superior y que la de los otros es miserable y amenazadora. Además, nos aclaran, los bárbaros no sólo no aceptan nuestros valores, sino que maquinan destruirlos. ¿Qué hacemos entonces? Algunos trovadores pregonan nuevos aires de gesta. Nos dicen, como en el siglo XIX, que ha llegado la hora de iluminar la barbarie con la luz de nuestra civilización. Da miedo oírlos.

 

 

 

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