
A modo de epílogo: en el cruce de caminos de la Historia
La modernidad había considerado un gran logro el hecho de que el hombre tomara conciencia de su historicidad y asiera firmemente las riendas de su destino. Paradójicamente, esa operación ha conducido hoy a unas existencias sin destino, donde la mera hipótesis de una acción histórica mueve a sonrisa. Doscientos años de ingenua fe en el animismo progresista han desmovilizado por completo a nuestros pueblos. La cultura europea empieza a aceptar los acontecimientos con una resignación pasiva que cuadra mal con nuestra propia tradición, singularmente vitalista y aventurera. Parece que, hoy en día, cualquier apuesta colectiva está condenada al fracaso. En cierto modo, el hombre europeo ha dimitido de su responsabilidad histórica y ha corrido a refugiarse en la impotencia. Y sin embargo, es evidente que sólo el hombre puede actuar para frenar las consecuencias de lo que él mismo ha provocado. Nosotros no renunciamos a la acción histórica. Creemos que el hombre sólo alcanza la cualidad de tal cuando es capaz de actuar sobre el mundo que le rodea. Por eso queremos actuar. Y actuar, para nosotros, quiere decir: pensar y obrar.Las "pistas" reseñadas en las páginas precedentes son sólo un apretado resumen de un trabajo de reflexión más amplio. El Proyecto Aurora está buceando en la larga y rica tradición cultural europea para volver a encontrar una identidad perdida en el marasmo de la cultura de masas presente. El objetivo de ese trabajo es ser capaces de dar una respuesta a nuestra actual situación histórica, una situación que viene definida por el agotamiento de la modernidad en todos los órdenes: filosófico, estético, científico, político, económico, social...
Sentimos que estamos en un cruce de caminos de la Historia, en una de esas situaciones donde las viejas formas mueren, las formas nuevas todavía no han visto la luz y, por consiguiente, todo empieza a ser posible. Por eso creemos tener derecho a dotar de una dimensión histórica a nuestro trabajo. Esa dimensión no proviene de un mero acto de voluntad subjetiva, sino de la propia constatación de las circunstancias que nos rodean. Las cosas están cambiando; el mundo está cambiando; nosotros queremos ser testigos privilegiados de ese cambio y más aún: orientar la mudanza en un determinado sentido. Estarnos convencidos de que el gran proyecto de nuestros pueblos, en el momento presente, consiste en armonizar el entorno vital moderno, esta civilización técnica que no deja de presentar rasgos amenazantes, con los valores tradicionales que han dado nacimiento y vida a nuestra cultura. No nos gusta la hipótesis de que el mundo presente sólo pueda subsistir a condición de exterminar lo mejor que hay en nosotros. Creemos que es posible seguir siendo lo que somos sin renunciar al mundo que nos rodea. De lo que se trata es de volver a animar el mundo con el mismo espíritu que ha animado durante miles de años nuestra civilización. Dicho de otro modo: se trata de no perder el alma.
La civilización presente ha adoptado los ropajes de la luz, pero también ha despertado numerosas fuerzas de muerte. Nuestro objetivo es neutralizarlas. Que nuestra tradición, nuestra cultura, nuestros valores y nuestra historia puedan sobrevivir y vuelvan a dar forma a nuestra existencia. Esa es la apuesta: una apuesta por la vida. ¿Cabe algo más estimulante?
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