Los antepasados del germano Sigfrido, tenían si residencia en un
castillo-palacio que se había construido alrededor de un roble sagrado llamado
Branstock. El roble era el pilar central del castillo y por extensión el
castillo era conocido también por este nombre.
Reinaba cuando tuvo lugar esta historia el rey Vólsung, y al palacio
llegaban muchos peregrinos pidiendo una hospitalidad que siempre recibían.
Una noche se presentó en el palacio a hora muy poco apropiada, un anciano
tuerto y mal vestido pidiendo hospitalidad. Se le hizo pasar, tratándole con
generosidad, y una vez hubo comido, el peregrino se levantó de su asiento,
abrió su capa y sacó de debajo de sus ropas una espada que empuño.
Todos se asombraron al ver al anciano empuñando la espada y en un
primer momento retrocedieron. Pero luego el anciano se dirigió al árbol que
ocupaba el centro de la sala y hundió la hoja de la espada hasta la empuñadura
en la madera del árbol.
Esta espada dijo, será para aquel que pueda sacarla del árbol, y acto
seguido el anciano sin decir más se marchó.
Todos los varones del palacio empezaron a probar suerte, pero ninguno fue
capaz de sacar la espada, hasta que le llegó el turno al último de los diez
hijos del rey Vólsung, un joven llamado Sigmund, que ante el asombro de
todos agarró la espada y la sacó sin esfuerzo.
Sigmund se convirtió así en el héroe elegido por Odín, pues todos
reconocieron en el anciano al dios, que a veces bajaba a la tierra y se paseaba
entre los hombres disfrazado como le placía.
Con aquella espada otorgada por el dios, tanto Sigmund como su descendiente Sigfrido llevarían a
cabo grandes hazañas.