Lágrimas de Fuego
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Fue hace mucho, mucho tiempo ya.
Entre inmensas montañas blancas y un casi infinito océano azul
gobernaban Valia y Alexis.
Apenas se encontraba en las crónicas de aquel reino época tan
dorada y esplendorosa como la que estamos narrando. La música, la danza,
el teatro, la poesía, el romance, las leyendas... incluso torneos. Todo
cabía en aquel reino de inmarcesible belleza. Los jardines más
hermosos jamás imaginados eran cuidados por la misma reina. Y por ellos
paseaban Alexis y Valia ensimismados en la dulzura de sus respectivas miradas.
Pasaron los años, tuvieron niños, la suerte les sonreía,
las cosechas eran abundantes y los súbditos eran simplemente, felices.
Pero un mal día, del que nadie quiso recordar su número y su nombre,
la plena en virtudes reina Valia cayó enferma y las risas del reino se
transmutaron en dolorosas lágrimas.
Alexis acompañó a su amada esposa en todo momento. Siempre permaneció
junto a su lecho, le escribió canciones y poesías para mantener
su ánimo alegre. Y así lo consiguió durante largos y largos
meses.
-Tú me sanarás- le aseguró Valia a Alexis- Tú eres mi Mago. Y aquellas palabras dieron mas fuerza al confiado rey, mas fueron pasando los años hasta que la enfermedad de la dulce y encantadora reina se agravó. Por si la terrible enfermedad de su amada que mermaba los ánimos de Alexis fuese poco, se sublevó una región del sur, y como jefe de los ejércitos, se vio obligado a acudir a sofocar la revuelta.
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Fue entonces cuando el rostro de Alexis se tornó de una dureza aterradora.
Se cuenta que su espada no tuvo compasión de los rebeldes, cortando él
mismo cada una de las cabezas de los dirigentes. No se sabe si tal leyenda fue
aventada por las malas y enemigas lenguas, pero lo cierto es que no se recordaba
una justicia tan severa, no atemperada por la compasión, a lo largo de
miles de años.
Por las noches, en aquellas tierras lejanas, Alexis recordaba a su amada Valia
y aprovechaba para buscar incansablemente la sabiduría que curase a su
esposa. Tras varios angustiosos meses, se abrió una puerta a la esperanza.
Uno de los hombres más sabios y santos de un reino lejano, acertó
a pasar por aquella región.
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Alexis le invitó cortésmente y le narró su triste historia.
-¿Qué más puedo hacer honorable sabio? –preguntó el joven rey.
-Deberás encontrar las ‘Lágrimas de Fuego’.
-¿Qué son?
-Lo sabrás cuando las halles.
-¿Las encontraré?
-Sin duda alguna.
-Como puede saber eso acerca de mí.
-Por tu naturaleza interna.-respondió el magno hombre.
-Pero decidme, por favor, ¿Dónde busco?
-En ti mismo.
El rey se inclinó humildemente ante aquel extranjero y le regaló
su manto más preciado. El sabio sonrió y le tocó con la
mano la espalda. Y aquel sencillo acto de tocar cariñosamente a Alexis,
fue el inicio de un gran cambio. El rey, una vez sofocada la rebelión
y establecido el orden, partió hacia el desierto que no conocía
la lluvia desde hacía ya cuarenta años.
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Y allí, en aquella soledad, se buscó a sí mismo, pero nada encontró.
Por fin, delante de él apareció una especie de bufón.
-Hola mi rey ¿Cómo estás?-sonaron sus palabras a una inmensa e irónica burla.
-Alexis se vio tan terriblemente humillado que sacó su espada para enseñarle modales.
-Oh mi Señor. Disculpe si le he ofendido- y las carcajadas de aquel grotesco ser resonaron en todo el desierto.
-¿Quién eres mentecato?
-¿No lo sabes, Alexis?
-No.
-Qué poco me conoces. Yo soy quien disfruta con la enfermedad de tu princesita.
-En aquel instante, Alexis blandió su espada.
-¡Oh! ¡Qué miedo me das! Se rió más atronadoramente el bufón que ahora se tornó en un ser gigantesco de fuego.
Alexis no rebló lo más mínimo y se adelantó hacia aquel monstruo con su espada que por momentos se convertía en fuego rojizo incandescente.
-¿Sabes? Pronto Valia será mía- Gritó entre carcajadas aquel monstruo.
-Muere-gritó Alexis mientras introducía su espada de fuego en
el cuerpo de aquel ser.
Pero el irónico malvado creció todavía más cuando
le introdujo el fuego de su espada.
-Ya ves, pobre humano. Nada puedes hacer contra mí. Yo soy el que reina en este mundo. Y todo aquello que deseo, es mío.
Alexis, en pie, miró su espada, y recordó aquellos años de belleza y amor con su amada Valia. Rememoró cuando tenía en sus brazos a la primera de sus hijitas y la amamantaba. Evocó las canciones de su reina y sus ojos azules.. y después de muchos años comenzó a reblandecerse su corazón y a derramar lágrimas de dolor y pena ante la perdida de tanto amor y cariño.
El monstruo, se reía tanto que sus sonidos aturdían a Alexis, que sin darse cuenta observó cómo una de sus lágrimas tocaban su espada de fuego tornando este de un color rojizo en un tono azulado blanco.
La sonrisa del monstruo se detuvo de repente. Y por primera vez mostró temor.
Alexis no lo pensó dos veces, e introdujo su espada azul en el vientre
de aquel monstruo que lanzó espantosos gritos de dolor, que sentía
cómo un agujero inmenso iba comiéndose todo su cuerpo de fuego
rojo, hasta hacerlo desaparecer por completo.
En aquel instante, en un lejano lugar Valia sonrió por primera vez en
mucho tiempo. Sabía que había sanado y que su príncipe
azul estaba resplandeciente.
Ilustraciones: Maria Eliana Aguilera Hormazabal
Autores: María Eliana Aguilera Hormazabal/ Quintín García Muñoz